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Grupo de Neurociencias



LAS EMOCIONES Y EL PROCESO DE APRENDIZAJE

Fanny Vanessa
Ingeniería industrial universidad yaca...
Escrito por Fanny Vanessa Verano Hidalgo
el 29/08/2010


La emoción altera la acción dirigida hacia una meta cada vez que capta y monopoliza nuestra atención mientras estamos ocupados en otra cosa. Esto sucede con mayor facilidad cuando existe una amenaza repentina que irrumpe en la rutina cotidiana. Hamilton (1917), por ejemplo, ideó un experimento ingenioso. Sus sujetos aprendían a encontrar la salida de una pieza cerrada con llave por una de cuatro puertas. Tenían que hallar un principio sencillo que los ayudara a encontrar la puerta abierta; la puerta que se encontraba abierta en la última prueba siempre estaba con llave en la próxima prueba. Cuando a los hombres se les tiraba agua fría de repente, o a los animales se les daba un fuerte shock eléctrico probaban frenéticamente todas las puertas, frecuentemente una y otra vez, y parecían haber olvidado todo cuanto habían aprendido antes.


Hamilton (y otros posteriormente) llamaban a este fenómeno‘regresión’ y suponían que la emoción reduce el organismo (incluida la mente) a un nivel de funcionamiento inferior.

Pero no debemos olvidar que la situación había cambiado radicalmente en cuanto el agua o el shock eléctrico era introducido. Antes los hombres habían aprendido el problema con un fin determinado, es decir, el de encontrar la salida según algún principio; los animales habían aprendido a encontrar un camino hacia la comida. En el momento en que el agua fría o el shock eléctrico los sorprendía, ya no buscaban la solución antigua, ahora estaban tratando de escapar de una situación que de repente se había vuelto imprevisible. Lo que antes había sido un juego, ahora se tornaba amenazante. Ellos no sabían si alguna cosa habría fallado y podrían estar en grave peligro. Y si un mecanismo puede fallar, también lo puede otro; ahora cualquier puerta podría estar abierta o cerrada con llaveimprevisiblemente, y lo único que se podía hacer era tratar de abrirlas todas y probarlas repetidamente.

Llamar a este cambio de comportamiento ‘regresión’ y decir que la emoción hace al ser humano retroceder al nivel que normalmente se encuentra en los animales inferiores, como lo hace Hamilton, es una manera pobre de decir que las urgencias emocionales básicas son iguales en el hombre que en el animal. Si a los seres humanos se les toma desprevenidos, demostrarán un comportamiento emocional y no racional. El peligro repentino resultará en una apreciación intuitiva inmediata que no puede detenerse para la deliberación racional. A la vez, es posible entrenar aún una apreciación tan inmediata, como es demostrado en las acciones rápidas como un relámpago de un conductor hábil que evita un choque antes de tener tiempo de pensar en él.


Reece (1954) ha demostrado experimentalmente que la turbación emocional no resulta en la desorganizacióncuando la situación está ordenada de forma que la persona pueda aprender un medio de escape. Permitió a sus sujetos aprender pares de sílabas sin sentido que aparecían en un test para memoria. Luego proyectaba estos pares de sílabas por medio de un taquistoscopio electrónicamente controlado, yregistraba el tiempo que cada individuo empleaba en reconocerlas. Un doloroso shock era administrado con ciertas sílabas. Un grupo podía poner término al shock en cuanto pronunciaba las sílabas, mientras que otro grupo tenía que sufrir el shock se pronunciaran o no las sílabas. Todos los grupos reconocían estas sílabas más rápido después del experimento, pero el grupo que podía ponerle fin al shock al reconocerlas tomaba un período de tiempo significativamente más corto que el grupo que no podía controlar el shock.


En contraste, el grupo que tenía que sufrir el shock durante la exposición de las sílabas de shock mostraba sólo una leve mejoría. Durante la entrevista posterior se comprobó claramente que aquellos que podían poner fin al shock lo interpretaron como castigo por errores, fracaso en las respuestas, etc. , mientras que los otros simplemente lo veían como una interferencia desagradable. Pocos de los sujetos admitían ‘ansiedad’, pero su alarma y dolor eran evidentes. Demostraban repentina y profusa transpiración, y pronunciaban mal las sílabas; se restregaban los pies, tenían carraspera y temblor de voz. Aparentemente, el disturbio era tan pronunciado como el de los sujetos de Hamilton, sin embargo, aquellos que podían poner fin al shock, indudablemente aprendían a reconocer las sílabas más rápido que el grupo control.