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Foro de Alcoholismo



LA ENFERMEDAD FAMILIAR DEL ALCOHOLISMO

Escrito por María
el 16/10/2008

Soy miembro de AlAnon, grupos de ayuda para familiares y amigos de alcoholicos, son anonimos, gratuitos y no religiosos. Existen desde hace 57 años en todo el mundo y nacieron del programa de alcoholicos anonimos, si al leer esto te sentis identificada/o, escribime y podremos compartir sobre este tema comun.   María   maer291295@hotmail. Com

La enfermedad familiar del alcoholismo

Extraído de la LAC Al Anon Family Groups

 

El PAPEL QUE NOS CORRESPONDE

 

La toma de conciencia comienza aprendiendo qué es la enfermedad familiar del alcoholismo. Todos en una relación alcohólica —amigos, colegas, familiares, así como el alcohólico— tienen un papel en la dinámica de la enfermedad. Para poder introducir cambios en nuestras circunstancias, debemos descubrir qué parte nos corresponde en esta obra.

En general, los alcohólicos actúan, y nosotros, que los rodeamos, reaccionamos. El alcohólico activo se emborracha, se comporta irracional o irresponsablemente, y se transforma en el centro de atención. Los que lo rodeamos reaccionamos ante la bebida y sus consecuencias. Al estar intoxicados, los alcohólicos no se preocupan por los problemas que crean sus acciones; son los que lo rodean los que se preocupan por él. Creemos que debemos asumir la responsabilidad de hacer por los alcohólicos lo que ellos no parecen poder o querer hacer por sí solos.

Al principio muchos nos preocupamos con sinceridad y sólo queremos ayudar a un familiar o amigo que obviamente no está bien. Pero a medida que pasa el tiempo y empeora la situación, dejamos de reconocer que tenemos una opción en esta cuestión. En realidad las opciones disponibles en el pasado eran bastante limitadas. Los que crecen en contacto con el alcoholismo o encaran el maltrato pueden verse obligados a llevar a cabo ciertas acciones en nombre del alcohólico por su propia seguridad. Al final, aunque no exista un peligro real, la mayoría de nosotros llega a creer que nuestra ayuda es imperativa, de manera voluntaria o no. El alcohólico se torna más y más dependiente. Después de un tiempo ya no podemos permitir que el alcohólico siga durmiendo en un día de trabajo sin llamar para informar que está enfermo, o permitir que se pase por alto otro cheque sin fondos. Es preferible ahora quedarse en casa para no correr el riesgo de otra humillación pública. Y muchos no pueden tolerar la tensión de esperar que se ma­nifiesten las consecuencias del alcoholismo; nos sentimos obligados a intervenir.

  Los alcohólicos actúan y nosotros reaccionamos. Nadie puede de­ cirle nada al bebedor—él lleva las riendas. El alcohol promueve una confianza y un bienestar exagerados, lo que hace que el bebedor se comporte como un pequeño dios con todas las respuestas. Al mismo tiempo el bebedor se vuelve cada vez más irracional. En respuesta, insistimos, tratando de que actúe de modo más realista. Es fundamen­ tal probar que leñemos razón. Con el paso del tiempo, continuamos justificando nuestras posiciones; sin embargo, frente a la vehemencia del alcohólico, comenzamos a dudar de nosotros mismos y de nuestras percepciones. Si el alcohólico, nos dice que bebe por culpa nuestra, porque somos   ruidosos o desobedientes, nos obligamos a guardar si­ lencio o bregamos por ser perfectamente obedientes día y noche, inde­ pendientemente del costo para nosotros mismos. Más adelante, cuanto más confiado parece el alcohólico, más inseguros nos volvemos noso­ tros. Empezamos a aceptar aún lo que es erróneo. Hacemos todo lo que se nos exige para evitar conflictos, sabiendo que nunca podremos ga­ nar ninguna discusión o convencer al alcohólico de que tenemos razón. Perdemos la capacidad de decir "no".

Las mismas pautas se aplican cuando el alcohólico de nuestras vi­ das hace promesas que no puede cumplir. Por ejemplo, prometen no perder otro partido de la liga de pequeños, otra reunión de negocios u otro compromiso para cenar. Juran que la próxima vez no beberán, o que no se quedarán fuera toda la noche, o que no se pondrán violentos. O prometen usar la fuerza de voluntad. Pasan a la cerveza, pensando que la cerveza tendrá menos poder sobre ellos que las bebidas más fuertes. O se deshacen de toda la bebida en la casa para después, im­ pulsados por la enfermedad, verse obligados a consumir cualquier for­ma de alcohol, ya sea enjuague de boca o jarabe para la tos. Y otra vez reaccionamos. Olvidando cientos de promesas rotas en el pasado, pen­samos que los alcohólicos pueden controlar efectivamente su compul­ sión. Decidimos que todo, va a cambiar ahora, ¡Será mejor! Negando lo que la experiencia pasada nos ha enseñado, creemos en las promesas con lodo nuestro corazón. Preparamos así una decepción inevitable. Luego, cuando los alcohólicos no pueden dominar el alcoholismo, una enfermedad que está más allá de nuestro control, nos sentimos devas­ tados, resentidos y furiosos. Nos consideramos víctimas indefensas y no podemos reconocer que nos hemos ofrecido voluntariamente para ese papel, decidiendo con sinceridad lo que sabíamos por experiencia que no sucedería.

Los que no hemos estado en contacto con un alcohólico por muchos años podemos continuar reaccionando ante pautas alcohólicas de comportamiento. El escaso amor propio, que es el resultado de fracasos y episodios pasados de maltrato o negligencia, persiste. Debido al amor o la atención que nunca recibimos en el pasado, nos volvemos hacia gente que no está disponible. Evitamos el conflicto, pero ahora lo hace­ mos con empleadores, con otros familiares o con personas con autori­ dad en lugar de encarar al alcohólico. O buscamos el conflicto, pensan­ do que la mejor defensa es una buena ofensiva. Si presentimos un enfrentamiento, creamos otra situación y nos peleamos por cualquier otra cuestión. Muchos nos acostumbramos tanto a vivir en el caos y en la crisis que nos sentimos totalmente perdidos sin ellos. En consecuen­ cia, cuando todo funciona bien, nos saboteamos a nosotros mismos, creando una crisis. Esto puede hacemos sentir muy desgraciados, pero por lo menos sabemos cómo actuar en tal situación. También podemos perpetuar diversos comportamientos compulsivos sin tener la más mí­ nima idea de qué nos lleva a hacerlo. Las técnicas de supervivencia que desarrollamos al convivir con esta enfermedad activa se han trans­ formado en una forma de vida. Quizás nunca se nos haya ocurrido que existe otra forma de vida.

Esta pauta también persiste en la sobriedad. Muchos hemos sido testigos de períodos de "borrachera seca" de nuestros seres queridos sobrios; durante los mismos, el comportamiento del alcohólico en la sobriedad parece idéntico al de los días de alcoholismo activo. Por su­ puesto la mayoría de nosotros también retrocede a su comportamiento anterior. Aún si nuestro ser querido es un modelo de sobriedad, el te­ mor de que el alcohólico vuelva a beber, el deseo de administrar su sobriedad, resentimientos no resueltos desde la época de alcoholismo activo y cambios de personalidad o de estilo de vida que tienen lugar durante la recuperación, pueden desencadenar reacciones enfermizas en aquéllos que nos preocupamos por un alcohólico en vías de recupe­ ración. La enfermedad y sus efectos persisten en la sobriedad. A menos que nosotros, amigos y familiares, elijamos la recuperación para noso­ tros, la dinámica de la enfermedad continuará dominando nuestras re­ laciones.

 

RECONOCIENDO NUESTRAS OPCIONES

Los alcohólicos actúan y los familiares y amigos reaccionan. La mayor parte del tiempo reaccionamos porque no sabemos que tenemos opciones. Es automático. En Al-Anon se nos recuerda que hay opcio­ nes. El hecho de que el alcohólico se emborrache, simule, no cumpla una obligación, diga que el cielo es anaranjado o haga y rompa una promesa, no quiere decir que aquéllos que se preocupan por él o ella deban seguir haciendo lo que hacían antes. No estamos encerrados. Tenemos opciones.

Es como si sostuviéramos una soga por un extremo y el alcohólico estuviera del otro lado y comenzara a tirar. Muchos de nosotros reac­ cionaríamos automáticamente. Tiraríamos hacia nosotros. Nunca se nos ocurre que no es necesario jugar. Si conociéramos las opciones, podría­ mos decidir soltar la soga. No hay competencia a menos que las dos partes sigan aferradas a la soga. Al tomar nota de lo que hacemos en reacción al comportamiento del alcohólico, comenzarnos a ver las deci­ siones que inconscientemente ya estamos adoptando. Con un nuevo análisis, una plática con otros miembros de Al-Anon y la utilización de los lemas y los Pasos, podemos descubrir nuevas opciones que nunca supimos existían. Tal vez deseemos soltar la soga.

Por ejemplo, algunos alcohólicos se sienten culpables por su nece­ sidad de beber y les resulta más fácil culpar a otro por ese acto. Esos alcohólicos a menudo provocan a los que lo rodean tratando de comen­ zar una discusión o de crear una crisis. Los que trabajamos o vivimos con ellos en general reaccionamos ante esta provocación, contestando los argumentos, defendiéndonos contra acusaciones injustas, haciendo acusaciones propias. Al final el alcohólico obtiene precisamente lo que buscaba: una excusa para beber. Los alcohólicos secos o sobrios a ve­ ces usan las mismas tácticas para desviar la atención de un tema o situación que les resulta incómodo. Soltar la soga quiere decir recono­ cer las pautas y no jugar másese juego. Observamos el comportamien to provocativo y nos damos cuenta exactamente de lo que hacemos en respuesta.

El alcohólico puede provocamos acusándonos de ser perezosos y nosotros reaccionamos haciéndonos los mártires y enumerando todo lo que hacemos por él. A su vez, al alcohólico le molesta nuestra actitud mojigata y por eso nos sentimos sin afecto y con pena de nosotros mis­ mos. La discusión pronto se transforma en una pelea que casi siempre termina de la misma forma, el alcohólico estalla y se va al bar más cercano. Una vez que tenemos claro el papel que nos corresponde, po­ demos elegir una respuesta diferente. Por ejemplo, la próxima vez que se nos acuse de ser perezosos, podríamos decidir no reaccionar. Po­ dríamos permanecer en silencio o simplemente cambiar de tema. Po­dríamos dejar esa habitación u ocuparnos en alguna tarea. Podríamos dedicar un momento para reconocer ante nosotros mismos que la acusa­ ción no es real, y que es la enfermedad del alcoholismo, y no nuestro ser querido, la que habla. O, sabiendo que a veces somos perezosos, podríamos sonreír con simpatía y aceptarlo. No hay respuestas correc­ tas y equivocadas. Muchos de nosotros aprendemos que no importa mucho de qué manera interrumpamos la pauta, sino que lo hagamos.

El alcohólico puede que no acepte el cambio con demasiada tran­quilidad, especialmente al principio. El alcohólico necesita un trago y la única manera en que puede hacerlo con comodidad es iniciando una pelea. Si el primer esfuerzo del bebedor fracasa porque rehusamos ju­gar nuestro papel habitual, posiblemente trate otra vez. Si somos con­ descendientes o santurrones en cuanto al nuevo papel que vamos a tener, o presumidos sobre la incapacidad del alcohólico de provocar­ nos, nos derrotamos a nosotros mismos. Nuestra actitud lamentable no sólo le dará al alcohólico la excusa que busca, sino que también conti­nuará enfrentándonos a una enfermedad que simplemente no podemos vencer. Somos impotentes ante el alcoholismo de otra persona. Si con­ tinuamos esta batalla que no podemos ganar, no podremos ponerle fi n a la frustración y a la desesperación que nos llevaron a intentar esta nue­ va estrategia. Buscamos un cambio real. Nuestro objetivo no es "tener razón". Tampoco es "ganar". Nuestro objetivo es hacer todo lo posible para curarnos a nosotros mismos y a nuestras relaciones. Eso requiere diligencia, paciencia y, sobre todo, práctica.

Al tomar cada vez mayor conciencia de la dinámica de la enferme dad familiar, muchos de nosotros descubrirnos que hemos cumplido una función particular en nuestra familia o grupo. Los amigos y fami­ liares tienen diversos papeles de apoyo en esta enfermedad familiar, todos los cuales intentan controlar la incontrolable enfermedad del al­ coholismo y poner orden en un medio familiar o de trabajo incierto y a menudo explosivo. No nos damos cuenta de que, al representar nuestro papel, contribuimos en realidad a sustentar la enfermedad del alcoho­ lismo. Podemos facilitarla rescatando al alcohólico de consecuencias desagradables de sus propios actos. O podemos hacernos la víctima, interviniendo sin quererlo y reemplazando al alcohólico que está de­ masiado borracho o con fuerte resaca y no cumple con sus responsabi­ lidades laborales o familiares. Tal vez pensemos que nuestro papel es asumir culpas cuando algo funciona mal, aún sin estar involucrados en nada. Otros se concentran en el apoyo cómico, creando una diversión ligera para olvidar el dolor de la vida en un hogar alcohólico. Y algunos provocamos, expresando nuestra frustración y resentimiento acumula­dos, dándole al alcohólico la justificación para beber, y envenenándo­ nos a nosotros mismos con nuestra creciente amargura.

Todos estos papeles de apoyo funcionan de consuno para mantener un equilibrio en el cual el alcohólico pueda continuar jugando su papel con la menor incomodidad posible. Así, cuando cualquier miembro del círculo de este alcohólico deja de representar su papel, todo el grupo se ve afectado.

 

CAMBIANDO LA PARTE QUE NOS CORRESPONDE EN LA ENFERMEDAD FAMILIAR

 

Este es el motivo por el cual lo más útil y afectuoso que puede hacer un familiar es ayudarse a sí mismo. Al recuperarnos de los efec­tos de esta enfermedad, podemos abandonar nuestro papel en la enfer­ medad familiar. Se perturba el equilibrio. De repente ya no es tan có­ modo para el alcohólico. Si bien puede seguir contando con el apoyo cariñoso del familiar en vías de recuperación, la enfermedad queda sin apoyo. Es como si un grupo de cuatro se encontrara en un río, empa­ pándose mientras sostiene al alcohólico por sobre sus cabezas para mantenerlo seco, y finalmente un miembro del grupo rehusa continuar sosteniéndolo. Todo el sistema se desmorona y, como resultado de ello, el alcohólico se moja. Si otros no se encargan de eliminar las consecuencias penosas de las acciones del alcohólico, éste puede sentirse tan incómodo que decida iniciar la recuperación. De la misma manera, otros familiares y amigos pueden reconocer cómo les ha afectado la enfermedad familiar y buscar ayuda para sí mismos. Pero no hay ga­ rantías. Si bien la salud en una persona a menudo inspira salud a los que la rodean, no siempre es así. A veces el alcohólico simplemente encuentra una manera de adaptarse, creando un nuevo sistema de apo­ yo a la enfermedad.

Casi todos nosotros queremos lo mejor para los seres queridos, y lo mejor que podemos ofrecer puede ser nuestra intención de no contri­ buir más a este proceso de destrucción. No podemos decidir por otra gente, ni aún por los más importantes de nuestra vida. No somos dio­ ses, y no podemos saber con precisión lo que es mejor para otra perso­ na, por más evidente que parezca una acción en un momento determi­ nado. La mayoría de nosotros ha tenido que "tocar fondo", un momento de agonía personal, antes de poder introducir cambios reales en nues­ tras vidas. Los alcohólicos y otros que sufren los efectos de esta enfer­ medad familiar merecen la misma oportunidad de "tocar fondo" por sí mismos. A lo largo del camino, puede haber muchas lecciones penosas que aprender, y puede ser dolorosísimo tener que hacerse a un lado y observar a un ser querido sufrir estas experiencias. Algunos nunca las aprenden. Pero somos impotentes ante el alcoholismo. No podemos acelerar el proceso, ni tampoco evitárselo a un ser querido. Lo único que podemos hacer es ponernos como ejemplo de la alegría y la sereni­ dad que puede proporcionar la recuperación, y respetar los derechos de nuestros seres queridos de decidir lo que les conviene, aún si nos desagrada totalmente el carácter de dichas decisiones.

 

APRENDIENDO MAS SOBRE ALCOHOLISMO

 

Cuanto más sabemos sobre el alcoholismo, mejor podremos enca­ rarlo. Por ello, Al-Anon nos alienta a aprender todo lo posible sobre la enfermedad. Leer la literatura de Al-Anon todos los días nos da una comprensión profunda de esta enfermedad familiar y de cómo afrontar­ la con éxito. Algunos de nosotros también asistimos a reuniones abier­ tas de AA para enterarnos de las experiencias del alcohólico. Escuchar historias de alcohólicos en vías de recuperación puede abrirnos los ojos. Pocos nos damos cuenta de que los alcohólicos de nuestras vidas a menudo sufren enormemente, a veces más que nosotros. Al escuchar, aprendemos a separar la persona de la enfermedad, a tener compasión de sus esfuerzos y su dolor y a reconocer que ellos lambían son impo­ tentes ante el alcohol. Por otro lado aprendemos las características de la enfermedad que podíamos haber interpretado mal. Por ejemplo, la mayor parte de los alcohólicos sufre amnesias parciales, períodos en que todo lo que dicen o hacen desaparece de la memoria. Después de una noche de un comportamiento alcohólico excesivo, puede ser difícil creer que el alcohólico no recuerde las espantosas acciones que se grabaron a fuego en nuestras mentes. En esas situaciones, muchos acu­ san a sus seres queridos de mentir. Pero estas amnesias son en realidad síntomas de la enfermedad del alcoholismo, borrando al azar aún los acontecimientos más memorables. Cuanto más sepamos sobre la enfer­ medad, mejor podremos responder al comportamiento alcohólico con compasión, entendiendo que estamos tratando con una persona enfer­ma y no con un ser malvado, débil, estúpido o cruel.

La literatura de Al-Anon y las reuniones abiertas de AA también pueden enseñarnos cómo persiste la enfermedad en la sobriedad. Por ejemplo, el alcohólico debe intentar varias veces antes de alcanzar la sobriedad. Otros vuelven a beber después de muchos años de recupe­ración en AA. Se dice que un alcohólico en recuperación que toma un trago sufre un "desliz". Un solo desliz puede ser suficiente para con­ vencer al alcohólico de contraer un compromiso más firme con la recu­ peración, de otra manera puede ser el comienzo de un nuevo capítulo de alcoholismo.

El alcoholismo es una enfermedad progresiva que puede detenerse pero no curarse. Por ende, nosotros, afectados por el alcoholismo de otra persona, podemos garantizar mejor nuestra propia serenidad con­tinua si aprendemos a depender de nosotros mismos por nuestro bien­estar, en lugar de depender de la sobriedad de otra persona. Al tomar cada vez mayor conciencia de nuestro comportamiento, nuestras deci­ siones, y el papel que nos corresponde o nos correspondió en la situa­ ción alcohólica, podemos con mucha más facilidad introducir cambios que nos permitan crear una vida de la que podamos enorgullecemos.