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Grupo de Filosofía

Acrato Deutopía
Siendo no ser, para ser cadiz
Escrito por Acrato Deutopía
el 19/03/2016

La risa no mata el miedo, si acaso puede paliar algunos e incluso por instantes precisos la risa puede llegar a echar algunos fuera sobre todo cuando la carcajada destapa la irracionalidad del temor.

Para otros miedos hace falta algo más que tener sentido del humor para tener entereza ante ellos.

¿Sin miedo no puede haber fe? ¿ ...................? ¿Donde está demostrata esta premisa que prestende ser ley matemática? Me da a mi que miedo, fe y risa son inevitables,necesarios, imprescindibles para ejercer el oficio de vivir como ser humano. Los tres tratados con la pócima de la razón nos facilita el equilibrio. Los animales no se rien y tienen miedo........ Pero no se si creen en Dios. La risa, el humor........ Es un ´divino misterio´............... No hay nada parecido en toda la cosmología conocida....... Saludos

Mahawakya Locus Loci
Lenguas modernas universidad de caldas...
Escrito por Mahawakya Locus Loci
el 19/03/2016

Hola, veo muchas risas y gozo, eso está bien!

Saludos,

“…el carácter se muestra distinto en cada edad, no porque él haya cambiado, sino que es el conocimiento el que lo ha hecho, continuando idéntico el carácter, si bien de otro modo, por otros caminos, bajo una configuración diferente; por lo que, a una juventud ardiente e indómita, puede seguirle una madurez moderada y en la que se siente la cabeza. Con el paso del tiempo se realza cada vez más lo que hay de malo en el carácter (al reprimirse el miedo y la vergüenza iniciales). Aun cuando a veces también pueden verse refrenadas de buen grado las pasiones a las que uno sucumbió en la juventud solo porque ahora se han llegado a conocer los motivos contrarios. Al principio todos somos inocentes porque nadie, ni los otros ni uno mismo, conoce lo que hay de malo en nuestra propia naturaleza, ya que esto sólo salta a la vista con ocasión de motivos que sólo se van conociendo en el tiempo. Finalmente, aprendemos a conocernos como tan distintos al buen concepto que teníamos de nosotros mismos a priori, antes de que la experiencia nos revelara lo contrario, que con frecuencia nos espantamos de nosotros mismos. ¿O es que creen ustedes que el mayor de los bribones se tiene por tal a priori?...

…El arrepentimiento no se debe en modo alguno a que la voluntad haya cambiado, puesto que esto es imposible, sino a que se ha modificado el conocimiento. Lo esencial y lo propio de aquello que he querido, he de seguir queriéndolo, ya que yo mismo soy esa voluntad ajena al tiempo y la transformación. Por ello nunca podré arrepentirme de lo que he querido, aun cuando si quepa arrepentirme de lo que he hecho, puesto que, guiado por conceptos erróneos, pude hacer algo distinto de lo que resultaba adecuado a mi voluntad. El arrepentimiento consiste en darse cuenta de esto gracias al mentís del conocimiento. Y esto no se refiere únicamente a la experiencia del mundo, a la elección de los medios y al discurrir sobre la conformidad de los fines con respecto a mi propia voluntad, sino también a lo específicamente ético. Así por ejemplo, en un momento determinado puedo haberme comportado de una manera más egoísta de la que corresponde a mi carácter, inducido por una idea exagerada de la perentoriedad en que me hallaba o por haber sobredimensionado la perfidia y malicia de los demás, o también por haber actuado precipitadamente, es decir, sin reflexión, incitado por motivos no reconocidos con claridad in abstracto, sino meramente intuitivos, merced a una impresión momentánea y la emoción suscitada por ella, cuya viveza habría suspendido el uso de mi razón; más la vuelta a la reflexión no es sino ese conocimiento rectificado del cual puede nacer el arrepentimiento, que en tal caso, se testimonia siempre a través de un intento por enmendar lo sucedido en la medida de lo posible. Sin embargo, también es cierto que, para engañarnos a nosotros mismos, solemos recubrir bajo la apariencia de la precipitación lo que no son sino acciones secretamente premeditadas. Pues a nadie adulamos ni embaucamos con tan sutiles artimañas como a nosotros mismos. También puede darse el caso contrario y comportarme de un modo menos egoísta al que corresponde a mi carácter por un exceso de confianza en los demás o por desconocer el valor relativo de las cosas buenas de la vida, o en aras de un dogma en el que luego deje de creer; con ello asistimos a otra clase de arrepentimiento, el de índole egoísta. El valor ético de la acción ha desaparecido de mi vista; dicha acción no fue una secuela de mi carácter, sino de mi yerro. Por consiguiente, el arrepentimiento siempre es el conocimiento contrastado de la relación entre el hecho y la intención, lo que se quería de verdad.

Sobre la determinación de elección o el conflicto de los motivos (o de la oposición entre motivación intuitiva y meditada, así como de la diferencia entrañada por ella entre hombre y animales)

El influjo que el conocimiento tiene, en cuanto intermediario de las motivaciones, no ciertamente sobre la voluntad misma, sino sobre su aparición en las acciones, sustenta asimismo la principal diferencia entre la conducta del hombre y la de los animales. El animal sólo cuenta con representaciones intuitivas. El hombre, gracias a la razón, posee también representaciones abstractas, conceptos. Aun cuando el hombre y el animal quieran esencialmente lo mismo, e incluso se vean individualmente determinados por ciertos motivos con idéntica necesidad, el ser humano cuenta con una ventaja respecto del animal, la de determinar su elección, lo que se ha solido considerar como una libertad de la voluntad en las acciones individuales, aunque no sea sino la posibilidad de un conflicto entre varios motivos, de entre los cuales el más fuerte le determina inexorablemente; mientras que, por su parte, el animal queda determinado, no por el más fuerte, sino por el más actual. Pues in concreto, siempre está actuando un único motivo al mismo tiempo, dado que las representaciones intuitivas no cubren un amplio espectro temporal. El animal sólo tiene este tipo de representaciones, por lo que siempre se ve determinado necesariamente por la representación presente en ese instante, en el que no se da sino un único motivo para su voluntad; sin deliberación ni elección. Por ello sólo en los animales puede comprobarse inmediata e intuitivamente la necesidad de la determinación de la voluntad mediante motivos, lo cual resulta homologable a la determinación necesaria del efecto por la causa, ya que aquí el espectador tiene a la vista el motivo de forma tan inmediata como su efecto. Por el contrario, entre los hombres los motivos suponen representaciones abstractas de las que el espectador no es partícipe y la necesidad de sus efectos queda distorsionada para el propio agente, encubierta tras el conflicto con otros motivos. Este conflicto solo puede tener lugar allí donde las representaciones sean abstractas. Pues únicamente conceptos, juicios y raciocinios, así como sus concatenaciones, pueden darse conjunta y simultáneamente en la conciencia, en tanto que representaciones abstractas, e interactuar al margen de cualquier determinación temporal hasta que la más poderosa se sobreponga a las demás y determine la voluntad.

También es posible un conflicto entre un motivo intuitivo y uno abstracto; a saber, cuando la presencia de un objeto suscita un deseo o la ira, mientras que la razón ofrece a la voluntad in abstracto un motivo contrapuesto; por ejemplo, cuando nos dejamos arrebatar por la ira o el deseo echando en saco roto máximas y resoluciones, o cuando la mera solicitación de lo intuitivo, de lo actual, no acaba por triunfar. En este conflicto entre el motivo abstracto y el intuitivo, este último cuenta con una gran ventaja en virtud de su forma (esto es, de su evidencia), pues a la voluntad le resulta más primordial el conocimiento intuitivo que el pensar, razón por la cual lo intuido nos es mucho más cercano y actúa más enérgica e inmediatamente que lo meramente pensado. Cuando un motivo intuitivo vence al abstracto, esto no se debe atribuir tanto a su materia (aquello que se presentó y ahora es querido) cuanto a su forma. Lo que así acontece no es propiamente un hecho, sino fruto del afecto, de la afección externa, del influjo de las ofertas intuitivas. Un testimonio perfectamente válido sobre la índole de una voluntad individual sólo queda proporcionado por el hecho, que se ha resuelto mediante una determinación electiva realizada en función de motivos pensados en abstracto, y por tanto, en pleno uso de la razón, como suele decirse, meditada y reflexivamente. Tal hecho es un síntoma del carácter inteligible. Por contra, lo que se acomete porque un motivo meramente intuitivo (estimulo actual) haya conseguido la supremacía sobre otro, que se le oponía en cuanto mero pensamiento (designio, máxima), es (cuando lo es realmente, un caso inusitado, ya que reflexionamos pronto) un producto del afecto y no cabe juzgar la índole de la voluntad en base a ese hecho, puesto que aquí (cuando es realmente así) no tiene una responsabilidad directa la voluntad, sino la razón que era demasiado débil, cuyas representaciones abstractas eran demasiado débiles para mantenerse en la conciencia, mientras los motivos intuitivos se infiltraban violentamente en la voluntad y la impresionaban hondamente; se suele disculpar un hecho acaecido por mor del afecto apelando al torbellino de las pasiones, a la cólera, a la irreflexión o a la precipitación, mientras que la razón, abatida por el cansancio, abandonaba por un instante el campo de batalla. Se trata de un defecto achacable a las facultades cognoscitivas antes que a la voluntad. Justamente porque lo intuitivo ejerce sobre la voluntad un poder mucho más directo que lo meramente pensado; así resulta recomendable ante las grandes tentaciones, cuando uno lo preveyó, equipar a la razón con un fantasma, con una imagen intuitiva, que se coloca en el lugar de su frío concepto. Un italiano al que se había sometido a tortura, gritaba de vez en cuando, mientras se le torturaba, “Io ti vedo”, refiriéndose al cadalso, cuya imagen le hizo mantenerse en pie y permanecer imperturbable. Quien quiera combatir la tentación de la lujuria, que visite la clínica venérea de La Charité. A propósito de la inclinación, el afecto y la pasión. La inclinación supone que la razón resulta fuertemente impresionable por una determinada clase de motivos; inclinación a beber, a pelear, a la disputa, a las mujeres, a pescar, a cazar, a leer. La pasión es una inclinación tan fuerte que los motivos opuestos a ella no pueden hacer absolutamente nada por contrarrestarla. El afecto constituye una agitación tan fuerte de la voluntad, provocada por unos motivos intuitivos cuya irrupción es inmediata, que durante ese lapso de tiempo se obstaculiza y cesa el uso de las facultades cognitivas, señaladamente el de la razón, quedando sometido el conocimiento abstracto, de modo que la voluntad actúa sin verse refrenada por tales instancias. En el caso de la pasión, el motivo mueve a la voluntad por su materia, por el contenido; en el del afecto por su forma, por la evidencia del presente, por la realidad inmediata. Obviamente el afecto brota de la voluntad, dado que sólo tiene lugar merced a una fuerte agitación de la voluntad, más no se asienta por completo en la voluntad, sino que su influjo sobre ésta no deja de ser mediato y procedente del exterior; pues al originarse propiamente -como se ha indicado- por mor de la supresión momentánea de la capacidad de pensar, esto es, de la razón, su auténtica sede se halla por lo tanto enclavada en las facultades cognoscitivas. Embargado por el afecto, el hombre hace aquello que no sería capaz de proponerse. La cuestión, pues, radica a decir verdad en el conocimiento, suponiendo un error cognoscitivo antes que de la voluntad. De ahí que un acto perpetrado en base al afecto no resulte plenamente imputable a la voluntad ni sea considerado del todo como nuestro. El asesinato cometido en un arrebato de cólera no es penalizado en Inglaterra, al ser considerado como un acto involuntario. La acción emanada del afecto constituye un signo del carácter empírico, más no necesariamente del inteligible. Por contra, la pasión mora íntegramente en la voluntad. Se caracteriza por su persistencia; los motivos que emanan de ella dominan a la voluntad todo el tiempo, tanto si son meditados como si se presentan repentinamente. La pasión se ve gratificada con la reflexión. De ahí que sus actos resulten imputables a la voluntad y representen síntomas del carácter inteligible.

Tal es la determinación electiva que otorga preeminencia al hombre sobre los animales. Pero también es una de las cosas por las que su vida resulta mucho más angustiosa que la de los animales; en general nuestras mayores penalidades no residen en el presente bajo la forma de representaciones intuitivas o sentimientos inmediatos, sino en la razón bajo la forma de conceptos abstractos, de pensamientos desazonantes de los que el animal se ve libre al vivir únicamente el presente. Esta diferenciación entre la determinación volitiva animal y la del hombre (la determinación electiva humana) puede quedar ilustrada como un ejemplo que, al mismo tiempo, puede servir para desbaratar uno de los más afamados argumentos en contra del necesitarismo de la voluntad y que, de hecho, solo puede ser zanjado desde esta perspectiva.

El asno de Buridán.

Se trata realmente de un ingenioso argumento contra la dependencia de la voluntad al que tanto Descartes como Spinoza deberían haber prestado una mayor atención. Ambos parten de un principio igualmente falso, y obtienen resultados contrapuestos. Los dos vienen a identificar las resoluciones de la voluntad con la facultad de afirmar y negar (facultad de juzgar). Descartes define a la voluntad como libertad de indiferencia; sin embargo, responsabiliza de todo error a esa voluntad que afirma y niega arbitrariamente sin razón suficiente. Spinoza, por el contrario, sostiene rectamente que el juicio se troca necesario al verse determinado por principios y que otro tanto ocurre con la determinación de la voluntad mediante motivos, por lo que la voluntad también se ve enteramente necesitada: esto último es correcto, pero ha sido erróneamente deducido. El ejemplo de Buridán: si se propicia una suspencio judicii (suspensión del juicio), como en el caso de dos dudas absolutas e igualmente vigorosas, de dos principios cognoscitivos mutuamente contrapuestos, o como si dos causas de la misma intensidad neutralizan recíprocamente sus efectos, al actuar la una en contra de la otra, y dan lugar a una paralización; si ciertos motivos se contraponen de tal modo que, al excluirse mutuamente, pueden llegar a suprimirse recíprocamente; o bien se sigue una paralización total y el asno de Buridán tiene que morir de hambre, al faltarle un motivo que le haga preferir uno u otro manojo de heno, al faltarle un motivo que le haga preferir uno u otro manojo de heno; o bien la voluntad ha de determinarse al margen de cualquier motivo, en el sentido filosófico del ser libre. Pero esto se clarifica por sí solo invocando la diferencia existente entre la estructura cognoscitiva del animal y la del hombre. Desde luego, en la facultad de conocimiento irracional propia del animal no es posible conflicto alguno entre dos motivos que se excluyan mutuamente, tal y como no ocurre en el caso del asno que ante la presencia de otra gavilla de heno le impida disfrutar de la primera; ya que sólo una representación le es presente en el tiempo y puede actuar como motivo, a saber, aquella gavilla que tiene ante sus ojos en ese preciso instante; esa orientación de su mirada depende de toda una serie de movimientos previos y por ello su actuación se ve determinada necesariamente en este punto. Troquemos ahora este conocimiento irracional por ese conocimiento racional y reflexivo donde operan motivos abstractos cuyos efectos en la voluntad no dependen del tiempo ni de la sucesión, sino que se hallan presentes ante la conciencia abstracta sin diferencia de tiempo alguna como excluyéndose mutuamente, lo que puede llegar a originar un verdadero conflicto cuando el equilibrio de las fuerzas de ambos motivos ande muy parejo; así se origina la perplejidad. Pero esta se ve superada pronto gracias a una tercera reflexión adicional que, de no llegar a resolución alguna, no sólo descarta uno de los objetos de la elección, sino ambos; dicha reflexión será el motivo de una imperiosa y ciega elección que le resulta insufrible a la razón; por ello, o bien se deja arrastrar hacia la superstición, reclamando una sentencia del destino mediante alguna suerte de vaticinio forjado expresamente por la ocasión, o bien la razón, tras declararse incompetente para tomar una decisión, da un paso atrás y abandona la elección a la manera del animal, dejándose determinar por la impresión momentánea del presente; con lo cual aquello que corresponde propiamente al azar es tomado como designio del destino y esta segunda fórmula se deja subsumir por la primera.

Este contraste en el modo de verse determinado por los motivos que median entre el hombre y el animal se muestra de muy largo alcance, al ejercer una notable influencia sobre su esencia y entrañar en gran medida esa diferencia tan radical como manifiesta, que media entre las existencias de ambos. El animal siempre se ve motivado por una representación intuitiva enclavada en el presente; por el contrario, el hombre se esfuerza por descalificar este tipo de motivación, con lo cual saca el máximo partido del privilegio que constituye su razón, puesto que no elige ni rehúye del goce o el dolor pasajeros, sino que reflexiona sobre sus consecuencias. Salvo en las acciones más insignificantes, nos determinamos conforme a pautas meditadas y motivos abstractos, y no con arreglo de las impresiones del presente. Por eso cualquier privación momentánea nos resulta bastante fácil, mientras que toda renuncia se nos antoja terriblemente ardua, ya que la primera sólo atañe al fugaz presente, en tanto que la segunda concierne al futuro y equivale a innumerables privaciones. Tanto nuestro dolor como nuestro contento, no moran por lo general en el presente, sino en pensamientos abstractos: estos son los que con frecuencia nos causan dolores tan insoportables que hacen palidecer cualquier sufrimiento propio del animal; muchas veces la experimentación de nuestro dolor físico queda sepultada por un sufrimiento anímico simultáneo.

Tamañas diferencias en el obrar y el padecer obedecen a la divergencia en el modo de conocer propios del animal y del hombre. En virtud de dicha divergencia únicamente al hombre le corresponde la emergencia de un carácter individual, siendo esto algo que le diferencia sobremanera del animal, que sólo posee el carácter de la especie. El primero depende de la elección entre varios motivos que, por los demás, han de ser abstractos. La multiplicidad de los caracteres individuales se muestran en las distintas resoluciones que se dan en presencia de idénticas motivaciones. El animal, sin embargo, carece de una verdadera determinación electiva, viendo determinado su hacer o dejar de hacer por la presencia o ausencia de una impresión determinada, siempre y cuando ésta suponga un motivo general para su especie. De ahí que no muestre sino el carácter de la especie.

En definitiva, de semejante determinación electiva también se deriva el hecho de que sólo en el hombre se dé la decisión y no el mero deseo de un signo válido de su carácter, y ello tanto en lo tocante a sí mismo como en lo referente a los demás. Sin embargo, la decisión no se torna cierta (para uno mismo y para los demás) más que a través del hecho. El deseo es una mera consecuencia necesaria de la impresión presente, ya se trate de un estímulo exterior o de una transitoria disposición anímica; por ello supone un obrar tan inmediatamente necesario e irreflexivo como en el animal y, al igual que éste, el mero deseo se limita a expresar el carácter de la especie, no el carácter individual; así pues, el mero deseo denota lo que sería capaz de hacer, no tanto el individuo que experimenta dicho deseo, como el hombre en general. Para el individuo el hecho es lo único decisivo, ya que, en cuanto acto humano, requiere de cierta reflexión y de ordinario el hombre es dueño de su razón, esto es, reflexivo y, por lo tanto, toma una resolución conforme a motivos de carácter abstracto bien meditados; de ahí que el hecho sea por sí solo una expresión de la máxima inteligible de su actuación, el resultado de su querer más íntimo y se presenta como una letra de la palabra que designa su carácter empírico, el cual no es a su vez sino la mera expresión de su carácter inteligible. Esa es la razón de que en un espíritu sano sólo los actos pesen sobre la conciencia, y no los deseos ni los pensamientos. Ese acto -al que me he referido con anterioridad- completamente irreflexivo y debido al ciego afecto, constituye en cierto modo un híbrido entre el mero deseo y la resolución, por lo que mediante un arrepentimiento auténtico -que se muestra también como hecho- puede ser difuminado como un rasgo mal trazado en la configuración de nuestra voluntad. , que es tanto como decir de nuestra vida.

Con arreglo a esta consideración global sobre la libertad de la voluntad y cuanto a ella se refiere, la voluntad en sí y al margen de todo fenómeno es ciertamente libre e incluso omnipotente; por el contrario, en todas sus manifestaciones individuales se ve determinada por causas y, allí donde el conocimiento le ilumina -tanto en el caso de los hombres como en el de los animales-, determinada por motivos frente a los cuales el carácter reacciona siempre necesaria y regularmente del mismo modo. El hombre cuenta con el privilegio -del que carecen los animales- de poder alcanzar una determinación electiva mediante el conocimiento abstracto de la razón, pero esto no le convierte sino en un campo de batalla para el conflicto de los motivos, sin sustraerle de su dominio; tal determinación electiva da pie a la posibilidad de un carácter individual, mas no a la libertad de un querer individual, esto es, a la independencia del principio de razón, que abarca todos los fenómenos, y por lo tanto, al hombre. Hasta este punto dado, y nos más allá, se extiende la diferencia que la razón, o el conocimiento de los conceptos, establece entre la volición humana y la del animal. Ahora bien, hacia el final de nuestra de nuestra consideración se hace patente que una manifestación específicamente individual de la libertad, que corresponde a la voluntad en sí, también es posible en la manifestación misma; se trata de un fenómeno absolutamente imposible para el animal y que puede ser inferido de la voluntad humana, cuando el hombre abandona el conocimiento de las cosas individuales en cuanto tales en aras del conocimiento global sometido al principio de razón y, valiéndose de las ideas, descubre ese principium individuationis a través del cual se hace posible la aparición real de la libertad de la voluntad como cosa en sí, pero merced al cual la manifestación entra asimismo en cierta contradicción consigo misma, contradicción que designa la palabra abnegación, y que conlleva en última instancia la supresión del en sí de aquella manifestación.

Pero ahora, tras haber quedado claro que el carácter empírico es invariable, al tratarse de un mero despliegue de ese carácter inteligible que mora fuera del tiempo, así como que su ocurrencia con los motivos imprimen un carácter necesario a las acciones, debo proceder a descartar una conclusión que podría colegirse de todo ello en defensa de las malas inclinaciones. Habida cuenta de que mi carácter constituye el despliegue de un acto de la voluntad de índole extratemporal y, por medio del cual todo lo esencial, es decir, el contenido ético de mi vida, se ve irrevocablemente determinado y se ha de expresar ciñéndose a la manifestación, esto es, conforme al carácter empírico y a lo insustancial de tal manifestación, de suerte que la configuración externa de mi transcurso vital depende de las formas bajo las cuales se presentan los motivos, bien podría argüirse que trabajar en pro de mejorar mi carácter u oponerse al imperio de las malas inclinaciones supone un esfuerzo baldío y que resulta más conveniente someterse a lo inevitable, mostrándose condescendiente con cualquier inclinación por mala que resultare. Pero con esto sucede lo mismo que con la teoría del ineludible destino y las consecuencias derivadas de ella…

…Aunque todo cuanto acontece pueda ser considerado como irrevocablemente determinado por el destino, dicha determinación sólo tiene lugar por medio de una concatenación de causas y efectos. De modo que en ningún caso puede darse efecto sin su causa. Por lo tanto, el acontecimiento no está determinado sin más ni más por el destino, sino cuanto resultado de causas procedentes; así pues, no sólo el resultado, sino también la mediación que determina dicho desenlace queda decretada por el destino. De no darse la mediación, tampoco se dará el desenlace: ambos son fruto de la determinación del destino, algo de lo que nosotros no tenemos constancia sino a todo pasado.

Tal y como los acontecimientos suceden siempre con arreglo al destino, esto es, a una infinita concatenación de causas, de igual manera nuestros actos siempre tendrán lugar conforme a nuestro carácter inteligible; pero, así como no conocemos de antemano el destino, también nos está vedada una comprensión a priori de nuestro carácter inteligible y sólo somos capaces de aprender algo sobre nosotros mismos o sobre los demás a posteriori. Si mi carácter inteligible entraña que sólo puedo adoptar una buena resolución tras mantener previamente una larga lucha en contra de mi inclinación, se habrá de contar con esta lucha previa. La decisión no se encara propiamente con mi voluntad en cuanto tal, sino con el conocimiento que tengo actualmente de ella y a cuya actualización puedo consagrar toda mi vida. Así pues, la reflexión relativa a la inevitabilidad de mi carácter y concerniente a la fuente unitaria de la que emanan todos mis actos no debe inducirme a prejuzgar la índole buena o mala de la resolución adoptada por mi carácter; en los frutos de la decisión es donde podré apreciar mi condición, viéndome reflejado en mis hechos cual en un espejo. De este modo se explica la satisfacción o la angustia con las que contemplamos retrospectivamente nuestra andadura por la vida; ambas no se deben a que nuestros hechos pasados subsistan todavía; son pasado, fueron y ya han dejado de ser; pero la gran importancia que guardan para nosotros proviene de su significado en cuanto huellas de nuestro carácter, en cuanto constituyen ese espejo de la voluntad donde contemplamos nuestro yo más íntimo y reconocemos el núcleo de nuestra voluntad. Ahora bien, como esto no es algo que podamos reconocer de antemano, sino sólo en torno al pasado, lo que nos corresponde es esforzarnos y luchar, con objeto de que, andando el tiempo, la imagen resultante de nuestros hechos sea tal que su contemplación nos apacigüe en lugar de inquietarnos.

…Ciertamente podemos no elegir y trastear todo lo que nos atrae fugazmente, cual niños en una feria; este trastocado afán equivale a convertir en un plano la línea de nuestro camino, corriendo de un lado para el otro en zig-zag sin llegar a ninguna parte. Quien quiere todo, no puede ser nada. Una alegoría: Hobbes deduce el derecho de propiedad del hecho de que cada cual tenga un derecho originario, más no privativo, sobre cada cosa, esto es, un derecho de propiedad. Este se obtiene sobre una cosa en particular al renunciar a su derecho originario respecto de todas las demás, a cambio de que los otros hagan otro tanto con lo elegido por él. Así es la vida: solo podemos perseguir con ahínco y cierta perspectiva de éxito cualquier afán, sea éste de la índole que fuere (placer, honor, riqueza, ciencia, arte, virtud…), cuando renunciamos a las pretensiones ajenas al mismo, si desistimos del resto de los afanes. De ahí que ni el mero querer, ni el mero poder se basten por sí solos; un hombre también ha de saber lo que quiere y lo que puede; sólo así mostrará su carácter y será capaz de consumar lo que se haya propuesto. Hasta entonces, y a pesar de la consecuencia natural del carácter empírico, carecerá de carácter. Podrá ser plenamente fiel a sí mismo y no salirse del carril que le señala su daimon, pero no describirá una línea derecha, sino una línea temblorosa y desigual que vacilará, se desviará y retrocederá, preparando el terreno al dolor y al arrepentimeinto. Todo porque todavía no se conoce a sí mismo; porque ve ante sí muchas cosas que son posibles y alcanzables por parte del ser humano, pero no sabe cuáles son entre todas ellas las que se hallan en concreto al alcance de sus posibilidades. Al acometer toda suerte de intentos fallidos, su carácter cobrará fuerza en este o aquel punto en particular; pero en conjunto habrá de flaquear nuevamente. Y lo alcanzado tan penosamente en contra de su naturaleza no le reportará placer alguno; lo así aprendido, será letra muerta; e incluso en el terreno de la ética, una acción noble de por sí, pero que no se realiza en base a impulsos inspirados pura e inmediatamente por su carácter, sino al compás de un concepto, dogma o ejemplo, que sea tenido como noble por su carácter, perderá cualquier mérito ante sus propios ojos merced al subsiguiente pesar egoísta, dado que no se trata rigurosamente de una acción suya. Con nosotros mismos nos sucede lo mismo que con los demás; sólo nos percatamos de la inflexibilidad del carácter ajeno gracias a la experiencia y hasta ese momento creemos ingenuamente que, por medio de razonamientos, consejos, ruegos o súplicas, que, mediante ejemplos y magnanimidad, podríamos tratar de conseguir que alguien abandonase su forma de ser, modificarse su línea de actuación, cambiase su manera de pensar o acrecentase sus aptitudes; otro tanto ocurre con nosotros mismos. En base a la experiencia como hemos de aprender cuanto queremos y podemos. Hasta entonces lo desconocemos, carecemos de carácter y con frecuencia sólo retomamos nuestro propio camino a fuerza de topar con adversidades. Después de trabar ese conocimiento, alcanzamos lo que coloquialmente se ha dado en llamar carácter adquirido. Éste no pasa de ser el mejor conocimiento posible de la propia individualidad. Se trata de un conocimiento abstracto, y por ende claro, de las particularidades inalterables del propio carácter empírico, así como de la proporción y orientación de las propias fuerzas, tanto corporales como espirituales, en una palabra, del conjunto de cualidades y flaquezas de la propia individualidad. Eso nos coloca en situación de desempeñar ese rol de la propia persona que de suyo es inmodificable y que, aun cuando hasta el momento lo hayamos venido ejecutando de modo natural e irregularmente, ahora damos en desarrollar metódicamente. La conducta, necesaria de suyo por mor de nuestra naturaleza individual, se ve ahora constantemente inspirada por máximas bien definidas que son llevadas a cabo tan metódicamente como si hubieran sido aprendidas, sin dejarnos confundir por el efímero influjo de una momentánea disposición de ánimo o una fugaz impresión, sin detenernos jamás ante el amargor o la dulzura de una menudencia con la que topamos en el camino, sin titubear o caer en la indecisión o la inconsecuencia. Nunca más esperaremos, tantearemos o andaremos a tientas, cual bisoños, para ver lo que realmente queremos y aquello de lo que verdaderamente somos capaces, sino que lo sabremos de una vez por todas; bastará con que, a la hora de adoptar una resolución, apliquemos el principio universal a cada caso concreto ante cualquier opción. Conoceremos genéricamente nuestra voluntad y no nos dejaremos inducir por el estado de ánimo del momento o por un envite exterior, decantándonos puntualmente por algo que resulta contrario al conjunto de nuestro querer. Asimismo, al conocer tanto la índole como el grado de nuestras fuerzas y nuestras flaquezas, nos ahorraremos multitud de pesares. Pues en realidad no existe goce alguno al margen del uso y disfrute de las propias fuerzas y no hay mayor pesar que el percibir la carencia de dichas fuerzas allí donde se las precisaría. Pero en cuanto hayamos descubierto donde moran nuestras energías y nuestras miserias, cultivaremos nuestras disposiciones naturales más eminentes, intentando rentabilizarlas de todos los modos posibles, a fin de aplicarlas en todo momento de la manera más conveniente; gracias al autodominio eludiremos aquellas tentativas para las que nos hallamos escasamente dotados por la naturaleza y desistiremos de intentar aquello que no vayamos a lograr.

…Mientras el hombre quiere su existencia y persigue sus fines, se encuentra en el camino con el querer y los fines de otro individuo; entonces a menudo intenta aniquilar el querer y la existencia de ese otro individuo, para llevar a cabo su voluntad sin trabas; su afirmación de la propia voluntad se vuelve una negación de la voluntad de vivir en la medida en que ésta se presenta en otro individuo. Este proceso constituye la injusticia.

…Cada individuo constituye, considerado de suyo, la entera voluntad de vivir, que aquí se aparece en un determinado nivel de claridad y por eso exterioriza su esencia total con toda su energía e intensidad en el grado como pueda hacerse visible esa vez. Para esta manifestación el individuo es al mismo tiempo el sujeto cognoscente y en cuanto tal el portador de la totalidad del mundo objetivo, es decir, que toda la naturaleza y todos los individuos externos a él no existen sino en virtud de su representación, siendo consiente de todo ello como de algo dependiente de su ser y de su existencia, de forma que con la desaparición de su conciencia también desaparecería necesariamente el mundo, resultando su ser y no ser algo equivalente e indiscernible. Por lo tanto, cada individuo es de hecho, y así se considera a sí mismo, la totalidad de la voluntad de vivir o la perspectiva del mundo mismo, al tiempo que también se tiene por la condición suplementaria del mundo como representación; por consiguiente, como un microcosmos tan estimable como el macrocosmos. La naturaleza misma, siempre y por doquier veraz, le proporciona originariamente y al margen de toda reflexión este conocimiento tan sencillo como apodícticamente cierto. En base a estas dos determinaciones necesarias de la conciencia de cada cual resulta explicable algo que, de otro modo, no puede dejar de maravillarnos por muy claramente que se conciba; en el universo de espacio y tiempo ilimitados, entre la incontables masa de individuos coexistentes que tan pronto aparecen como desaparecen en el continuo torrente de procreación y exterminio, el yo individual se ve eclipsado, el individuo de cualquier índole queda plenamente reducido a la nada frente a un número y tamaño infinitos; sin embargo, a pesar de todo, cada individuo en particular se tiene a sí mismo por el ombligo del mundo, anteponiendo su propia existencia y bienestar a cualquier otra cosa, hasta el punto de hallarse dispuesto a sacrificar todo cuanto no sea él y destruir el mundo, con tal de prolongar un instante la existencia de su propia individualidad, de esa gota en la mar océano. Este talante es el del egoísmo que resulta consustancial a todas las cosas inmersas en la naturaleza. Pero es también aquello por lo cual se nos revela atrozmente el conflicto interno de la voluntad para consigo misma. Pues este egoísmo que es totalmente natural se asienta en la oposición del microcosmos y el macrocosmos o, por ende, en el hecho de que la objetivación de la voluntad tenga por forma al principium individuationis y ello posibilite que la voluntad se manifieste de igual modo en un sinnúmero de individuos y, ciertamente, de una manera plena e íntegra en cada uno de ellos conforme a dos facetas: la voluntad y la representación. Mientras que cada uno se presenta inmediatamente ante sí mismo como la total voluntad y la entera representación, el resto no viene dado sino como mera representación suya, pues se tiene a sí mismo como el único sujeto cognoscente, como la condición de todo cuanto se manifiesta del mundo, y sólo dentro de sí reconoce inmediatamente a la voluntad; de ahí que haga prevalecer su ser y su mantenimiento ante todo lo demás. Es la conciencia que ha logrado un mayor grado de perfección, en la del ser humano, el egoísmo, al igual que lo han hecho el conocimiento, el dolor o la alegría, también tiene que haber alcanzado su máxima cota y el conflicto entre los individuos a que da lugar tampoco deja de descollar como el más espantoso. Esto se nos presenta por doquier ante nuestros ojos, tanto en las cosas más insignificantes como en aquellas que no carecen de relevancia; lo vemos, ora en su vertiente más horrenda, en la vida de los grandes tiranos y hombres malvados, así como en las guerras que asolan al mundo, ora en su vertiente más irrisoria, donde destacan la presunción y la vanidad. Lo vemos en la historia del mundo y en nuestra propia experiencia.

…Todo ello muestra como cada uno de nosotros no sólo intenta quitarle al otro aquello que él mismo quiere, sino que con frecuencia el uno llega a destruir toda la dicha o incluso la vida del otro, para incrementar su propio bienestar mediante una insignificante adición. Esta es la máxima expresión del egoísmo. Si bien el egoísmo no es lo peor del hombre y sus manifestaciones se ven superadas en este sentido por las de la maldad propiamente dicha, que busca de forma completamente desinteresada el sufrimiento o el perjuicio del otro sin obedecer a ninguna ventaja propia… lo justo como lo injusto son meras determinaciones éticas, esto es, determinaciones que son válidas para la consideración del obrar en cuanto tal y en relación al significado intrínseco de ese obrar. Dicho significado es notificado directamente a la conciencia, merced a lo cual el actuar injusto se ve acompañado de una aflicción interna, por muy grato que pueda resultar el éxito; esta aflicción se expresa de dos maneras: 1) es el ser consiente, por parte de quien comete la injusticia, de la fuerza desmedida que alcanza en él mismo la afirmación de la voluntad, la cual llega al extremo de negar la manifestación de la voluntad ajena; 2) y también lo es al mismo tiempo esa íntima u oculta conciencia de que, si bien en cuanto manifestación es diferente de quien padece la injusticia, no deja de identificarse con él en cuanto ser en sí. ”

Carpe Diem et Memento Mori

Mahawakya Locus Loci
Lenguas modernas universidad de caldas...
Escrito por Mahawakya Locus Loci
el 20/03/2016

Inés, esa no es la cuestión. Pediste argumentos de alguien anterior a Freud, ahí te los di. Si eres inteligente y poco prejuiciosa, cosa que dudo mucho; lo de prejuiciosa, podrás comprender sobre el ello, el yo y el superyo, además de otras cosas. Si por el contrario no eres capaz, recuerda que esto es filosofía y no psicología.

Pero siguiendo con tu risa, el miedo se requiere para que la normas se cumpla, hace parte del aconductamiento. As´ki como la idea a priori que te pone a elegir entre dos apciones ante el peligro, correr o enfrentar. Asi como las leyes lo hacen para la vida en sociedad.

No te confundas con las palabras de Serrato, estás llena de prejuicio al respecto. Te noto confundida!

Carpe Diem et Memento Mori

Jaime Alfonso Celi Múnera
Derecho y ciencias políticas universid...
Escrito por Jaime Alfonso Celi Múnera
el 20/03/2016

Hola, a todos: El ser humano tiene una predisposición innata para la comicidad , la cual puede manifestarse de diferentes maneras. Tenemos, en primer lugar, la farsa , que provoca la risa a costa de la estupidez propia o de otra persona o grupo de personas; tenemos la comedia , que es el espectáculo de burlas, ironías y situaciones ridículas a las que asistimos como espectadores, que nos divierten y nos llevan a la risa ; tenemos el juego de palabras cómicas, en las que campea el humor al hacer uso del lenguaje, de sus términos y sus giros; está la comicidad del carácter , que lleva al hombre a reírse de su humanidad; está la comicidad de la situación , que nos causa gracia cuando observamos la torpeza de nuestras acciones o las de los demás, o la ejecución de acciones que no comprendemos; está la comicidad de repetición , que nos lleva a reírnos de aquello que aparece idéntico ante nuestros ojos y sentidos; está el ridículo , que es una especie de comicidad involuntaria, que saca a la luz alguna condición que mantiene oculta una persona que, por tanto, es puesta en evidencia y divierte al observador; está el humor , que nos lleva a reírnos de nosotros mismos y de lo que pasa en el mundo; está, por último, la ironía , que el hombre utiliza para reírse de los demás.

La palabra humor proviene, etimológicamente, del latín humor , humoris , que significa líquido , humedad , relacionada con el agua y, de manera especial, con aquella agua que brota del manantial, que surge desde la profundidad subterránea, recordándonos que “ tierra ”, en latín, es humus , que proceden, tanto humor como humus , del verbo umeo , que tiene la significación de estar empapado (antiguamente, tanto humor como humus se escribían sin la “h”: umor , umidus , umidificare ). Debemos también recordar que ya desde la Antigüedad la palabra humor también era utilizada para referirse a la apreciación hipocrática respecto del cuerpo humano. En Cos, la escuela de medicina dirigida por Hipócrates comenzó a analizar y diagnosticar sus pacientes tomando como base sus estados de humor . De esta manera, fundamentó la creencia de que el cuerpo humano contenía cuatro líquidos bases, a los que denominó humores , que a su vez estaban relacionados con los cuatro elementos ya conocidos: aire ( sangre ), fuego ( bilis amarilla ), tierra ( bilis negra ) y agua ( flema ), manifestando que el equilibrio de estos cuatro humores era esencial para conservar la buena salud. Por esta razón, cuando se consideraba que una persona tenía un balance óptimo, se decía que estaba de buen humor . A estos cuatro elementos, el médico romano Galeno incorporaría un quinto al que denominó spiritus y al humor correspondiente lo llamó pneuma . De la medicina, los humores pasaron a formar parte del habla popular, surgiendo palabras y expresiones que todavía, hoy día, utilizamos, tales como humor negro , melancólico , humor flemático .

Por otro lado, el humor y la ironía , en sus concepciones para el mundo de la Antigua Grecia, pueden ser abordados desde diferentes perspectivas. El primero podría ser relacionado con la aparición de la comedia del Ática y la segunda podría relacionarse con la filosofía que desplegó Sócrates , quien siempre propugnó, a través de sus acciones, por buscar la verdad , ejercicio necesario para toda persona que quiera adentrarse en los caminos de la filosofía. El sentido del humor debe ser diferenciado de lo cómico . El humor se manifiesta en la capacidad del hombre para percibir algo cómico o gracioso. El humor fue entendido por algunos griegos como el medio que les serviría para remover aquellos convencionalismos muertos o ya pasados de moda, aquellas tradiciones religiosas, sociales o culturales que por estériles y sin contenido deberían ser desechadas, a pesar de que una mayoría ignorante de personas todavía gustaba de ellas.

Tanto el humor como la ironía se entroncan con la risa y la sonrisa . Desde ya digamos que la risa es la expresión de la capacidad humana para comprender lo cómico o gracioso. A través de la historia, el humor ha estado presente en toda sociedad. Podríamos incluso afirmar que el hombre es un animal que ríe. El humor está presente en la oralidad o en la gestualidad . Así, la risa , o la sonrisa , surge de lo cómico , que se expresa de maneras muy diferentes, tales como el chiste , la gracia , la burla , la ironía , el sarcasmo , la parodia . A través del humor , ciertos sucesos grotescos e incomprensibles son tomados en cuenta y vienen a manifestar una forma como el hombre se relaciona y comunica con sus semejantes.

La ironía expresa una contradicción entre lo que se afirma y lo que se piensa. Cuando se habla, la ironía se descubre por el tono de la voz y por el gesto; cuando se escribe, se descubre por la situación expresada en el contexto. De este modo, la ironía siempre va dirigida a la inteligencia, sin olvidar que forma parte del método empleado por la doctrina socrática: consiste en preguntar aparentando ignorancia, hasta llegar al punto que el interlocutor arribe a la afirmación que se quiere rebatir. Cuando la ironía tiene carácter amargo, se le denomina sarcasmo , que es la ironía mordaz y cruel con la que se ofende o maltrata a una persona o a algo.

No debemos olvidar que los cínicos tenían por característica expresar aquello en lo que pensaban sin preocuparse de las consecuencias que podría reportarles lo que decían. Eran irreverentes, directos, atrevidos en sus críticas. Esta irreverencia en la exposición de sus ideas era una manera de ejercitar una especie de principio educativo, pues a través de él trataban de conseguir que aquel que los escuchara reflexionara sobre lo que oyó y registrara la crítica mordaz que hacían a las costumbres, maneras de actuar y de pensar del pueblo griego.

Heráclito , por otro lado, afirmaba que no conviene ser ridículo hasta el punto de parecerte ridículo a ti mismo , lo que quería significar que los límites de la ridiculez se encuentran en la mente de aquella persona que resulta afectada por una situación cómica surgida durante su vida.

Desde la Grecia clásica, el ser humano se ha interrogado respecto de la risa . Ya Platón , en el Filebo , argumentaba que la risa es un vicio , que disminuye el dominio que ejerce la mente sobre el cuerpo. Se refería, muy seguramente, a la risa sádica , aquella que surge cuando un individuo se mofa de otro que ha caído en desgracia. En otra de sus obras, La República , también condenaba la carcajada, aquella risa violenta que podía significar algo inconveniente, perturbador e, incluso, obsceno. Platón veía en la risa una manifestación de arrogancia, muchas veces injustificada. Para Aristóteles , en una especie de variante de la valoración platónica, la risa es una mueca de fealdad que deforma el rostro y desarticula la voz.

También Platón , en el Teeteto , narra que Tales de Mileto , por ir mirando a las estrellas, se cayó en un pozo y que una criada tracia, de espíritu despierto y socarrón, se burló de él por tratar de investigar los cielos cuando no veía lo que tenía a sus pies. El detalle interesante en esta anécdota radica en la nacionalidad tracia de la criada, pues es sabido que la Tracia era la región donde se situaba el origen del culto al dios Dionisos , el dios de los instintos y de todos los aspectos no racionales del ser humano. Así, en el fondo, lo que estaría expresando Platón es la oposición existente entre el proto-filósofo racional, abstraído en sus meditaciones, y el proto-cómico dionisíaco, que aparecen reflejados en la seriedad del filósofo y en la mofa de la criada tracia. Platón glosa la anécdota: “ La misma burla podría hacerse de todos los que dedican su vida a la filosofía ”, porque el filósofo que cae en la abstracción olvidando el mundo que habita “ caerá en pozos y en toda clase de dificultades debido a su inexperiencia práctica, y su tremenda torpeza da una imagen de necedad ”.

Pero no todos los filósofos griegos valoraban negativamente la risa . Por el contrario, Demócrito , según la leyenda, se reía de la estupidez humana . La risa de Demócrito manifiesta un aspecto positivo que refleja que, a pesar de toda la decepción que pueda tener el hombre frente a su propia estupidez, el filósofo abderita no estaba dispuesto a dejar de lado el goce de la vida, pues tanto a la risa como al humor los calificaba como una actitud vital. Michel Onfray llega a decir de Demócrito que utilizó la risa como factor de resistencia . En su concepción trágica del mundo, el filósofo abderita decía que se debe aceptar el mundo por lo que es, advirtiendo que lo real es así y no podemos cambiarlo, por lo que la mejor medicina para sosegar el alma es la risa .

La religión cristiana tomó de la concepción platónica su aversión a la risa , al considerarla como un mal indigno que padece la Humanidad. Recordemos que en el evangelio de Lucas 6:25 , se lee: “ Ay de vosotros los que ahora reís, porque gemiréis y lloraréis! ”.


Durante la Edad Media, debido a las concepciones platónicas y cristianas, la risa fue considerada como algo sospechoso, quizá como algo deshumanizante. Pero al llegar el Renacimiento, Francois Rabelais aborda el tema de la risa llegando a afirmar que ella es lo mejor que posee el ser humano.

Jaime Alfonso Celi Múnera
Derecho y ciencias políticas universid...
Escrito por Jaime Alfonso Celi Múnera
el 20/03/2016

Hola, a todos: Como afirmó Fernando Savater, si en el siglo XIX se asistió a la muerte de Dios, lo cierto es que su vacío quedó repleto de sólidas instituciones que continuaron otorgando Providencia y Orden e, incluso, un moderado Consuelo a los hombres, como si no se hubieran ido los tiempos felices en que Él vivía. El recuerdo de Dios continuó vivo en el sentido del mundo , en su imagen de garante de las instituciones políticas, en el respaldo que otorga a la autoridad, en su figura como dispensadora de premios y castigos, en el imaginario de que viene al rescate de la dignidad del hombre.

Aún hoy, resuenan los Versos de oro , de la escuela pitagórica, que afirman: “ Honra, en primer lugar, y venera a los dioses inmortales, a cada uno de acuerdo a su rango …”. A pesar del empeño que tienen algunos en hacerle creer a otros la muerte de Dios, lo cierto es que Él se empecina en no morir.

Se afirma que aquel que cree en Dios lo hace fundado en el miedo y en la esclavitud, pero esta visión no es, por entero, cierta. Por supuesto que siempre existirán personas que busquen aprovecharse de la religión para sojuzgar a sus semejantes, pero cada día serán más escasas. El siglo XXI ha visto el resurgir de la espiritualidad , incluso a través del estudio de nuevas disciplinas como la filosofía de la religión . Ya en las postrimerías del siglo pasado, Josef Schmitz señalaba que “ En la situación actual la religión ofrece ciertamente un cuadro desconcertante a todas luces. La yuxtaposición a escala mundial de religión y de irreligiosidad o de crítica a la religión implica el mutuo cuestionamiento de los hombres religiosos y de los no religiosos. Y dentro del campo de la religiosidad cabe consignar procesos totalmente opuestos: la desaparición de la substancia religiosa dentro de las religiones institucionalizadas y el renovado y creciente interés por las experiencias religiosas fuera de tales instituciones. Se advierte asimismo la pérdida de relevancia de las religiones en la civilización occidental y la nueva importancia política de las religiones en el marco de los países en vías de desarrollo ” (“ Filosofía de la Religión ”, Editorial Herder, Barcelona, 1987, página 7). No es casual, pues, que en este siglo subsista un estado teocrático , como Irán, que haya surgido de la nada un Estado Islámico basado en los preceptos del Corán , ni que las noticias diarias hagan referencia a nuevos descubrimientos respecto a la genética del hombre y su predisposición a la religiosidad .

Dentro de esta concepción, uno de los libros que he leído y que más ha influido para que adopte una visión más global y menos parcializada respecto a las íntimas conexiones entre filosofía y religiosidad , es la obra de un filósofo británico, Peter Kingsley , titulada “ En los oscuros lugares del saber ” (tengo, en mi biblioteca, la publicada por Ediciones Atalanta, tercera edición, traducción de Carmen Francí, Girona, 2013). Al hacer referencia a Parménides y su oscuro poema, muestra una nueva perspectiva señalando que la filosofía parmenidea tiene algo que ver con la mística , con la religión , con el dios Apolo y los sacerdotes griegos, con ciertos lugares de culto, y con el mundo de los encantamientos y la magia, de la sanación y de otros estados alterados de conciencia.

Así que resulta bastante simplista afirmar que la fe proviene del miedo , que el diablo es su producto y que eliminando a éste “ ya no hay necesidad de dios ”. Lo que verdaderamente debe plantearse en este foro de debate es si la perspectiva cristiana, que entra en íntima contradicción con el materialismo ateo , inexorablemente desemboca en la negación esencial de Dios como absurdo . Por otro lado, deberá analizarse la contradicción que también existe entre credo y cultura . Frasecitas efectistas sólo se quedan en eso, en apostillar sin debatir, en comentarios entresacados de algunos personajes y obras que se presentan como revelaciones y que se toman como verdaderos, sin análisis alguno.

Es que si nos atenemos solamente a las frases ya hechas, considero que también podría ser cierta la expresada por Francis Bacon en el sentido que “ Prefiero creer en todas las fábulas del Corán, el Talmud y la Leyenda, que creer que esta forma universal existe sin una mente. Y por ello, Dios nunca fabricó milagros para convencer a los ateos, porque sus obras naturales convencen. Es verdad que un poco de filosofía inclina a la mente del hombre al ateísmo; pero la profundidad en la filosofía lleva a la mente del hombre a la religión ”.

Jaime Alfonso Celi Múnera
Derecho y ciencias políticas universid...
Escrito por Jaime Alfonso Celi Múnera
el 21/03/2016

Hola, a todos: Giorgio Agamben , a quien ya he citado en otras oportunidades, afirma en su lúcido ensayo sobre “ Magia y Felicidad” que “ …sobre la tierra hay una sola felicidad posible: creer en lo divino y no aspirar a alcanzarlo ”. Respecto de la felicidad , Agamben manifiesta que “ ella nos espera sólo en el punto en el cual no nos estaba destinada, en el que no era para nosotros. Es decir, por arte de magia ”.

Cualquier persona que hojee una obra que trate de antropología cultural se dará cuenta que dentro de los tópicos que desarrolla será imprescindible un capítulo que hable sobre la religión . Así, Marvin Harris , al referirse a lo sagrado y lo profano, afirma que “Algunos antropólogos han sugerido que las creencias o las prácticas son religiosas cuando producen un estado emocional especial o «experiencia religiosa» , agregando que Robert Lowie caracterizó esta experiencia como de «asombro y temor», una sensación de estar en presencia de algo extraordinario, misterioso, sagrado, santo, divino. Lowie llegó incluso a sostener que las creencias sobre los dioses y las almas no eran religiosas si se daba por supuesta la existencia de estos seres y si, al contemplarlos, el individuo no experimentaba temor o asombro ” (“ Antropología Cultural ”, Alianza Editorial, tercera reimpresión, Salamanca, 2001, página 348).

Harris nos dice que “ El teórico que más contribuyó a esta manera de concebir la religión fue Emile Durkheim. Como muchos otros, Durkheim propuso que la esencia de la creencia religiosa consistía en que evocaba un sentimiento misterioso de comunión con un ámbito de lo sagrado. Todas las sociedades tienen sus creencias, símbolos y rituales sagrados que se oponen a los acontecimientos ordinarios o profanos. La aportación distintiva de Durkheim fue relacionar el ámbito de lo sagrado con el control que ejercen la sociedad y la cultura sobre la conciencia de cada individuo. Cuando la gente cree estar en comunión con fuerzas ocultas y misteriosas y seres sobrenaturales, lo que en realidad experimenta es la fuerza de la vida social. En nuestro temor a lo sagrado expresamos nuestra dependencia de la sociedad en forma simbólica. Así, según Durkheim, la idea de «dios» sólo es la forma del culto a la sociedad. Todas las culturas establecen una distinción entre los ámbitos sagrado y profano; por ello la idea durkheimiana de que lo sagrado representa el culto a la vida colectiva es probable que contenga algún elemento de verdad. Como veremos, la capacidad de apelar al carácter sagrado de algunas creencias y costumbres tiene gran valor práctico para reducir la disensión, imponer la conformidad y resolver las ambigüedades ” (obra citada, página 348).


Por otro lado, cuando se habla de “ El nombre de la rosa ”, no debe olvidarse que la novela de Umberto Eco es de corte filosófico, ambientada en el siglo XIV, que tiene por tema la crisis del Papado y la postura franciscana de propiciar un ambiente intelectual que permitiera la separación, hasta cierto punto, del pensamiento aristotélico imperante en la época, utilizando como método para la investigación de la naturaleza uno fundado en la experimentación. Eco funda su novela en la corriente franciscana surgida a partir de Joaquíin de Fiore y la idea de un “papa angélico”, que dio surgimiento, además, a un movimiento ocurrido en el seno de dicha comunidad, que fue llamado de los “franciscanos espirituales”. De fondo, está la cuestión del empirismo y pragmatismo anglosajones, que Eco quiere afincar en raíces nominalistas . De ahí el último párrafo de la novela, escrito para despistar: “ Hace frío en el scriptorium, me duele el pulgar. Dejo este texto, no se para quién, este texto, que ya no sé de qué habla: stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus ”. No olvidemos que Eco , a más de filósofo fue semiólogo por lo que debemos poner cuidado en su tesis de fondo, que no es otra que las palabras sirven al hombre como herramientas muy versátiles, hasta el punto que pueden quedarse incluso vacías de toda función. Así que no creas, Inés , que no he leído la obra; por el contrario, la he releído varias veces en función de entender su estructura misma y la simbología depositada en ella por Eco , tratando de comprenderla dentro del contexto histórico en que se desarrollan los hechos que forman su entramado.

Jaime Alfonso Celi Múnera
Derecho y ciencias políticas universid...
Escrito por Jaime Alfonso Celi Múnera
el 21/03/2016

Hola, a todos: Inés afirma: “ ! Qué tendrá que ver esto del credo y la cultura! Vamos de mal en peor… ”. Olvida, Inés , que hay una filosofía de la religión que, entre otras cosas, se dedica a estudiar la relación que surge entre la religión y otros sistemas de valores que pueden provenir de la ciencia , de la ética o de otras disciplinas.

Inés trata de insertar la religión dentro de la que llama “ cultura del miedo ”, como si todos los creyentes lo fueran por tener temor. Sin embargo, ya Lowie ha manifestado que puede haber personas creyentes que no sientan temor o asombro y que aun así, crean en Dios. Si esto es cierto, la tesis que propugna Inés se derrumba parcialmente, cuando menos, porque habrá individuos a los cuales no puede aplicársela pues ni sienten miedo ni se asombran ante aquello que consideran fuerzas ocultas o misteriosas.

Si los sistemas de creencias de una sociedad determinada pueden provenir de su cultura , es evidente que existe una relación entre lo que crean las personas que integran dicha sociedad y la cultura que impera en la misma. Si como afirma Durkheim , “ la idea de «dios» sólo es la forma de culto a la sociedad ”, podemos preguntarnos si dicha idea también evoluciona en el seno de la cultura actual.

Buena parte de la sociedad actual aduce su ateísmo , estableciendo un divorcio entre religión y ciencia , señalando que la evolución dejó atrás la imagen del Dios Creador. Fundamentan su postura en la tesis positivista , en el sentido de afirmar que el único conocimiento auténtico es aquel que surge de la ciencia , y que tal conocimiento solamente puede provenir de la formulación de hipótesis y el empleo del método científico.

Desde este perspectiva, el filósofo inglés Antony Flew critica el positivismo de Dawkins y Dennet , arguyendo que tal positivismo no tiene en cuenta el “ ajuste fino ” del universo, y que de ser cierto llevaría a un reduccionismo del espíritu a la materia , así como de la complejidad cosmobiológica a cierta simpleza.

El ateísmo ha eliminado la imagen de Dios como Creador del mundo. En su lugar, manifiesta que el universo surgió por azar , casualidad o suerte, sin intervención de ningún Ser Trascendente. Suponiendo que ello fuera verdad, forzoso sería concluir que dicho azar evolutivo, si lo tomamos como razón o sentido del universo, no estaría muy alejado del concepto de magia y, por esta vía, dicho positivismo ateo terminaría siendo un positivismo de carácter mágico .

Po otro lado, debemos decir, en aras de la verdad, que la mayoría de los biólogos evolucionistas se manifiestan contrarios a una visión finalista del universo. Algunos, incluso, precisan que la finalidad del universo es una cuestión filosófica que cae fuera de la ciencia . Así que tenemos la opción de escoger nuestro sistema de creencias, tenemos la opción de creer o no en la finalidad que esconde el universo.


Así las cosas, debemos detenernos a analizar si en la cultura actual, la idea de dios también evoluciona. Y por esta razón es que credo y cultura también van enlazados y son objeto de estudios filosóficos, como aquel que refiere el concepto de Dios-evolución , que sigue su destino a través de la historia del hombre en el mundo, cuya característica sobresaliente es su apertura radical al mundo de hoy.

Mahawakya Locus Loci
Lenguas modernas universidad de caldas...
Escrito por Mahawakya Locus Loci
el 21/03/2016

Bla,bla,bla, bla...

El problema que tienen no es con Dios, sino con la institucionalidad de una verdad sobre él estableciendo un dogma de fe. El problema no es Dios, el problema son las religiones de cualquier ideología que contemplan una verdad trascendental a la que se tiene acceso desde la materialidad del mundo. Y aún cuando quisieran apelar a la ciencia en su argumentación demostrativa, hay muchas variables que develan la inconsistencia experimental de argumentación.

El ateismo no ha eliminado ninguna visión sobre Dios, ha puesto en entre dicho la institucionalidad religiosa que habla en nombre de Dios.

El feminismo desbordado es casí tan pasional como la religión.

Carpe Diem et Memento Mori

Mahawakya Locus Loci
Lenguas modernas universidad de caldas...
Escrito por Mahawakya Locus Loci
el 21/03/2016

El ello es la parte instintiva, antes de ser razón era sólo animalidad, luego la razón permitió conciencia de sí, y control sobre sus propios actos, conciencia moral, superyo. No veo donde está el problema, no veo donde no comprendo.

Siempre sucede lo mismo, desestiman, se burlan, tratan de confundir. Si eres psicoanalista, está haciendo muy mal tu tarea conmigo o no le estas sacando provecho como pensabas!

Carpe Diem et Memento Mori

Mahawakya Locus Loci
Lenguas modernas universidad de caldas...
Escrito por Mahawakya Locus Loci
el 21/03/2016

Le recomiendo, si quiere encontrar mejores argumentos en cuanto a eso que tanto detesta como la religión, "Los fantasmas mas de Goya"

Si haces alarde de la risa y utilizas medios concerntinetes a la religión para ejemplificar, no me queda otra opción que pensar en que hay algo muy malo de parte tuya para con la religión, o de la religión para contigo, o la idea o concepción que hay en tí acerca del concepto Dios. Podría haber buscado otro, por ejemplo cuando una madre encierra en sus brazos a su recien parido hijo, ensangrenatado aún, una emoción incontenible de risa y llanto, mucho más que el racional humor! Pero si crees que el humor es intlegente, así debe ser, en la corte del rey no faltaba el bufón. Aún hoy, cualquiier grupo de amigos es una veradera corte del rey. Está el rey, el de la plata; el caballero, el que defiende al de la plata, el obispo, quien aconseja, el hombre metódico, o atrevido que secunda al de la plata a hacer cosas, y el chistoso!

En ningún moento he dicho nada contrario a lo que supones, no interpretes por mí. Te hace ver mucho más arrogante que yo, y viniendo de una mujer, se ve mucho más peor. (diras que "mucho más peor" está mal dicho, no importa) Y según las cosas me va a tocar especificar todo para que se vea mucho menos mi ignorancia. Gracias, me haces mucho bien, Ines

Carpe Diem et Memento Mori

Mahawakya Locus Loci
Lenguas modernas universidad de caldas...
Escrito por Mahawakya Locus Loci
el 22/03/2016

Jajajajjaajjajaj.

Terminaste resentida cmo otrora lo haría Serrato.

A ver, empesaste determiandome Como Carpe Diem buscando que me enojara, fallaron todos tus pronosticos para conmigo. La psicología aunque quiera parecerse a una ciencia no es capaz, la conducta del hombre es impredecible, sólo en aquello impulsivos, irreflexivos aplica la determinación de la conducta, y caso extraño, curioso e irrisorio, habla sobre la idea de libertad.

Me subestimaste y ahora te quieres salir por la facil. Primero apelaste a la ignorancia, ahora a la religión y el machismo, sorry baby, bienvenida a la realidad, una realidad que termina con la muerte, muerte que no nos afecta en lo más mínimo para vivir y gozar de la vida, vida que no se cansa de vivir y contempla conflictos y dolores en cuanto existencia, existencia que no sabes que es.

Eres una resentida social, peligrosa psicoanlaítica que conoce que lo más facil y vil de predecir en la conducta humana es la ira, estrategia que planteaste en mí y que lo has hehco antriormente con otros. En mí no funciono, se te devolvió. ¿Por qué te ofuscas? ¿Qué pasó con el debate? ¿Se te perdió tu seguridad con un ignorante?

Anteriormente fui muy bello al decirte feminista, ahora creo que no era bueno ser bello contigo, eres feminazi. Anda, ve a quejarte con el administrador, sufre y quéjate, anda ve y llora. Eso era lo que le decias a Serrato, que no es mi amigo, que lo he llevado al borde de la ira. No me conoces, ni siquiera pusiste atención a lo que él decía, cuando volví después de mucho tiempo, a entablar conversación en este foro, se refirió a mí como desorienteador y ayudante de la mentira, después me trató de amigo. No soy enemigo suyo, pero hemos tendido nuestras desaveniencias como con cualquier otro, no soy su querido amigo, no hablamos de lo mismo, auquela punta del iceberg pareciera mostrar para tí, Ines, lo contrario.

¿Què àsó con la risa? Yo me divierto!

No te esfuerces en citar, no me llegan notificaciones, entro rutinariamente por aquí y observo, a veces mucho, a veces poco, tus requerimientos lo escucho cuando quiera yo, no cuando tu lo sugieras!

Feminazi! Aunque pudiera estar equivocado, la condcuta tuya y el prejuicio para conmigo, me hacen pensar que así es.

Carper Diem et Memento Mori


Jaime Alfonso Celi Múnera
Derecho y ciencias políticas universid...
Escrito por Jaime Alfonso Celi Múnera
el 22/03/2016

Hola, a todos: Serán ciertas las palabras de Jorge de Burgos , en “ El nombre de la rosa ”, de que sin miedo no puede haber fe?.. Y que sin miedo al diablo, ya no hay necesidad de dios?.

Lo primero que debemos decir es que no todas las culturas o civilizaciones que han aparecido en la Historia, han tenido su diablo . Por ejemplo, la civilización griega no lo tuvo. Basta con leer el séptimo capítulo de “ El Diablo, su presencia en la cultura, la mitología y la religión” , de Gerald Messadié (Ediciones Martínez Roca, S.A. , Barcelona, 1994, páginas 173 a 195), para concluir que los griegos no creían en el diablo , ni siquiera lo conocían. Igual aconteció con la civilización romana: por parte alguna aparece la figura del diablo ; o la civilización celta , en la que no hubo diablo alguno durante 35 siglos. Es evidente, entonces, que la creencia en los dioses, al menos en lo que respecta a estas civilizaciones, no puede estar sustentada en el miedo al diablo , ya que estas culturas ni siquiera lo conocían.

Por otro lado, cómo se explica que si los griegos, romanos o celtas no conocían al diablo , continuaran adorando y creyendo en sus dioses?. Si, como afirma Inés , el miedo es el fundamento de la fe , por qué los griegos, romanos, o celtas, creían en sus dioses a pesar de que no conocían al diablo y, por tanto, al menos en teoría, debían ser ajenos al temor ?. Debemos concluir, entonces, que lo que fundamenta la fe en una creencia religiosa no es el miedo al diablo, sino algo mucho más trascendente.

Josef Schmitz , a quien ya cité en un post anterior, afirma, al hablar acerca de la esencia de la religión, que “ Cualquier tentativa por comprender la esencia íntima de esa compleja realidad que llamamos religión está influenciada por la idea previa que comporta. En efecto, quien desde la pluralidad de las manifestaciones religiosas pretende llegar a la esencia de la religión tiene ya que empezar sabiendo, al menos de manera aproximada, lo que son las manifestaciones religiosas en contraposición a las no religiosas, para poder después sacar de las mismas aquello que tienen en común y que constituye y asegura su identidad como fenómeno religioso. Así, en un concepto previo irreflexivo siempre se supone lo que se intenta captar de manera reflexiva y examinar críticamente como esencia general de las manifestaciones religiosas. Hans-Georg Gadamer ha calificado ese proceder como «estructura circular del pensamiento». Wolfgang Trillhaas considera más apropiado hablar de una « estructura en espiral» del pensamiento, porque dicho proceder en ningún caso retorna simplemente al concepto previo irreflexivo, sino que mediante la reflexión y el examen crítico puede también corregirlo ” (“ Filosofía de la Religión ”, obra citada, página 91). Sugiero entonces que debemos atender a las tres derivaciones que han tratado de explicar la palabra religio , que han tratado de captar su esencia , sin que ninguna haya logrado imponerse de manera definitiva: la expresada por Cicerón , la señalada por el rétor cristiano Lactancio o la elaborada por el obispo de Hipona, Agustín . Ninguna de ellas establece la esencia de la religión en el miedo al diablo .

Inés escribió: “ Festejo que haya recurrido a Google para enterarse de que trataba la novela de Umberto Eco

Sin embargo, parece que le sirvió muy poco a los efectos de este debate ya que no se refirió al tema tratado, el efecto nefasto de la risa para la Iglesia ”. Creo que Inés olvida que Eco , a través de los diálogos de su novela, equilibra su punto de vista y hace referencia a autores paganos y cristianos que estaban a favor de la risa . Para corroborar lo que digo, tenemos que en el Capítulo “ Primer Día. COMPLETAS ”, se lee la siguiente afirmación puesta en boca de Guillermo de Baskerville : “ Manduca, jam coctum est- susurró Guillermo.

- Qué? - preguntó Jorge, creyendo que se refería a la comida que acababan de servirle.

- Son las palabras que según Ambrosio pronunció San Lorenzo en la parrilla, cuando invitó a sus verdugos a que le dieran vuelta, como también recuerda Prudencio en el Peristephanon – dijo Guillermo haciéndose el santo – San Lorenzo sabía, pues, reír y decir cosas risibles, aunque más no fuera para humillar a sus enemigos

- Lo que demuestra que la risa está bastante cerca de la muerte y de la corrupción del cuerpo – replicó con un gruñido Jorge, y debo admitir que su lógica era irreprochable ”.

En el capítulo “ Segundo día. TERCIA ”, en el diálogo sostenido entre Guillermo y Jorge , se lee:

- Me pregunto – dijo Guillermo -, por qué rechazáis tanto la idea de que Jesús pudiera haber reído. Creo que, como los baños, la risa es una buena medicina para curar los humores y otras afecciones del cuerpo, sobre todo la melancolía.

- Los baños son buenos, y el propio Aquinate los aconseja para quitar la tristeza, que puede ser una pasión mala cuando no corresponde a un mal susceptible de eliminarse a través de la audacia. Los baños restablecen el equilibrio de los humores. La risa sacude el cuerpo, deforma los rasgos de la cara, hace que el hombre parezca un mono.

- Los monos no ríen, la risa es propia del hombre, es signo de su racionalidad.

- También la palabra es signo de la racionalidad humana, y con la palabra puede insultarse a Dios. No todo lo que es propio del hombre es necesariamente bueno. La risa es signo de estulticia. El que ríe no cree en aquello de lo que ríe, pero tampoco lo odia. Por tanto, reírse del mal significa no estar dispuesto a combatirlo, y reírse del bien significa desconocer la fuerza del bien, que se difunde por sí solo. Por eso la Regla dice. «Decimus humilitatis gradus est si non sit facilis ac promptus in risu, quia scriptum est: stultus in risa exalt vocem suam ».

- Quintiliano – interrumpió mi maestro – dice que la risa debe reprimirse en el caso del panegírico, por dignidad, pero que en muchas otras circunstancias hay que estimularla. Tácito alaba la ironía de Calpurnio Pisón. Plinio el Joven escribió: «Aliquando praeterea rideo, hoco, ludor, homo sum».

- Eran paganos – replicó Jorge – La Regla dice: «Scurrilitates vero vel verba otiosa est risum moventia aeterna clausura in ómnibus locis damnamus, et ad talia eloquia discipulum aperite os non permittimus».

- Sin embargo, cuando ya el verbo de Cristo había triunfado en la tierra, Sinesio de Cirene dijo que la divinidad había sabido combinar armoniosamente lo cómico y lo trágico, y Elio Sparziano dice que el emperador Adriano, hombre de elevadas costumbres y de ánimo naturaliter cristiano, supo mezclar los momentos de alegría con los de gravedad. Por último, Ausonio recomienda dosificar con moderación lo serio y lo jocoso.

- Pero Paulino de Nola y Clemente de Alejandría nos advirtieron del peligro que encierran esas tonterías, y Sulpicio Severo dice que San Martín nunca se mostró arrebatado por la ira ni presa de la hilaridad.

- Sin embargo, menciona algunas respuestas del santo spiritualiter salsa – dijo Guillermo.

- Eran respuestas rápidas y sabias, no risibles. San Efraín escribió una parénesis contra la risa de los monjes, ¡Y en el De habitu et conversatione monachorum se recomienda evitar las obscenidades y los chistes como si fuesen veneno de áspid!.

- Pero Hildeberto dijo: «Admittenda tibi joca sunt post seria quaedam, sed tamen et dignis ipsa gerenda modis». Y Juan de Salisbury autoriza una hilaridad moderada. Por último, el Eclesiastés, que citabais hace un momento al mencionar vuestra Regla, si bien dice, en efecto, que la risa es propia del necio, admite al menos una risa silenciosa, la del ánimo sereno.

- El ánimo sólo está sereno cuando contempla la verdad y se deleita con el bien que ha realizado, y la verdad y el bien no mueven a la risa. Por eso Cristo no reía. La risa fomenta la duda.

- Pero a veces es justo dudar.

- No veo por qué debiera serlo. Cuando se duda hay que acudir a una autoridad, a las palabras de un padre o de un doctor, y entonces desaparece todo motivo de duda. Me parece que estáis impregnado de doctrinas discutibles, como las de los lógicos de París. Pero San Bernardo, con su es así y no es así, supo oponerse al castrato Abelardo, que quería someter todos los problemas al examen frío y sin vida de una razón no iluminada por la Escritura. Sin duda, el que acepta esas ideas peligrosísimas también puede valorar el juego del necio que ríe de aquello cuya verdad, enunciada ya de una vez para siempre, debe ser el objeto único de nuestro saber. Y así, al reír, el necio dice implícitamente: «Deus non est».

- Venerable Jorge – dijo Guillermo -, creo que sois injusto cuando tratáis de castrado a Abelardo, porque sabéis que fue la iniquidad ajena la que lo sumió en esa triste condición… ”.

De paso, pregunto a Inés si ha leído la obra de Eco, El nombre de la rosa” , o solamente ha visto la película. La cita que hace de Jorge de Burgos , por más que la busco en la obra de Eco , no logro encontrarla. Quisiera que Inés citara el capítulo exacto en el que aparece consignada dicha cita, que según ella salió de la boca de dicho personaje. Podría ser que la cita esté en los diálogos de la película, más no en la obra de Eco .

Jaime Alfonso Celi Múnera
Derecho y ciencias políticas universid...
Escrito por Jaime Alfonso Celi Múnera
el 22/03/2016

Hola, a todos: en un post anterior, Inés escribió, haciendo referencia a la cultura del miedo , que “… desde siempre los absolutismos políticos y religiosos generan el miedo como medio de opresión y control social ”. Creo que todos estaremos de acuerdo con el pensamiento expresado por Baruch Spinosa , en el sentido de que el miedo , concebido como una pasión negativa, impide a los seres humanos elegir libremente su camino conduciéndolos a la ciega aceptación de la tiranía y la dominación. Pero también debemos admitir que, si bien es evidente que los absolutismos políticos y religiosos generan una cultura del miedo , no son los únicos. También desde la democracia se recurre al miedo , como es el caso palpable, hoy día, del precandidato republicano Donald Trump . Así que el miedo no es propiedad exclusiva de los absolutismos , sino que campea por otros lares, instituciones e ideologías. Es que el miedo , bien utilizado , sirve como arma para conseguir el sometimiento posible de toda una sociedad o, al menos, de parte de ella. Ya Maquiavelo decía que aquellos que ostentan el poder tienen dos maneras de lograr el respeto de sus súbditos: ganándose su afecto o utilizando el miedo. No hay que olvidar, además, que Hobbes afirmó que el miedo es la manera natural de conseguir la convivencia pacífica .

Existen muchas clases de miedos , algunos más grandes que otros. Por ejemplo, Milton Friedman llegó a decir que “ solamente una crisis real o percibida produce cambios verdaderos ”. En otras palabras, es el miedo el que impulsa a las sociedades hacia las grandes transformaciones políticas, sociales y económicas. Hace pocos días, alguien manifestó que “ el miedo es un instrumento sumamente peligroso que el neoliberalismo (que es sin duda mucho más que una teoría económica) lleva alentando y manejando hace mucho tiempo, como uno de los marcos de interpretación clave para entender la realidad y definirla ”. Esta frase fue dicha por Georges Lakoff y podemos inscribirla entre lo que se ha dado en llamar “ la economía del miedo ”.

Así que el miedo no ha sido propiedad exclusiva de los absolutismos , pues todos los seres humanos, en una u otra ocasión, se sirven de él. Por supuesto que Inés tiene razón en mostrar los desafueros y arbitrariedades cometidos por una institución como la Iglesia católica durante su historia, así como las torpezas cometidas por algunos de sus miembros, pasados y presentes. Pero todo hay que ponerlo en la perspectiva correcta. He tenido la oportunidad de leer una pequeña obrita, escrita por Thomas Cahill , titulada “ De cómo los irlandeses salvaron la civilización ”. En ella, Cahill se esfuerza por hacernos comprender que si no fuera por la cultura monástica y por sus monjes, el recuerdo de los grandes logros conseguidos en Grecia y Roma, el recuerdo de sus ilustres personajes, todo lo que hoy conocemos como “cultura clásica” , se hubiera perdido en la bruma de la historia. En cierta forma, la obra de Eco , “ El nombre de la rosa ”, también refleja el ideal que impregnaba el mundo cristiano y monacal del siglo XIII. Así que no todo es negativo en la cultura cristiana, como se empeña en presentárnoslo Inés .

Jaime Alfonso Celi Múnera
Derecho y ciencias políticas universid...
Escrito por Jaime Alfonso Celi Múnera
el 22/03/2016

La cita que Inés ha afirmado constar en “ El nombre de la rosa” , escrita por Umberto Eco , es, según ella, la siguiente: “ REITERO las palabras de BURGOS

"Y sin miedo no puede haber fe. Y sin miedo al diablo, ya no hay necesidad de dios"


Al menos en el capítulo llamado “ Séptimo día. NOCHE ” no aparece por parte alguna. Al menos, en dicho capítulo, Eco no la escribió. Así que si existe, debe estar en alguna otra parte de la obra. O será, quizá, como ya dije, que la cita es de la película, pero no de la novela de Eco . Por eso he manifestado a Inés que indique el capítulo exacto en el que encontró la cita, para que salgamos de dudas y sepamos, a ciencia cierta, si fue o no escrita por Eco.

Jaime Alfonso Celi Múnera
Derecho y ciencias políticas universid...
Escrito por Jaime Alfonso Celi Múnera
el 22/03/2016

Inés , dice: “FIGURAN LOS CONCEPTOS EN EL SEXTO DÍA

LE DEJÉ INCLUSO LAS PAGINAS Y MENCIONÉ LO ESENCIAL” .

Pues resulta que el SEXTO DIA , Inés, en la obra de Eco , consta de nueve capítulos ( Maitines, Laudes, Prima, Tercia, Después de Tercia, Sexta, Nona, Entre vísperas y completas, Después de Completas). Así que cuál de ellos contiene exactamente la frase que cita como salida de la boca de Jorge de Burgos ?. Precisión, exactitud, claridad… Basta con decir que dicha cita aparece o no aparece…. Verdad … Transparencia… Basta con reconocer que cualquiera puede equivocarse, incluso aquella que se precia de ser docta y sabia…

Luego, Inés afirma: “ ¿Hay que darle todo servido para que comprenda?

En el cine no se puede, no hay tiempo

Los conceptos vertidos en la conversación fueron recogidos

¿O pretendía acaso que repitiera textualmente los párrafos del libro'?

¿No va al cine'?. ¿No vio nunca películas basadas en una novela?

¿O simplemente le cuesta interpretar los textos? ”.

Así, tácitamente, reconoce Inés que la cita, tal como ella expresó que salió de la boca de Jorge de Burgos no existe, como tal, en la obra de Umberto Eco . Es la cita del personaje de la película, es un compendio, como ella misma manifiesta: “ Los conceptos vertidos en la conversación fueron recogidos ”. Así que la cita textual no existe, como tal. Eco jamás puso en boca de Jorge de Burgos lo que afirmó Inés : "Y sin miedo no puede haber fe. Y sin miedo al diablo, ya no hay necesidad de dios" . La cita que presuntamente debía aparecer en la obra de “ El nombre de la rosa” es, por tanto, inexistente y fue tomada por Inés de los diálogos de la película, que, como ella misma dice, son un compendio, una síntesis apretada de un diálogo mayor aparecido en la obra de Eco pero, además, una interpretación libre del guionista de la película y, por tanto, ajena por completo a la obra y pensamiento de Umberto Eco .

Lo que queda claro es que dicha cita nunca fue obra de Umberto Eco ni, mucho menos, quedó consignada como tal en su obra “ El nombre de la rosa”. Aclarado el asunto.

Jaime Alfonso Celi Múnera
Derecho y ciencias políticas universid...
Escrito por Jaime Alfonso Celi Múnera
el 22/03/2016

Al contrario, Inés , la he leído varias veces. Precisamente, por haberla leído, creí no recordar en ninguna parte la frase que expusiste como salida de la boca de Jorge de Burgos . Lo que me inquieta es que relaciones mis post con una falta de honestidad , pero tal vez puedes tener razón, Inés , no jugué limpio, pues ya de antemano conocía que la frase que citaste no estaba en la obra de Eco…

Agradezco que me concedas algo de inteligencia, pero ese hecho, como sabes, no excluye la torpeza… Puedo ser inteligente y torpe, eres tú la que juzgas….

No has pensado, Inés , que alguno o algunos de los foristas que intervienen en los debates de e-magister juegan a parecer torpes?. Acaso consideras que eres tú la única que en España y Latinoamérica ha recibido una educación esmerada?. Piénsalo… Tal vez concluyas que la única persona torpe, por estos lares, eres tú misma que sigues empecinada en hacerte comprender por aquellos que quizá no te entienden o quizá ven en tu conducta una prepotencia que se torna insoportable… He aprendido, Inés , que el verdadero sabio es la persona más humilde… Quizá, si bajaras de tu pedestal, en el que crees estar, comprenderías mejor a los demás y les darías el crédito que merecen y que tú tratas de hurtarles… Todos los foristas merecen respeto y trato igual, así no se comparta lo que escriben y piensan. Por lo pronto, has quedado en falta, Inés . Pusiste en la obra de “ El nombre de la rosa” una frase que atribuiste a Jorge de Burgos , creyendo que era cosecha de Eco , que no existe en la novela.

Jaime Alfonso Celi Múnera
Derecho y ciencias políticas universid...
Escrito por Jaime Alfonso Celi Múnera
el 23/03/2016
Escrito por Jaime Alfonso Celi Múnera
A las 16:14
Escrito por Jaime Alfonso Celi Múnera
A las 16:14

Hola, a todos: Como ya mencioné, salió a la luz una obra maravillosa, sugestiva, cargada de nuevos análisis y percepciones, escrita por Peter Kingsley , titulada “ En los oscuros lugares del saber ”. Lo que fascina de esta obra es el hecho de que Kingsley hace un trabajo de investigación concienzudo para arribar a la conclusión de que el filósofo eleático Parménides también fue, muy seguramente, un iatros , un sanador, un sacerdote consagrado a Apolo Oulios . También fue un ouliadês , un devoto comprometido íntimamente con el servicio al dios Apolo . Como representantes de Apolo , los hombres que se consagraban a su servicio, se dedicaban a la sanación aplicando un método de incubación y de curación a través de la interpretación de los sueños de los pacientes.

Había pues una particular relación entre la filosofía y la espiritualidad . En la época que vivió Parménides no había ninguna diferencia, como la hay hoy día, entre la magia y el misticismo . Ambos conceptos estaban íntimamente conectados. De ahí que Parménides es considerado, siempre según Kingsley , como un iatromantis , un sanador que, al mismo tiempo, es profeta, una persona que sana a otras a través del don de la profecía.

La obra de Kingsley es de una riqueza en conexiones y sutiles datos, que va uniendo como piezas en un gran tablero, que verdaderamente asombra al lector. Nos recuerda, por ejemplo, que en Sicilia vivió un filósofo que fue profundamente influido por los pitagóricos y, en especial, por Parménides . Su nombre es Empédocles y también fue, no sólo un mago, sino, también, un iatromantis , un sanador que curaba a través de la profecía. Pues bien, Empédocles afirmó que “… hay cuatro vocaciones básicas que pueden dar a los seres humanos un grado especial de proximidad a lo divino. Estas son las del profeta, poeta, sanador y dirigente político o legislador ” (obra citada, página 193). Al parecer, Empédocles las tenía todas.

Por esta razón los griegos tenían en tan alta estima el papel del filósofo dentro de su sociedad. Recordemos que Platón propuso, incluso, en La República , el gobierno de los reyes filósofos , dotados de poder absoluto.

Así, el iatromantis debía servir de guía para su pueblo, guiado, a su vez, por visiones divinas o a través de la inspiración que alguien recibía de los dioses y posteriormente revelaba al mismo pueblo. No debe olvidarse que Apolo , dentro de sus atributos, también tenía el de legislador . Tampoco debe olvidarse que en el sur de Italia, los pitagóricos gobernaban sus ciudades fundados en los principios que aprendían en su escuela.

Kingsley desvela que tras la reputación de Parménides como gran filósofo subyace también su condición como gran legislador . Kingsley dice: “ Platón describió que detrás de un gobierno con la mayor autoridad aparente en asuntos legales tiene que haber otro grupo de gente, todavía más poderoso, también compuesto en gran medida por sacerdotes de Apolo y del Sol. Éste será el grupo responsable no sólo de hacer o supervisar las leyes sino de profundizar continuamente en su comprensión y en sus fuentes ” (obra citada, página 197). Este pensamiento platónico está incorporado al final de su obra, Las Leyes .


A través de un sinfín de conexiones, que liga laboriosamente, Kingsley concluye que en el poema de Parménides , cuando se dice que él descendió a los infiernos, a los reinos de la Noche y de la diosa de la Justicia, fue conducido al lugar de donde proceden todas las leyes: “… a la mítica fuente de legislación donde se entregan las leyes al legislador ” (obra citada, página 199).

De ahí que quien quiera comprender la filosofía , quien quiera abrevar en sus fuentes y su historia, no puede desdeñar la rica conexión que una vez existió entre ella y la espiritualidad .

Todo esto que hasta aquí he expuesto me lleva a ligarlo con el tema que se propuso en este debate, respecto a la improbabilidad del azar en la conformación del suceso . Si las leyes naturales tienen cierta regularidad y carácter predictivo, si a través del razonamiento inductivo somos capaces de prever como inmutables ciertos hechos (como por ejemplo, que la Tierra tenga un movimiento de rotación, o que el calor dilate los cuerpos), existen realmente las leyes naturales o, por el contrario, son un «invento» de nuestra razón que tiene por finalidad hacernos más comprensible el mundo que habitamos?. En otras palabras, si las leyes naturales son trascendentales , independientes del mundo real, si es posible el símil, ubicadas más allá de dicho mundo real, debemos, como Parménides , ir en su búsqueda a un mundo oculto y, en apariencia, indescifrable, o por el contrario, debemos considerar que las leyes naturales están ligadas a la materia misma, al universo físico tal como lo conocemos y, en consecuencia, tales leyes naturales , que hoy consideramos ciertas y fundamentales, podrían ser interpretaciones erróneas o insuficientes de la realidad que percibimos ya que nuestra mente o la perspectiva actual de la ciencia no alcanzan para comprender la totalidad o se tiene una visión parcial y limitada de ellas.

Jaime Alfonso Celi Múnera
Derecho y ciencias políticas universid...
Escrito por Jaime Alfonso Celi Múnera
el 24/03/2016

Hola, a todos: Existen unas formas ordenadoras del conocimiento, de carácter irreductible, que establecen la diferencia entre lo que es y lo que debería ser . Entre las primeras, encontramos a las leyes de la naturaleza , que se contraponen a las normas rectoras de la conducta humana .

Esas leyes de la naturaleza revelan relaciones constantes entre los hechos. De esta manera, si se verifica una determinada situación, el estado de cosas, acaecida dicha situación, sucede de manera necesaria . Por ejemplo, si decimos que el calor dilata los cuerpos, debemos esperar que si sometemos un metal al calor, necesaria e indefectiblemente se dilatará.

Las leyes naturales se expresan, en consecuencia, como enunciados descriptivos de la realidad de los hechos y de ellas podemos decir que son verdaderas en la medida en que reproducen con exactitud un estado de cosas. A dichas leyes naturales se llega por la vía inductiva (de lo particular a lo general) y, por tanto, la fiabilidad de su enunciado está condicionada por la observación y comprobación rigurosas de un gran número de casos singulares.

De esta manera, las leyes naturales deben tener, como característica esencial, su cumplimiento inexorable ya que si se presenta una sola excepción se destruye la validez de la ley. Dado su carácter inexorable, su carácter enunciativo de lo que ocurre en el mundo físico, estas leyes de la naturaleza son llamadas leyes del ser , y se las puede reducir a la fórmula genérica “ Si A es, B es” o, lo que es igual, “ Si A es, tiene que ser B ”.

Tenemos pues que cualquier enunciado de una ley de la naturaleza cumple una función predictiva pues permite al ser humano anticipar un efecto a partir del surgimiento de una situación predeterminada. Cuando sometemos un metal al calor necesario, como sabemos que éste dilata los cuerpos, mentalmente nos estamos anticipando al estado de cosas (la dilatación del metal) y estamos previendo que ello ocurra. Decimos, entonces, que B (el estado de cosas) es consecuencia de A (la situación o suceso) o, lo que es mejor, que A es causa de B . Esta circunstancia, de por sí bastante elemental, nos hace presentir la importancia que tiene la causalidad como concepto ordenador de la experiencia fáctica, pues mediante dicho concepto se hace más inteligible el mundo material.

Por el contrario, las normas rectoras de la conducta humana , como ya dijimos, no expresan aquello que es , no expresan aquello que verdaderamente ocurre o tiene que ocurrir, de manera inexorable, en la realidad sino que, por el contrario, señalan comportamientos deseables que los seres humanos, destinatarios de esta clase de normas, están en posibilidad de acatar, en determinadas situaciones, debido s la particular connotación que dichos comportamientos esperados o deseables pueden ser demandados por alguien investido de autoridad para hacerlo, cumpliendo así una actividad que llamamos prescriptiva y que es el asiento de toda sociedad organizada. Podemos afirmar, entonces, que las normas rectoras de la conducta humana prescriben un deber ser . Si observamos a nuestro alrededor, no hay sociedades caóticas, descontroladas, sin reglas predeterminadas ni autoridades que estén encargadas de imponer sanciones a los transgresores de dichas normas. Los seres humanos, en cualquier parte, nos movemos inmersos en una telaraña jurídica, como dijo Louis Josserand .

Pero, por qué acatamos las reglas rectoras de la conducta humana ?. La respuesta se halla en la aceptación implícita de que debemos obedecer la conducta prescrita por la norma, que debemos acatar que nos sea impuesto un determinado comportamiento, que debemos someternos a una sanción si transgredimos dicha conducta que nos es impuesta.

Vemos pues que esa conducta que nos es ordenada se torna, para nosotros, como posible, no es necesario que estemos dispuestos a acatarla, y en esa posibilidad de cumplir la conducta o no cumplirla es que aparece lo que hemos dado en llamar libertad .

Se desprende de lo anterior que entre el acontecer (el suceso manifestado en el mundo físico) y el deber ser (la norma que prescribe un determinado comportamiento) no existe ningún nexo fáctico ni lógico. Cuando voy conduciendo mi vehículo y el semáforo cambia su luz al rojo, puedo continuar mi marcha o puedo detener el vehículo y esperar que cambie la luz al verde para proseguir la marcha. Tengo la opción de elegir mi conducta, mi obrar. Pero debo conocer que si no detengo la marcha cuando el semáforo está en luz roja, una autoridad determinada puede señalar mi conducta como imprudente y me puede sancionar. Si se me antoja, puedo salir desnudo a la calle. Si se me antoja, puedo resucitar la religión de los viejos druidas celtas y acudir a Stonehenge a realizar ritos cuando el Sol aparece en el horizonte. Esta circunstancia debemos tenerla muy presente, ya que si la dejamos de lado pueden seguirse desviaciones y confusiones que, no pocas veces, son difíciles de advertir. David Hume , en la parte III de su Tratado , en un comentario que ha pasado a ser clásico en el pensamiento ético moderno, manifestó: “ En todos los sistemas de moralidad que he encontrado hasta ahora, he observado siempre que el autor procede durante un tiempo según la manera ordinaria de razonar, y establece la existencia de Dios o hace observaciones sobre los asuntos humanos; pero de repente me sorprende encontrar que, en lugar de los predicados usuales «es» y «no es», no hay proposición que no esté relacionada con un «debe» o «no debe». Se trata de un cambio imperceptible, pero de consecuencias extremas. Pues como este «debe» o «no debe» expresa una nueva relación o afirmación, es necesario que sea notado y explicado, y que al propio tiempo se dé una razón para lo que parece del todo inconcebible, a saber, cómo puede ser esta relación una deducción a partir de las otras, que son completamente diferentes. Pero como los autores no tienen comúnmente esta precaución me permito recomendárselo a los lectores, y estoy asimismo convencido de que esta pequeña atención subvertirá todos los sistemas vulgares de moralidad, pues nos permitirá ver que la distinción entre el vicio y la virtud no se funda meramente en las relaciones de los objetos ni es percibida por la razón ”.

Por esta razón, carece de sentido predicar verdad o falsedad de las normas rectoras de la conducta humana , ya que lo único que de ellas cabe preguntarse, de manera sensata, es si son o no debidas, si son o no obligatorias.

Es evidente que las normas religiosas son reglas rectoras de la conducta humana , son reglas del deber ser . Por tanto, carece de sentido indagar sobre la verdad o falsedad de su contenido normativo. Cada ser humano es libre de creer o no creer en Dios, el alma, el demonio, etc. Dado que hay determinados seres humanos que voluntariamente , de manera libre , no sujetos a coacción alguna, se decantan por seguir determinados preceptos religiosos, no vale la pena discutir si el creyente es esclavo de una creencia totalitaria, si es verdadero o falso el contenido de dicha creencia. Si él así lo quiere, quién puede impedirlo?. Por eso, en todas las Constituciones o Carta de Derechos del mundo entero, como unos derechos fundamentales, se consagran los derechos a la libertad religiosa y a la libertad de culto . Por eso, también, en el artículo X de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano , se lee: “ Ningún hombre debe ser molestado por razón de sus opiniones, ni aun por sus ideas religiosas, siempre que al manifestarlas no se causen trastornos del orden público establecido por la ley ”. Mientras en los ordenamientos normativos de los Estados civilizados del mundo se mantengan como fundamentales dichos derechos, el combate dado por Christopher Hitchens ya lo tiene perdido de antemano. Es que la sola noción elemental de que toda norma rectora de la conducta humana supone la libertad en el destinatario de la misma, hace que la discusión planteada por el comunicador social carezca de sentido práctico. En otras palabras, ningún creyente se ha detenido a pensar que está siendo considerado como esclavo de una creencia religiosa totalitaria. Como él parte desde su propia libertad para aceptar aquello en lo que quiere creer, ya no se considera esclavo de nada. Eso es lo que no ha entendido Inés y de ahí su insistencia en hacer ver algo que, analizado en profundidad, no resiste el menor análisis crítico.

Mahawakya Locus Loci
Lenguas modernas universidad de caldas...
Escrito por Mahawakya Locus Loci
el 25/03/2016

No sé de qué se quejan las mujeres, son más instintivas que el hombre, sin ello no podrían cumplir con el decidido y natural rol de madre, al hombre no le importa nada de eso, es más, la sociedad le enseñó, lo obligó a ser padre. (no en el aspecto reproductivo)

No voy a entrar en debate sobre lo que dice la religión al respecto, sobre los que defienden el dogma de fe, pero ya que tan insitentemente han llegado a este punto, lo he de decir una vez más, el problemas que tienen los detractores de la religión, no es con Dios, es con la religión.

Inés, dime que la mujer no es más instintiva que el hombre, que no tiene prelaciones diferentes al hombre, en su esencia de mujer, natural, no lo que se acrecienta con el auspicio de la cultura y sociedad. Si no es así, en verdad soy un bruto machista, animal!

Perdóname, pero estás mostrando los mismos síntomas de los fanáticos religiosos, eso suele suceder cuando, irracionalmente, se está muy seguro de algo.

Carpe Diem et Memento Mori


Mahawakya Locus Loci
Lenguas modernas universidad de caldas...
Escrito por Mahawakya Locus Loci
el 25/03/2016

Minetras que lo instintivo está conceptuado como el actuar irreflexivo, lo intuitivo está conceptuado como conocer irreflexivo; es decir, a lo intuitivo le obedecen calificativos enteramente de la conducta humana, mientras que lo instintivo está dado en terminos de la conducta animal. Lo intuitivo tiene que ver según el ser humano, con la inteligencia, mientras que lo instintivo tiene que ver con lo irracional.

¿La mujer no es instintiva, es intuitiva?

Carpe Diem et Memento Mori