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Excursiones

Namesti
Baja California Sur,...
Escrito por Namesti
el 25/01/2009

Excursiones.

Entrar al nocturno bosque es siempre un peligro. Considerando lo anterior, tomamos el recorrido a horas poco convencionales.

Dormir en las afueras dos días después de la tormenta, acompañado sólo de niños y provisiones pobres no me sonaba a empresa complicada, no quiero decir que la considerara sencilla, simplemente supuse que no habría nada extraordinario en nuestro viaje.

A sesenta minutos de conducir al este de la ciudad, a una hora de los límites de la luz y el bullicio, encontramos una pendiente terregosa a diestra nuestra. Era un camino estrecho, violentamente accidentado, delineado por obscuros encinos gigantes. Nos llevo por colinas y barrancos, por cañadas y palmares. Al cabo de veinte minutos se planto frente a nosotros un arenoso y seco arroyo llamado Lo negro. Detuve la marcha. Contemplamos claramente a través de la invisible noche -madre del otro lado- analizando cual sería nuestro lugar de residencia temporal. Entre aquel mar de extraña y negra masa que suponíamos eran árboles, en el mismo horizonte que antes divisé, sobresalían ahora seis pinos agachados y despeinados, señalados por el dedo luminoso de la luna. Mi sorpresa no fue poca, pero mi nula capacidad para notar las señales cegó mi cordura obligándome a decir -vamos hacia allá. Cruzamos el arroyo mirando de izquierda a derecha todo lo gris que era la vertiente seca, todo lo negra que era la noche, futura toledana noche. Sombras de árboles solitarios se comían el horizonte. La espesa negriverdura que ocultaba la ruta a los pinos cansados me sugería desventura, pero nuca escucho al corazón, así que nos introducimos a bordo de nuestra camioneta en el bosque, pasando Lo negro.

No tardamos en llegar al agujero luminoso donde se erguían casi hincados los seis pinos. El vado estaba atravesado por un riachuelo que no era más que arena húmeda y pedregosa de nombre Abismos. Estacioné el auto a la orilla de la vía que continuaba hacia un alcor perdido entre la maldad de las sombras, ahí en la cima de la colina, dos luces, la una amarilla, la otra azul, y las voces de dos o tres perros diciendo no sé qué injurias en su lenguaje de aullidos, gruñidos y ladridos. Sugerí hacer nuestro campamento en la zona, además de caminar dentro del Abismos en busca de leña y agua suficiente para tomar un baño matutino al despertar.

-Imaginar que la arena está formada por millones de pequeñas rocas-

Por millones de rocas caminamos profundo en el riachuelo. Abismos se tornaba estrecho, invadido por enormes monolitos helados, mohosos, sumamente resbalosos y mojados. En las zonas más hostiles pasaba la cerveza a mi hermano y tomaba en brazos al pequeño. Luego de quince minutos en aproximación, hallamos algo así como una pequeña cascada y nos detuvimos a descansar. Medía tal vez la caída de aquella pequeñísima cascadita, un metro con cincuenta centímetros estimo. Yo permanecí abajo, de espaldas a la continuación de la insipiente corriente. Estábamos impresionados de la tenebrosa belleza de aquel paisaje. Sólo un ruido en medio de nosotros. Gotas invisibles de agua que lloraban las rocas desde sus duros corazones. De un pequeño río liliputiense era el sonido muy parecido.

No hablamos en esa zona, la obscuridad cerceno nuestras lenguas y soltó las amarras de nuestras mentes. Terminé con sonrisa sardónica un cigarrillo de tabaco suelto -cómo le explique a Darío para ocultar la verdad sobre el carrujo- y partimos. Al tornar el camino me pareció muy distinto, pero pudo deberse a la poca sobriedad. No sin patear antes sigilosamente cada uno de los troncos, halándolos los conduje hasta donde los inmolaríamos.

Una vez en el campamento los troncos me parecieron insuficientes.

-Volveré por el último pedazo de árbol seco que vimos, aquel enorme que rugía lleno de bichos- dije a los niños. No caminé más de tres minutos, cuando una sensación de pavor reemplazo mi juicio, obligándome a volver casi corriendo. No entendía aquella tan repentina manifestación de miedo, pero mi corazón latía a gran velocidad, como si quisiera salvarse solo de algo terrible. Justo a media yarda de mi familia una voz resonó desde la verdura esclava de las sombras que poblaba una loma al otro lado del camino - ¡Mejor váyanse!

Instintivamente apuntó su frente hacia el origen del ríspido alarido mi hermano. Y la voz repitió - ¡Mejor váyanse! - desde la cima negra del alcor. Sonaba a advertencia, a miedo. Sin decir palabras entramos al auto, cerramos perfectamente las ventanas, aseguramos las puertas más de una vez, y nos largamos como si jamás hubiésemos querido estar en aquel sitio. Entre el silencio del regreso, yo sólo podía pensar en lo extraño de aquella voz, en su acento arcaico y su timbre profundamente lejano, perfectamente antiguo.

San Juan de los Planes, Baja California Sur. México 2008.

***

Tomás, abstraído como siempre, no festejó con la familia.

Era la noche más calurosa del año, la humedad hacía que al ambiente pesara mil kilos. El polvo se respiraba de manera no menos común que el propio aire. Pululaban insectos voladores que zumbaban cada dos o tres segundos en los oídos.

Al cabo de algún tiempo de tranquila e incómoda cabalgata, las luces que provenían del Abismos se hicieron notables, no hubo duda alguna ¡Fiesta en el arroyo! Tomás soltó las riendas a Bobo, y en menos de lo que dura un espanto ya arribaba a las orillas del alboroto. La magna celebración anual de quién sabe qué cosa, jamás le ha importado. Pendían candelabros de todo árbol que alrededor se veía, personas excelentemente vestidas acudieron, y al menos treinta pucheros repletos de manjares formaban un hemiciclo en medio del barullo. La circunferencia de la lúgubre, arenosa, húmeda e improvisada pista de baile, estaba formada por toneles de cualquier licor, y la música que serpenteaba dolosa entre los celebrantes, se desprendía de incógnitas guitarras, acordeones y saxofones. Sólo música, no músicos.

El joven no logró reconocer algún rostro, pero apenas se acercó con paso inseguro a la peculiar conmemoración, y ya era recibido por bellas damas con alcohol tabaco y baile. Era extraño pero no se detuvo a indagar más profundo. Amarró a Bobo a uno de los seis abetos que ahí había, seis abetos obscuros y agachados.

Se dejó llevar por la fúnebre música que por ahí merodeaba, lánguida y resonante; por los senos casi descubiertos de los escotes que cada dama mostraba; y por la deliciosa bebida que no le recordaba sabor conocido, pero que el efecto le era familiar. No preguntó nombres y nadie preguntó el suyo.

Rió, danzó, embriagose y quedose dormido en la arena, ahogado del extraño brebaje, derrotado por la orgía.

Un haz de luz directo a los parpados fue lo único que pudo despertarlo del sueño bruto de la enajenes. No era el sol, aún era de noche, era una especie de antorcha que iluminaba todo y un ruido como el gruñir rítmico de un animal. No recordó muy bien la noche anterior, así que le tomó tiempo reconocer donde estaba. Ya no estaba en la pista de baile. Tendido y cegado por la paranormal luz, en la cima de un alcor frente a los abetos agachados se hallaba. Trató de no hacer ruido para descifrar la proveniencia de aquello radiante, de aquello que sonaba a un monstruo. Escuchó voces. Tres seres descendieron del monstruo mecánico -que se hallaba detenido en lo que fue la pista de baile, donde ahora no había nada, ni rastros de la fiesta de hace unos momentos- una vez que este paró de gruñir. Entre la obscuridad de la anormal noche y detrás de la maleza del cerro pudo verlos con detenimiento. Tenían distintos tamaños, uno media menos de un metro y llevaba una antorcha que dirigía su resplandor a un punto fijo, como si controlara la luz de la llama, el otro de un metro y medio tal vez, usaba una antorcha en la frente, el tercero el más alto rondaba los dos metros. Sin duda hablaban su mismo idioma, pero no podía entender su acento, no podía entender sus palabras, sólo unas pocas le eran familiares. De repente partieron hacia dentro del Abismos, donde dicen, las almas se reúnen a penar.

La cabeza le punzaba como una bombilla sobrecargada, a punto de estallar o de fundirse, un mosquito le robaba sangre de la mano derecha y tenía tres o cuatro cucarachas en lo pantalones. Se sacudió vigorosamente, con una mano golpeaba sus ropas para librarse del polvo y con la otra tocaba su sien derecha que palpitaba copiosamente. Se apresuro a los pinos en busca de Bobo, su rocín, aprovechando la ausencia de los seres. Aprovechó para dar un rápido vistazo a la maquina y conjeturó que era un vehí #! @##@ un vehí #! @##@ muy extraño, que seguramente en otro idioma, en una de sus puertas laterales ponía la palabra Cherokee. No estaba seguro de haberla escuchado antes, pero la relaciono con algo que su abuelo le narró sobre unos nativos norteamericanos. Lo que importaba era Bobo, pero él no estaba. Ni las sogas con que al rocín sujetó. Inspeccionó un poco la zona, y tal vez veinte metros en la dirección de donde la maquina y los seres llegaron, encontró Tomás a Bobo. Incertidumbre, locura y un insondable horror lo asaltaron al ver a Bobo que yacía en el suelo, descompuesto y agusanado, parecía tener al menos una semana de muerto. Larvas de moscas sustituían sus ojos y el estomago era un nido de asquerosas alimañas que se movían coordinadamente, como si fuesen una sola. Parpadeó el chico cerca de diez veces en un segundo, como si cada abrir y cerrar de ojos fuese una oportunidad de comprender lo que ocurría, pero al ver cada vez lo mismo y al escuchar de nuevo la voz de los seres, corrió de nuevo a esconderse en la cima donde se encontraba tendido unos minutos antes. El pánico de Tomás al verlos aproximarse le obligo a gritar sin pensar en nada - ¡Mejor váyanse! - Uno de los seres, el que llevaba la antorcha en la frente, volteo hacia donde Tomás casi instintivamente, este se escondió con rapidez y sigilo y repitió - ¡Mejor váyanse!-. Sin decir nada, los seres entraron en la maquina y partieron por donde venían. Despavorido y tropezándose con cada raíz de camino a su casa, gritando ninguna cosa, con lodo de lagrimas y polvo en rostro, la boca abierta todo el tiempo y la nariz escurriendo, dilató lo mismo que un caballo lento en llegar al rancho de sus padres, donde desde cien metros a lo lejos los perros daban avisos a la madre que salía a recibirlo gritando entre sollozos - ¿Dónde estabas hijito? Llevamos una semana buscándote, ¿Dónde estabas?

San Juan de los Planes, Baja California Sur. México 1808.