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Grupo de Los valores en mi vida



POR UNA EDUCACIÓN MORAL, EN VALORES ESPIRITUALES, ÉTICOS

Jesús Rafael
Quiromasajista. escuela de quiromasaje...
Escrito por Jesús Rafael González García
el 09/11/2012

POR UNA EDUCACIÓN MORAL, EN VALORES ESPIRITUALES, ÉTICOS…

Declaración de la Comunidad Bahá'í de España

Octubre 2002

Son muchas las voces que desde diferentes ámbitos reclaman una revisión de la educación moral que la haga más visible en la práctica educativa y que esté asentada en unas propuestas que atiendan de manera integrada a las diversas facetas de la naturaleza humana. No en vano, de acuerdo con la Convención de Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño, uno de los derechos más importantes que le asiste a nuestra infancia y juventud es justamente el derecho a la educación moral.

La educación moral -o educación en valores- debe constituirse en instrumento eficaz que capacite a nuestros niños y adolescentes para convertirse en sujetos éticos, es decir, en agentes activos de su propio desarrollo, personas responsables de la maduración de su carácter y de la transformación de la propia sociedad. Este proceso requiere, en justa contrapartida, una sociedad dispuesta a contribuir en todas sus esferas, y no sólo en la educativa, a la realización de ese mismo fin.

Es fundamental fomentar la concurrencia real de los diferentes actores reconocidos de la ecuación educativa. Tanto la familia, en cuanto primera educadora del niño, como los profesionales de la educación, medios de comunicación, o los propios organismos nacionales e internacionales competentes han de contribuir de forma responsable a perfilar una educación moral basada en los valores que sustentan la convivencia humana. Por consiguiente, un primer escollo que debe superarse es el que lleva a declarar impracticable -bien soto voces, o por la vía de los hechos- el consenso que debería perfilar los valores en que se dice creer. Consenso, curiosamente, que de acuerdo con esos mismos actores es pieza fundamental de la convivencia civilizada.

Es preciso reconocer con sinceridad que el puesto que debe ocupar la educación moral en nuestro sistema educativo depende también de la superación de los lastres históricos y generacionales que han llevado a concebir o rechazar la educación moral como mero adoctrinamiento (cívico o religioso), disciplina sustitutiva de la religión, o simple corsé moralizante. Mientras imperen estas imágenes estereotipadas no es de extrañar que la ética o la educación moral apenas se abran paso en el currículum realmente existente.

Al mismo tiempo, parece un hecho cierto que, en la práctica, nuestro sistema educativo sigue primando los contenidos académicos en detrimento de los éticos, sin articular métodos capaces de trascender el mero conocimiento de lo moralmente bueno. Gran parte de la información ética suministrada resulta estéril al no ir más allá de la exposición de teorías. Otra parte resulta nociva pues en el fondo se limita a dar carta de naturaleza a las inclinaciones y deseos más primarios. Además, no abundan ni se potencian los intentos innovadores que conjugan en la práctica educativa la voluntad de actuar, los valores, los sentimientos y el rigor intelectual. Las propias técnicas de sensibilización no alcanzan a inducir cambios en las formas de pensar, sentir y actuar. Es preciso, pues, un marco conceptual y una metodología que permitan convertir las buenas intenciones en buenas acciones.

Todo ello hace que nuestro sistema educativo se vea inerme, o incluso se reconozca neutral, ante hechos sociales que le afectan directa o indirectamente: acentuación de la violencia en general; aumento de la indisciplina escolar; desigualdades en la dotación material de los centros; inestabilidad y precariedad del profesorado; mayores desniveles en el diálogo intergeneracional e intercultural; aumento de las rupturas de pareja; acentuación de psicopatologías emocionales como la anorexia o la depresión; extensión del racismo y fanatismo religioso; mayor presencia de actitudes materialistas y de consumismo irresponsable. Más allá de las demandas educativas que plantea esta realidad, conviene no olvidar, además, que la globalización conlleva problemáticas novedosas con exigencias ineludibles en el plano educativo: atención a la diversidad, multiculturalitas, etc.

* * *

Bahá'u'lláh, fundador de la Fe bahá'í, invita a considerar la naturaleza del ser humano desde una perspectiva espiritual en la que además de reafirmar la dignidad de la persona y su sentido de misión en esta vida, se subrayan los estrechos vínculos entre la educación y al provecho del conjunto de la humanidad:

El hombre es el Talismán supremo. Sin embargo, la falta de una educación adecuada le ha privado de lo que posee inherente mente. Mediante una palabra procedente de la boca de Dios fue llamado a la existencia; mediante otra palabra se le guió a reconocer la Fuente de su educación; y aun en virtud de otra palabra más quedaron resguardados su estación y destino. El Gran Ser dice: Considera al hombre una mina rica en gemas de inestimable valor. Sólo la educación puede revelar sus tesoros y posibilitar que la humanidad se beneficie de ellos.

La Comunidad Bahá'í considera que la dimensión espiritual del ser humano es fundamental y que tanto sus capacidades físicas como racionales deben expresar el ingente caudal de nobles ideales acumulado por la humanidad. En palabras de 'Abdu'l-Bahá, el propósito de la religión es la procura "de la felicidad en la vida futura y el refinamiento del carácter en ésta". Por tanto, el objetivo primordial de la educación es nutrir las actitudes y prácticas de modo que liberen el potencial humano y brinden a las personas la oportunidad de alcanzar no sólo un mayor grado de desarrollo técnico profesional, sino también una comprensión de quiénes somos, para qué propósito existimos y, en consecuencia, qué principios habrán de regir en nuestras vidas, pues el ser y el hacer constituyen dimensiones inseparables de la persona. Son éstas preguntas que acompañan inevitablemente a los hombres y mujeres en el curso de sus vidas y a las que tanto la ciencia como la religión, cada una con su especificidad y en diálogo mutuo, tienen el deber de suministrar respuestas congruentes. Ninguna educación podrá decirse plenamente moral si no redunda en una mayor estabilidad emocional y en una auténtica capacidad de aportar al bienestar del conjunto de la humanidad.

De acuerdo con este planteamiento, la educación ha de capacitar a nuestros niños y, en realidad, a todas las personas (educación permanente) para que desarrollen una conciencia o discernimiento morales que les permitan hacer suyos gradualmente los valores que compartimos todos los seres humanos. Ha de ser, por tanto una capacitación, que faculte a nuestros niños y niñas a obtener una clara comprensión de su propia naturaleza espiritual, de su propósito en la vida y de cuál ha de ser su contribución al bien común. La formación moral ha de distinguirse -igualmente- por su poder para que las nuevas generaciones planifiquen su propio modo de vida y sientan que su estilo vital se adecua a sus propios intereses y armoniza con el de los demás. Tal convicción, confianza personal y sentido de libertad responsable no puede ser impuesto a las personas ni tampoco dejarse al azar.

No basta con declarar buenos principios, sino que entre todos los actores educativos deben arbitrarse medios y estrategias prácticas que ayuden a que nuestros niños los incorporen en sus vidas y los trabajen eficazmente durante su ciclo formativo. La educación ha de ser tal que ayude a que nuestros niños y adolescentes crezcan conscientes de sus derechos y responsabilidades, que sean artífices de su propio destino y se conviertan en seres autónomos y técnicamente cualificados; ha de ayudar a que sean consumidores conscientes, personas respetuosas de su entorno natural, caracterizadas por su espíritu de conciliación y diálogo. En definitiva, ciudadanos del mundo comprometidos con la transformación de la sociedad y solidarios con quienes sufren y carecen no por casualidad de estas mismas oportunidades.

Como consecuencia de la estrechísima relación entre el bienestar de la persona y el social, es necesario que los programas de educación moral impulsen procesos individuales y colectivos de transformación, de manera que cada niño pueda desarrollar los conceptos, valores, actitudes y habilidades que le permitan tomar decisiones y desplegar patrones de creatividad y cooperación en la interacción humana. Elementos clave de éste doble proceso, serán, por ejemplo, el desarrollo de la conciencia de unidad e interdependencia de los seres humanos, el aprecio de la diversidad cultural, la percepción de que el potencial de cada ser humano es imprescindible para llevar adelante una civilización en continuo progreso, y el desarrollo de un fuerte sentido de civismo y servicio comunitario que dé respuesta a las necesidades de la humanidad.

La estrecha relación entre el desarrollo moral de la persona y el cultivo de la dimensión espiritual del ser humano hace imprescindible que la escuela se ofrezca como mirador privilegiado desde el que acceder a los frutos históricos del esfuerzo humano en toda la riqueza y variedad de sus culturas. En este sentido, debería propiciarse el que nuestras niñas y niños valoren y aprecien el patrimonio espiritual y religioso de la humanidad, conozcan y aprecien los monumentos literarios y artísticos de las grandes religiones del mundo, y entiendan la dinámica de diálogo ínter cultural e ínter religioso al que está abocado nuestro planeta. La tolerancia sin reconocimiento es más bien indiferencia. Más aún, los valores humanos no pueden entenderse al margen de la historia y de la dimensión transcultural e interreligiosa que asume la realidad contemporánea. Preparar a nuestros hijos e hijas para los desafíos inherentes a esta tarea civilizadora es parte fundamental de la pacificación y planetización de los asuntos humanos (COMUNIDAD BAHÁ'Í DE ESPAÑA).