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Grupo de Tradiciones indígenas

Nuria Cugota Gomez
Bachillerato gili y gaya
Escrito por Nuria Cugota Gomez
el 30/07/2011

La leyenda del pájaro Dziú

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Cuentan por ahí, que una mañana, Chaac, el Señor de la Lluvia, sintió deseos de pasear y quiso recorrer los campos de El Mayab. Chaac salió muy contento, seguro de que encontraría los cultivos fuertes y crecidos, pero apenas llegó a verlos, su sorpresa fue muy grande, pues se encontró con que las plantas estaban débiles y la tierra seca y gastada. Al darse cuenta de que las cosechas serían muy pobres, Chaac se preocupó mucho. Luego de pensar un rato, encontró una solución: quemar todos los cultivos, así la tierra recuperaría su riqueza y las nuevas siembras serían buenas.

Después de tomar esa decisión, Chaac le pidió a uno de sus sirvientes que llamara a todos los pájaros de El Mayab. El primero en llegar fue el dziú, un pájaro con plumas de colores y ojos cafés. Apenas se acomodaba en una rama cuando llegó a toda prisa el toh, un pájaro negro cuyo mayor atractivo era su larga cola llena de hermosas plumas. El toh se puso al frente, donde todos pudieran verlo.

Poco a poco se reunieron las demás aves, entonces Chaac les dijo:

—Las mandé llamar porque necesito hacerles un encargo tan importante, que de él depende la existencia de la vida. Muy pronto quemaré los campos y quiero que ustedes salven las semillas de todas las plantas, ya que esa es la única manera de sembrarlas de nuevo para que haya mejores cosechas en el futuro. Confío en ustedes; váyanse pronto, porque el fuego está por comenzar.

En cuanto Chaac terminó de hablar el pájaro dziú pensó:

—Voy a buscar la semilla del maíz; yo creo que es una de las más importantes para que haya vida.

Y mientras, el pájaro toh se dijo:

—Tengo que salvar la semilla del maíz, todos me van a tener envidia si la encuentro yo primero.

Así, los dos pájaros iban a salir casi al mismo tiempo, pero el toh vio al dziú y quiso adelantarse; entonces se atravesó en su camino y lo empujó para irse él primero. Al dziú no le importó y se fue con calma, pero muy decidido a lograr su objetivo.

El toh voló tan rápido, que en poco tiempo ya les llevaba mucha ventaja a sus compañeros. Ya casi llegaba a los campos, pero se sintió muy cansado y se dijo:

—Voy a descansar un rato. Al fin que ya voy a llegar y los demás todavía han de venir lejos.

Entonces, el toh se acostó en una vereda. Según él sólo iba a descansar mas se durmió sin querer, así que ni cuenta se dio de que ya empezaba a anochecer y menos de que su cola había quedado atravesada en el camino. El toh ya estaba bien dormido, cuando muchas aves que no podían volar pasaron por allí y como el pájaro no se veía en la oscuridad, le pisaron la cola.

Al sentir los pisotones, el toh despertó, y cuál sería su sorpresa al ver que en su cola sólo quedaba una pluma. Ni idea tenía de lo que había pasado, pero pensó en ir por la semilla del maíz para que las aves vieran su valor y no se fijaran en su cola pelona.

Mientras tanto, los demás pájaros ya habían llegado a los cultivos. La mayoría tomó la semilla que le quedaba más cerca, porque el incendio era muy intenso. Ya casi las habían salvado todas, sólo faltaba la del maíz. El dziú volaba desesperado en busca de los maizales, pero había tanto humo que no lograba verlos. En eso, llegó el toh, mas cuando vio las enormes llamas, se olvidó del maíz y decidió tomar una semilla que no ofreciera tanto peligro. Entonces, voló hasta la planta del tomate verde, donde el fuego aún no era muy intenso y salvó las semillas.

En cambio, al dziú no le importó que el fuego le quemara las alas; por fin halló los maizales, y con gran valentía, fue hasta ellos y tomó en su pico unos granos de maíz.

El toh no pudo menos que admirar la valentía del dziú y se acercó a felicitarlo. Entonces, los dos pájaros se dieron cuenta que habían cambiado: los ojos del toh ya no eran negros, sino verdes como el tomate que salvó, y al dziú le quedaron las alas grises y los ojos rojos, pues se acercó demasiado al fuego.

Chaac y las aves supieron reconocer la hazaña del dziú, por lo que se reunieron para buscar la manera de premiarlo. Y fue precisamente el toh, avergonzado por su conducta, quien propuso que se le diera al dziú un derecho especial:

—Ya que el dziú hizo algo por nosotros, ahora debemos hacer algo por él. Yo propongo que a partir de hoy, pueda poner sus huevos en el nido de cualquier pájaro y que prometamos cuidarlos como si fueran nuestros.

Las aves aceptaron y desde entonces, el dziú no se preocupa de hacer su hogar ni de cuidar a sus crías. Sólo grita su nombre cuando elige un nido y los pájaros miran si acaso fue el suyo el escogido, dispuestos a cumplir su promesa.

Nuria Cugota Gomez
Bachillerato gili y gaya
Escrito por Nuria Cugota Gomez
el 08/08/2011



En el pequeño poblado de Yucayo cuentan que formaba parte de la tribu, la bella india Baiguana la cual con su voluptuosidad atraía la admiración de todos los jóvenes que procuraban a toda costa su atención y que ella solícitamente otorgaba.
Pero el cacique Manguaní, preocupado por los coqueteos de la seductora joven y que ocasionaban el abandono de los renglones fundamentales de subsistencia de la tribu fue en busca del río Canimao y allí hablar con el dios Baguá para procurar una inmediata solución.
El dios brindó pronta respuesta a los requerimientos del cacique y puso en sus manos un pez mágico, el cual sería regalo exuberante para la bella Baiguana. Nadie le advirtió a Baiguana de los peligros que corría y solícita ingirió el exquisito manjar. La magia del pescado le provocó un sueño muy profundo y la joven buscó abrigo a la entrada de su bohío ubicado en la cima de una loma que mira desde una altura prodigiosa al mar que baña la gran bahía.

Envuelta en el perfume de las flores silvestres y el brillo de la luna, su cuerpo fue convirtiéndose lentamente en una piedra gigantesca con forma de mujer, es la india dormida de Matanzas que adorna coqueta y casquivana la inmensidad de las azules aguas que envuelven a la que siempre ha sido la Atenas de Cuba.

(leyenda taína)

Nuria Cugota Gomez
Bachillerato gili y gaya
Escrito por Nuria Cugota Gomez
el 15/08/2011
Poema Lo comprende mi corazón de Nezahualcóyotl de Texcoco




Por fin lo comprende mi corazón:
escucho un canto,
contemplo una flor:
¡Ojalá no se marchiten!


Poema Lo pregunto de Nezahualcóyotl de Texcoco




Yo Nezahualcóyotl lo pregunto:
¿Acaso deveras se vive con raíz en la tierra?
No para siempre en la tierra:
sólo un poco aquí.
Aunque sea de jade se quiebra,
aunque sea de oro se rompe,
aunque sea plumaje de quetzal se desgarra.
No para siempre en la tierra:
sólo un poco aquí.


Niquitoa

Niqitoa ni Nezahualcoyotl:
¿Cuix oc nelli nemohua in tlalticpac?
An nochipa tlalticpac:
zan achica ya nican.
Tel ca chalchihuitl no xamani,
no teocuitlatl in tlapani,
no quetzalli poztequi.
An nochipa tlalticpac:
zan achica ye nican.

Nuria Cugota Gomez
Bachillerato gili y gaya
Escrito por Nuria Cugota Gomez
el 18/08/2011

La leyenda del maíz


Cuentan que antes de la llegada de Quetzalcóatl, los aztecas sólo comían raíces y animales que cazaban.

No tenían maíz, pues este cereal tan alimenticio para ellos, estaba escondido detrás de las montañas.

Los antiguos dioses intentaron separar las montañas con su colosal fuerza pero no lo lograron.

Los aztecas fueron a plantearle este problema a Quetzalcóatl.

-Yo se los traeré- les respondió el dios.

Quetzalcóatl, el poderoso dios, no se esforzó en vano en separar las montañas con su fuerza, sino que empleó su astucia.

Se transformó en una hormiga negra y acompañado de una hormiga roja, marchó a las montañas.

El camino estuvo lleno de dificultades, pero Quetzalcóatl las superó, pensando solamente en su pueblo y sus necesidades de alimentación. Hizo grandes esfuerzos y no se dio por vencido ante el cansancio y las dificultades.

Quetzalcóatl llegó hasta donde estaba el maíz, y como estaba trasformado en hormiga, tomó un grano maduro entre sus mandíbulas y emprendió el regreso. Al llegar entregó el prometido grano de maíz a los hambrientos indígenas.

Los aztecas plantaron la semilla. Obtuvieron así el maíz que desde entonces sembraron y cosecharon.

El preciado grano, aumentó sus riquezas, y se volvieron más fuertes, construyeron ciudades, palacios, templos... Y desde entonces vivieron felices.

Y a partir de ese momento, los aztecas veneraron al generoso Quetzalcóatl, el dios amigo de los hombres, el dios que les trajo el maíz.

Nuria Cugota Gomez
Bachillerato gili y gaya
Escrito por Nuria Cugota Gomez
el 18/08/2011

Quita Urpi
(La Paloma Agreste) (ejemplo de un poema urpi )

¿Qué viene a ser el amor
palomita agreste,
tan pequeño y esforzado,
desamorada;
que al sabio más entendido,
palomita agreste,
le hace andar desatinado?
desamorada.

Oración Primera al Hacedor
(ejemplo de un poema jailli sagrado.)

! Oh Wiracocha del principio del mundo,
Wiracocha del fin del mundo,
Wiracocha principal y bello!

! Oh Creador, Providente!
que diciendo:
”Sea el hombre,
sea la mujer”

a todos hiciste.

Creado y colocado
por ti (en este mundo)
pacíficamente
y sin cuidados
viviré.

¿Dónde estás?
¿Estás afuera?
¿Estás adentro?
¿Estás en las nubes?
¿Estás en la sombra?
¡Escúchame, atiéndeme!

¡Concédeme este ruego!
Hazme vivir
por tiempo indeterminado,
protégeme, susténtame!

Y a través de esta ofrenda

Recíbeme,

Donde quiera que estés,
¡Oh Wiracocha!

Madre Luna
(ejemplo de un poema wawaki )

Luna, reina y Madre
por la bondad de tus aguas,
por el amor de tus lluvias
estamos llorando,
estamos sufriendo.

La más triste de tus criaturas
de hambre,
de sed
te está clamando.

Padre, conductor del mundo,
¿Dónde estás,
en el cielo,
en la tierra
o en algún otro mundo cercano?

Obséquiale con tus lluvias
a este siervo,
a este hombre
que te implora.

Nuria Cugota Gomez
Bachillerato gili y gaya
Escrito por Nuria Cugota Gomez
el 23/08/2011

Una leyenda

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El regalo del cardón

Hace mucho tiempo, aunque ya se practicaba la agricultura en los valles, la vida seguía siendo dura en los cerros y las punas, porque allí los pastorcitos sufrían la sed cuando marchaban tras sus rebaños.

Uno de esos pastorcitos se había enamorado de una joven como el pero hija del curaca, el jefe de la comunidad. Cada vez que regresaba a la aldea-después de una larga jornada en los cerros-, la saludaba desde lejos; y ella le sonreía, le sonreía... El curaca no quería ni oir del amor entre jóvenes. Soñaba con otro destino para su hija (Seguro el hijo de otro jefe), y odiaba al pastorcito. Quizás esa prohibición los acerco. El chico, un día, junto coraje y le hablo: la quería con todo su alma y no se resignaba a vivir sin ella. La joven también le confeso sus sentimientos, y, sabiendo de antemano la oposición que encontrarían, escaparon hacia la montaña.

A la mañana siguiente, muy temprano, cuando el muchacho debió marchar con los animales y el grupo de pastores, sus compañeros notaron su falta, pero partieron igual. Rato después, el jefe se levanto para iniciar la labor del día. Advirtió la ausencia de su hija y se sorprendió, porque ella nunca faltaba a esa hora. Algo malicio porque despacho un chaski al cerro para saber si el pastorcito había marchado con las llamas. ¡Y no le cupo duda! Convoco entonces a sus guerreros para salir en busca de los enamorados, apresarlos y darles su merecido.

Los jóvenes sospecharon que el airado curaca andaría tras ellos. Llevaban horas de delantera, pero conocían la firmeza y la capacidad del jefe y sus guerreros. Apelaron entonces a la Pachamama, la Madre de los Cerros, la protectora de los cultivos de maíz y de quinoa, la que ampara siempre a quienes le manifiestan su respeto. En lo mas alto del cerro cavaron un hoyito, depositaron en el los alimentos que llevaban y los cubrieron con piedras; allí mismo hicieron una apacheta, uno de estos altares a cielo abierto que en plena montaña reverenciaban a la madre generosa. Y cuando la apacheta había tomado forma y el curaca y sus guerreros trepaban la cuesta acercándose a los fugitivos, la apacheta se abrió como un manto protector y recogió en su regazo a los dos enamorados.

El airado jefe y sus hombres llegaron jadeantes a la cumbre, pero solo encontraron una apacheta recién hecha ¡Y ni rastros de los fugitivos! Tuvieron que volver a la aldea, y cuando el curaca finalmente se resigno, junto a la apacheta broto una nueva planta, hasta entonces desconocida, que en la sequedad de esas alturas formo un tronco grueso, espinudo, alto y recto y con sus brazos al cielo: ¡Era el pastorcito convertido en cardon, agradeciendo para siempre a la Pachamama! Desde entonces, los que marchan por el cerro solo tienen que voltear un cardón para encontrar, en su esponjosa y jugosa madera que parece de papel, el agua que saciara la sed de hombres y animales.

Y cuando las nubes se amontonan y las montañas resuenan con el trueno que anuncia la tormenta, sobre el pecho verde del cardón nace una flor blanca para anunciar la lluvia que bendecirá la tierra: es ella, la enamorada, convertida en flor por la Pachamama.


Nuria Cugota Gomez
Bachillerato gili y gaya
Escrito por Nuria Cugota Gomez
el 23/08/2011
Los pétalos de la rodocrosita

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Tras largos días y noches de andar, el chasqui alcanzó el último tramo del camino que conducía a la morada del rey inca. Llevaba una singular ofrenda destinada al gobernante: tres gotas de sangre petrificadas, el precioso hallazgo fue recibido con mucha emotividad. En el lago Titicaca, en tiempos pasados, se había construido el templo de las acllas: las vírgenes sacerdotisas del Inti. En ese sitio se encontraban anualmente el sol y la luna para fecundar los sembrados y asistir a la sagrada elección de quien heredaría la responsabilidad de perpetuar la sangre inca. Un día el invencible guerrero Tupac Canquí se atrevió a ingresar al sagrado templo, desafiando la tradición incaica. Desde el momento en que descubrió a la bella ñusta aclla, nació su amor por ella. La sacerdotisa lo correspondió, consciente de ignorar las restricciones del Tawantinsuyo para las elegidas. Juntos, escaparon hacia el sur, buscando proteger el vientre de la aclla lleno de vida. El poder imperial bramó y destinó infortunados grupos armados a castigar a los culpables de la transgresión. Tupac Canquí y la ñusta aclla se instalaron cerca del salar de Pipando, donde tuvieron muchos hijos descendientes de los aymarás, que fundaron el pueblo diaguita. Sin embargo, jamás lograron deshacerse del hechizo de los shamanes incas. Ella falleció y su cuerpo fue sepultado en la alta cumbre de la montaña, él murió poco tiempo después, ahogado en su triste soledad. Una tarde, el chasqui andalgalá descubrió la tumba de la ñusta aclla impresionado por ver cómo florecía, en pétalos de sangre, la piedra que la cubría. Rápidamente salió del estupor y arrancó una de las rosas para ofrendar al rey inca. El jefe del imperio, aceptando con emoción la flor de la rodocrosita, perdonó a aquellos antiguos amantes furtivos. En adelante, las princesas de Tiahuanaco lucieron con orgullo trozos de la piedra rosa del inca, símbolo de paz, perdón y amor profundo.

Leyenda de los diaguitas, que ocuparon los territorios de las actuales provincias de Catamarca, La Rioja, Santiago del Estero y Tucumán.




Nuria Cugota Gomez
Bachillerato gili y gaya
Escrito por Nuria Cugota Gomez
el 23/08/2011

El quirquincho


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Cuentan que hace mucho pero mucho tiempo, el quirquincho, antes de ser un animalito era un indio telero. Era tejedor,pero casi nunca tejía, porque era muy perezoso. Preparaba el telar lentamente y con desgano; colocaba los hilos de lana y empezaba... Pero enseguida dejaba el trabajo:y decidía seguir al día siguiente. Pasaban los días y entonces se acordaba de continuar con su tejido. Se sentaba frente al telar, pasaba un hilo entre los hilos de la urdimbre y se ponía a descansar. Al rato pasaba otro hilo y... Se quedaba medio dormido.. Y así siempre; ¡Qué perezoso! Pasaba un hilo y descansaba diez... ¡Lástima! , prolijo es..., ¡Pero tan haragán! Decía la gente del lugar. Llegó el invierno; los primeros vientos y heladas anunciaban que iba a sor muy frío. Todos se preparaban para protegerse y fue entonces cuando el protagonista de esta historia se dio cuenta que no tenía nada de abrigo para ponerse. ¡¡Qué frío! Y yo sin ningún poncho para abrigarme... Dijo-. Voy a tener que tejerme uno... ¡Qué le vamos a hacer! Eso significaba que tendría que estar varios días frente al telar, teje que te teje, y ya de sólo pensarlo empezaba a sentirse cansado. Pero armó la urdimbre, preparó los lizos y el peine, eligió la lana, y empezó la tarea. Al principio todo iba bien, muy bien: una pasada, otra pasada, apretar los hilos; una pasada, otra pasada, otra y otra más. Cuando había hecho ya una franja se puso a contemplarlo. ¡Qué lindo iba eso! La trama había quedado parejita, apretada. Era en realidad un tejido tan perfecto que él mismo se asombraba al verlo. Entonces pensó en descansar un ratito. Y se quedó dormido. Al poco tiempo despertó: ¡Qué frío hacía! No tenía más remedio que seguir tejiendo... Una pasada, otra pasada. Una pasada, una más y otra, y otra... No había alcanzado a hacer otra franja cuando ¡Seguro! : ya estaba cansado. Pero el frío era cada vez más intenso, así que no había tiempo para descansar. Tengo que terminarlo,o me voy a congelar! Con gran desaliento miró todo lo que le faltaba por hacer. ¡No termino más!, ¡Y hace frío! Así fue que decidió continuar, pero como quería terminar pronto empezó a hacer la trama del tejido muy floja. De esta manera le rendía más el trabajo. Una pasada, una descansada; una pasada, una descansada... ¡Y todavía le faltaban muchas franjas para terminar el poncho! Entonces tomó hilos mucho más gruesos que los que estaba utilizando y menos retorcidos y siguió con su tarea. Claro que de esa manera la trama quedaba cada vez más abierta. Si sigo así no me va a abrigar nada, se dijo. Y haciendo un gran esfuerzo de voluntad continuó el tejido cada vez más y más apretado hasta terminar el poncho con franjas parejitas y con la misma prolijidad con que comenzó. ¡Y al fin terminó y se puso el poncho que tanto trabajo le había dado! Todo el tiempo que se pasó haciendo el poncho estuvo el dios de esas regiones observándolo. Y desde arriba movía la cabeza, de izquierda a derecha, de derecha a izquierda: ¡Malo! , pensó, no tiene condiciones para ser hombre. Con tan poca voluntad para el trabajo, el pobre se va a morir de hambre. Lo voy a transformar en animalito, así podrá arreglárselas mejor. Y así: lo convirtió en quirquincho. Su poncho se hizo caparazón para protegerlo de las inclemencias del tiempo. Un caparazón que tiene en los extremos las placas apretaditas y en el centro grandes y separadas. Como la trama del tejido de su famoso poncho.

Leyenda adaptada de la versión extraída de Garrido de Rodriguez, Nelli: Leyendas Argentinas. Editorial Plus Ultra. Bs. As, 1985

Nuria Cugota Gomez
Bachillerato gili y gaya
Escrito por Nuria Cugota Gomez
el 31/08/2011
AYCAYIA

De las siete hermosas bailadoras y cantadoras que tenia el cacique en su corte, seis perecieron en el naufragio de la piragua; la que había escapado a la muerte, -bien por su involuntario retardo al entretenerse en su tocado, o porque previamente fuera advertida por el behique que sentía por ella especial predilección-, llamábase Aycayia y era de las siete la más hermosa, la que bailaba con más arte y cantaba con más dulce y melodiosa voz. Así no es de extrañar que ella sola siguiera perturbando la tranquilidad de la grey, alejando a los hombres del trabajo, apartándolos del cumplimiento de sus deberes guerreros y llevando la desunión a los hogares.


De nuevo se reunieron en consejo el cacique, los ancianos y behiques, y por segunda vez acudieron en consulta al todopoderoso Cemí que les habló de este modo


- Aycayia encarna el pecado, el pecado de la belleza, del arte y del amor. Proporciona a los hombres el placer; pero les hace sus esclavos, robándoles la voluntad. Y su diabólica fuerza está en que satisfaciendo a todos, no se entrega a ninguno. Virgen es y virgen morirá. Si queréis vivir tranquilos, arrojadla de vuestro seno.


El consejo del Cemí fué seguido. Aycayia, condenada a vivir aisladamente en compañía de una anciana llamada Guanayoa, fue llevada a un solitario lugar llamado hoy Punta Majagua. Desgraciadamente, no por ello mejoró la situación. Era tal el imperio que sobre los hombres ejercía la bella bailarina, que a diario acudían a Punta majagua los siboneyes, abandonando trabajos y hogares, con el solo objeto de ver a Aycayia ejecutando sus danzas maravillosas, en las que hacia prodigios de agilidad y destreza, y oírla cantar con su voz dulce y acariciadora.


Como es natural, todos rivalizaban en obsequiarla, llevándole frutos, plumas, conchas, laminillas de oro y otros adornos propios para satisfacer la femenil vanidad; y ella a todos sonreía y de todos aceptaba el obsequio, sin que ninguno pudiera jactarse de ser el preferido.


Las pobres indias de Jagua se veían abandonadas, las casadas de sus esposos, las doncellas de sus novios, quienes solo tenían ojos y oídos para la incomparable Aycayia. Acudieron en queja al cacique, y este la traslado al behique principal, que trató en vano de que las descarriadas ovejas volvieran al redil. La bella desterrada, podía más que todas las amenazas y conveniencias.


Entonces el behique acudió al medio supremo infalible: consulto por tercera vez al Cemí de la diosa Jagua, quien le entregó unas pequeñas semillas de color negro, a la vez que le daba las siguientes instrucciones:


- Estas semillas, son un amuleto contra el olvido y la infidelidad. Entrégalas a las mujeres, encargándoles que las siembren en sus huertos. Cuando florezcan, cesaran sus inquietudes y congojas y obtendrán de nuevo el cariño de sus novios y esposos.


Las semillas, con solícito cuidado plantadas por las mujeres, dieron origen al árbol conocido hoy con el nombre de Majagua o Demajagua, que significa de Madre Jagua, cuyas hojas, flores y madera son consideradas desde aquel entonces como amuleto o preventivo de la infidelidad conyugal.


Crecieron los árboles y al brote de sus primeras flores, sobrevino un violento huracán, que barrió la barbacoa o casa alta sobre el agua que ocupaban Aycayia y su anciana acompañante. Las olas enfurecidas arrastraron a las dos mujeres al mar. La joven fue transformada en ondina o sirena, y la vieja en tortuga, terminando así el funesto y avasallador imperio que la bella y sin igual Aycayia ejercía sobre los siboneyes de Jagua.


No está conteste la tradición respecto a la actuación de Aycayia en el mar. Unos la suponen ondina solitaria, vagando dentro de la bahía de Jagua o en el mar libre, soplando en un enorme y nacarado cobo, gran caracol de nuestros mares antillanos cuyo bronco sonido se confunde con el ruido que hace Caorao, el dios de la tempestad. Otros, en cambio, la creen acompañada, cabalgando sobre Guanayoa, convertida en enorme y asquerosa tortuga, pero también soplando en el cobo, condenada eternamente a vagar por el mar embravecido, purgando el pecado de haber sido en la tierra, bella, seductora y virgen.

(Tomado del Libro: "Tradiciones y leyendas de Cienfuegos", de Adrián del Valle, 1919.)
Nuria Cugota Gomez
Bachillerato gili y gaya
Escrito por Nuria Cugota Gomez
el 31/08/2011
LA INDIA MALDITA

Había una hermosa india llamada Iasiga. Legítima esposa de un laborioso Siboney conocido por Maitio. Vivían los dos en santa paz y buena armonía, muy de tarde en tarde alteradas por ligeras nubes que empañaban el cielo de la felicidad doméstica. Mientras él se ausentaba para dedicarse a la caza y a la pesca, ella preparaba la comida, cuidaba la siembra, tejía redes y jabas, cumplía todas las obligaciones de una mujer hacendosa.

Iasiga era de temperamento ardiente y apasionado. Amaba a su marido, pero no tanto que solo tuviera ojos para él. Y tanto era así, que la primera vez que vio Gaguiano, un apuesto siboney amigo de catar la fruta del cercado ajeno, sintió por él pasión tan abrasadora, que olvidando al confiado Maitio, se entregó sin resistencia, gustando sin tasa los placeres del amor vedado.

Muchas tardes al regresar Maitio, notaba la ausencia de su esposa, quien al volver se disculpaba diciendo que había ido a ofrendar al fruto del bagá a sus familiares muertos, cuando lo cierto era que volvía de sus ilícitas correrías.

Todo tiene un fin en el mundo, y lo tuvo la confianza de Maitio. Camino a su bohío al atardecer de cierto día, sospecha cruel mordió su alma candorosa. Al llegar al desierto hogar, no se limitó a esperar paciente. Preguntó por Iasiga a los vecinos, que le informaron haberla visto pasar con una batea de bagá, seguro indicio de que iría a visitar a los muertos. No se tranquilizó Maitio. Fue a la cercana orilla y embarcó en su piragua, dirigiéndose al caney. Desde lejos divisó, en la playa, una pareja en eterno coloquio. El corazón le dio vuelco. Temía que la sospecha se convirtiera en cruel realidad. Bogó con redoblado esfuerzo y al fin logró desembarcar sin ser visto. Avanzó con cautela y de improviso se presentó a los desprevenidos y confiados amantes, que no eran otros que Iasiga y Gaguiano.

Huyó el amante, cobarde, y del pecho de ella se escapó un grito de angustia. Maitio contraído el rostro por el dolor, se acercó y le dijo con ronca voz: - Mil veces maldita seas mujer perjura. Que Mabuya castigue tu infidelidad, condenándote a vagar eternamente por costas, sin esperanza de descansar ni de inspirar compasión.

Al instante fue trasformada la infiel Iasiga en monstruo marino, que se aparece de tarde en tarde, muda, triste y suplicante, a los pescadores solitarios, que en sus botes, piraguas o cachuchas, libran en el mar la subsistencia.

Así por lo menos lo asegura la leyenda. No falta en la actualidad quien crea que realmente existe el origen de la tradición y suponen unos que sea el manatí que viene la aguas del Jucaral, o alguna enorme tortuga o carey que penetra en la bahía de Jagua.

(Tomado del Libro: "Tradiciones y leyendas de Cienfuegos", de Adrián del Valle, 1919.)
Nuria Cugota Gomez
Bachillerato gili y gaya
Escrito por Nuria Cugota Gomez
el 12/09/2011

Al Sudeste de la hermosa bahía de Cienfuegos, se extiende una laguna salobre, en la que derrama parte de sus aguas el río Arimao.


Es la laguna de Guanaroca, en cuya tersa superficie se refleja la pálida luna, la dulce Maroya de los siboneyes, productora del rocío y benéfica protectora del amor.


Según la leyenda siboney, la laguna de Guanaroca es la verdadera representación de la luna en la tierra. ¿Conoces la poética tradición, lector? Tiene sabor agreste y primitivo, muy propio de las sencillas creencias de hombres que vivían en contacto directo con la naturaleza bravía, exuberante y cálida.


En los tiempos más remotos, Huion, el sol, abandonaba periódicamente la caverna donde se guarecía para elevarse en el cielo y alumbrar a Ocon, la tierra, prodiga y feraz, pero huérfana todavía del humano ser. Huion tuvo un deseo: crear al hombre, para que hubiera quien le admirara y adorase, esperando todos los días su salida, y viese en él al poderoso señor del calor, la luz y la vida.


Al mágico conjuro de Huion, surgió Hamao, el primer hombre. Ya tenía el astro rey quien lo adorara, lo saludara todas las mañanas con respetuosa alegría desde los alegres valles y altas montañas. Esto le bastaba a Huion y no se preocupó mas de Hamao, a quien el gran amor que por su creador sentía, no bastaba a llenarle el corazón. Veíase solo, en medio de una naturaleza espléndida, dotada de una vegetación exuberante, poblada de seres que se juntaban para amarse. En medio de la universal manifestación de vida y amor, sentía Hamao languidecer su espíritu y le afligía la inutilidad de su vida solitaria.


La sensible y dulce Maroya, la luna, compadecióse de Hamao, y para dulcificar su existencia, dióle una compañera, creando a Guanaroca, o sea, la primera mujer. Grande fué la alegría del primer hombre. Al fin tenia un sér con quien compartir goces y penas, alegrías y tristezas, diversiones y trabajos. Los dos se amaron, con frenesí, con inacabable pasión, sin saber todavía lo que era el hastío. De su unión nació Imao, el primer hijo.


Guanaroca, madre al fin, puso en el hijo todo su cariño, y el padre, celoso, creyéndose preterido, concibió la criminal idea de arrebatárselo. Una noche, aprovechando el sueño de Guanaroca, cogió Hamao al tierno infante y se lo llevó al monte. El calor excesivo y la falta de alimento, produjeron la muerte de la débil criatura. Entonces el padre, para ocultar su delito, tomó un gran güiro, hizo en él un agujero y metió dentro el frío cuerpo del infante, colgando después el güiro de la rama de un árbol.


Notando Guanaroca, al despertar, la ausencia del esposo y del hijo, salió presurosa en su busca. Vagó ansiosa por el bosque, llamando en vano a los seres queridos, y ya, rendida por el cansancio, iba a caer al suelo, cuando el grito estridente de un pájaro negro, probablemente el judío, hízole levantar la cabeza, fijándose entonces en el güiro que colgaba en la rama del próximo árbol. Sea por la innata curiosidad que ya se manifestaba en la primera mujer, o por un extraño presentimiento, Guanaroca sintióse compelida a subir al árbol y coger el güiro. Observó que estaba perforado y con espanto creyó ver en su interior el cadáver del hijo adorado. Fue tan grande el dolor y tan intensa la emoción, que se sintió desfallecer y el güiro se escapó de sus manos, cayendo al suelo; al romperse vio con estupor que del güiro salían peces, tortugas de distinto tamaño y gran cantidad de líquido, desparramándose todo colina abajo Acaeció entonces el mayor portento que Guanaroca viera: los peces formaron los ríos que bañan el territorio de Jagua, la mayor de las tortugas se convirtió en la península de Majagua y las demás, por orden de tamaño, los otros cayos. Las lagrimas ardientes y salobres de la madre infeliz, que lloraba sin consuelo la muerte del hijo amado, formaron la laguna y laberinto que lleva su nombre: Guanaroca.

(Tomado del Libro: "Tradiciones y leyendas de Cienfuegos", de Adrián del Valle, 1919.)

Nuria Cugota Gomez
Bachillerato gili y gaya
Escrito por Nuria Cugota Gomez
el 22/09/2011
La piedra sagrada de Tandil


Era el principio de los tiempos. El Sol y la Luna eran marido y mujer: dos dioses gigantes, tan buenos y generosos como enormes eran.
El Sol era el dueño de todo el calor y la fuerza del mundo; tanto era su poder que de sólo extender los brazos la tierra se inundaba de luz y de sus dedos prodigiosos brotaba el calor a raudales.
Era el dueño absoluto de la vida y de la muerte.
Ella, la Luna, era blanca y hermosa.
Dueña de la sabiduría y el silencio; de la paz y la dulzura. Ante su presencia todo se aquietaba. Andando por la tierra crearon la llanura: una inmensa extensión que cubrieron de pastos y de flores para hacerla más bella. Y la llanura era una lisa alfombra verde por donde los dioses paseaban con blandos pasos. Luego crearon las lagunas donde el Sol y la Luna se bañaban después de sus largos paseos.
Pero los dioses se cansaron de estar solos: y poblaron de peces las aguas y de otros animales la tierra. ¡Qué felices se sentían de verlos saltar y correr por sus dominios! Satisfechos de su obra decidieron regresar al cielo. Entonces fue cuando pensaron que alguien debía cuidar esos preciosos campos: y crearon a sus hijos, los hombres. Ahora ya podían regresar. Muy tristes se pusieron los hombres cuando supieron que sus amados padres los dejarían. Entonces el Sol les dijo: -Nada debéis temer; ésta es vuestra tierra. Yo enviaré mi luz hasta vosotros, todos los días. Y también mi calor para que la vida no acabe.
Y dijo la Luna: -Nada debéis temer; yo iluminaré levemente las sombras de la noche y velaré vuestro descanso.
Así pasó el tiempo. Los días y las noches. Era el tiempo feliz. Los indios se sentían protegidos por sus dioses y les bastaba mirar al cielo para saber que ellos estaban siempre allí enviándoles sus maravillosos dones. Adoraban al Sol y la Luna y les ofrecían sus cantos y sus danzas.
Un día vieron que el Sol empezaba a palidecer, cada vez más y más y más... ¿Qué pasaba?, ¿Qué cosa tan extraña hacía que su sonriente rostro dejara de reír? Algo terrible, pero que no podían explicarse, estaba sucediendo.
Pronto se dieron cuenta que un gigantesco puma alado acosaba por la inmensidad de los cielos al bondadoso Sol.
Y el Dios se debatía entre los zarpazos del terrible animal que quería destruirlo. Los indios no lo pensaron más y se prepararon para defenderlo. Los más valientes y hábiles guerreros se reunieron y empezaron a arrojar sus flechas al intruso que se atrevía a molestar al Sol.
Una, dos, miles y miles de flechas fueron arrojadas, pero no lograban destruir al puma, que, por el contrario, cada vez se ponía más furioso. Por fin uno dio en el blanco y el animal cayó atravesado por la flecha que entraba por el vientre y salía por el lomo. Sí, cayó, pero no muerto. Y allí estaba, extendido y rugiendo; estremeciendo la tierra con sus rugidos. Tan enorme era que nadie se atrevía a acercarse y lo miraban, asustados, desde lejos. En tanto el Sol se fue ocultando poco a poco; había recobrado su aspecto risueño. Los indios le miraban complacidos y él les acariciaba los rostros con la punta de sus tibios dedos. El cielo se tiñó de rojo... Se fue poniendo violeta.. , violeta.... Y poco a poco llegaron las sombras.
Entonces salió la Luna. Vio al puma allá abajo, tendido y rugiendo. Compadecida quiso acabar con su agonía.
Y empezó a arrojarle piedras para ultimarlo. Tantas y tan enormes que se fueron amontonando sobre el cuerpo hasta cubrirlo totalmente.
Tantas y tan enormes que formaron sobre la llanura una sierra: la Sierra de Tandil. La última piedra que arrojó cayó sobre la punta de la flecha que todavía asomaba y allí se quedó clavada.
Allí quedó enterrado, también, para siempre, el espíritu del mal, que según los indios no podía salir.
Pero cuando el Sol paseaba por los cielos, se estremecía de rabia siempre con el deseo de atacarlo otra vez.
Y al moverse hacía oscilar la piedra suspendida en la punta de la sierra.

Nuria Cugota Gomez
Bachillerato gili y gaya
Escrito por Nuria Cugota Gomez
el 02/10/2011
La muerta que resucitó (Leyenda Prehispánica)

Esta es la historia de Moctezuma Xocoyotzin y su hermana Papantzin que fue esposa del señor de Tlatelolco, que tenía poco tiempo de haber fallecido.

Papantzin, era joven y muy hermosa, vivía en el palacio que le había dado su esposo. Un día enfermó de gravedad y, aunque la atendieron los mejores médicos de México, murió.

El cuerpo de la princesa, se sepultó en una gruta, rodeada de hermosos jardines del palacio, adornado de bellas y exquisitas flores, junto al estanque en el que ella acostumbraba bañarse.

Al día siguiente de lo sucedido, cruzó una niña por el estanque y vió a la princesa peinando su lagra cabellera, ya que era rutina encontrarla ahí a la niña no le pareció extraño.

De pronto la princesa llamó a la niña:

- Ven niña, ven.

Ella se acercó a la princesa, ésta le dijo:

- Corre y llama a la esposa del mayordomo del palacio, necesito hablar con ella.

La niña obedeció y contó lo sucedido; pero la señora Muy sorprendida no le creyó, pues Papantzin ya había muerto y la sepultaron el día anterior. Luego de caminar un poco, por fin llegó hasta el lugar y, efectivamente, ahí estaba la princesa. De la impresión tan grande se desmayó, como si alguien le hubiera pegado.

Al regresar la niña, Papantzin le dijoa la pequeña que llamara a su madre, al llegar ésta, sucedió lo mismo, después de dar un grito de espanto. Cuando despertaron de su desmayo las asustadas mujeres, la princesa les habló dulcemente y les explicó que no estaba muerta.

Las mujeres estaban felices al escuchar ésta noticia, pues todos la querían mucho y de inmediato fueron a explicarle al mayordomo que la princesa no había muerto y que por lo mismo fuera a México a contarle a Moctezuma la noticia, pero el matordomo tenía miedo de que no le creyeran, y que por decir cosas irreales, lo castigaran.

-Ya que tienes tanto miedo, ve a la ciudad de Texcoco y avísale al señor Netzahualpilli que venga a verme.

El mayordomo obedeció enseguida y fue a entrevistarse con Netzahualpilli, y aunque éste tampoco lo podía creer, se dirigió a Tlatelolco y cuando la vió confirmó la noticia.

Netzahualpilli decidió ir a México - Tenochtitlán a entrevistarse con Moctezuma y hacerle saber que su hermana quería verlo para informarle una noticia importante. Moctezuma no daba crédito a lo que escuchaba de Netzahualpilli, y éste le rogó que fueran a Tlatelolco a entrevistarse con la princesa, para que tuviera la certeza de lo que decían.
Al ver a su hermana no lo podía creer, ya que él mismo la había sepultado en la gruta el día anterior, pero ahí se encontraba ante sus ojos y mudo de asombro, con voz ahogada le dijo:

-Papantzin, hermana mía. ¿En verdad eres tú o eres un fantasma que perturba mis sentidos?

-Soy yo, Señor, Papantzin, tu hermana, la misma a la que enterraste ayer en los jardines de éste palacio. Estoy viva y tengo que darte un mensaje importante que me ha sido revelado.

-Cuando caí en el profundo sueño de la muerte, tuve una visión, me encontraba en un camino, que se dividía en muchos senderos y en un costado pasaba un río con un gran caudal de aguas. Pensé cruzarlo nadando, cuando de repente se presentó un hermoso joven, con gran presencia. Tenía dos alas adornadas con plumas y en su frente llevaba una señal. El joven tomó mis manos y dijo las siguientes palabras:

- ¡Alto! No te arrojes al río de aguas turbulentas, no es tu tiempo de cruzarlo, todavía no conoces al verdadero dios, creador de todas las cosas; sin embargo él te ama y quiere salvarte.

Después de escuchar sus palabras, el hombre me condujo por la orilla del río en la que se veían huesos y cráneos humanos y se escuchaban lamentos a lo lejos, que llamaban a la compasión.

-Dios quiere que vivas todavía, a fin de que des testimonio de lo que va a pasar en tu tierra; de las transformaciones que verás próximamente.

-Después de decir éstas palabras desapareció y yo desperté nuevamente, como si hubiera salido de un sueño; me levanté de la fría piedra en la que me encontraba y moví la roca que tapaba la gruta, para salir al jardín, buscando a mis sirvientes para explicarles lo que había pasado.

Los médicos consolaban a Moctezuma, le decían que probablemente su hermana se estaba volviendo loca, a causa de la enfermedad que había padecido. En cuanto a Papatzin, ésta sufrió algunas transformaciones. Después del acontecimiento, vivió encerrada en sus habitaciones; dicen que apenas comía y que sacrificaba su vida, absteniéndose de los lujos de éste mundo.

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En lo personal, creo que ésta leyenda ha sido manipulada por la iglesia,para ganar adeptos entre los indígenas, pero como igual forma parte del acervo que quiero compartir con ustedes, igual la transcribo. Espero la disfruten.


Nuria Cugota Gomez
Bachillerato gili y gaya
Escrito por Nuria Cugota Gomez
el 02/10/2011
Zapotlatlenan, la madre de los Zapotecas (leyenda prehispánica)

Eran cuatrocientos mil hombres, desfallecidos de hambre y cansancio, y caminabanbuscando asiento para su pueblo; caminaban bajo un sol de fuego y un suelo traicionero.

Eran cuatrocientos mil hombres cuyos pies sangrantes iban dejando su huejja por los campos polvosos y cerros abruptos. ¿A dónde los llevaría su dios? ¿Qué habría dispuesto Yostaltepetl?

Yostaltepetl había creado todas las cosas: la tierra, el mar, los montes, los animales, y sin embargo, ellos desfallecían de hambre y de sed.

Así llegaron a un monte cubierto de bosques, vuyos árboles se doblegaban ante sus ramas cargadas de frutos; pero éstos frutos les eran desconocidos, por lo que ellos, a pesar del hambre, y la sed, no intentaron comerlos, por temor a que les produjeran la muerte.

Fue entonces, cuando más desfallecidos se hallaban y más sedientos se encontraban, que se les apareció una diosa, quien dirigiéndose a los exhaustos peregrinos les dijo:

- Yo soy Zapotlatlenan, Madre de la tierra donde se da el Zapote y vengo a darles mi amparo. Yo les daré el alimento que calme su sed y mitigue su hambre.

- Señora - dijeron todos en coro - estamos hambrientos, estamos sedientos, nos estamos muriendo de cansancio.

- Mi mano es divina, y ella les ofrece el fruto de éstos árboles que son sagrados.

Y cortando de las ramas cargadas del delicioso fruto lo repartió entre todos ellos, calmando su hambre y su sed con la pulpa fresca del rico zapote.

Por mucho tiempo fue todo el sustento de esos hombres, por lo que en gratitud de tal alimento, tomaron como su diosa a Zapotlatlenan, adjudicándose ellos el nombre de zapotecas, por tal milagro. Y aquellos cuatrocientos mil peregrinos no olvidaron a su salvadora y cuando fundaron su ciudad, asiento de su señorío, elevaron hermosos templos a la Madre de los Zapotecas y diosa de la medicina.

Nuria Cugota Gomez
Bachillerato gili y gaya
Escrito por Nuria Cugota Gomez
el 12/10/2011

Yunka Warmi.- El centro arqueológico de Garu está ubicado en las faldas del Huachaupunta en distrito de Choras. Se cuenta que en el camino de ingreso a la ciudadela de Garu había una piedra en forma de mujer. Estaba sentada, con su hija recostada sobre sus faldas y el costado otra piedra en forma de animal. Los chorasinos al encontrar la figura, curiosos, acordaron llevarlo al pueblo; en efecto, desplegando grandes esfuerzos lo trasladaron. Por la noche, en sus sueños, seles presentó la misma mujer amenazándoles en los siguientes términos: “Por culpa de ustedes tengo mucho frío y me siento sola. Estoy lejos de mi pueblo y si mañana, al amanecer, no me devuelven, todos ustedes morirán”. Ni bien amaneció, y al conocer que todos habían tenido la misma revelación, temerosos que la terrible sentencia se cumpliera, en ese instante, devolvieron a su lugar. Un anciano, con profunda devoción y creencia, contó el siguiente relato: “Ella es Yunka Warmi. No se sabe cuándo llegó, pero vino de la selva. Era valiente y fuerte como un varón. Su hermosura robó el corazón de Tayta Garu, por eso lo hizo su esposa. Solita valía por muchos hombres, fue con ella que la ciudadela de Garu comenzó a florecer.

Los Panatahuas, envidiosos de esta grandeza planearon atacar por sorpresa. Así fue. Una noche de luna cruzaron Ayapiteg y acamparon cerca de Chawi. Yunka Warmi era mujer especial, adivinaba lo que iba pasar. Por eso, esa noche no tenía sueño y ordenó a sus guerreros que redoblaron la vigilancia. Los Panatahuas, que como zorras, sin hacerse sentir habían llegado Garu, pensando que estaba dormidos, ordenaron el ataque. Yunka Warmi saltó como el puma y con todos sus guerreros los emboscó, dándoles muerte a sus atacantes. Desde aquella vez, todos esperaban a Yunka Warmi. Su belleza unido a su coraje se regó por las comarcas más lejanas. Por eso, para vivir eternamente, quedó convertida en una piedra con su hija en sus brazos. Versión tomada del libro “Mitos y Leyendas de Huánuco” de Manuel Nieves Fabián.

Nuria Cugota Gomez
Bachillerato gili y gaya
Escrito por Nuria Cugota Gomez
el 03/11/2011
Poema Me siento fuera de sentido... De Nezahualcóyotl de Texcoco




Me siento fuera de sentido, lloro,
me aflijo, cuando pienso, digo y recuerdo:

¡Oh, si nunca yo muriera,
oh, si nunca desapareciera!

¡Allá donde no hay muerte,
allá donde se alcanza la victoria,
que allá yo fuera!

¡Oh, si nunca yo muriera,
oh, si nunca desapareciera!...

Nuria Cugota Gomez
Bachillerato gili y gaya
Escrito por Nuria Cugota Gomez
el 28/11/2011
Kóoch, el creador de la Patagonia

Según dicen los tehuelches, hace muchisimo tiempo no había tierra, ni mar, ni sol... Solamente existía la densa y húmeda oscuridad de las tinieblas, y en medio de ella vivia eterno, Kooch. Nadie sabe por que, un día Kooch que siempre se habia bastado a sí mismo, se sintió muy solo y se puso a llorar. Lloró tantas lágrimas durante tanto tiempo que contarlas sería imposible. Y con su llanto se formó el mar, el inmenso océano donde la vista se pierde. Cuando Kooch se dió cuenta de que el agua crecía y que estaba a punto de cubrirlo todo, dejó de llorar y suspiró. Y de ese suspiro tan hondo fue el primer viento, que empezó a soplar constantemente, abriéndose paso entre la niebla y agitando el mar. Algunos dicen que fue así , por los empujones del viento, que la niebla se disipó y apareció la luz, pero otros opinan que fue Kooch el inventor de la claridad. Cuentan que en medio del agua y envuelto en la oscuridad, deseó contemplar el extraño mundo que lo rodeaba. Se alejó un poco a través del negro espacio y, como no podia ver con nitidez, levantó el brazo y con su gesto, hizo un enorme tajo en las tinieblas dicen tambien, que el giro de su mano originó una chispa, y que esa chispa se convirtió en el sol. Xaleshén, como llaman los tehuelches al gran astro, se levantó sobre el mar e iluminó ese paisaje magnífico: la inmensa superficie ondulada por el viento, cuyo soplo retorcía cada ola hasta verla deshacerce bajo su tocado de espuma. El sol formó las nubes que de allí en mas se pusieron a vagar, incansables, por el cielo, matizando el agua con su sombra, pintándola con grandes manchones oscuros. Y el viento las empujaba a su gusto, a veces suavemente, y a veces de forma tan violenta que las hacía chocar entre sí. Entonces las nubes se quejaban con truenos retumbantes y amenazaban con el brillo castigador de los relámpagos. Luego Kóoch se dedicó a su obra maestra. Primero hizo surgir del agua una isla muy grande, después puso allí los animales, los pájaros, los insectos y los peces. Y el viento, el sol, y las nubes encontraron tan hermosa la obra de Kóoch que se pusieron de acuerdo para hacerla perdurar: el sol iluminaba y calentaba la tierra, las nubes dejaban caer la lluvia bienhechora, el viento se moderaba para dejar crecer los pastos... La vida era dulce en la pacífica isla de Kóoch. Entonces, el creador, satisfecho, se alejó cruzando el mar. A su paso hizo surgir otra isla cercana y se marchó rumbo al horizonte, de donde nunca mas volvió. Y así hubieran seguido las cosas en la isla de no ser por el nacimiento de los gigantes, los hijos de Tons, la oscuridad. Un día, uno de ellos, llamado Nóshtex, raptó a la nube Teo y la encerró en su caberna. Sus hermanas buscaron a la desaparecida a lo largo y a lo ancho del cielo, pero nadie la había visto. Entonces, furiosas, provocaron una gran tormenta. El agua corrió sin parar desde lo alto de las montañas, arrastrando las rocas, inundando las cuevas de los animalitos, destruyendo los nidos, arrastrando la tierra en una inmensa protesta... Después de tres dias y tres noches, Xáleshen quiso saber el motivo de tanto enojo y aparecío entre las nubes. Enterado de lo sucedido, esa tarde, al retirarse detras de la línea donde se junta el cielo con el mar, le contó a Kóoch las novedades, y Kóoch contestó: Te prometo que, quienquiera que haya raptado a Teo será castigado. Si ella espera un hijo, ése será mas poderoso que su padre. A la mañana siguiente, apenas asomado, el sol comunicó la profecía a las nubes agolpadas en el horizonte y éstas, enseguida, se la contaron a Xóchem, el viento, que corrió a la isla y difundió la noticia aquí y allá, anunciándola a quien quisiera oirla. Y el chingolo se lo contó al guanaco, el guanaco al ñandú, el ñandú al zorrino, el zorrino a la liebre, al armadillo, al puma... Despues, Xóchem sopló el mensaje a la puerta de las cabernas de los gigantes, para que no quedara nadie sin enterarse. Así enscuchó Nóshtex las palabras de Kóoch, y tuvo miedo de su pequeño enemigo, que ya vivía en el vientre de Teo. "Voy a matarlos", pensó,"voy a matarlos y a comérmelos a los dos". Golpeó salvajemente a Teo mientra dormía, arrancó al niño de sus entrañas y, sin mirar a su hijo abandonado en el suelo de la caberna, la despedazó. Pero alguien más, adentro de la cueva había escuchado a Xóchem. Era Terr- Werr, una Tuco-Tuco que vivía en su casa subterránea excavada en el fondo de la gruta, dicen que fue ella la que salvó al bebé, la que sigilosamente, en el mismo momento en que el monstruo levantaba a su hijo para devorarlo, le mordió el dedo del pie con todas sus fuerzas , la que escondió al niño debajo de la tierra antes que el gigante pudiera reaccionar... Sin embargo el refugio era demasiado precario. Nóshtex cruzaba la caberna haciéndola temblar con sus pasos de gigante, recorría la isla buscando al cachorito que apenas había visto, a ese hijo que en cuanto creciera iba a traicionarlo. Entónces Terr-Werr pidió ayuda al resto de los animales ¿Donde esconder al bebé? ¿Como ponerlo a salvo del gigante? Cuentan que todos los animales hicieron una asamblea para discutir el asunto. Que Kíus, el chorlo, era el único conocedor de la otra tierra que, mas allá del mar había creado Kóoch antes de recluirse en el horizonte, y que propuso enviar allí al niñito. Así comenzaron los preparativos para la fuga secreta. Una madrugada, cuando el hijo, de Toe y el gigante estuvo listo para partir, Terr-Werr lo llevó a las inmediaciones de una laguna, y lo escondió entre los juncos. Desde allí llamó a Kiken, el chingolo, para que a su vez transmitiera el mensaje: todos los animales fueron convocados para escoltar al niño. Algunos, como el puma, se negaron, otros, como el ñandú y el flamenco, llegaron demasiado tarde. El zorrino iba tan contento al encuentro de la criatura que, al ser interceptado por el gigante, no supo guardar el secreto. Así enterado, Nóshex se dirigió a grandes pasos a la laguna , pero no llegó a tiempo para ver como el cisne se acercó al niño nadando magestuosamente y lo colocó sobre su lomo, ni como carreteó luego para levantar vuelo. Solo alcanzó a distinguir en el cielo, un pájaro blanco que, con su largo cuello estirado y las alas desplegadas, volaba decididamente hacia el oeste. Así, en su colchoncito de plumas, se alejaba el protegido de Kóoch hacia la tierra salvadora de la patagonia.

Nuria Cugota Gomez
Bachillerato gili y gaya
Escrito por Nuria Cugota Gomez
el 09/12/2011
Poema No acabarán mis flores de Nezahualcóyotl de Texcoco



No acabarán mis flores,
no cesarán mis cantos.
Yo cantor los elevo,
se reparten, se esparcen.
Aún cuando las flores
se marchitan y amarillecen,
serán llevadas allá,
al interior de la casa
del ave de plumas de oro.

Nuria Cugota Gomez
Bachillerato gili y gaya
Escrito por Nuria Cugota Gomez
el 18/01/2012

Los amantes del Nahuel Huapi

Según cuentan los Tehuelches muy viejos y mus sabios, cuando cae la tarde sobre el lago Nahuel Huapi, llegan chillando los macàes.
Abanican el agua con sus alas plateadas y se sumergen largos instantes. Flotan como barquitos en las ondas brillantes que los hamacan en su vaivén tornasolado y nadan en grupo hacia la orilla, donde esconden sus nidos.
Dicen los tehuelches que si uno hace silencio y presta atención podrá ver siempre juntos a dos macàes, macho y hembra, que se rezagan para despedirse del lago antes de nadar con el resto de la bandada hacia su refugio nocturno.
Entonces puede identificarse a Maitèn y Shompalhuè, el espíritu del lago, que finalmente los haya salvado, y a recordar el tiempo en que se querían como hombre y mujer.
Maitèn y Collaàn iban a casarse al comienzo del verano. La novia, ayudada por el resto de las mujeres, había trabajado mucho: tejido apretadas mantas, conseguido del challafe los recipientes de barro que iban a hacerle falta y ayudado a preparar el muschay.
Y quiso engarzar en secreto un collar de ostras para llevar el gran día de la fiesta.
En busca de los caracoles más raros, más bellos, más perfectos, Maitèn salía a recorrer las playas alejadas.
Durante largas tardes bordeaba la orilla del lago, internándose de a ratos en las laderas cuando los acantilados le salían al encuentro. Después de cada rodeo, accedía por fin a otra playa. Y no era fácil distinguir las conchas entre las piedras que la forman; entonces Maitèn se agachaba y examinaba el terreno con sus ojos oscuros y sus dedos diestros, o se acercaba al borde del lago con la ilusión de encontrar allí alguna, embellecida por el agua. Así la descubrieron dos pehuences.
Y en cuanto la vieron, la quisieron para ellos. Se acercaron, la saludaron con cortesía y luego de una larga conversación que impacto a la muchacha, trataron de convenserla de que aceptara casarce con uno de los dos.
Maitèn, antes de volverse apurada a su ruca, les explico que estaba prometida, que le faltaba muy poco para ser una mujer casada. Además -les dijo - esos asuntos debían tratarse entre los padres.
No les contó cuanto quería a Coyàn porque le dio vergüenza. Pero los pehuenches no se conformaron, y para que alguien obligara a Maitèn a quererlos consultaron con una machi.
La vieja les contesto que no se torcían así nomás las voluntades, que elegir era algo serio, que había que someter la decisión a un espíritu superior. Y explico que era necesario recurrir a Shompalhuè, que arremolinaba el nahuel huapi durante las tormentas o lo vuelve manso ahuyentado a Kûref.
Después los despacho que esperaran confiados, que el plan ya estaba en marcha.
Mientras tanto seguian los preparativos en la choza de Maitèn, y ella se iba cada vez mas lejos para buscar las cuentas que le faltaban. La machi preparo con cuidado sus hechizos y cuando todo estuvo listo salió en canoa para sorprender a Maitèn.
La encontró sentada en una saliente, en el momento en que sacaba el collar de su bolsa para admirarlo al sol.
Clavando el remo la saludo:
-buenas tardes, muchacha ¿Cómo pasa sus últimos días la ullcha domo? -buenas tardes -contesto Maitèn poniéndose el collar -pero como sabia que voy a casarme.
-las viejas como yo sabemos muchas cosas - dijo la machi -.
También se que desde hace días andas buscando conchas por la orilla. Traigo una muy hermosa que encontré hace años en un chakao que pocos conocen, completarían muy bien ese collar.
Y rebuscando entre sus ropas saco una valva tornasolada.
- déjeme verla, por favor! - Pidió Maitèn. Y la machi se la tendió.
La concha ocupaba casi toda la palma de Maitèn, pero era más delgada y liviana que las que muchacha conocía.
Al darla vuelta vio que en su parte cóncava tenia un extraño dibujo rosado y gris, con un centro verdoso que parecía un ojo. Maitèn no podía dejar de mirarlo; la pupila brillante parecía dilatarce y contraerse, mientras su borde se desdibujaba en el tornasol.
La muchacha no se dio cuenta de que se adormecía, de que la machi la deslizo hacia la canoa y tendió en el fondo, de que salto a la orilla y empujo la embarcación alejándola de la costa, camino al reino de Shompalhuè.
Así la distinguió Coyàn un kilómetro mas allá, cerca de su ruca, mientras pescaba percas. El muchacho se lanzo al agua para interceptar la canoa sin remero y no pudo creer lo que veía: con las mejillas arrebatadas por el sol, la boca entreabierta y un collar de caracoles sobre el pecho, iba su novia dormida.
Sosteniéndose del borde de la canoa, Coyàn comenzó a llamarla:
- Maitèn, Maitèn! - decía, mientras se inclinaba sobre ella y sin querer le mojaba la cara, el cuello, el manto.
Pero Maitèn dormía profundamente mientras el sol se iba ocultando detrás de las montañas, el agua se enfriaba y Kûref, convocado, empezaba a soplar. Enseguida la corriente empezó a arrastrar hacia el flanco rocoso de la montaña la canoa a la que se aferraba Coyàn con desesperación, maldiciendo la falta de un remo.
Entonces todo el lago pareció levantase y con extraña fuerza hizo ceder las rocas, partiendo en dos la montaña para abrirse paso, avanzando implacable por el nuevo cañadón e inaugurando un nuevo lecho.
Perdida la canoa, con el cuerpo rígido de frío, agotado por el esfuerzo y preso por el miedo, Coyàn intentaba todavía mantenerse a flote sosteniendo fuera del agua la cabeza de Maitèn. Pero el lago enloquecido disponía de sus cuerpos: los hacia hundiese y levantarse como si fueran ramitas y parecía a punto de estrellarlos contra las rocas.
En ese momento una gran ola los sumergió una vez más y enseguida, a la vez que se calmaba la tormenta, surgieron de ella dos Macàes que se alejaron por el agua ya mansa, grácil, plateada y brillante como la misma espuma.
Fuente: Leyendas de la Patagonia.
Editorial Planeta