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Grupo de Escultura



Hidalgo y su mundo

Antonio
Málaga, España
Escrito por Antonio Hidalgo
el 18/01/2010

Antonio Hidalgo,

Entre la magia y el asombro

Cuando al pintor Antonio Hidalgo decimos explique de qué ignorada galaxia procede la casi humana muñequería de su pintura, o en que bazar de ensueños encuentra los antes nunca vistos cacharros con los que compone sus historias plásticas, Antonio nos contesta muy serio y sin que tiemble un solo pelo de su poblada barba: “ Todo lo que veis en mis cuadros sale de un viejo baúl morisco encontrado en las ruinas de la fortaleza de Vélez Málaga”.

Esto del baúl pudo haber ocurrido, pues Hidalgo nación y vivió su niñez a pocos metros de la fortaleza, en lo más alto de la calle Pozos Dulces, donde comenzó a pintar en su primer estudio entre palomar y observatorio, cuando el pintor recogía las palomas búhos y otros animalejos que le llegaban volando desde las viejas murallas. De ahí sus pájaros de ignoradas especies y mundos, los pequeños y simpáticos monstruos de su pintura, esas composiciones de inventadas formas, lo que pintaría un Breughel o un Bosco trasladado desde sus grises espacios a la claridad radiante de la Axarquía. Preguntamos a Hidalgo sobre estas pretendidas influencias que el pintor no niega, al contestarnos con la sencillez y franqueza en él habituales: “ Reconozco en mi pintura dos decisivas influencias, recuerdos de mi niñez y primeros pasos como aprendiz de artista en el antiguo estudio, aquella esquinita azul de cielo entre cajones fruteros, montones de rojos ladrillos, una higuera y las conejeras donde se enredaban las matas de campanillas azules, recreo de mariposas, un mundo de variaciones constantes en su color y luminosidad, una auténtica caja de sorpresas izada sobre los tejados del barrio de la Villa. Y ya adolescente, el descubrimiento de El Bosco y Breughel en mi primera visita al Museo del Prado, que aportó en mi pintura en mi pintura un cierto surrealismo desenfadado, aunque con más alegría y color que las famosas escenas campestres de los grandes maestros flamencos. El mundo de mis personajes es otro, menos serio y complicado, con mucho –por suerte- de mis vivencias en aquel elevado torreoncillo –estudio de mis primeros cuadros”.

Está Hidalgo ante un gran lienzo, preparando su paleta de la que saldrán esos tonos azules, verdes y anaranjados tan característicos de su pintura, colocaciones que, hábiles veladuras hacen más sugestivas. El color en Hidalgo es una fiesta de finos matices que nos hace olvidar la parte de trabajo, de oficio, de sus cuadros. Y ante el lienzo aún simple mancha de color, vacío, sin personajes, preguntamos al pintor si encontrará la cantidad suficiente de personajillos para poder incorporarlos a la obra en proyecto. “No te preocupes –nos responde Hidalgo-, pues ya sabes mi secreto. No tengo más que abrir el baúl y ya irán saliendo, dispuestos al trabajo, mis pequeños y queridos monstruos”.

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