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Grupo de Gabriel García Márquez y el realismo mágico



Taller de redacción de obras de gabo

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Lic en biologia, msc bioquimic univer...
Escrito por Luis Arturo Ayarza Aguirre
el 23/05/2010

En este post te invito a que redactes, opines, resumas obras d e Gabo. No te olvides de participar.

Luis Arturo Ayarza Aguirre
Lic en biologia, msc bioquimic univer...
Escrito por Luis Arturo Ayarza Aguirre
el 12/06/2010


BUEN VIAJE, SEÑOR PRESIDENTE

ESTABA SENTADO en el escaño de madera bajo las hojas amarillas del parque solitario, con­templando los cisnes polvorientos con las dos manos apoyadas en el pomo de plata del bastón, y pensando en la muerte. Cuando vino a Ginebra por primera vez el lago era sereno y diáfano, y había gaviotas mansas que se acercaban a comer en las manos, y mujeres de alquiler que parecían fantasmas de las seis de la tarde, con volantes de organdí y sombrillas de seda. Ahora la única mujer posible, hasta donde alcanzaba la vista, era una vendedora de flores en el muelle desierto. Le costaba creer que el tiempo hubiera podido hacer semejantes estragos no sólo en su vida sino también en el mundo.

Era un desconocido más en la ciudad de los des­conocidos ilustres. Llevaba el vestido azul oscuro con rayas blancas, el chaleco de brocado y el som­brero duro de los magistrados en retiro. Tenía un bigote altivo de mosquetero, el cabello azulado y abundante con ondulaciones románticas, las manos de arpista con la sortija de viudo en el anular izquierdo, y los ojos alegres. Lo único que delataba el estado de su salud era el cansancio de la piel. Y aun así, a los setenta y tres años, seguía siendo de una elegancia principal. Aquella mañana, sin embar­go, se sentía a salvo de toda vanidad. Los años de la gloria y el poder habían quedado atrás sin reme­dio, y ahora sólo permanecían los de la muerte.

Había vuelto a Ginebra después de dos guerras mundiales, en busca de una respuesta terminante para un dolor que los médicos de la Martinica no logra­ron identificar. Había previsto no más de quince días, pero iban ya seis semanas de exámenes agota­dores y resultados inciertos, y todavía no se vislum­braba el final. Buscaban el dolor en el hígado, en el riñón, en el páncreas, en la próstata, donde menos estaba. Hasta aquel jueves indeseable, en que el mé­dico menos notorio de los muchos que lo habían visto lo citó a las nueve de la mañana en el pabellón de neurología.

La oficina parecía una celda de monjes, y el mé­dico era pequeño y lúgubre, y tenía la mano derecha escayolada por una fractura del pulgar. Cuando apa­gó la luz, apareció en la pantalla la radiografía ilu­minada de una espina dorsal que él no reconoció como suya hasta que el médico señaló con un pun­tero, debajo de la cintura, la unión de dos vértebras.

—Su dolor está aquí —le dijo.

Para él no era tan fácil. Su dolor era improbable y escurridizo, y a veces parecía estar en el costillar derecho y a veces en el bajo vientre, y a menudo lo sorprendía con una punzada instantánea en la ingle. El médico lo escuchó en suspenso y con el puntero inmóvil en la pantalla. «Por eso nos despistó duran­te tamo tiempo», dijo. «Pero ahora sabemos que está aquí». Luego se puso el índice en la sien, y precisó:

—Aunque en estricto rigor, señor presidente, todo dolor está aquí.

Su estilo clínico era tan dramático, que la sen­tencia final pareció benévola: el presidente tenía que someterse a una operación arriesgada e inevitable. Éste le preguntó cuál era el margen de riesgo, y el viejo doctor lo envolvió en una luz de in certidumbre.

—No podríamos decirlo con certeza —le dijo.

Hasta hacía poco, precisó, los riesgos de acci­dentes fatales eran grandes, y más aún los de distin­tas parálisis de diversos grados. Pero con los avances médicos de las dos guerras esos temores eran cosas del pasado.

—Vayase tranquilo — concluyó—. Prepare bien sus cosas, y avísenos. Pero eso sí, no olvide que cuanto antes será mejor.

No era una buena mañana para digerir esa mala noticia, y menos a la intemperie. Había salido muy temprano del hotel, sin abrigo, porque vio un sol radiante por la ventana, y se había ido con sus pasos contados desde el Chemin du Beau Soleil, donde estaba el hospital, hasta el refugio de enamorados furtivos del Parque Inglés. Llevaba allí más de una hora, siempre pensando en la muerte, cuando em­pezó el otoño. El lago se encrespó como un océano embravecido, y un viento de desorden espantó a las gaviotas y arrasó con las últimas hojas. El pre­sidente se levantó y, en vez de comprársela a la florista, arrancó una margarita de los canteros públicos y se la puso en el ojal de la solapa. La florista lo sorprendió.

— Esas flores no son de Dios, señor — le dijo, disgustada—. Son del ayuntamiento.

Él no le puso atención. Se alejó con trancos li­geros, empuñando el bastón por el centro de la caña, y a veces haciéndolo girar con un donaire un tanto libertino. En el puente del Mont Blanc estaban qui­tando a toda prisa las banderas de la Confederación enloquecidas por la ventolera, y el surtidor esbelto coronado de espuma se apagó antes de tiempo. El presidente no reconoció su cafetería de siempre so­bre el muelle, porque habían quitado el toldo verde de la marquesina y las terrazas floridas del verano acababan de cerrarse. En el salón, las lámparas esta­ban encendidas a pleno día, y el cuarteto de cuerdas tocaba un Mozart premonitorio. El presidente cogió en el mostrador un periódico de la pila reservada para los clientes, colgó el sombrero y el bastón en la percha, se puso los lentes con armadura de oro para leer en la mesa más apartada, y sólo entonces tomó conciencia de que había llegado el otoño. Em­pezó a leer por la página internacional, donde en­contraba muy de vez en cuando alguna noticia de las Américas, y siguió leyendo de atrás hacia ade­lante hasta que la mesera le llevó su botella diaria de agua de Evian. Hacía más de treinta años que había renunciado al hábito del café por imposición de sus médicos. Pero había dicho: «Si alguna vez tuviera la certidumbre de que voy a morir, volvería a tomarlo». Quizás la hora había llegado.

— Tráigame también un café — ordenó en un francés perfecto. Y precisó sin reparar en el doble sentido—: A la italiana, como para levantar a un muerto.

Se lo tomó sin azúcar, a sorbos lentos, y después puso la taza bocabajo en el plato para que el sedi­mento del café, después de tantos años, tuviera tiem­po de escribir su destino. El sabor recuperado lo redimió por un instante de su mal pensamiento. Un instante después, como parte del mismo sortilegio, sintió que alguien lo miraba. Entonces pasó la pági­na con un gesto casual, miró por encima de los len­tes, y vio al hombre pálido y sin afeitar, con una gorra deportiva y una chaqueta de cordero volteado, que apartó la mirada al instante para no tropezar con la suya.

Su cara le era familiar. Se habían cruzado varias veces en el vestíbulo del hospital, lo había vuelto a ver cualquier día en una motoneta por la Promenade du Lac mientras él contemplaba los cisnes, pero nun­ca se sintió reconocido. No descartó, sin embargo, que fuera otra de las tantas fantasías persecutorias del exilio.

Terminó el periódico sin prisa, flotando en los chelos suntuosos de Brahms, hasta que el dolor fue más fuerte que la analgesia de la música. Entonces miró el relojito de oro que llevaba colgado de una leontina en el bolsillo del chaleco, y se tomó las dos tabletas calmantes del medio día con el último trago del agua de Evian. Antes de quitarse los lentes des­cifró su destino en el asiento del café, y sintió un estremecimiento glacial: allí estaba la incertidumbre.

Por último pagó la cuenta con una propina estítica, cogió el bastón y el sombrero en la percha, y salió a la calle sin mirar al hombre que lo miraba. Se alejó con su andar festivo, bordeando los canteros de flo­res despedazadas por el viento, y se creyó liberado del hechizo. Pero de pronto sintió los pasos detrás de los suyos, se detuvo al doblar la esquina, y dio media vuelta. El hombre que lo seguía tuvo que pa­rarse en seco para no tropezar con él, y lo miró sobrecogido, a menos de dos palmos de sus ojos.

— Señor presidente — murmuró.

— Dígale a los que le pagan que no se hagan ilusiones — dijo el presidente, sin perder la sonrisa ni el encanto de la voz—. Mi salud es perfecta.

— Nadie lo sabe mejor que yo — dijo el hombre, abrumado por la carga de dignidad que le cayó en­cima—. Trabajo en el hospital.

La dicción y la cadencia, y aun su timidez, eran las de un caribe crudo.

— No me dirá que es médico — le dijo el presiden­te.

— Qué más quisiera yo, señor — dijo el hom­bre—. Soy chofer de ambulancia.

— Lo siento — dijo el presidente, convencido de su error—. Es un trabajo duro.

— No tanto como el suyo, señor. Él lo miró sin reservas, se apoyó en el bastón con las dos manos, y le preguntó con un interés real:

— ¿De dónde es usted?

— Del Caribe.

— De eso ya me di cuenta — dijo el presidente—.

¿Pero de qué país?

— Del mismo que usted, señor, — dijo el hom­bre, y le tendió la mano—: Mi nombre es Homero Rey.

El presidente lo interrumpió sorprendido, sin sol­tarle la mano.

— Caray — le dijo—: ¡Qué buen nombre! Homero se relajó.

— Y es más todavía — dijo—: Homero Rey de la Casa.

Una cuchillada invernal los sorprendió indefen­sos en mitad de la calle. El presidente se estremeció hasta los huesos y comprendió que no podría cami­nar sin abrigo las dos cuadras que le faltaban hasta la fonda de pobres donde solía comer.

— ¿Ya almorzó? — le preguntó a Homero.

— Nunca almuerzo — dijo Homero—. Como una sola vez por la noche en mi casa.

— Haga una excepción por hoy — le dijo él con todos sus encantos a flor de piel—. Lo invito a al­morzar.

Lo tomó del brazo y lo condujo hasta el restau­rante de enfrente, con el nombre dorado en la mar­quesina de lona: Le Boeuf Couronné. El interior era estrecho y cálido, y no parecía haber un sitio libre. Homero Rey, sorprendido de que nadie reconociera al presidente, siguió hasta el fondo del salón para pedir ayuda.

— ¿Es presidente en ejercicio? — le preguntó el patrón.

— No — dijo Homero—. Derrocado.

El patrón soltó una sonrisa de aprobación.

— Para esos — dijo— tengo siempre una mesa es­pecial.

Los condujo a un lugar apartado en el fondo del salón donde podían charlar a gusto. El presidente se lo agradeció.

— No todos reconocen como usted la dignidad del exilio — dijo.

La especialidad de la casa eran las costillas de buey al carbón. El presidente y su invitado miraron en torno, y vieron en las otras mesas los grandes trozos asados con un borde de grasa tierna. «Es una carne magnífica», murmuró el presidente. «Pero la tengo prohibida». Fijó en Homero una mirada tra­viesa, y cambió de tono.

— En realidad, tengo prohibido todo.

— También tiene prohibido el café, — dijo Homero—, y sin embargo lo toma.

— ¿Se dio cuenta? —dijo el presidente—. Pero hoy fue sólo una excepción en un día excepcional.

La excepción de aquel día no fue sólo con el café. También ordenó una costilla de buey al carbón y una ensalada de legumbres frescas sin más adere­zos que un chorro de aceite de olivas. Su invitado pidió lo mismo, más media garrafa de vino tinto.

Mientras esperaban la carne, Homero sacó del bolsillo de la chaqueta una billetera sin dinero y con muchos papeles, y le mostró al presidente una foto descolorida. Él se reconoció en mangas de camisa, con varias libras menos y el cabello y el bigote de un color negro intenso, en medio de un tumulto de jóvenes que se habían empinado para sobresalir. De una sola mirada reconoció el lugar, reconoció los emblemas de una campaña electoral aborrecible, re­conoció la fecha ingrata. « ¡Qué barbaridad! », mur­muró. «Siempre he dicho que uno envejece más rá­pido en los retratos que en la vida real». Y devolvió la foto con el gesto de un acto final.

— Lo recuerdo muy bien —dijo—. Fue hace mi­les de años en la gallera de San Cristóbal de las Casas.

— Es mi pueblo — dijo Homero, y se señaló a sí mismo en el grupo—: Éste soy yo.

El presidente lo reconoció.

— ¡Era una criatura!

— Casi — dijo Homero—. Estuve con usted en toda la campaña del sur como dirigente de las bri­gadas universitarias.

El presidente se anticipó al reproche.

— Yo, por supuesto, ni siquiera me fijaba en us­ted — dijo.

— Al contrario, era muy gentil con nosotros — dijo Homero—. Pero éramos tantos que no es posible que se acuerde.

— ¿Y luego?

— ¿Quién lo puede saber más que usted? — dijo Homero—. Después del golpe militar, lo que es un milagro es que los dos estemos aquí, listos para co­mernos medio buey. No muchos tuvieron la misma suerte.

En ese momento les llevaron los platos. El pre­sidente se puso la servilleta en el cuello, como un babero de niño, y no fue insensible a la callada sor­presa del invitado. «Si no hiciera esto perdería una corbata en cada comida», dijo. Antes de empezar probó la sazón de la carne, la aprobó con un gesto complacido, y volvió al tema.

— Lo que no me explico — dijo— es por qué no se me había acercado antes en vez de seguirme como un sabueso.

Entonces Homero le contó que lo había recono­cido desde que lo vio entrar en el hospital por una puerta reservada para casos muy especiales. Era ple­no verano, y él llevaba el traje completo de lino blanco de las Antillas, con zapatos combinados en blanco y negro, la margarita en el ojal, y la hermosa cabellera alborotada por el viento. Homero averiguó que estaba solo en Ginebra; sin ayuda de nadie, pues conocía de memoria la ciudad donde había termina­do sus estudios de leyes. La dirección del hospital, a solicitud suya, tomó las determinaciones internas para asegurar el incógnito absoluto. Esa misma no­che, Homero se concertó con su mujer para hacer contacto con él. Sin embargo, lo había seguido du­rante cinco semanas buscando una ocasión propicia, y quizás no habría sido capaz de saludarlo si él no lo hubiera enfrentado.

— Me alegro que lo haya hecho — dijo el presi­dente—, aunque la verdad es que no me molesta para nada estar solo.

— No es justo.

— ¿Por qué? — preguntó el presidente con since­ridad—. La mayor victoria de mi vida ha sido lograr que me olviden.

— Nos acordamos de usted más de lo que usted se imagina— dijo Homero sin disimular su emo­ción—. Es una alegría verlo así, sano y joven.

— — Sin embargo — dijo él sin dramatismo—, todo indica que moriré muy pronto.

— Sus probabilidades de salir bien son muy altas— dijo Homero.

El presidente dio un salto de sorpresa, pero no perdió la gracia.

— ¡Ah caray! — exclamó—. ¿Es que en la bella Suiza se abolió el sigilo médico?

— En ningún hospital del mundo hay secretos para un chofer de ambulancias — dijo Homero.

— Pues lo que yo sé lo he sabido hace apenas dos horas y por boca del único que debía saberlo.

— En todo caso, usted no moriría en vano — dijo Homero—. Alguien lo pondrá en el lugar que le corresponde como un gran ejemplo de dignidad.

El presidente fingió un asombro cómico.

— Gracias por prevenirme — dijo.

Comía como hacía todo: despacio y con una gran pulcritud. Mientras tanto miraba a Homero directo a los ojos, de modo que éste tenía la impresión de ver lo que él pensaba. Al cabo de una larga conver­sación de evocaciones nostálgicas, hizo una sonrisa maligna.

— Había decidido no preocuparme por mi cadá­ver, — dijo—, pero ahora veo que debo tomar cier­tas precauciones de novela policíaca para que nadie lo encuentre.

— Será inútil — bromeó Homero a su vez—. En el hospital no hay misterios que duren más de una hora.

Cuando terminaron con el café, el presidente leyó el fondo de su taza, y volvió a estremecerse: el mensaje era el mismo. Sin embargo, su expresión no se alteró. Pagó la cuenta en efectivo, pero antes verificó la suma varias veces, contó varias veces el dinero con un cuidado excesivo, y dejó una propina que sólo mereció un gruñido del mesero.

— Ha sido un placer — concluyó, al despedirse de Homero—. No tengo fecha para la operación, y ni siquiera he decidido si voy a someterme o no. Pero si todo sale bien volveremos a vernos.

— ¿Y por qué no antes? — dijo Homero—. La­zara, mi mujer, es cocinera de ricos. Nadie prepara el arroz con camarones mejor que ella, y nos gus­taría tenerlo en casa una noche de estas.

— Tengo prohibidos los mariscos, pero los co­meré con mucho gusto — dijo él—. Dígame cuándo.

— El jueves es mi día libre — dijo Homero.

— Perfecto — dijo el presidente—. El jueves a las siete de la noche estoy en su casa. Será un placer.

— Yo pasaré a recogerlo — dijo Homero—. Hotelerie Dames, 14 rué de l'Industrie. Detrás de la estación. ¿Es correcto?

— Correcto, — dijo el presidente, y se levantó más encantador que nunca—. Por lo visto, sabe hasta el número que calzo.

— Claro, señor — dijo Homero, divertido—: cua­renta y uno.

Lo que Homero Rey no le contó al presidente, pero se lo siguió contando durante años a todo el que quiso oírlo, fue que su propósito inicial no era tan inocente. Como otros choferes de ambulancia, tenía arreglos con empresas funerarias y compañías de seguros para vender servicios dentro del mismo hospital, sobre todo a pacientes extranjeros de esca­sos recursos. Eran ganancias mínimas, y además ha­bía que repartirlas con otros empleados que se pa­saban de mano en mano los informes secretos sobre los enfermos graves. Pero era un buen consuelo para un desterrado sin porvenir que subsistía a duras pe­nas con su mujer y sus dos hijos con un sueldo ridículo.

Lazara Davis, su mujer, fue más realista. Era una mulata fina de San Juan de Puerto Rico, menuda y maciza, del color del caramelo en reposo y con unos ojos de perra brava que le iban muy bien a su modo de ser. Se habían conocido en los servicios de cari­dad del hospital, donde ella trabajaba como ayudan­te de todo después que un rentista de su país, que la había llevado como niñera, la dejó al garete en Ginebra. Se habían casado por el rito católico, aun­que ella era princesa yoruba, y vivían en una sala y dos dormitorios en el octavo piso sin ascensor de un edificio de emigrantes africanos. Tenían una niña de nueve años, Bárbara, y un niño de siete, Lázaro, con algunos índices menores de retraso mental.

Lazara Davis era inteligente y de mal carácter, pero de entrañas tiernas. Se consideraba a sí misma como una Tauro pura, y tenía una fe ciega en sus augurios astrales. Sin embargo, nunca pudo cumplir el sueño de ganarse la vida como astróloga de mi­llonarios. En cambio, aportaba a la casa recursos ocasionales, y a veces importantes, preparando cenas para señoras ricas que se lucían con sus invitados haciéndoles creer que eran ellas las que cocinaban los excitantes platos antillanos. Homero, por su par­te, era tímido de solemnidad, y no daba para más de lo poco que hacía, pero Lazara no concebía la vida sin él por la inocencia de su corazón y el calibre de su arma. Les había ido bien, pero los años venían cada vez más duros y los niños crecían. Por los tiem­pos en que llegó el presidente habían empezado a picotear sus ahorros de cinco años. De modo que cuando Homero Rey lo descubrió entre los enfer­mos incógnitos del hospital, se les fue la mano en las ilusiones.

No sabían a ciencia cierta qué le iban a pedir, ni con qué derecho. En el primer momento habían pen­sado venderle el funeral completo, incluidos el em­balsamamiento y la repatriación. Pero poco a poco se fueron dando cuenta de que la muerte no parecía tan inminente como al principio. El día del almuer­zo estaban ya aturdidos por las dudas.

La verdad es que Homero no había sido dirigen­te de brigadas universitarias, ni nada parecido, y la única vez que participó en la campaña electoral fue cuando tomaron la foto que habían logrado encon­trar por milagro traspapelada en el ropero. Pero su fervor era cierto. Era cierto también que había teni­do que huir del país por su participación en la re­sistencia callejera contra el golpe militar, aunque la única razón para seguir viviendo en Ginebra des­pués de tantos años era su pobreza de espíritu. Así que una mentira de más o de menos no debía ser un obstáculo para ganarse el favor del presidente.

La primera sorpresa de ambos fue que el deste­rrado ilustre viviera en un hotel de cuarta categoría en el barrio triste de la Grotte, entre emigrantes asiá­ticos y mariposas de la noche, y que comiera solo en fondas de pobres, cuando Ginebra estaba llena de residencias dignas para políticos en desgracia. Homero lo había visto repetir día tras día los actos de aquel día. Lo había acompañado de vista, y a veces a una distancia menos que prudente, en sus paseos nocturnos por entre los muros lúgubres y los col­gajos de campánulas amarillas de la ciudad vieja. Lo había visto absorto durante horas frente a la estatuía de Calvino. Había subido tras él paso a paso la es­calinata de piedra, sofocado por el perfume ardiente de los jazmines, para contemplar los lentos atarde­ceres del verano desde la cima del Bourgle-Four. Una noche lo vio bajo la primera llovizna, sin abri­go ni paraguas, haciendo la cola con los estudiantes para un concierto de Rubmstem. «No sé cómo no le ha dado una pulmonía», le dijo después a su mu­jer. El sábado anterior, cuando el tiempo empezó a cambiar, lo había visto comprando un abrigo de oto­ño con un cuello de visones falsos, pero no en las tiendas luminosas de la rué du Rhóne, donde com­praban los emires fugitivos, sino en el Mercado de las Pulgas.

— ¡Entonces no hay nada que hacer! — exclamó Lazara cuando Homero se lo contó—. Es un avaro de mierda, capaz de hacerse enterrar por la benefi­cencia en la fosa común. Nunca le sacaremos nada.

— A lo mejor es pobre de verdad — dijo Homero—, después de tantos años sin empleo.

— Ay, negro, una cosa es ser Piséis con ascen­dente Piséis y otra cosa es ser pendejo — dijo Laza­ra—. Todo el mundo sabe que se alzó con el oro del gobierno y que es el exiliado más rico de la Martinica.

Homero, que era diez años mayor, había crecido impresionado con la noticia de que el presidente es­tudió en Ginebra, trabajando como obrero de la construcción. En cambio Lazara se había criado en­tre los escándalos de la prensa enemiga, magnifica­dos en una casa de enemigos, donde fue niñera des­de niña. Así que la noche en que Homero llegó aho­gándose de júbilo porque había almorzado con el presidente, a ella no le valió el argumento de que lo había invitado a un restaurante caro. Le molestó que Homero no le hubiera pedido nada de lo mucho que habían soñado, desde becas para los niños hasta un empleo mejor en el hospital. Le pareció una confir­mación de sus sospechas la decisión de que le echa­ran el cadáver a los buitres en vez de gastarse sus francos en un entierro digno y una repatriación glo­riosa. Pero lo que rebosó el vaso fue la noticia que Homero se reservó para el final, de que había invi­tado al presidente a comer arroz de camarones el jueves en la noche.

— No más eso nos faltaba, — gritó Lazara— que se nos muera aquí, envenenado con camarones de lata, y tengamos que enterrarlo con los ahorros de los niños. Lo que al final determinó su conducta fue el peso de su lealtad conyugal. Tuvo que pedir prestado a una vecina tres juegos de cubiertos de alpaca y una ensaladera de cristal, a otra una cafetera eléctrica, a otra un mantel bordado y una vajilla china para el café. Cambió las cortinas viejas por las nuevas, que sólo usaban en los días de fiesta, y les quitó el forro a los muebles. Pasó un día entero fregando los pisos, sacudiendo el polvo, cambiando las cosas de lugar, hasta que logró lo contrario de lo que más les hu­biera convenido, que era conmover al invitado con el decoro de la pobreza.

El jueves en la noche, después que se repuso del ahogo de los ocho pisos, el presidente apareció en la puerta con el nuevo abrigo viejo y el sombrero melón de otro tiempo, y con una sola rosa para Lazara. Ella se impresionó con su hermosura viril y sus maneras de príncipe, pero más allá de todo eso lo vio como esperaba verlo: falso y rapaz. Le pare­ció impertinente, porque ella había cocinado con las ventanas abiertas para evitar que el vapor de los ca­marones impregnara la casa, y lo primero que hizo él al entrar fue aspirar a fondo, como en un éxtasis súbito, y exclamó con los ojos cerrados y los brazos abiertos: « ¡Ah, el olor de nuestro mar! » Le pareció más tacaño que nunca por llevarle una sola rosa, robada sin duda en los jardines públicos. Le pareció insolente, por el desdén con que miró los recortes de periódicos sobre sus glorias presidenciales, y los gallardetes y banderines de la campaña, que Homero había clavado con tanto candor en la pared de la sala. Le pareció duro de corazón, porque no saludó siquiera a Bárbara y a Lázaro, que le tenían un re­galo hecho por ellos, y en el curso de la cena se refirió a dos cosas que no podía soportar: los perros y los niños. Lo odió. Sin embargo, su sentido caribe de la hospitalidad se impuso sobre sus prejuicios. Se había puesto la bata africana de sus noches de fiesta y sus collares y pulseras de santería, y no hizo du­rante la cena un solo gesto ni dijo una palabra de sobra. Fue más que irreprochable: perfecta.

La verdad era que el arroz de camarones no es­taba entre las virtudes de su cocina, pero lo hizo con los mejores deseos, y le quedó muy bien. El presi­dente se sirvió dos veces sin medirse en los elogios, y le encantaron las tajadas fritas de plátano maduro y la ensalada de aguacate, aunque no compartió las nostalgias. Lazara se conformó con escuchar hasta los postres, cuando Homero se atascó sin que vinie­ra a cuento en el callejón sin salida de la existencia de Dios.

— Yo sí creo que existe — dijo el presidente—, pero que no tiene nada que ver con los seres huma­nos. Anda en cosas mucho más grandes.

— Yo sólo creo en los astros — dijo Lazara, y escrutó la reacción del presidente—

— ¿Qué día nació usted?

— Once de marzo.

— Tenía que ser — dijo Lazara, con un sobresalto triunfal, y preguntó de buen tono—: ¿No serán de­masiado dos Piséis en una misma mesa?

Los hombres seguían hablando de Dios cuando ella se fue a la cocina a preparar el café. Había re­cogido los trastos de la comida y ansiaba con toda su alma que la noche terminara bien. De regreso a la sala con el café le salió al encuentro una frase suelta del presidente que la dejó atónita:

— No lo dude, mi querido amigo: lo peor que pudo pasarle a nuestro pobre país es que yo fuera presidente.

Homero vio a Lazara en la puerta con las tazas chinas y la cafetera prestada, y creyó que se iba a desmayar. También el presidente se fijó en ella. «No me mire así, señora», le dijo de buen tono. «Estoy hablando con el corazón». Y luego, volviéndose a Homero, terminó:

— Menos mal que estoy pagando cara mi insensa­tez.

Lazara sirvió el café, apagó la lámpara cenital de la mesa cuya luz inclemente estorbaba para conver­sar, y la sala quedó en una penumbra íntima. Por primera vez se interesó en el invitado, cuya gracia no alcanzaba a disimular su tristeza. La curiosidad de Lazara aumentó cuando él terminó el café y puso la taza bocabajo en el plato para que reposara el asiento.

El presidente les contó en la sobremesa que ha­bía escogido la isla de Martinica para su destierro, por la amistad con el poeta Aimé Césaire, que por aquel entonces acababa de publicar su Cahier d'un retour au pays natal, y le prestó ayuda para iniciar una nueva vida. Con lo que les quedaba de la he­rencia de la esposa compraron una casa de maderas nobles en las colinas de Fort de France, con alam­breras en las ventanas y una terraza de mar llena de flores primitivas, donde era un gozo dormir con el alboroto de los grillos y la brisa de melaza y ron de caña de los trapiches. Se quedó allí con la esposa, catorce años mayor que él y enferma desde su parto único, atrincherado contra el destino en la relectura viciosa de sus clásicos latinos, en latín, y con la con­vicción de que aquél era el acto final de su vida. Durante años tuvo que resistir las tentaciones de toda clase de aventuras que le proponían sus parti­darios derrotados.

— Pero nunca volví a abrir una carta — dijo—. Nunca, desde que descubrí que hasta las más urgen­tes eran menos urgentes una semana después, y que a los dos meses no se acordaba de ellas ni el que las había escrito.

Miró a Lazara a media luz cuando encendió un cigarrillo, y se lo quitó con un movimiento ávido de los dedos. Le dio una chupada profunda, y retuvo el humo en la garganta. Lazara, sorprendida, cogió la cajetilla y los fósforos para encender otro, pero él le devolvió el cigarrillo encendido. «Fuma usted con tanto gusto que no pude resistir la tentación», le dijo él. Pero tuvo que soltar el humo porque sufrió un principio de tos.

— Abandoné el vicio hace muchos años, pero él no me abandonó a mí por completo — dijo—. Al­gunas veces ha logrado vencerme. Como ahora.

La tos le dio dos sacudidas más. Volvió el dolor. El presidente miró la hora en el relojito de bolsillo, y tomó las dos tabletas de la noche. Luego escrutó el fondo de la taza: no había cambiado nada, pero esta vez no se estremeció.

— Algunos de mis antiguos partidarios han sido presidentes después que yo — dijo.

— Sáyago,— dijo Homero.

— Sáyago y otros — dijo él—. Todos como yo: usurpando un honor que no merecíamos con un ofi­cio que no sabíamos hacer. Algunos persiguen sólo el poder, pero la mayoría busca todavía menos: el empleo.

Lazara se encrespó.

— ¿Usted sabe lo que dicen de usted? — le pre­guntó.

Homero, alarmado, intervino:

— Son mentiras.

— Son mentiras y no lo son — dijo el presidente con una calma celestial—. Tratándose de un presi­dente, las peores ignominias pueden ser las dos co­sas al mismo tiempo: verdad y mentira.

Había vivido en la Martinica todos los días del exilio, sin más contactos con el exterior que las po­cas noticias del periódico oficial, sosteniéndose con clases de español y latín en un liceo oficial y con las traducciones que a veces le encargaba Aimé Césaire. El calor era insoportable en agosto, y él se quedaba en la hamaca hasta el medio día, leyendo al arrullo del ventilador de aspas del dormitorio. Su mujer se ocupaba de los pájaros que criaba en libertad, aun en las horas de más calor, protegiéndose del sol con un sombrero de paja de alas grandes, adornado de frutillas artificiales y flores de organdí. Pero cuando bajaba el calor era bueno tomar el fresco en la te­rraza, él con la vista fija en el mar hasta que se hundía en las tinieblas, y ella en su mecedor de mim­bre, con el sombrero roto y las sortijas de fantasía en todos los dedos, viendo pasar los buques del mundo. «Ese va para Puerto Santo», decía ella. «Ese casi no puede andar con la carga de guineos de Puerto Santo», decía. Pues no le parecía posible que pasara un buque que no fuera de su tierra. Él se hacía el sordo, aunque al final ella logró olvidar mejor que él, porque se quedó sin memoria. Permanecían así hasta que terminaban los crepúsculos fragorosos, y tenían que refugiarse en la casa derrotados por los zancudos. Uno de esos tantos agostos, mientras leía el periódico en la terraza, el presidente dio un salto de asombro.

— ¡Ah, caray! — dijo—. ¡He muerto en Estoril!

Su esposa, levitando en el sopor, se espantó con la noticia. Eran seis líneas en la página quinta del periódico que se imprimía a la vuelta de la esquina, en el cual se publicaban sus traducciones ocasio­nales, y cuyo director pasaba a visitarlo de vez en cuando. Y ahora decía que había muerto en Estoril de Lisboa, balneario y guarida de la decaden­cia europea, donde nunca había estado, y tal vez el único lugar del mundo donde no hubiera que­rido morir. La esposa murió de veras un año des­pués, atormentada por el último recuerdo que le quedaba para aquel instante: el del único hijo, que había participado en el derrocamiento de su padre, y fue fusilado más tarde por sus propios cómplices.

El presidente suspiró. «Así somos, y nada podrá redimirnos», dijo. «Un continente concebido por las heces del mundo entero sin un instante de amor: hijos de raptos, de violaciones, de tratos infames, de engaños, de enemigos con enemigos». Se enfrentó a los ojos africanos de Lazara, que lo escudriñaban sin piedad, y trató de amansarla con su labia de viejo maestro.

— La palabra mestizaje significa mezclar las lá­grimas con la sangre que corre. ¿Qué puede espe­rarse de semejante brebaje?

Lazara lo clavó en su sitio con un silencio de muerte. Pero logró sobreponerse, poco antes de la media noche, y lo despidió con un beso formal. El presidente se opuso a que Homero lo acompañara al hotel, pero no pudo impedir que lo ayudara a conseguir un taxi. De regreso a casa, Homero en­contró a su mujer descompuesta, de furia.

— Ese es el presidente mejor tumbado del mun­do — dijo ella—. Un tremendo hijo de puta.

A pesar de los esfuerzos que hizo Homero por tranquilizarla, pasaron en vela una noche terrible. Lazara reconocía que era uno de los hombres más bellos que había visto, con un poder de seducción devastadora y una virilidad de semental. «Así como está, viejo y jodido, debe ser todavía un tigre en la cama», dijo. Pero creía que esos dones de Dios los había malbaratado al servicio de la simulación. No podía soportar sus alardes de haber sido el peor pre­sidente de su país. Ni sus ínfulas de asceta, si estaba convencida de que era dueño de la mitad de los in­genios de la Martinica. Ni la hipocresía de su desdén por el poder, si era evidente que lo daría todo por volver un minuto a la presidencia para hacerles mor­der el polvo a sus enemigos.

— Y todo eso — concluyó—, sólo por tenernos rendidos a sus pies.

— ¿Qué puede ganar con eso? — dijo Homero.

— Nada — dijo ella—. Lo que pasa es que la co­quetería es un vicio que no se sacia con nada.

Era tanta su furia, que Homero no pudo sopor­tarla en la cama, y se fue a terminar la noche en­vuelto con una manta en el diván de la sala. Lazara se levantó también en la madrugada, desnuda de cuerpo entero, como solía dormir y estar en casa, y hablando consigo misma en un monólogo de una sola cuerda. En un momento borró de la memoria de la humanidad todo rastro de la cena indeseable. Devolvió al amanecer las cosas prestadas, cambió las cortinas nuevas por las viejas y puso los muebles en su lugar, hasta que la casa volvió a ser tan pobre y decente como había sido hasta la noche anterior. Por último arrancó los recortes de prensa, los retra­tos, los banderines y gallardetes de la campaña abo­minable, y tiró todo en el cajón de la basura con un grito final.

— ¡Al carajo!

Una semana después de la cena, Homero encon­tró al presidente esperándolo a la salida del hospital, con la súplica de que lo acompañara a su hotel. Su­bieron los tres pisos empinados hasta una mansarda con una sola claraboya que daba a un cielo de ce­niza, y atravesada por una cuerda con ropa puesta a secar. Había además una cama matrimonial que ocupaba la mitad del espacio, una silla simple, un aguamanil y un bidé portátil, y un ropero de pobres con el espejo nublado. El presidente notó la impre­sión de Homero.

— Es el mismo cubil donde viví mis años de es­tudiante — le dijo, como excusándose—. Lo reservé desde Fort de France.

Sacó de una bolsa de terciopelo y desplegó so­bre la cama el saldo final de sus recursos: varias pulseras de oro con distintos adornos de piedras preciosas, un collar de perlas de tres vueltas y otros dos de oro y piedras preciosas; tres cadenas de oro con medallas de santos y un par de are­tes de oro con esmeraldas, otro con diamantes y otro con rubíes; dos relicarios y un guardapelos, once sortijas con toda clase de monturas precio­sas y una diadema de brillantes que pudo haber sido de una reina. Luego sacó de un estuche distin­to tres pares de mancornas de plata y dos de oro con sus correspondientes pisacorbatas, y un reloj de bolsillo enchapado en oro blanco. Por último sacó de una caja de zapatos sus seis condecoracio­nes: dos de oro, una de plata, y el resto, chatarra pura.

— Es todo lo que me queda en la vida — dijo.

No tenía más alternativas que venderlo todo para completar los gastos médicos, y deseaba que Homero le hiciera el favor con el mayor sigilo. Sin em­bargo Homero no se sintió capaz de complacerlo mientras no tuviera las facturas en regla.

El presidente le explicó que eran las prendas de su esposa heredadas de una abuela colonial que a su vez había heredado un paquete de acciones en minas de oro en Colombia. El reloj, las mancuernas y los pisacorbatas eran suyos. Las condecoraciones, por supuesto, no fueron antes de nadie.

— No creo que alguien tenga facturas de cosas así — dijo.

Homero fue inflexible.

— En ese caso — reflexionó el presidente—, no me quedará más remedio que dar la cara.

Empezó a recoger las joyas con una calma cal­culada. «Le ruego que me perdone, mi querido Homero, pero es que no hay peor pobreza que la de un presidente pobre», le dijo. «Hasta sobrevivir pa­rece indigno». En ese instante, Homero lo vio con el corazón, y le rindió sus armas.

Aquella noche, Lazara regresó tarde a casa. Des­de la puerta vio las joyas radiantes bajo la luz mer­curial del comedor, y fue como si hubiera visto un alacrán en su cama.

— No seas bruto, negro — dijo, asustada—. ¿Por qué están aquí esas cosas?

La explicación de Homero la inquietó todavía más. Se sentó a examinar las joyas, una por una, con una meticulosidad de orfebre. A un cierto momento suspiró: «Debe ser una fortuna». Por último se que­dó mirando a Homero sin encontrar una salida para su ofuscación.

— Carajo — dijo—. ¿Cómo hace uno para saber si todo lo que ese hombre dice es verdad?

— ¿Y por qué no? — dijo Homero—. Acabo de ver que él mismo lava su ropa, y la seca en el cuarto igual que nosotros, colgada en un alambre.

— Por tacaño — dijo Lazara.

— O por pobre — dijo Homero. Lazara volvió a examinar las joyas, pero ahora con menos atención, porque también ella estaba vencida. Así que la mañana siguiente se vistió con lo mejor que tenía, se aderezó con las joyas que le parecieron más caras, se puso cuantas sortijas pudo en cada dedo, hasta en el pulgar, y cuantas pulseras pudo ponerse en cada brazo, y se fue a venderlas. «A ver quién le pide facturas a Lazara Davis», dijo al salir, pavoneándose de risa. Escogió la joyería exacta, con más ínfulas que prestigio, donde sabía que se vendía y se compraba sin demasiadas pregun­tas, y entró aterrorizada pero pisando firme.

Un vendedor vestido de etiqueta, enjuto y páli­do, le hizo una venia teatral al besarle la mano, y se puso a sus órdenes. El interior era más claro que el día, por los espejos y las luces intensas, y la tienda entera parecía de diamante. Lazara, sin mirar apenas al empleado por temor de que se le notara la farsa, siguió hasta el fondo.

El empleado la invitó a sentarse ante uno de los tres escritorios Luis XV que servían de mostradores individuales, y extendió. Encima un pañuelo inmacu­lado. Luego se sentó frente a Lazara, y esperó.

— ¿En qué puedo servirle?

Ella se quitó las sortijas, las pulseras, los collares, los aretes, todo lo que llevaba a la vista, y fue po­niéndolos sobre el escritorio en un orden de ajedrez. Lo único que quería, dijo, era conocer su verdadero valor.

El joyero se puso el monóculo en el ojo izquier­do, y empezó a examinar las alhajas con un silencio clínico. Al cabo de un largo rato, sin interrumpir el examen, preguntó:

— ¿De dónde es usted?..u. ,, Lazara no había previsto esa pregunta.

— Ay, mi señor — suspiró—. De muy lejos.

— Me lo imagino — dijo él.

Volvió al silencio, mientras Lazara lo escudriña­ba sin misericordia con sus terribles ojos de oro. El joyero le consagró una atención especial a la diade­ma de diamantes, y la puso aparte de las otras joyas.

Lazara suspiró.

— Es usted un Virgo perfecto — dijo. El joyero no interrumpió el examen.

— ¿Cómo lo sabe?,

— Por el modo de ser — dijo Lazara., Él no hizo ningún comentario hasta que termi­nó, y se dirigió a ella con la misma parsimonia del principio.

— ¿De dónde viene todo esto?

— Herencia de una abuela — dijo Lazara con voz tensa—. Murió el año pasado en Paramáribo a los noventa y siete años.

El joyero la miró entonces a los ojos. «Lo siento mucho», le dijo. «Pero el único valor de estas cosas es lo que pese el oro». Cogió la diadema con la punta de los dedos y la hizo brillar bajo la luz des­lumbrante.

— Salvo esta — dijo—. Es muy antigua, egipcia tal vez, y sería invaluable si no fuera por el mal estado de los brillantes. Pero de todos modos tiene un cierto valor histórico.

En cambio, las piedras de las otras alhajas, las amatistas, las esmeraldas, los rubíes, los ópalos, to­das, sin excepción, eran falsas. «Sin duda las originales fueron buenas», dijo el joyero, mientras reco­gía las prendas para devolverlas. «Pero de tanto pa­sar de una generación a otra se han ido quedando en el camino las piedras legítimas, reemplazadas por culos de botella». Lazara sintió una náusea verde, respiró hondo y dominó el pánico. El vendedor la consoló:

— Ocurre a menudo, señora.

— Ya lo sé — dijo Lazara, aliviada—. Por eso quiero salir de ellas.

Entonces sintió que estaba más allá de la farsa, y volvió a ser ella misma. Sin más vueltas sacó del bolso las mancuernas, el reloj de bolsillo, los pisacorbatas, las condecoraciones de oro y plata, y el resto de baratijas personales del presidente, y puso todo sobre la mesa.

— ¿También esto? — preguntó el joyero.

— Todo — dijo Lazara.

Los francos suizos con que le pagaron eran tan nuevos que temió mancharse los dedos con la tinta fresca. Los recibió sin contarlos, y el joyero la des­pidió en la puerta con la misma ceremonia del salu­do. Ya de salida, sosteniendo la puerta de cristal para cederle el paso, la demoró un instante.

— Y una última cosa, señora — le dijo—: soy Acuario.

A la prima noche Homero y Lazara llevaron el dinero al hotel. Hechas otra vez las cuentas, faltaba un poco más. De modo que el presidente se quitó y fue poniendo sobre la cama el anillo matrimonial, el reloj con la leontina y las mancuernas y el pisacorbatas que estaba usando.

Lazara le devolvió el anillo.

— Esto no — le dijo—. Un recuerdo así no se puede vender.

El presidente lo admitió y volvió a ponerse el anillo. Lazara le devolvió así mismo el reloj del cha­leco. «Esto tampoco», dijo. El presidente no estuvo de acuerdo pero ella lo puso en su lugar.

— ¿A quién se le ocurre vender relojes en Suiza?

— Ya vendimos uno — dijo el presidente.

— Si, pero no por el reloj sino por el oro.

— También este es de oro — dijo el presidente.

— Sí — dijo Lazara—. Pero usted puede hasta quedarse sin operar, pero no sin saber qué hora es.

Tampoco le aceptó la montura de oro de los len­tes, aunque él tenía otro par de carey. Sopesó las prendas que tenía en la mano, y puso término a las dudas.

— Además — dijo—. Con esto alcanza.

Antes de salir, descolgó la ropa mojada, sin con­sultárselo, y se la llevó para secarla y plancharla en la casa. Se fueron en la motoneta, Homero condu­ciendo y Lazara en la parrilla, abrazada a su cintura. Las luces públicas acababan de encenderse en la tar­de malva. El viento había arrancado las últimas ho­jas, y los árboles parecían fósiles desplumados. Un remolcador descendía por el Ródano con un radio a todo volumen que iba dejando por las calles un reguero de música. Georges Brassens cantaba: Mon amour tiens bien la, barre, le temps va passer par la, et le temps est un barbare dans le genre d'Attila, par la ou son cheval passe Vamour ne repousse pas. Homero y Lazara corrían en silencio embriagados por la canción y el olor memorable de los jacintos. Al cabo de un rato, ella pareció despertar de un largo sueño.

— Carajo — dijo.

— ¿Qué?

_El pobre viejo — dijo Lazara. ¡Qué vida de mierda!

El viernes siguiente, 7 de octubre, el presidente fue operado en una sesión de cinco horas que por el momento dejó las cosas tan oscuras como esta­ban. En rigor, el único consuelo era saber que estaba vivo. Al cabo de diez días lo pasaron a un cuarto compartido con otros enfermos, y pudieron visitar­lo. Era otro: desorientado y macilento, y con un cabello ralo que se le desprendía con el solo roce de la almohada. De su antigua prestancia sólo le que­daba la fluidez de las manos. Su primer intento de caminar con dos bastones ortopédicos fue descorazonador. Lazara se quedaba a dormir a su lado para ahorrarle el gasto de una enfermera nocturna. Uno de los enfermos del cuarto pasó la primera noche gritando por el pánico de la muerte. Aquellas vela­das interminables acabaron con las últimas reticen­cias de Lazara.

A los cuatro meses de haber llegado a Ginebra, le dieron de alta. Homero, administrador meticulo­so de sus fondos exiguos, pagó las cuentas del hos­pital y se lo llevó en su ambulancia con otros em­pleados que ayudaron a subirlo al octavo piso. Se instaló en la alcoba de los niños, a quienes nunca acabó de reconocer, y poco a poco volvió a la rea­lidad. Se empeñó en los ejercicios de rehabilitación con un rigor militar, y volvió a caminar con su solo bastón. Pero aun vestido con la buena ropa de an­taño estaba muy lejos de ser el mismo, tanto por su aspecto como por el modo de ser. Temeroso del invierno que se anunciaba muy severo, y que en realidad fue el más crudo de lo que iba del siglo, decidió regresar en un barco que zarpaba de Mar­sella el 13 de diciembre, contra el criterio de los médicos que querían vigilarlo un poco más. A últi­ma hora el dinero no alcanzó para tanto, y Lazara quiso completarlo a escondidas de su marido con un rasguño más en los ahorros de los hijos, pero tam­bién allí encontró menos de lo que suponía. Enton­ces Homero le confesó que lo había cogido a escon­didas de ella para completar la cuenta del hospital.

— Bueno — se resignó Lazara—. Digamos que era el hijo mayor.

El 11 de diciembre lo embarcaron en el tren de Marsella bajo una fuerte tormenta de nieve, y sólo cuando volvieron a casa encontraron una carta de despedida en la mesa de noche de los niños. Allí mismo dejó su anillo de bodas para Bárbara, junto con el de la esposa muerta, que nunca trató de ven­der, y el reloj de leontina para Lázaro. Como era domingo, algunos vecinos caribes que descubrieron el secreto habían acudido a la estación de Cornavin con un conjunto de arpas de Veracruz. El presidente estaba sin aliento, con el abrigo de perdulario y una larga bufanda de colores que había sido de Lazara, pero aún así permaneció en el pescante del último vagón despidiéndose con el sombrero bajo el azote del vendaval. El tren empezaba a acelerar cuando Homero cayó en la cuenta de que se había quedado con el bastón. Corrió hasta el extremo del andén y lo lanzó con bastante fuerza para que el presidente lo atrapara en el aire, pero cayó entre las ruedas y quedó destrozado. Fue un instante de terror. Lo úl­timo que vio Lazara fue la mano trémula estirada para atrapar el bastón que nunca alcanzó, y el guar­dián del tren que logró agarrar por la bufanda al anciano cubierto de nieve, y lo salvó en el vacío. Lazara corrió despavorida al encuentro del marido tratando de reír detrás de las lágrimas.

— Dios mío — le gritó—, ese hombre no se mue­re con nada.

Llegó sano y salvo, según anunció en su extenso telegrama de gratitud. No se volvió a saber nada de él en más de un año. Por fin llegó una carta de seis hojas manuscritas en la que ya era imposible reco­nocerlo. El dolor había vuelto, tan intenso y puntual como antes, pero él decidió no hacerle caso y dedi­carse a vivir la vida como viniera. El poeta Aimé Césaire le había regalado otro bastón con incrusta­ciones de nácar, pero había resuelto no usarlo. Ha­cía seis meses que comía carne con regularidad, y toda clase de mariscos, y era capaz de beberse hasta veinte tazas diarias de café cerrero. Pero ya no leía el fo

Luis Arturo Ayarza Aguirre
Lic en biologia, msc bioquimic univer...
Escrito por Luis Arturo Ayarza Aguirre
el 12/06/2010

LEELO Y ME DICES COMO TE PARECIÓ

Luis Arturo Ayarza Aguirre
Lic en biologia, msc bioquimic univer...
Escrito por Luis Arturo Ayarza Aguirre
el 12/06/2010

OTRA OBRA DE GABO DE LOS DOCE CUENTOS PEREGINOS , LEELA Y ME DICES SOBRE LA CAPACIDAD DEL REALISMO MÁGIC <

LA SANTA

Veintidós años después volví a ver a Margarito Duarte. Apareció de pronto en una de las callecitas secretas del Trastévere, y me costó trabajo recono­cerlo a primera vista por su castellano difícil y su buen talante de romano antiguo. Tenía el cabello blanco y escaso, y no le quedaban rastros de la con­ducta lúgubre y las ropas funerarias de letrado an­dino con que había venido a Roma por primera vez, pero en el curso de la conversación fui rescatándolo poco a poco de las perfidias de sus años y volví a verlo como era: sigiloso, imprevisible, y de una tena­cidad de picapedrero. Antes de la segunda taza de café en uno de nuestros bares de otros tiempos, me atreví a hacerle la pregunta que me carcomía por dentro.

— ¿Qué pasó con la santa?

— Ahí está la santa — me contestó—. Esperando.

Sólo el tenor Rafael Ribero Silva y yo podíamos entender la tremenda carga humana de su respuesta. Conocíamos tanto su drama, que durante años pen­sé que Margarito Duarte era el personaje en busca de autor que los novelistas esperamos durante toda una vida, y si nunca dejé que me encontrara fue porque el final de su historia me parecía inimagina­ble.

Había venido a Roma en aquella primavera ra­diante en que Pío XII padecía una crisis de hipo que ni las buenas ni las malas artes de médicos y hechi­ceros habían logrado remediar. Salía por primera vez de su escarpada aldea del Tolima, en los Andes co­lombianos, y se le notaba hasta en el modo de dor­mir. Se presentó una mañana en nuestro consulado con la maleta de pino lustrado que por la forma y el tamaño parecía el estuche de un violonchelo, y le planteó al cónsul el motivo sorprendente de su viaje. El cónsul llamó entonces por teléfono al tenor Ra­fael Ribero Silva, su compatriota, para que le con­siguiera un cuarto en la pensión donde ambos vivía­mos. Así lo conocí.

Margarito Duarte no había pasado de la escuela primaria, pero su vocación por las bellas letras le había permitido una formación más amplia con la lectura apasionada de cuanto material impreso en­contraba a su alcance. A los dieciocho años, siendo el escribano del municipio, se casó con una bella muchacha que murió poco después en el parto de la primera hija. Ésta, más bella aún que la madre, mu­rió de una fiebre esencial a los siete años. Pero la verdadera historia de Margarito Duarte había empe­zado seis meses antes de su llegada a Roma, cuando hubo que mudar el cementerio de su pueblo para construir una represa. Como todos los habitantes de la región, Margarito desenterró los huesos de sus muertos para llevarlos al cementerio nuevo. La esposa era polvo. En la tumba contigua, por el con­trario, la niña seguía intacta después de once años. Tanto, que cuando destaparon la caja se sintió el vaho de las rosas frescas con que la habían enterra­do. Lo más asombroso, sin embargo, era que el cuer­po carecía de peso.

Centenares de curiosos atraídos por el clamor del milagro desbordaron la aldea. No había duda. La incorruptibilidad del cuerpo era un síntoma ine­quívoco de la santidad, y hasta el obispo de la dió­cesis estuvo de acuerdo en que semejante prodigio debía someterse al veredicto del Vaticano. De modo que se hizo una colecta pública para que Margarito Duarte viajara a Roma, a batallar por una causa que ya no era sólo suya ni del ámbito estrecho de su aldea, sino un asunto de la nación.

Mientras nos contaba su historia en la pensión del apacible barrio de Panoli, Margarito Duarte qui­tó el candado y abrió la tapa del baúl primoroso. Fue así como el tenor Ribero Silva y yo participa­mos del milagro. No parecía una momia marchita como las que se ven en tantos museos del mundo, sino una niña vestida de novia que siguiera dormida al cabo de una larga estancia bajo la tierra. La piel era tersa y tibia, y los ojos abiertos eran diáfanos, y causaban la impresión insoportable de que nos veían desde la muerte. El raso y los azahares falsos de la corona no habían resistido al rigor del tiempo con tan buena salud como la piel, pero las rosas que le habían puesto en las manos permanecían vivas. El peso del estuche de pino, en efecto, siguió siendo igual cuando sacamos el cuerpo.

Margarito Duarte empezó sus gestiones al día siguiente de la llegada. Al principio con una ayuda diplomática más compasiva que eficaz, y luego con cuantas artimañas se le ocurrieron para sortear los incontables obstáculos del Vaticano. Fue siempre muy reservado sobre sus diligencias, pero se sabía que eran numerosas e inútiles. Hacía contacto con cuantas congregaciones religiosas y fundaciones hu­manitarias encontraba a su paso, donde lo escucha­ban con atención pero sin asombro, y le prometían gestiones inmediatas que nunca culminaron. La ver­dad es que la época no era la más propicia. Todo lo que tuviera que ver con la Santa Sede había sido postergado hasta que el Papa superara la crisis de hipo, resistente no sólo a los más refinados recur­sos de la medicina académica, sino a toda clase de remedios mágicos que le mandaban del mundo en­tero.

Por fin, en el mes de julio, Pío XII se repuso y fue a sus vacaciones de verano en Castelgandolfo. Margarito llevó la santa a la primera audiencia se­manal con la esperanza de mostrársela. El Papa apa­reció en el patio interior, en un balcón tan bajo que Margarito pudo ver sus uñas bien pulidas y alcanzó a percibir su hálito de lavanda. Pero no circuló por entre los turistas que llegaban de todo el mundo para verlo, como Margarito esperaba, sino que pro­nunció el mismo discurso en seis idiomas y terminó con la bendición general.

Al cabo de tantos aplazamientos, Margarito de­cidió afrontar las cosas en persona, y llevó a la Se­cretaría de Estado una carta manuscrita de casi sesenta folios, de la cual no obtuvo respuesta. Él lo había previsto, pues el funcionario que la recibió con los formalismos de rigor apenas si se dignó dar­le una mirada oficial a la niña muerta, y los emplea­dos que pasaban cerca la miraban sin ningún interés. Uno de ellos le contó que el año anterior habían recibido más de ochocientas cartas que solicitaban la santificación de cadáveres intactos en distintos lu­gares del mundo. Margarito pidió por último que se comprobara la ingravidez del cuerpo. El funcionario la comprobó, pero se negó a admitirla.

— Debe ser un caso de sugestión colectiva — dijo. En sus escasas horas libres y en los áridos do­mingos del verano, Margarito permanecía en su cuar­to, encarnizado en la lectura de cualquier libro que le pareciera de interés para su causa. A fines de cada mes, por iniciativa propia, escribía en un cuaderno escolar una relación minuciosa de sus gastos con su caligrafía preciosista de amanuense mayor, para ren­dir cuentas estrictas y oportunas a los contribuyen­tes de su pueblo. Antes de terminar el año conocía los dédalos de Roma como si hubiera nacido en ellos, hablaba un italiano fácil y de tan pocas palabras como su castellano andino, y sabía tanto como el que más sobre procesos de canonización. Pero pasó mucho más tiempo antes de que cambiara su vestido fúne­bre, y el chaleco y el sombrero de magistrado que en la Roma de la época eran propios de algunas sociedades secretas con fines inconfesables. Salía des­de muy temprano con el estuche de la santa, y a veces regresaba tarde en la noche, exhausto y triste,

pero siempre con un rescoldo de luz que le infundía alientos nuevos para el día siguiente.

— Los santos viven en su tiempo propio — decía.

Yo estaba en Roma por primera vez, estudiando en el Centro Experimental de Cine, y viví su calva­rio con una intensidad inolvidable. La pensión don­de vivíamos era en realidad un apartamento moder­no a pocos pasos de la Villa Borghese, cuya dueña ocupaba dos alcobas y alquilaba cuatro a estudiantes extranjeros. La llamábamos María Bella, y era guapa y temperamental en la plenitud de su otoño, y siem­pre fiel a la norma sagrada de que cada quien es rey absoluto dentro de su cuarto. En realidad, la que llevaba el peso de la vida cotidiana era su hermana mayor, la tía Antonieta, un ángel sin alas que le trabajaba por horas durante el día, y andaba por todos lados con su balde y su escoba de jerga lus­trando más allá de lo posible los mármoles del piso. Fue ella quien nos enseñó a comer los pajaritos can­tores que cazaba Bartolino, su esposo, por un mal hábito que le quedó de la guerra, y quien terminaría por llevarse a Margarito a vivir en su casa cuando los recursos no le alcanzaron para los precios de María Bella.

Nada menos adecuado para el modo de ser de Margarito que aquella casa sin ley. Cada hora nos reservaba una novedad, hasta en la madrugada, cuan­do nos despertaba el rugido pavoroso del león en el zoológico de la Villa Borghese. El tenor Ribero Sil­va se había ganado el privilegio de que los romanos no se resintieran con sus ensayos tempraneros. Se levantaba a las seis, se daba su baño medicinal de agua helada y se arreglaba la barba y las cejas de Mefistófeles, y sólo cuando ya estaba listo con la bata de cuadros escoceses, la bufanda de seda china y su agua de colonia personal, se entregaba en cuerpo y alma a sus ejercicios de canto. Abría de par en par la ventana del cuarto, aun con las estrellas del in­vierno, y empezaba por calentar la voz con fraseos progresivos de grandes arias de amor, hasta que se soltaba a cantarla a plena voz. La expectativa diaria era que cuando daba el do de pecho le contestaba el león de la Villa Borghese con un rugido de tem­blor de tierra.

— Eres San Marcos reencarnado, figlio mío — ex­clamaba la tía Antonieta asombrada de veras—. Sólo él podía hablar con los leones.

Una mañana no fue el león el que le dio la ré­plica. El tenor inició el dueto de amor del Otello: Giánella notte densa s'estingue ogni clamor. De pronto, desde el fondo del patio, nos llegó la res­puesta en una hermosa voz de soprano. El tenor prosiguió, y las dos voces cantaron el trozo com­pleto, para solaz del vecindario que abrió las venta­nas para santificar sus casas con el torrente de aquel amor irresistible. El tenor estuvo a punto de desma­yarse cuando supo que su Desdémona invisible era nadie menos que la gran María Caniglia.

Tengo la impresión de que fue aquel episodio el que le dio un motivo válido a Margarito Duarte para integrarse a la vida de la casa. A partir de entonces se sentó con todos en la mesa común y no en la cocina, como al principio, donde la tía Antonieta lo complacía casi a diario con su guiso maestro de pajaritos cantores. María Bella nos leía de sobremesa los periódicos del día para acostumbrarnos a la fo­nética italiana, y completaba las noticias con una arbitrariedad y una gracia que nos alegraban la vida. Uno de esos días contó, a propósito de la santa, que en la ciudad de Palermo había un enorme museo con los cadáveres incorruptos de hombres, mujeres y niños, e inclusive de varios obispos, desenterrados de un mismo cementerio de los padres capuchinos. La noticia inquietó tanto a Margarito, que no tuvo un instante de paz hasta que fuimos a Palermo. Pero le bastó una mirada de paso por las abrumadoras galerías de momias sin gloria para formarse un juicio de consolación.

— No son el mismo caso — dijo—. A estos se les nota enseguida que están muertos.

Después del almuerzo Roma sucumbía en el so­por de agosto. El sol de medio día se quedaba in­móvil en el centro del cielo, y en el silencio de las dos de la tarde sólo se oía el rumor del agua, que es la voz natural de Roma. Pero hacia las siete de la noche las ventanas se abrían de golpe para convocar el aire fresco que empezaba a moverse, y una mu­chedumbre jubilosa se echaba a las calles sin ningún propósito distinto que el de vivir, en medio de los petardos de las motocicletas, los gritos de los ven­dedores de sandía y las canciones de amor entre las flores de las terrazas.

El tenor y yo no hacíamos la siesta, íbamos en su vespa, él conduciendo y yo en la parrilla, y les llevábamos helados y chocolates a las putitas de ve­rano que mariposeaban bajo los laureles centenarios de la Villa Borghese, en busca de turistas desvelados a pleno sol. Eran bellas, pobres y cariñosas, como la mayoría de las italianas de aquel tiempo, vestidas de organza azul, de popelina rosada, de lino verde, y se protegían del sol con las sombrillas apolilladas por las lluvias de la guerra reciente. Era un placer humano estar con ellas, porque saltaban por encima de las leyes del oficio y se daban el lujo de perder un buen cliente para irse con nosotros a tomar un café bien conversado en el bar de la esquina, o a pasear en las carrozas de alquiler por los senderos del parque, o a dolemos de los reyes destronados y sus amantes trágicas que cabalgaban al atardecer en el galoppatoio. Más de una vez les servíamos de in­térpretes con algún gringo descarnado.

No fue por ellas que llevamos a Margarito Duarte a la Villa Borghese, sino para que conociera el león. Vivía en libertad en un islote desértico circun­dado por un foso profundo, y tan pronto como nos divisó en la otra orilla empezó a rugir con un desa­sosiego que sorprendió a su guardián. Los visitantes del parque acudieron sorprendidos. El tenor trató de identificarse con su do de pecho matinal, pero el león no le prestó atención. Parecía rugir hacia todos nosotros sin distinción, pero el vigilante se dio cuen­ta al instante de que sólo rugía por Margarito. Así fue: para donde él se moviera se movía el león, y tan pronto como se escondía dejaba de rugir. El vigilante, que era doctor en letras clásicas de la uni­versidad de Siena, pensó que Margarito debió estar ese día con otros leones que lo habían contaminado de su olor. Aparte de esa explicación, que era invá­lida, no se le ocurrió otra.

— En todo caso — dijo— no son rugidos de gue­rra sino de compasión.

Sin embargo, lo que impresionó al tenor Ribera Silva no fue aquel episodio sobrenatural, sino la con­moción de Margarito cuando se detuvieron a con­versar con las muchachas del parque. Lo comentó en la mesa, y unos por picardía, y otros por com­prensión, estuvimos de acuerdo en que sería una bue­na obra ayudar a Margarito a resolver su soledad. Conmovida por la debilidad de nuestros corazones, María Bella se apretó la pechuga de madraza bíblica con sus manos empedradas de anillos de fantasía.

— Yo lo haría por caridad — dijo—, si no fuera porque nunca he podido con los hombres que usan chaleco.

Fue así como el tenor pasó por la Villa Borghese a las dos de la tarde, y se llevó en ancas de su vespa a la mariposita que le pareció más propicia para dar­le una hora de buena compañía a Margarito Duarte. La hizo desnudarse en su alcoba, la bañó con jabón de olor, la secó, la perfumó con su agua de colonia personal, y la empolvó de cuerpo entero con su tal­co alcanforado para después de afeitarse. Por último le pagó el tiempo que ya llevaban y una hora más, y le indicó letra por letra lo que debía hacer.

La bella desnuda atravesó en puntillas la casa en penumbras, como un sueño de la siesta, y dio dos golpecitos tiernos en la alcoba del fondo. Margarito Duarte, descalzo y sin camisa, abrió la puerta.

—Buona sera giovanotto — le dijo ella, con voz y modos de colegiala—. Mi manda il tenore.

Margarito asimiló el golpe con una gran digni­dad. Acabó de abrir la puerta para darle paso, y ella se tendió en la cama mientras él se ponía a toda prisa la camisa y los zapatos para atenderla con el debido respeto. Luego se sentó a su lado en una silla, e inició la conversación. Sorprendida, la muchacha le dijo que se diera prisa, pues sólo disponían de una hora. Él no se dio por enterado.

La muchacha dijo después que de todos modos habría estado el tiempo que él hubiera querido sin cobrarle ni un céntimo, porque no podía haber en el mundo un hombre mejor comportado. Sin saber qué hacer mientras tanto, escudriñó el cuarto con la mirada, y descubrió el estuche de madera sobre la chimenea. Preguntó si era un saxofón. Margarito no le contestó, sino que entreabrió la persiana para que entrara un poco de luz, llevó el estuche a la cama y levantó la tapa. La muchacha trató de decir algo, pero se le desencajó la mandíbula. O como nos dijo después: Mi si geló il culo. Escapó despavorida, pero se equivocó de sentido en el corredor, y se encontró con la tía Antonieta que iba a poner una bombilla nueva en la lámpara de mi cuarto. Fue tal el susto de ambas, que la muchacha no se atrevió a salir del cuarto del tenor hasta muy entrada la noche.

La tía Antonieta no supo nunca qué pasó. Entró en mi cuarto tan asustada, que no conseguía atorni­llar la bombilla en la lámpara por el temblor de las manos. Le pregunté qué le sucedía. «Es que en esta casa espantan», me dijo. «Y ahora a pleno día». Me contó con una gran convicción que, durante la gue­rra, un oficial alemán degolló a su amante en el cuar­to que ocupaba el tenor. Muchas veces, mientras andaba en sus oficios, la tía Antonieta había visto la aparición de la bella asesinada recogiendo sus pasos por los corredores.

— Acabo de verla caminando en pelota por el corredor — dijo—. Era idéntica.

La ciudad recobró su rutina en otoño. Las terra­zas floridas del verano se cerraron con los primeros vientos, y el tenor y yo volvimos a la vieja tractoría del Trastévere donde solíamos cenar con los alum­nos de canto del conde Cario Calcagni, y algunos compañeros míos de la escuela de cine. Entre estos últimos, el más asiduo era Lakis, un griego inteli­gente y simpático, cuyo único tropiezo eran sus dis­cursos adormecedores sobre la injusticia social. Por fortuna, los tenores y las sopranos lograban casi siempre derrotarlo con trozos de ópera cantados a toda voz, que sin embargo no molestaban a nadie aun después de la media noche. Al contrario, algu­nos trasnochadores de paso se sumaban al coro, y en el vecindario se abrían ventanas para aplaudir.

Una noche, mientras cantábamos, Margarito en­tró en puntillas para no interrumpirnos. Llevaba el estuche de pino que no había tenido tiempo de dejar en la pensión después de mostrarle la santa al pá­rroco de San Juan de Letrán, cuya influencia ante la Sagrada Congregación del Rito era de dominio pú­blico. Alcancé a ver de soslayo que lo puso debajo de una mesa apartada, y se sentó mientras termi­nábamos de cantar. Como siempre ocurría al filo de la media noche, reunimos varias mesas cuando la tractoría empezó a desocuparse, y quedamos juntos los que cantaban, los que hablábamos de cine, y los amigos de todos. Y entre ellos, Margarito Duarte, que ya era conocido allí como el colombiano silen­cioso y triste del cual nadie sabía nada. Lakis, intri­gado, le preguntó si tocaba el violonchelo. Yo me sobrecogí con lo que me pareció una indiscreción difícil de sortear. El tenor, tan incómodo como yo, no logró remendar la situación. Margarito fue el úni­co que tomó la pregunta con toda naturalidad.

— No es un violonchelo — dijo—. Es la santa.

Puso la caja sobre la mesa, abrió el candado y levantó la tapa. Una ráfaga de estupor estremeció el restaurante. Los otros clientes, los meseros, y por último la gente de la cocina con sus delantales en­sangrentados, se congregaron atónitos a contemplar el prodigio. Algunos se persignaron. Una de las co­cineras se arrodilló con las manos juntas, presa de un temblor de fiebre, y rezó en silencio.

Sin embargo, pasada la conmoción inicial, nos enredamos en una discusión a gritos sobre la insu­ficiencia de la santidad en nuestros tiempos. Lakis, por supuesto, fue el más radical. Lo único que que­dó en claro al final fue su idea de hacer una película crítica con el tema de la santa.

— Estoy seguro — dijo— que el viejo Cesare no dejaría escapar este tema.

Se refería a Cesare Zavattini, nuestro maestro de argumento y guión, uno de los grandes de la historia del cine y el único que mantenía con nosotros una relación personal al margen de la escuela. Trataba de enseñarnos no sólo el oficio, sino una manera distinta de ver la vida. Era una máquina de pensar argumentos. Le salían a borbotones, casi contra su voluntad. Y con tanta prisa, que siempre le hacía falta la ayuda de alguien para pensarlos en voz alta y atraparlos al vuelo. Sólo que al terminarlos se le caían los ánimos. «Lástima que haya que filmarlo», decía. Pues pensaba que en la pantalla perdería mu­cho de su magia original. Conservaba las ideas en tarjetas ordenadas por temas y prendidas con alfile­res en los muros, y tenía tantas que ocupaban una alcoba de su casa.

El sábado siguiente fuimos a verlo con Margarito Duarte. Era tan goloso de la vida, que lo encontra­mos en la puerta de su casa de la calle Angela Merici, ardiendo de ansiedad por la idea que le había­mos anunciado por teléfono. Ni siquiera nos saludó con la amabilidad de costumbre, sino que llevó a Margarito a una mesa preparada, y él mismo abrió el estuche. Entonces ocurrió lo que menos imaginá­bamos. En vez de enloquecerse, como era previsible, sufrió una especie de parálisis mental.

— Ammazza! — murmuró espantado.

Miró a la santa en silencio por dos o tres minu­tos, cerró la caja él mismo, y sin decir nada condujo a Margarito hacia la puerta, como a un niño que diera sus primeros pasos. Lo despidió con unas palmaditas en la espalda. «Gracias, hijo, muchas gra­cias», le dijo. «Y que Dios te acompañe en tu lu­cha». Cuando cerró la puerta se volvió hacia noso­tros, y nos dio su veredicto.

— No sirve para el cine — dijo—. Nadie lo creería.

Esa lección sorprendente nos acompañó en el tranvía de regreso. Si él lo decía, no había ni que pensarlo: la historia no servía. Sin embargo, María Bella nos recibió con el recado urgente de que Zavattini nos esperaba esa misma noche, pero sin Mar­garito.

Lo encontramos en uno de sus momentos este­lares. Lakis había llevado a dos o tres condiscípulos, pero él ni siquiera pareció verlos cuando abrió la puerta.

— Ya lo tengo — gritó—. La película será un ca­ñonazo si Margarito hace el milagro de resucitar a la niña.

— ¿En la película o en la vida? — le pregunté.

Él reprimió la contrariedad. «No seas tonto», me dijo. Pero enseguida le vimos en los ojos el destello de una idea irresistible. «A no ser que sea capaz de resucitarla en la vida real», dijo, y reflexionó en serio:

— Debería probar.

Fue sólo una tentación instantánea, antes de re­tomar el hilo. Empezó a pasearse por la casa, como un loco feliz, gesticulando a manotadas y recitando la película a grandes voces. Lo escuchábamos deslumbrados, con la impresión de estar viendo las imá­genes como pájaros fosforescentes que se le escapa­ban en tropel y volaban enloquecidos por toda la casa.

— Una noche — dijo— cuando ya han muerto como veinte Papas que no lo recibieron, Margarito entra en su casa, cansado y viejo, abre la caja, le acaricia la cara a la muertita, y le dice con toda la ternura del mundo: «Por el amor de tu padre, hijita:

levántate y anda».

Nos miró a todos, y remató con un gesto triunfal:

— ¡Y la niña se levanta!

Algo esperaba de nosotros. Pero estábamos tan perplejos, que no encontrábamos qué decir. Salvo Lakis, el griego, que levantó el dedo, como en la escuela, para pedir la palabra.

— Mi problema es que no lo creo — dijo, y ante nuestra sorpresa, se dirigió directo a Zavattini—: Perdóneme, maestro, pero no lo creo.

Entonces fue Zavattini el que se quedó atónito.

— ¿Y por qué no?

— Qué sé yo — dijo Lakis, angustiado—. Es que no puede ser.

— Ammazza! — gritó entonces el maestro, con un estruendo que debió oírse en el barrio entero—. Eso es lo que más me jode de los estalmistas: que no creen en la realidad.

En los quince años siguientes, según él mismo me contó, Margarito llevó la santa a Castelgandolfo por si se daba la ocasión de mostrarla. En una au­diencia de unos doscientos peregrinos de América Latina alcanzó a contar su historia, entre empujones y codazos, al benévolo Juan XXIII. Pero no pudo mostrarle a la niña porque debió dejarla a la entrada, junto con los morrales de otros peregrinos, en pre­visión de un atentado. El Papa lo escuchó con tanta atención como le fue posible entre la muchedumbre, y le dio en la mejilla una palmadita de aliento.

— Bravo, figlio mío — le dijo—. Dios premiará tu perseverancia.

Sin embargo, cuando de veras se sintió en víspe­ras de realizar su sueño fue durante el reinado fugaz del sonriente Albino Luciani. Un pariente de este, impresionado por la historia de Margarito, le pro­metió su mediación. Nadie le hizo caso. Pero dos días después, mientras almorzaban, alguien llamó a la pensión con un mensaje rápido y simple para Marearito: no debía moverse de Roma, pues antes del jueves sería llamado del Vaticano para una audiencia privada.

Nunca se supo si fue una broma. Margarito creía que no, y se mantuvo alerta. No salió de la casa. Si tenía que ir al baño lo anunciaba en voz alta: «Voy al baño». María Bella, siempre graciosa en los pri­meros albores de la vejez, soltaba su carcajada de mujer libre.

— Ya lo sabemos, Margarito, — gritaba—, por si te llama el Papa.

La semana siguiente, dos días antes del telefone­ma anunciado, Margarito se derrumbó ante el titular del periódico que deslizaron por debajo de la puer­ta: Morto il Papa. Por un instante lo sostuvo en vilo la ilusión de que era un periódico atrasado que ha­bían llevado por equivocación, pues no era fácil creer que se muriera un Papa cada mes. Pero así fue: el sonriente Albino Luciani, elegido treinta y tres días antes, había amanecido muerto en su cama.

Volví a Roma veintidós años después de conocer a Margarito Duarte, y tal vez no hubiera pensado en él si no lo hubiera encontrado por casualidad. Yo estaba demasiado oprimido por los estragos del tiem­po para pensar en nadie. Caía sin cesar una llovizna boba como de caldo tibio, la luz de diamante de otros tiempos se había vuelto turbia, y los lugares que habían sido míos y sustentaban mis nostalgias eran otros y ajenos. La casa donde estuvo la pensión seguía siendo la misma, pero nadie dio razón de María Bella. Nadie contestaba en seis números de teléfonos que el tenor Ribero Silva me había man­dado a través de los años. En un almuerzo con la nueva gente de cine evoqué la memoria de mi maes­tro, y un silencio súbito aleteó sobre la mesa por un instante, hasta que alguien se atrevió a decir:

— Zavattini? Mai sentito.

Así era: nadie había oído hablar de él. Los ár­boles de la Villa Borghese estaban desgreñados bajo la lluvia, el galoppatoio de las princesas tristes había sido devorado por una maleza sin flores, y las bellas de antaño habían sido sustituidas por atletas andró­ginos travestidos de manólas. El único sobreviviente de una fauna extinguida era el viejo león, sarnoso y acatarrado, en su isla de aguas marchitas. Nadie can­taba ni se moría de amor en las tractorías plastificadas de la Plaza de España. Pues la Roma de nuestras nostalgias era ya otra Roma antigua dentro de la antigua Roma de los Césares. De pronto, una voz que podía venir del más allá me paró en seco en una callecita del Trastévere:

— Hola, poeta.

Era él, viejo y cansado. Habían muerto cinco papas, la Roma eterna mostraba los primeros sínto­mas de la decrepitud, y él seguía esperando. «He esperado tanto que ya no puede faltar mucho más», me dijo al despedirse, después de casi cuatro horas de añoranzas. «Puede ser cosa de meses». Se fue arrastrando los pies por el medio de la calle, con sus botas de guerra y su gorra descolorida de romano viejo, sin preocuparse de los charcos de lluvia donde la luz empezaba a pudrirse. Entonces no tuve ya ninguna duda, si es que alguna vez la tuve, de que el santo era él. Sin darse cuenta, a través del cuerpo incorrupto de su hija, llevaba ya veintidós años lu­chando en vida por la causa legítima de su propia canonización.

Agosto 1981.


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