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Polisínton (episodio 15). Un cardenal en el asfalto.

Jes
Psicologia clínica/psicoanálisis ub/ua...
Escrito por Jes Ricart
el 18/05/2009

Polisínton. Un cardenal en el asfalto. JesRICART

El espectáculo de un cardenal, en este caso una mujer vestida de cardenal, haciendo autostop nunca se había visto en las carreteras europeas. Durante los días, deliberadamente demorados, que le llevó dirigirse hacia el Mediterráneo Polisínton se rio como nunca de la cantidad de ocurrencias que oyó a su paso. Ninguno de sus atuendos anteriores generó tanta comedia como con este.

-Richelieu, supongo –le dijo alguien que la paró-

-Mi nombre es Polisínton –dijo Polisínton asegurándose que su nombre o fuera confundido con el de un filósofo griego ni con ningún otro nombre-, espero no ser la reencarnación de Richelieu.

-Llamativo traje. ¿Vas a algún cónclave?

-Voy de paseo por el mundo. Me gustan toda clase de faldas.

Los ratos que compartía auto y conversación casi siempre eran divertidos. Ella reía y hacia reír. Raramente estaba triste. Su amiga Liv se había quedado en su mansión y ninguna de las dos se había comprometido a nada, a ningún reencuentro, a ninguna cita, ni siquiera ningún contacto. La cantidad de nuevos acontecimientos que le traía cada nuevo día alejaban vertiginosamente el ayer hacia un pasado que se fosilizaba pronto. Antes de que se diera cuenta advirtió que la actualidad era un poderoso antídoto contra el ayer y que cada ayer la esperaba en su sitio si estaba dispuesta a reanudarlo, a reencontrarse con la gente conocida.

Ahora que comprobaba que su sistema de viaje funcionaba y que tenia la gran suerte de no tener que esperar en los sitios aparte de que no paraba de salirle gente simpática y amable pensó que podía dedicarse a viajar cuanto quisiera. El planeta estaba girando para ella y en todos los países habría alguien súper interesante a quien conocer.

-Bueno, lo de todos los países tendrás que repensártelo, muchos están en guerra, hay tráfico de órganos humanos, los niños en el norte de Moçambique son comprados por 3000 euros para robarles sus órganos vitales. Las cosas pintan feas como para andar por todas partes con esa sonrisa tan radiante que hace de sol. –le dijo otro conductor-

-No quiero tener planes. Me dejo llevar por el instinto. Llegaré hasta donde mi deseo de conocimiento y de experiencia me lleve. El temor es un inhibidor, trataré de que no se interfiera entre mis deseos y el mundo.

Vestida de cardenal era la admiración en las cafeterías que entraba, los restaurantes en los que metía y por supuesto en la cuneta levantado el brazo y el dedo. Ahí donde fuera daba la nota. Alguien le preguntó si el vaticano tenía mujeres cardenales e su nómina. Eso le dio la idea de pasarse por la piazza st Pietro y preguntar si necesitaban una para alguna reunión de alta teología.

Hasta Innsbruck fue llevada por una troupe de teatro que viajaba con una camioneta. Fliparon con ella y la invitaron a su local que vivían en régimen semicomunal. Ese grupo hacia actuaciones en la calle y tenia contratos puntuales con las oficinas de cultura. El local era inmenso, una ocupación de una nave semilegalizada, allí dormían, preparaban su comida, se duchaban y hacían el amor más o menos revueltos y en concordia, para Polisínton era un apunte paradisiaco del Edén. Cada mañana según se iban levantando y terminando sus abluciones y desayunos se reunían en una gran sala en la que preparaban gags, piruetas circenses, guiones preescritos o improvisaciones. Todo sobre la marcha, sin ningún plan ni concierto, ningún director. Inexplicablemente salían historias que ofrecían al público que daba dinero por ellas. Polisínton se reencontraba de nuevo con su parecía destino callejero natural. Allí conoció a Oliver, ojos azules, rubio, simpático, exudante de alegría, sin ninguna mancha de infelicidad. Oliver fue la razón para detenerse en la ciudad durante un tiempo. Con su atuendo de cardenala se integró a las actividades del grupo. Nadie presupuso ni propuso nada, todo fue surgiendo. Ella integró sus propios gags a los de los demás, a todo el mundo le pareció bien. Los jadeos emergentes de la cama de Oliver compartida con Polisínton fueron los más sonoros de las dos siguientes semanas. De Oliver aprendió que siempre hay que estar dispuesto a detenerse si hay un motivo para hacerlo y que todos los sitios esperan a los viajeros retrasados, que en realidad no existen tales viajeros, que la demora es lo mejor que le puede pasar a un ser humano para llegar tarde a sus citas con el desaliento. A fuerza de darle la vuelta a todas las cosas le enseñó que el mejor reloj es el que se retrasa en dar las horas o incluso, exagerando más, el que gira las manecillas al revés. Oliver tenía una energía descomunal: era un amante incasable y no paraba de probarlo todo, hacia bocetos de vestuario, de decorados, ingeniaba coreografías y escribía diálogos y componía. A Polisínton le pareció un genio por reconocer. La vida trepidante de esa troupe no permitía perder el tiempo con la realidad. La realidad era lo que se creían los ignorantes, según su propia definición, ellos habían conseguido escapar de ella y lo único que importaba era reinventar cotinuamente la fantasía.

-Si quieres vivir sueña, si quieres sacarle jugo a la existencia sueña, si quieres sentirlo todo intensamente, sueña –le oyó decir repetidas veces a Oliver como si fuera reactivando su receta a todos los demás. Eso sonaba bien aunque después de tanto abuso proselitista podía empezar a sonar a rollo.

Polisínton se lo pasó muy bien con todos. Siguiendo la pauta de los demás se enrolló con otro par de chicos y con alguna chica. Es como si todos ellos formaran parte de una familia que se venía conociendo desde siempre. Eran residuos de distintos movimientos del pasado que a diferencias de estos se mantenían como pompas de jabón flotando en un espacio en el que no podrían aterrizar nunca. Como idea general no estaba mal. Eran jóvenes, todos eran jóvenes, a todos les estaba permitido, todavía, soñar.

Por la tarde de cada día antes de que se fuera el sol la troupe salía al área peatonal del centro para presentar sus juegos, malabares y música. Era su modo operandi. Los dos domingos que estuvo con ellos fueron a hacer teatro en pequeños locales. Ella puso su personaje surrealista de cardenala dando la bendición al público.

En la ciudad hubo quien la amonestó por ir vestida así.

-Debería darte vergüenza vestir de esta manera, estás avergonzando a nuestra madre iglesia católica –le dijo una beata-

-Mírelo de otra manera, estoy reivindicando que las mujeres puedan tener poder dentro de tal madre iglesia –le contestó sin tomarla muy en serio-

Polisínton empezaba a acostumbrarse a que sus atuendos y juegos de personajes generaran toda clase de posicionamientos, unos a favor y otros en contra. En su vida de normal entrecomillada cuando era una oficinista normal cumpliendo con su empleo y siendo consumidora una vez por semana en el supermercado de la esquina no había tenido nunca tantos problemas a pesar de ser reivindicativa y combativa como los venía teniendo desde que adoptó su vida estrafalaria.

Encajar los golpes así como los signos de admiración o de interrogación que generaba a su paso formaba parte de su laboratorio de experiencias biográficas.

Llegó el día de la partida, no hubo ninguna razón para hacerlo. El pájaro quería volar. Ella se había hecho la idea de ir con su atuendo hasta la visita de la capilla Sixtina pero sus amigos la convencieron para que trocara su vestido por otro. Después de una semanas de suma sacerdotisa le apeteció cambiar de aspecto y aceptó el trueque: ahora se vestiría de payasa clásica: nariz roja de patata, cabellos de estropajo revueltos de loca, unos pantalones bombachos con tirantes, una camiseta de rallas rojas y blancas, unos zapatos enormes y una sobretodo porque hacía ya frío. No es que fuera lo más original pero la apetecía un descanso teológico. Polisínton se podía quedar ahí y nadie entendió realmente porque se iba, ella tampoco, volvía a la región del sol. Sus amigos la acompañaron hasta pie de carretera con la misma camioneta que dos semanas y media antes la habían recogido. La despidieron constituidos en banda musical tocándole con timbales, flautas, trompetas y guitarras una canción que se habían preparado un par de días antes: “adiós con el corazón que con el alma no puedo/al despedirme de ti de sentimiento me muero. Tú serás el bien de mi vida, tú serás el bien de mi alma, tú serás el pájaro pinto que alegre canta por las mañanas …”

Polisínton subió a otro coche mientras ese castellano de acento germánico la estaba acompañando.

Volvió a sentir el sonido de los neumáticos rodando por el asfalto, el sonido del tiempo que corría, la vuelta a todas las hipótesis posibles.