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Grupo de Filosofía



Prevención de los Absolutos

Jes
Psicologia clínica/psicoanálisis ub/ua...
Escrito por Jes Ricart
el 14/07/2009

Prevenci ó n de los Absolutos. JesRICART

Ha sido m á s f á cil cuestionar las formas gramaticales que utilizan universales categ ó ricos en sus formas de absolutos expresivos ( todos, todo, siempre, nunca, jam á s, ú nico, imposible, ninguno o solamente , por citar los m á s frecuentes) que aprender a vivir en el oce á no de las gram á ticas sin usarlos. Me propongo en este art í #! @##@ escribir acerca de este tema sin usar, (iba a poner ahora ninguna), de todas las palabras posibles, dir é como opci ó n alternativa, las de é sta colecci ó n. Por de pronto acabo de demostrar/me que es pr á cticamente, (iba a decir, imposible), muy dif í cil expresar sin acudir a frases formuladas con tal contundencia que dejen las excepciones fuera. Los criterios de habla tolerantes y respetuosos con la realidad multivariable llevan a producir mayor cantidad de oraciones encadenadas que las formas de hablar dogm á ticas y reduccionistas. Para la mayor í a de situaciones a valorar e interpretar la ecuaci ó n simple de A es igual a B y solo a B no existe a no ser de que B incluya toda la gama de posibilidades hipot é ticas de modificaci ó n. El axioma racional es el de A es igual A y solo a A. Por de pronto ya estoy utilizando el vocablo solo que a í sla una situaci ó n ú nica, (y ahora uso el de ú nico/a) con lo cual estoy contraviniendo mi intenci ó n de escribir sin este tipo de palabras. Mientras que solo en el sentido de solamente se refiere a unas circunstancias especiales el de ú nico/a se refiere ambivalentemente tanto a lo mismo: esa y solo esa posibilidad como a la condici ó n de excepcionalidad de una situaci ó n o un individuo dados. Un ser es ú nico cuando es induplicable aunque desde su egofagia puede entender que es el ú nico que vive y con derecho a comerse lo de los dem á s.

Ha sido m á s f á cil para la historia del pensamiento y del movimiento social levantarse en contra de las formas absolutistas de poder pol í tico que superar las formas absolutistas en sus lenguajes. En las conversaciones ordinarias, tambi é n en los speechs de las castas vociferas de unas u otras pol í ticas hay un tipo de estilo mitinesco del habla en el que los absolutos gramaticales son de producci ó n continua. No quedan circunscritos a ese circo, en los foros de los considerandos tambi é n aparecen con asiduidad. Si en la cotidianeidad verbal el sujeto el é ctrico (o hist é rico seg ú n sea su grado de descontrol) remarca sus tomas de posici ó n irrevocables o radicales tom á ndolos tambi é n concurre un distanciamiento profil á ctico de tanta contundencia cuando se sospecha que no est á apoyada. En las formas descriptoras de la realidad para abreviar vocabulario se utilizan los absolutos, de otro modo hay que a ñ adir frases complementarias para una mayor exactitud de lo que se quiere afirmar. Este tipo de vocablos para precisar ( casi, aproximadamente, probablemente, una parte de, ) consiguen la sensaci ó n justamente contraria: un sentimiento de indeterminaci ó n. Los absolutos son determinantes, pontifican situaciones, aseguran leyes incluso no se abstienen de hacer profec í as si la ret ó rica lo requiere. Por el contrario las palabras de apoyo para detallar las situaciones tal como son generan una mayor cantidad de voluntaria y adem á s pueden producir una impresi ó n de relativismo. Este ser í a el opuesto de la discursividad con absolutos sin ayudar al pensamiento a librarse de sus debilidades. Lo absoluto impide situar los matices de cada situaci ó n concreta. Ante un verboabsolutista la prudencia discursiva sugiere tomar distancia en la pol é mica y hasta en la convivencia. Quien lo tiene tan claro que su prosa no admite atenuantes y excepcionales no invita a acompa ñ arlo en su forma de sectarizarse en el mundo. Muchos seguidistas amantes de dogmas opinan lo contrario y se colocan en posici ó n de espera de l í deres preclaros que emitan oraciones sencillas y definitivas (definitiva es una palabra que encierra otro absoluto expresado de una manera m á s suave). Cuando se tiene un talante inercial de pontificarlo todo repartiendo medallas o espinas a quien corresponda seg ú n su opini ó n, axiomatizando las frases, es el momento de tomar medidas para revisar cada uno de esos posicionamientos f é rreos. La cuesti ó n es si se puede vivir intelectual y f á cticamente sin usar los absolutos. En las formas verbales existe una connivencia de disculpa rec í proca en cada una de las exageraciones proferidas sospechando que se sabe que lo son. Cuando un amante le dice a otro te querr é toda la vida o equivalencias: siempre estar é a tu lado , le est á mintiendo ya que no est á en condiciones de pronosticar su posici ó n sentimental en el futuro en el que ha de incidir otras muchas circunstancias que no sospecha. Si el hablante de tales predicados los cumple a rajatabla hasta el final puede infringirse un da ñ o a si mismo impidi é ndose toda variaci ó n, y as í toda evoluci ó n posterior. Si bien es fundamental la referencialidad estable de un decir demostrando la consecuencia de un dicente con sus predicados, hay una frontera en que la rigidez del planteamiento se convierte en dogma. Las afirmaciones acreditadas necesitan de las precisiones que las hagan cre í bles, por tanto preciosista dentro de un discurso de lujo.

Hay un `punto en que los absolutos se convierte en hirientes integrando el discurso lesivo e boga al impugnar el futuro de los sujetos de su á mbito de aplicaci ó n. Cuando un hablante le verbaliza a otro que nunca jam á s quiere saber nada mas …” con é l/ella, se eta privando de posibles reparaciones posteriores adem á s de vincul á ndolo a ese significante. Esas tomas de posici ó n definitivas tienen su frecuencia y a pesar de su dureza tambi é n facilitan la mutua desafecci ó n o liberaci ó n de un tema com ú n que ha dejado de ayudar a ambas partes. Eso introduce una cuesti ó n profil á ctica en la relaci ó n: la de descartar al otro no ya solo porque quiera imperar en su otredad dominando el universo yoico de uno sino porque ese otro queda retirado como fuente de inspiraci ó n, cooperaci ó n, amor o placer. Eso significa que el uso de los absoluto del hombre gramatical es el resultado de su psicoling üí stica y no exclusivamente de sus formas vocabulares limitadas. El absoluto mas absolutista de las construcciones verbales es el que excluye al otro como comunicante potencial no porque no se pueda admitir que no tenga un potencial positivo en sus emisiones sino porque esa fracci ó n de saber/placer/inter é s no justifica aguantarlo en el resto de sus palizas o chascos o desaguisados u horteradas. Eso lleva a coexistencias tangenciales y de espaldas los unos de los otros compartiendo espacios y el aire envolvente pero no miradas ni palabras ni escuchas. Lo que no quita un inter é s por el espect á #! @##@ de la calle y por la expectaci ó n en espera de cualquier otro que demuestre puntualmente genialidad.

Como se est á viendo escribir sin usar absolutos es improbable. La frase corta los evita pero el discurso complejo acude una y otra vez a ellos. Eso es lo que da la firmeza. Si regula la gesti ó n de la lista de las primera 9 palabras puestas a prueba no impide el uso de otras menos fuertes pero que tienden a querer decir lo mismo tales como exclusivo, cada, definitivo, inapelable, Lo mas que se puede concienciar es la necesidad de una gesti ó n especifica de las palabras, moderada en el torno y profunda en el an á lisis sin suponer la eternidad de cada predicado emitido como sentencia.

La mutua complicidad de los hablantes en sus formas inerciales e inexactas, cuando no claramente err ó neas, se justifica sus absolutos hiperbolizando discursos despegados de los hechos. Hay individuos mas exagerados que otros en su hablar, pero tambi é n culturas o grupos. Desde la escucha o la lectura se quita intuitivamente intensidad a esos comunicandos para entenderlos en su justa medida.

La afirmaci ó n de cualquier cosa tambi é n de cualquier autor debe ser expresada con cuidado y delicadeza. Eso es pr á cticamente imposible ya que la categor í a de absolutos es un forma de tomar distancias y de romper o unir relaciones seg ú n su sentido expresivo. De hecho los absolutos empiezan con el sistema binario de reparto de las aceptaciones y rechazos de las cosas. La diferencia cualitativa es que a una persona, un evento o una obra se le puede aceptar en unas cosas y no en otras, el absoluto puede impugnarlos en su totalidad o aceptar su seguimiento incondicional y acr í tico.

En la facultad de letras de la m á s famosa eclosi ó n de las pintadas del 68 una en la facultad de letras dec í a Exgerar: esa es el arma. No, no lo era o no pudo serlo como arma eficaz. Las exageraciones son deformaciones de las estad í sticas reales o interpretaciones deformantes. Son fueras de punto de las miradas miopes que desdibujan los panoramas. Otra que ostentaba absolutos Abajo el realismo socialista ¡ viva el surrealismo! Tampoco fue eficaz para mimar alternativas a aquel momento hist ó rico. Hubo una literatura a favor de la provocaci ó n y del confusionismo para confundir a los poderes establecidos ante el nuevo poder emergente de la imaginaci ó n y de la dislocaci ó n de los discursos hasta ese momento vigentes incluidos los del politicismo t ó pico pero no ayud ó al propio movimiento que se asfixi ó en su propia filosof í a de la impugnaci ó n de todo.

En los versos y en los verbos es necesaria la cautela sin tampoco caer en el relativismo de justificarlo todo. El habla discreta lleva a callar para eludir los absolutos que desguazan las posibilidades para un pensamiento brillante Julio Rodr í guez Puertolas empieza un poema as í : Aqu í escribo (y callo) [1] Al hablar, el hablante consciente de su decir tambi é n puede empezar su speech diciendo: hablo y silencio . En el habla oral importan m á s los actos de significaci ó n que no las imposiciones un interpretativas, claro que el uso de absolutos ya son en s í mismos actos que significan un tipo de totalitarismo en la forma de pensar.


[1] El de unos dias de setiembre en los Angeles. La pluma num 6 1981 p. 76