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Foro de Relato



Memorias de pez

lenny
Asturias, España
Escrito por Lenny Martínez Martínez
el 28/08/2007

Aquí os dejo este relato que el Ayuntamiento de Alcobendas me publicó en su recopilatorio de relatos El Fungible 2006. Para los que escribís: Este concurso es una gran oportunidad para autores noveles!

Pablo contempla ensimismado la consistencia viscosa

del ojo del cometa. Éste parece observarle también

desde el interior de su pequeño habitáculo de cristal.

Ambos son peces, pienso. Ambos viven en un mundo

transparente, ambos buscarán refugio ante el peligro,

ambos tienen una memoria frágil en la que ni las alegrías

se prolongan demasiado ni las penas se hacen excesivamente

largas. Ambos se miran y yo los miro.

—Mamá, ¿Cómo se llama?

—No tiene nombre. Puedes ponerle el que quieras.

— ¿El que yo quiera?

Asiento.

Pablo no sabe muy bien qué nombre quiere ponerle

a su pez. Me gustaría ayudarle, pero a mí tampoco se me

ocurre ninguno. También yo tuve algunos peces cuando

era pequeña. Mis favoritos eran aquellos de color negro

con los ojos saltones a los que llaman periscopios. Aunque,

ahora que lo recuerdo, siempre se morían antes de que

a mí se me hubiera ocurrido ningún nombre.

— ¿Y si le ponemos Neptuno?

—No le gusta.

Sonrío.

— ¿No le gusta?

—Le gusta más Júpiter.

—Júpiter está bien.

Ahora Pablo intenta atraer la atención de Júpiter con

pequeños golpecitos en el cristal. De vez en cuando, también

yo golpeo suavemente. ¿Estás ahí? Sí. Todo vuelve a

estar bien. Tres segundos después, golpeo de nuevo. ¿Estás

ahí? Sí. Sólo quería asegurarme pero todo vuelve a

estar bien.

Júpiter prefiere las escamas de color naranja. Las

verdes no le gustan. Saben a guisante. Pablo odia los guisantes.

Júpiter, las escamas verdes con sabor a guisante,

de modo que el pequeño tarrito de comida para peces

está repleto de las escamas verdes que Pablo ha ido apartando

poco a poco. Ojalá el mundo fuese así, Pablo, como

un tarrito de comida para peces. Uno podría apartar

las escamas que no le gustan. Uno podría dejar en el fondo

del tarrito el ruido del despertador, la visita al dentista

o el charco que un autobús atraviesa a nuestro lado

empapándonos por completo. Uno podría tomar sólo las

escamas de color naranja. El olor de las mimosas a principios

de febrero. Tus manos calentitas sobre el rostro.

Escamas de color naranja en un tarrito de comida para

peces.

Ha comenzado a nevar.

—Ven, Pablo, mira.

Tu dedo dibuja sobre el vaho una mirada a la calle

desierta mientras los pequeños copos golpean incesantemente

el cristal.

—Vamos a jugar fuera, mamá.

—Cuando deje de nevar —respondo revolviéndote

el pelo—. Cuando deje de nevar.

A medianoche, los tejados de la ciudad están ya

completamente blancos. Mañana jugaremos en la nieve,

pienso antes de volver a la cama.

Papá tiene los pies fríos. Muy fríos. Helados igual

que un iceberg. Tal vez mis pies se hundan si chocan con

los suyos. Sonrío mientras le abrazo con cuidado. Me he

convertido en un pez, Pablo. Glup. Glup.

Júpiter se acerca a la superficie, salta y vuelve al

fondo. Intenta no nadar de lado. Engulle un par de escamas

que enseguida ha de devolver al agua. Flota. Flota.

Mientras, Pablo juega en el patio con los últimos

resquicios de nieve sucia. Se ha empeñado en buscar su

cubo de playa y lo llena de nieve-barro ayudándose con

un cartón.

Júpiter nada ya, sin esfuerzo, hacia el mar.

He de correr, sin ser vista, hasta la tienda de animales

de la esquina. Y en menos de cinco minutos Júpiter nada de nuevo en su pequeña pecera. Le gustan las escamas

verdes. Escupe las naranjas.

Tres segundos después comienzo a preocuparme por

la cena.

Glup. Glup.

Adriel
Alicante, España
Escrito por Adriel
el 01/08/2008

¿PÉRDIDA?

En aquel momento se me desgarraba el alma. Corrí gritando su nombre pero mis compañeros no me dejaron ir a apartarle de la trayectoria de aquel camión desbocado.

Caí de rodillas, echándome las manos a la cabeza, llorando amargamente y murmurando: Jake, Jake... Entre sollozos.

El instituto entero estaba muy conmocionado. Enseguida llamaron a una ambulancia pero no pudieron hacer nada por él.

Mi vida se desmoronaba.

Avisaron a mis padres que fueron a buscarme inmediatamente. De camino a casa seguía llorando, balanceándome y susurrando su nombre en un bobo intento de hacerle volver.

Grité, lloré, le dí patadas y puñetazos a todo haciendo sangrar mis nudillos pero nada funcionó. Nada acallaba la voz interior que me decía que lo había perdido para siempre, que nunca lo tendría más a mi lado...

Después de toda una tarde de lamentaciones, mis padres llamaron a un médico que, sin saber que hacer, me recetó unas pastillas para tranquilizarme.

No conseguía hablar siquiera. El dolor me azotaba y me machacaba sin que yo pudiera hacer nada para evitarlo.

Estuve una semana balanceándome en la cama, sin comer y a penas sin dormir, hablando sólo para decir su nombre.

Mi mejor amiga, Gabrielle, fue a visitarme al cabo de unos días. Apesadumbrada, se sentó en mi cama, me apartó un castaño mechón de la cara y me acarició el rostro, intentando consolarme.

Pero ya no había nada en ese mundo que me pudiera consolar. No, mientras él no estuviera.

Me ayudó a vestirme y me llevó al instituto. Decía que no era bueno que permaneciera todo el día en casa.

Pese a que normalmente solían hacer burla de mí, nadie lo intentó ese día, y los que tenían pensado intentarlo, no lo hicieron al ver mi mirada perdida y ausente.

Los más cercanos a mí me dieron el pésame por la pérdida de mi novio, pero tampoco eso ayudó a recuperarme.

Hicieron por él un funeral sencillo y triste. Contradiciendo a mis padres me negué a quedarme en casa y asistí.

La gente se asombró al no verme llorar pero mi dolor ya no podía expresarse con lágrimas o tontos gimoteos.

Seguí yendo a clase pero eso no me entretenía y, en el trance en el que me hallaba sumida, era como si no estuviera ahí.

Estaba enfadada con mis compañeros por no haberme dejado ir a salvarle, aunque en el fondo de mi ser sabía que no hubiera podido hacer nada por él, ni siquiera habría llegado a tiempo porque se encontraba bastante lejos de mí cuando sucedió.

Un día, harta de todo, aproveché que mis padres no estaban para encerrarme en el baño con el cuchillo más afilado que encontré.

Ocurrió algo inesperado.

Cuando ya había decidido que me lo clavaría directamente en el corazón y lo tenía sobre el pecho, un ser blanco, casi transparente, apareció atravesando la puerta y gritando:

- ¡Cariño! ¡No!

No podía creer lo que veían mis ojos anegados en lágrimas... Era Jake, sin forma material pero era él.

Me rodeó con sus fantasmales brazos como pudo, haciendo recorrer por mi cuerpo una sensación de frío y electricidad que nunca había experimentado.

-Cielo... Amor... - susurró- ¿Por qué?

Tragué saliva.

-Porque mi mundo eres tú, si tú no estás, no... No... - se me quebró la voz y comencé a sollozar débilmente.

-No debería haber aparecido, estoy ingringiendo las normas pero no podía dejar que te mataras. Venga, vamos, acuéstate. - Intentó llevarme a la cama pero era un poco difícil dado que no tenía cuerpo.

Me eché sobre el colchón y él se sentó a mi lado (si a eso se le podía llamar sentarse). Me acarició mientras miraba al vacío, pensando.

-Llevo varios días observándote- comenzó al fin- sabía que mi muerte te había dejado triste pero no pensé que fuera para tanto. Me debatía entre aparecer o no mas me habían advertido que no podía cambiar las cosas- hizo una pasusa- se equivocaban. Tienes que prometerme algo- me miró muy serio.

Asentí con la cabeza.

-Pase lo que pase no puedes decirle a nadie que he... Vuelto.

Volví a asentir.

-No creo que sea por mucho tiempo, los mayores harán algo al respecto pero mientras podemos aprovechar para despedirnos. - dijo, dándome un beso en la frente. - Y ahora, duerme.

Intenté no quedarme dormida. Tenía miedo de despertar y que no estuviera conmigo, que se hubiera ido, o todo fuera un sueño y estuviera muerto de verdad.

No pude luchar contra el cansancio de varios días y sucumbí a un dulce sueño.

Al despertar, un par de brillantes ojos verdes me miraban con ternura.

-Buenos días, princesa- saludó. Me incorporé un poco, sonriendo.- ¿Qué tal estás?

Me tomé mi tiempo en responder.

- Rara- contesté- es extraño cómo lo he aceptado y asimilado todo tan rápidamente. Supongo que es porque es mejor tenerte como fantasma que no tenerte. - reí.

Sonrió no muy convencido.

Observé sus ojos. Cuando estaba vivo era difícil no fijarse, su verde esmeralda y su brillo perlado los hacían irresistibles y, aunque muerto no debería ser así, por alguna razón que no alcanzaba a comprender, lo era.

Su pelo, rebelde, también tenía el mismo brillo que cuando estaba con vida. Era de un color castaño como el más fino y selecto chocolate con leche. El flequillo casi le tapaba el ojo entero nunca dejaba que se ocultara del todo.

- ¿Ya has terminado la observación? - bromeó, cariñosamente.

Comprendí que debía estar mirándole como una boba y desvié la vista hasta la colcha azul que cubría mi cama.

Me agarró como pudo una mano y la acarició, haciendo recorrer por mi cuerpo una electricidad... Dulce.

-Eres bastante corpóreo- me atreví a decir.

-Gracias a ti- sonrió. Ante mi desconcierto, explicó- me recuerdas como su estuviera vivo y tu amor sigue alimentándome aun estando así.

Asentí como muestra de que lo había entendido.

Me dio un fugaz beso en los labios, dándome un calambre, y se puso el dedo sobre los labios.

Al instante mi madre entró en la habitación con una enorme caja con agujeritos. La posó sobre mi cama y me acarició el rostro.

-Key... Tu padre y yo sabemos que estás muy triste por lo de Jake, que en paz descanse- intenté no reírme pero el hecho de que el mismo Jake estuviera oyendo eso era bastante gracioso- así que te hemos comprado esto.

Empujó la gran caja hacia mí. Al abrirla salió de ella un pequeño perrito color chocolate y con los ojos verdes.

Pasaron por mi cara distintas expresiones: Gratitud, alegría... Enfado...

-Sabemos que no se puede comparar a un novio con un perro, sólo lo compramos para que te haga compañía y tengas algo de lo que ocuparte.

Suspiré aliviada.

-Gracias, mamá. - observé al perro jugando con el lazo de la caja, moviendo sus pequeñas orejas caídas. Era muy simpático y se parecía a Jake. Me reí- se llamará AJ.

Mi madre sonrió al oírme reír después de tantos días de lágrimas y gimoteos.

Cuando se fue, cerró la puerta tras de sí y Jake se volvió a posar sobre mi cama,

- ¿AJ? - preguntó, desconcertado.

-Sí -sonreí- más adelante sabrás por qué; aunque una de las razones es que lleva J, como tú.

Rió, intentando desentrañar el misterio.

Adriel
Alicante, España
Escrito por Adriel
el 01/08/2008

Este es el comienzo de una historia k esta escribiendo mi novia me aria muxa ilusion que lo comentarais i me dierais vuesta opinion, admito que a mi me a exo llorar como no lo abia exo en muxo tiempo me parece que tiene muxo talento, gracias