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Grupo de Tradiciones indígenas

Nuria Cugota Gomez
Bachillerato gili y gaya
Escrito por Nuria Cugota Gomez
el 13/07/2010

Poeta: Tecayehuatzin
Con este poema entonado durante la gran reunión de poetas, podemos ver como Tecayehuatzin describe como los tambores y cantos acompañaban al momento de decir la poesía. Aparte de ser simple poesía, también llevaban ritmo y acompañamiento.

Allá en Tlaxcala
con rodelas de cobre incrustadas de jades,
cantaron y tocaron junto a los tambores:
delicia, delicia de flores:
Xicontecatl, señor de Tizatlan
Camaxochitzin con canto y música se deleitan.

O anqui ye oncan Tlaxcallan Ayahue
chalchiuh tetzitlaca cuicatoque
in huehuetitlan Ayahue
xochin poyon poyon ayahue
Xicontecatl tecuhtli in Tizatlacatzin
in Camaxochitzin cuicatica in mellelquiza.

Nuria Cugota Gomez
Bachillerato gili y gaya
Escrito por Nuria Cugota Gomez
el 13/07/2010

Poemas Hñahñu u Otomies.
Estos son poemas muy hermosos, cortos. El mensaje queda por de más impactantemente explicado en la traducción al español, pero lean el original en hñahñu (otomí) y sentirán la real métrica y rima.

El río pasa, pasa:
nunca cesa.
El viento pasa, pasa:
nunca cesa.
La vida pasa...
nunca regresa.

Danthe togui togui
hin hambi tegue
Ndahi togui togui
hin hambi tegue
Nbui togui...
hin hambi pengui.

: : : :

Ayer florecía:
hoy se marchita.

Nunmandé endónito:
nuparaya int'óndrito.

: : : :

En el cielo una luna:
en tu cara una boca.
En el cielo muchas estrellas:
en tu cara solo dos ojos.

Kha mahetzi nra rzona:
kha nir diantha nra ne.
Kha mahetzi raza tzae:
kha nir diantha hoentho yoho da.

: : : :

En la gota de rocío brilla el sol:
la gota de rocío se seca.
En mis ojos, los míos, brillas tú:
Yo, yo vivo.

Kha sa-tuy hiadi miyottzi:
sa-tuh motti.
Kha nöm-da-go gui yottzi:
nügo, nügo dibui

Nuria Cugota Gomez
Bachillerato gili y gaya
Escrito por Nuria Cugota Gomez
el 13/07/2010

Poemas Nahuatlacos con influencias hñahñu (otomí).
Éstos son ejemplos que demuestran como los hñahñu influenciaron a los nahuatlacos como los mexíca, y no al reves. Al expandirse la última Triple Alianza Nahuatlaca (Mexico-Texcoco-Tlacopan) en conquistas, adaptaban las costumbres de los pueblos sojuzgados, al carecer ellos de una memoria historica de igual importancia.

Macollan las flores, esán rozagantes, se robustecen,
abren la corola:
de tu interior sale el canto florido:
lo derramas, los esparces sobre otros.

Itzmolini xochitl celia mimilihui
cueponi. Yehuaya.
Mitecpa on quiza in cuicaxochitl in
tepan tictzetzeloa, tic ya moyahua aya.

: : : :

Labro esmeraldas,
oro moldeo
es mi canto.
Engasto esmeraldas:
es mi canto.


Nichalchiuhmamali,
teocuitlatl nicpitza:
ye nocuic.
Chalchihuitl niczoloa:
ye nocuic.
Dark Crow (foro Tradiciones Indigenas)
Teatro cefaq centro de capacitacion ar...
Escrito por Dark Crow (foro Tradiciones Indigenas)
el 14/07/2010

Muchas gracias Nuria y Beatriz por estos post. =)

Nuria Cugota Gomez
Bachillerato gili y gaya
Escrito por Nuria Cugota Gomez
el 14/07/2010

Se hace lo que se puede. Espero que te gusten.

Dark Crow (foro Tradiciones Indigenas)
Teatro cefaq centro de capacitacion ar...
Escrito por Dark Crow (foro Tradiciones Indigenas)
el 15/07/2010

Estan buenisimos. Si no dijo luego ni pio es porque como diria rafael hay cosas que salen mejor dejandolas fluir.

Nuria Cugota Gomez
Bachillerato gili y gaya
Escrito por Nuria Cugota Gomez
el 20/07/2010
POESIA NAHUATL
CANTO DE NUESTRO SEÑOR EL DESOLLADO,
BEBEDOR DE LA SANGRE (Xippe Totec Yohuallahuana)

Oh bebedor de la noche, ¿Por qué ahora te disfrazas?

Ponte tu ropaje de oro, revístete de la lluvia.

¡Oh mi dios! , dádiva de piedras preciosas tu agua,
al bajar sobre los acueductos, trueca en plumas de quetzal al sabino.

La preciosa serpiente de fuego al fin me dejó.

No vaya yo a perecer, yo la tierna mata del maíz:
mi coorazón es cual esmeralda: he de ver el oro.

Mi corazón se refrigerará; el hombre madurará,
habrá nacido el caudillo de la guerra.

¡Oh mi dios! , haya abundancia de maíz;
la tierna mata de maíz se estremece ante ti,
tiene fija en ti la vista hacia tus montañas, te adora.

Mi corazón se refrigerará; el hombre madurará,
habrá nacido el caudillo de la guerra.

Beatriz Bassino
Enfermería profesional, administración...
Escrito por Beatriz Bassino
el 23/07/2010

MI IDENTIDAD

W.N.M.


soy latino

sudamericano

del mundo un gran hermano

boliviano

que tiende la mano

beniano

amigo de lo lejano

y lo cercano

camba

mojeño de corazon

que no distingue

razas ni color

mas solo abre el corazon

para el mas sublime amor

soy humano

de la humanidad

anhelante para todos

de la mas grata felicidad

tan audaz

en adversidad y desgracia

soñador bien seguro

sin temor a ningun muro

por la gran patria

y lo llamado vida

apuesto

hasta mi propia vida

es mi identidad

unir diversidad



WILSON NOCO MICHEL

TDD. BENI BOLIVIA

Nuria Cugota Gomez
Bachillerato gili y gaya
Escrito por Nuria Cugota Gomez
el 23/07/2010

¿Acaso de verdad se vive en la tierra?
No para siempre en la tierra: sólo un poco aquí.
Aunque sea jade se quiebra,
aunque sea oro se rompe,
aunque sea plumaje de Quetzal se desgarra,
no para siempre en la tierra: sólo un poco aquí.
¿Acaso hablamos algo verdadero aquí, Dador de la vida?
Sólo soñamos, sólo nos levantamos del sueño.
Sólo es como un sueño...
Nadie habla aquí la verdad...
(cantares del mundo náhuatl)

Nuria Cugota Gomez
Bachillerato gili y gaya
Escrito por Nuria Cugota Gomez
el 01/08/2010

CUERVO, AQUEL CUYA VOZ ES OBEDECIDA, EL LADRÓN

DEL SOL

(Leyenda haida)

"We-gyet era habilidad sin sabiduría, poder sin miramientos por las consecuencias. Era tan despreocupado y petulante como un niño mimado y consentido, y sin embargo a menudo tan conmovedor como un no querido... We-gyet estaba atrapado entre el espíritu y la carne. No era un hombre y, sin embargo, era todos los hombres."

Cuervo —We - gye t —, a pesar de que él mismo se creía dentro del mundo haida un ser importante y especial, que poseía harta iniciativa en las cosas del mundo y de su creación, no era más que, para aquellos seres importantes dentro del Mundo Superior, un instrumento secundario puesto en las manos del Creador para que le auxiliase en todas aquellas acciones o misiones que él le encomendara y que, de carácter secundario, no desease resolver personalmente, ni enfrentarse directamente con aquellos pieles rojas que tendrían que beneficiarse con ello.

Cuervo —Aquel Cuya Voz Es Obedecida— en el principio de los tiempos fue enviado al Mundo Medio, donde habitaban el hombre y los animales, compartiendo amigablemente a veces y otras no tanto el territorio creado para acoger a todos los excedentes humanos y divinos que sobraban en el Mundo Superior, por la voz del Creador que le habló conminándole a que cumpliera sigilosa y prudentemente la misión para la que había sido creado en el cielo. El Señor le habló con solemnidad:

—We - gye t , amigo Cuervo, en el blanco de tus plumas llevarás la grandeza de mi mandato.

El ser aludido, lleno de sorpresa y desazón, se atrevió a preguntar a aquel cuya voz se escuchaba pero no se le llegaba a ver jamás:

—Señor, tú que me hablas escondido tras el tocón herido de la noble acacia, te he de decir que nada llego a colegir de tus palabras misteriosas, que quizá dentro de ellas guardan un profundo y recóndito secreto —calló durante unos segundos, en los que buceó de nuevo en las palabras ininteligibles del Señor y, como no hallara la solución al enigma que encerraban, suplicó añadiendo—: Ayúdame, señor, a entender el mensaje que me envías, que yo, con mi proverbial sabiduría e integridad, las atenderé con fidelidad, la que te debo por ser la deidad a la que sumisamente acato.

El Creador soltó una carcajada despectiva al escuchar aCuervo y su infeliz perorata. Luego, sin asomar para que le viera, tronó con voz de trueno:

— ¡Ni eres inteligente, ni eres íntegro, We-gyet!

El pájaro aludido sacudió sus blancas alas en señal de reverencia y sumisión por haber sido tan certeramente violentado ante los demás espíritus presentes y, escondiendo ligeramente su rostro picudo entre el plumón de su pecho, avergonzado por la desfachatez de lucir virtudes que no poseía, osó decir:

—Pero soy astuto.

—Por eso dices de ti atributos que no tienes porque yo no te concedí —expresó la voz del Creador ciertamente enojada.

Cuervo, deseoso de no hurgar más sobre aquella cuestión en la que se había comportado con tanta infidelidad, preguntó sumamente prudente:

— ¿Para qué me has llamado? ¿Qué quieres hacer de mí?

—Deseo que obres en mi nombre, que concedas mercedes a los habitantes del Mundo Medio, las que yo no soy capaz de dar porque no me digno visitar tan imperfecto lugar —le contestó la voz que se escondía detrás del tronco quemado por el rayo que lanzara la tormenta.

Cuervo preguntó con urgencia:

— ¿Cuál ha de ser mi misión?
—Una de peregrinaje, que te gustará.
—Ordena, Señor, que ya estoy presto a obedecer.

La voz del Creador, con serenidad y sosegadamente, le fue diciendo:

—Has de bajar al Mundo Medio y en él te posarás con mi encargo.
— ¿Cuál será? ¿Dónde viviré?
—No has de tener casa alguna.

— ¿Dónde me cobijaré en las noches frías de ese hostil mundo sin calor? —preguntó preocupado y sollozanteCuervo.

La voz le indicó:

—Eso será tu voluntad—calló un instante para escuchar los gemidos del servidor y luego añadió—: Yo te envío a que recorras todo el mundo, por todo el cosmos, para que hagas este viaje en mi nombre como un héroe y que allá por donde vayas termines el trabajo de la creación que yo inicié.

Aquel Cuya Voz Es Obedecida —Cuervo— obedeció a su vez a su deidad superior en el cielo. Abrió sus amplias y blancas alas y se lanzó al vacío, volando con energía y fuerza los espacios neutros que a ningún otro mundo pertenecían y luego como una exhalación se introdujo en el Mundo Medio, en la Tierra todavía sin acabar de crear, donde debía llevar a cabo la misión que le encomendara su padre celestial, el Creador de todo el universo.

CuandoCuervo ya estaba en el espacio etéreo dispuesto a iniciar su viaje pudo escuchar la última recomendación que le hacía el Creador:

—Gracias a tu astucia y también a tu torpeza, We-gyet, a menudo serás sin desearlo ni buscarlo "el benefactor de muchas comunidades humanas", pues tú, con tu ineptitud, les llevarás "el primer salmón, las primeras bayas y otros regalos com o el Sol y la

Luna, las estrellas, las mareas, los ríos y los arroyos".

Cuervo no escuchó más. Cayó sobre la Tierra y en ella vagó por todos sus rincones más recónditos y ocultos llenando de vida y de dádivas por allá por donde iba pasando.

El largo peregrinaje de We-gyet por los caminos, las aldeas, los cubículos y los palacios de la Tierra resultó ser un largo rosario de indignidades miserables que le valieron el sobrenombre deEl

Embaucador , porque el único sentimiento sobre el que asentaba su inestable existencia de bufón ridículo y dubitativo era su voraz búsqueda de comida y sexo, que lo trasformó en un monstruo lujurioso insaciable que con harta frecuencia tuvo que protagonizar ante los humanos el papel de tonto que se avergonzaba casi siempre de los actos que tímidamente y lleno de dudas osaba realizar.

Cuervo, para mayor denigración suya, en los lances amorosos en los que se le vio comprometido, todos resueltos por los caminos del fraude, la embaucación y la mentira, salió pese a ello, como lerdo y poco avispado que es, dañado o perdiendo parte de su anatomía. Gracias a su astucia —con lo cual se convirtió igualmente en un ser medio hombre, medio pájaro, frenéticamente contradictorio— adoptaba disfraces de humanos o de animales para engañar así a sus víctimas y obtener de ellos beneficios sexuales ilícitos.

Un viejo pescador, conocedor de los cortos alcances de su mente, sentado a orillas del río abundante en barbos, percas y salmones, se acercó al infeliz monstruo y le embaucó con falsas penalidades, tristezas y calamidades para que robara el cebo de un anzuelo con el cual el hombre podría pescar en el río alimento para él y su esposa que se morían de hambre, ya que en su ancianidad sus fuerzas le habían abandonado y no podía cavar en el suelo en busca de la sabrosa lombriz de tierra que usaba como carnada con que engañar a los grandes peces. Cuervo quiso ser complaciente con el pescador y, acercándose a la caña que sostenía anzuelo y cebo, alargó su pico para consumar el hurto, con tan mala fortuna que aquéllas resbalaron y se llevaron con ellas enganchado el apéndice córneo del ave hasta que se le desprendiera de su cara.

We - gye t , " malhumorado y avergonzado, se pasea alrededor de la aldea del pescador con una manta cubriéndole el rostro hasta que recobró el pico " , huyendo de aquel lugar ante la burla y los insultos que tuvo que soportar de la chiquillería de la tribu ,así como los repullos de los guerreros hechos y derechos que le lanzaban piedras y los excrementos de los perros que , al ver a sus dueños irritados aunque divertidos, le ladraban enconadamente.

De aquella aldea Cuervo corrió por los caminos hasta otros lugares en los cuales , olvidado ya su sin sabor y apretado por sus anhelos sexuales, trató de calmarlos urdiendo almenos en su mente algunos lances amorosos en los cuales sedujo a algunas bellas mujeres, así como también a hermosos mancebos que engatusó con sus disfraces y sus mentiras. Pero de nuevo tuvo que salir por piernas de la aldea porque, descubierto por sus pobladores, fue expulsado violentamente del lugar cogido infraganti en un acto de zoofilia , emparejándose con una hermosa yegua enana y torda de turgentes y abultadas grupas. Tuvo el monstruo que abandonar por la vía de la rapidez su disfrute y, como su pene era tan largo y le estorbaba en su carrera, no le quedó otro recurso más que " enrollarlo alrededor de su cuello como un lazo" y escapar bajo una lluvia de cantos de río, denuestos y cacareos que hasta las aves de la tribu le persiguieron en su huida, propinándole más de un picotazo que hicieron sangrar sus carnes.

Ya lejos de los peligros que le aguardaban en la aldea piel roja, Cuervo se puso a reflexionar sobre la situación en que se hallaba

frente al Creador y la misión que le encomendara sobre la Tierra. Al cabo de mucho rato de pensar, se dijo que estaba satisfecho con la forma con que estaba cumpliendo el encargo que le confiara , allá en el Mundo Superior, el Creador. Pero, repasando una vez más todo el repertorio de presagios que le hiciera el señor del mundo de arriba, se dio cuenta de lo bien que había hecho las cosas; que los humanos y los animales habían recibido grandes beneficios por medio de su mano , a unque éstos fueran en contra de su voluntad, pero que le faltaba para cumplir el encargo recibido el llevar a cabo uno de los augurios que le pronosticó el Creador. Se dijo:

—He de regalar a los hombres el Sol, la Luna y la caja de la luz del día.

Quizá ello no lo había hecho por desidia o abandono, por falta de ganas de trabajar; pero en seguida se dijo que tal vez lo más acertado sería admitir que había eludido estas misiones por temor a tomar sobre sus espaldas demasiada responsabilidad. Pero también se dijo que ésta era una cuestión que no debía demorar más y se dispuso a llevarla a cabo, pues la humanidad tenía derecho a conocer la luz tanto diurna como nocturna.

Cuervo, pues, se dispuso a robar el Sol.

Lo primero que hizo Aquel Cuya Voz Es Obedecida fue dirigirse a la mansión del jefe del Cielo, penetró en ella subrepticiamente y, rodando con sigilo por los pasillos de la casa, alcanzó la puerta de la habitación de su hija, se convirtió e n una aguja de conifera y se coló en ella. La muchacha descansaba sobre su endoselado lecho y mientras ella dormíaCuervo, en su nueva forma, se dejó caer dentro del vaso de agua que se posaba en la mesilla adjunta a la cama. Cuando la hija del amo de la casa despertó lo primero que hizo fue beber el vaso de agua y con él al astuto pájaro que llevaba con él la misión de robar el Sol.

La muchacha, sin percatarse de nada anormal en su comportamiento y actitud, continuó su existencia al lado de su padre en la morada principal. Pero cuando pasaron unos tres meses del sueño fatal se percató de la nueva situación en que se hallaba su cuerpo, y así se lo dijo a su padre:

—Me encuentro embarazada.

El jefe del Cielo alejó de sí la primera sorpresa que le produjo la noticia y, sin ninguna clase de aspavientos ni dramas, abrazó a su hija, adelantándole que:

—Estoy muy satisfecho, hija mía. Cuánto te agradezco que me des un nieto. Es lo que he esperado anhelante durante mucho tiempo.

La hija, sorprendida con la actitud del padre, incluso se atrevió a oponer:
—Pero yo... Yo no sé por qué... No entiendo nada.
El jefe del Cielo le recomendó:
—Olvídate, mujer; yo sólo pienso en mi nieto.
Con ello acabó toda posible conversación.

Llegó el día en que su hija dio a luz un niño. Debido quizá al trastorno del parto, la muchacha quedó sumida en un profundo sueño. De inmediato apareció en la habitaciónCuervo que, mirando con embeleso al recién nacido, se dijo:

—Ésta es la ocasión. Ahora que duermen tanto madre como hijo.

Tomó We-gyet al niño, le sacó la piel , se introdujo en él y asumió su identidad.

"El nieto del jefe del Cielo creció rápidamente y, como hacen los niños, el pequeño se volvió irritable y lloraba cuando no podía conseguir lo que quería."

El jefe del Cielo adoraba a su nieto de una manera sin medida. Por eso trataba de darle todo lo que el niño deseaba fuera bueno o malo, bagatela o de valor. Cierto día, en que el niño berreaba como un ternero apaleado, el abuelo, deseoso de complacer al nieto como cualquier abuelo del mundo, tomó de su alacena una caja metálica cerrada y mostrándosela al niño le dijo:

—Si te callas, te la regalo.

El niño —Cuervo— la miró con deseo y cesó en su verraquera.

El abuelo, muy complacido, le entregó la cajita.
— ¿Qué es? —preguntó.
—Contiene la Luna.
El niño precipitadamente la abrió y la Luna escapó al cielo.

Los lloros de nuevo comenzaron, la pataleta del infante iba en progreso porque se le había escapado la Luna. Entonces el jefe del Cielo le ofreció al nieto un nuevo juguete que consistía en una caja

más grande que la anterior. El niño — Cuervo — acalló su llantina y tomando el regalo que le hacía su abuelo le preguntó de nuevo:
— ¿Qué es?
A lo que él contestó:
—Es la caja de la luz del día. Ten cuidado con ella.
— ¿Qué tiene dentro?
—Con tiene el Sol.

Cogiendo el premio que le otorgó su abuelo, el niño se convirtió, en ese momento, en Cuervo y, ante la ira y la persecución que tuvo que sufrir por parte del jefe del Cielo, abrió sus alas y se escapó del aposento saliendo por el hueco de la chimenea de la gran casa del jefe.

Cuando Cuervo salió al exterior de la mansión divina, sus plumas, que antes eran blancas, se habían convertido en negras a causa del hollín con el que se tiznó para salir por aquellas estrechuras. Desde entonces ya siempr e C uervo mantendría sus plumas de este hosco y prieto color.

"Viajó por todo el mundo con la Caja de la Luz del Día abierta y no sólo llevó la luz a los espíritus del mundo, sino que les dio a muchos de ellos las formas físicas que tienen hoy en día."



Nuria Cugota Gomez
Bachillerato gili y gaya
Escrito por Nuria Cugota Gomez
el 12/08/2010

LOS OJOS DE LOS REYES- LEYENDA INCA

El Castillo de Majta Sumaj, en Yucay, se elevaba sobre un montículo, a unos pasos del río. Ancha muralla de granito defendíalo, formando círculo alrededor de su base. Larga escalinata de piedra daba cómodo acceso al edificio, en cuyas puertas los soldados vigilaban, severos los rostros, y en las manos fuertes, mazas con agudas puntas de piedra y de cobre. En una habitación alta, por cuya estrecha y trapezoidal ventana veíase el valle feraz, había una docena de huallauizas, soldados sin graduación, cuyas armas consistían en flechas de dardos emponzoñados. Fuera de los muros el valle extendíase, verde y oleoso, hasta ascender en las faldas de los cerros morados. Por las tardes, cuando el sol empezaba a declinar, mucho antes de que comenzaran las plegarias del pueblo, gustaba a Sumaj Majta contemplar el campo desde la elevada terraza de su palacio. Placíale ver ondeando la brisa, las enormes hojas frágiles y rumorosas de sus maizales pródigos, mientras las aves cantaban. Y entonces llamaba al arabeju familiar y se hacía recitar leyendas de los primeros Emperadores.

Más que las leyendas guerreras, gustábanle las sentimentales: se extasiaba su fantasía con aquellos cuentos donde el amor, la sangre y la muerte se fundían en una sola coloración inefable. Hacíase narrar siempre aquella doliente historia del Llajtan Naj, el músico errante, sobre el cual, cada cacicazgo y hasta cada ayllo se había hecho una leyenda. Él habría querido ser como aquel artista que recorría el Imperio por gracia del Inca, cruzando solo con su quena las montañas impenetrables, que según decían, había ido por países desconocidos, donde los hombres tenían otros dioses, practicaban otros ritos, habían otras costumbres, hablaban otro idioma; y cuyas mujeres eran blancas como las chachapoyas. Así se adormecía el noble señor, hasta que, llegado el crepúsculo, entregaba su alma al loor del Sol.

Aquel día, después de la siniestra excursión, Sumaj Majta había penetrado mudo, en su castillo. Inquill, su esposa, lo había esperado rodeada de sus servidoras, cantando dulces canciones melancólicas de su pueblo lejano. Inquill era triste. Hija de un mitimae, su padre había sido uno de aquellos guerreros huanucuyus a quienes la gracia imperial había ordenado que se guardaran todas las altas preeminencias de un cacique transportado al Cuzco; pero el soberbio cacique no pudo sobrevivir a su derrota y en la Ciudad Imperial sentíase prisionero. Quiso el Inca casar a la hija del valiente mitimae con uno de los más nobles militares de la familia imperial y eligió para esposo de Inquill a Majta Sumaj. El cacique murió en una tarde gris, pronunciando el nombre de su pueblo y encargando su hija al desolado Sumaj Majta.

Cuando Sumaj entró a su castillo, hubo inusitada agitación entre sus siervos. Se hizo llamar al Huillac Uma, y el cóndor del sacrificio pasó entre los corredores, en los brazos de cuatro pares de huminkas, hacia la primera sala donde se quemaron, para perfumar sus alas, polvos penetrantes y resinas de árboles aromáticos. Había entrado la noche. Sumaj quiso ostentar todas sus insignias y trofeos. Era preciso desagraviar a la Luna, por ser la época de las sequías y podían perderse las cosechas y helarse los sembríos. Trajéronse hierbas olorosas de los jardines del castillo para cubrir con ellas las escalinatas y los lugares de paso para los sacerdotes y los guerreros.

Perfumáronse todas las salas con polvos de ánades secos, que se quemaron en tazas de oro. Sacóse de los graneros seis mazorcas de maíz sagrado y de las alacenas grandes jarrones ventrudos con chicha de la cosecha del Inti Raymi. En otros jarrones decorados por los artistas de Nazca, púsose chicha de jora, maní, mote y papas, para que bebieran, según sus regiones, los generales que habían de asistir. Distribuyóse flores raras de las lejanas comarcas, que crecían en los invernaderos del palacio: floripondios blancos como huesos, perfumaban en vasos esbeltos de plata; la cantuta, flor del Inca, ofrecía la púrpura de sus pétalos, en un delicado vaso de oro incrustado de esmeraldas, en el centro de la gran sala; y las plantabandas se decoraban con diversas flores. Pequeños racimos de capulíes, azahares de chirimoyo, grandes ñorbos del trópico aclimatados en el jardín, racimillos rojos de molle, orquídeas en formas de mariposas y de aves raras, blancas, lilas, celestes y rojas; claveles de Huánuco distribuidos en profusión, perfumaban el ambiente. Rompiendo a trechos la monótona severidad de los muros de granito, las puertas cubiertas de cortinas de lana, y finísimas telas de alpaca tejidas por femeninas manos castas, dejaban caer sus pliegues solemnes. Todas las habitaciones daban hacia un patio grande y destechado, en cuyo centro elevábase la piedra cuadrangular del sacrificio.

Sumaj vestía el traje de gran sacerdote y sólo un distintivo acusaba en su indumentaria la insignia de general del Imperio; la unju tradicional y la faja del huarco chico, aquella de vicuña recamada de pequeños discos de oro pulido, y estaba bordada con plumas de huakamayo. Sobre el duro pecho, dominando los cordones de huesecillos y dientes de puma, y opacando la rara belleza de la piedra illa, aquella que sólo se criaba en el vientre de las llamas y que servía en polvos para ahuyentar los males y la melancolía, sobre el busto de Majta brillaba el trágico collar de las cabezas reducidas, aquel magnífico presente que le hiciera su padre en el lecho de muerte.

Era éste un collar en el cual se veían, ensartadas, las cabezas de los jefes vencidos, reducidas al tamaño de un puño de infante, reducción singular obtenida por métodos muy especiales y misteriosos. Entre estas cabezas reducidas estaban las de Raurak Simi y Raurachikcha. Ningún otro collar era más admirado ni infundía mayor respeto que éste, que tenía las cabezas de aquellos reyes legendarios. Tenía en la frente, el Príncipe, una vincha.

Sumaj Majta había ordenado que se le diese aviso cuando alguien se acercaba al castillo, en tanto él esperaba en la sala de los trofeos. Poco a poco fueron llegando los invitados desde el Cuzco, cargados de arcos y de insignias. Hospedábanse en los salones, donde la servidumbre ofrecía la chicha del reposo, y en fuentes de plata grabadas con dioses lares, verdes hojas de coca, maíz tostado, sal; pero todo ello se hacía en silencio. De pronto percibió Sumaj el tañer de una pincuyu, flauta de aviso. Era la señal convenida para anunciar a Majta la llegada al castillo del general Chasca, que entró a poco sin ceremonia ostensible, escoltado hasta la sala del noble. Dos soldados esperaban a distancia y éste les dijo:

–Quedaos a la puerta, vigilad -y en el idioma de la nobleza agregó a Chasca:

–Bienvenido, compañero de mi padre.

–Estás armado. ¿Temes acaso?...

–Bien sabes que sólo temo al Sol y al Inca. Pero estoy armado porque yo mismo voy a sacrificar.

Chasca iba a responder, pero recorriendo con la mirada los trofeos del joven, se quedó paralizado. Verdosa palidez cubrió su rostro y su voz, antes clara y fuerte, salió ahora ronca y apagada desde el fondo de la garganta. Su mirada se posó fijamente en un punto del collar de Sumaj.

– ¿Qué te pasa? Un viejo y heroico militar tiene miedo y se estremece ante las cabezas de sus vencidos.

– ¡Ah, Sumaj Majta! No temo. Recuerdo. Ese es el trofeo de tu padre y en él hay una historia de amor y sangre... Allí está la cabeza de una mujer que fue reina y que me amaba... ¡Ah, Majta Sumaj, los jóvenes no saben... No saben!

–Y los ancianos no olvidan. Si estás herido de amor, toma unos polvos de huayruro que ahuyentan los tristes recuerdos y libran de los males del corazón. Pero cuéntame esa historia que logra aún conmoverte, a despecho de tus ochenta raymis...

– ¡Ah, Sumaj!... Muéstrame la cabeza de la reina, no me la ocultes, deja que mis ojos la vean, que mis manos la acaricien y que la lleve sobre mi corazón un instante. El joven hizo correr sobre la cuerda varios cráneos y al fin sus dedos detuvieron uno cuya cabellera recortada como de un palmo, apartó y mostró a Chasca, diciéndole:

–Aquí está. Es ésta, indudablemente, la cabeza de una reina. Sus pobrecitas cuencas tienen los párpados cerrados, pero qué mirada tan imprecisa y extraña la suya. Cuéntame, Chasca, cuéntame tu historia de amor...

Y Chasca, comenzó:

–Fue en los gloriosos días de Tupac Yupanqui, hijo de Pachacutec y hermano y sucesor de Tupac Amaru. Yupanqui era el genio de la guerra. Él hizo grandes conquistas que después han consolidado sus sucesores. Había al sur, donde terminan los Andes, junto a Atacamay, una tribu bárbara y aguerrida que no pudo ser sometida junto con los atacamas por las huestes de Yupanqui. Recibido el tributo de los vencidos, Yupanqui volvió al Cuzco y nos encargó a tu padre y a mí el quedarnos para someter o exterminar a los rebeldes. Buenas huestes teníamos. Nuestro ejército regular no descendió a trabar luchas con ellos y, sólo con una reserva de montañeses, después de grandes trabajos, los vencimos. Fueron muertos los principales jefes, pero no los caciques de la tribu que eran Raurak Simi y Rurachisca su esposa. Eran blancos, de gran estatura, crueles, fieros, comían carne humana y peces crudos. Él era musculoso y bravo, ella, bella y pérfida. Él usaba armas poderosas y ella collares magníficos de perlas rosadas que hacían iris sobre su cuerpo desnudo y redondo. Decían ser el último rezago de un pueblo de gigantes que se extinguía.

Yupanqui me ofreció a la reina por mujer e hizo guardar al rey en las prisiones del Cuzco. Yo me enamoré de la reina y ella concibió vehemente pasión por mí. Un día se supo, en el Cuzco, que Raurak Simi se había escapado de la prisión y nadie supo más de él. Pero sin que yo me diera cuenta, ella, la reina colorada, sabía y se entendía con él, y juntos maquinaban la libertad y la venganza.

Raurachiska me dijo una mañana:

–Chasca, mi hombre bueno. Yo he sido fiel para contigo. Yo te amo y te deseo. Mi reino ya no existe. Yo puedo morir un día. Ya no lo veré nunca. Mis riquezas están ocultas y quiero que sean tuyas. Sígueme y te daré todas mis joyas.

Yo la seguí. Caminamos varias jornadas al sur. Apenas nos deteníamos en los caminos del Inca, bajo los molles florecidos, bajo la sombra fresca, y nos amábamos. Ella me hablaba de sus riquezas.

– ¿Qué son -me decía- tus armas de cobre y de chonta, ni tus puñales de chilliza, ni tus collares de esmeraldas? No conozco el Coricancha, pero he oído decir a unas mujeres que está cubierto de oro y piedras; sé que están presentes en sus sillas de oro los viejos emperadores y que la puerta está sembrada de piedras preciosas; que los huillac umus tienen trajes fastuosos y de los techos penden cortinajes transparentes como vagas nubes de verano bordadas por las recogidas vírgenes del templo y que allí, en él, se presenta el Inca y que los mejores tocadores del Imperio cantan himnos y alabanzas a la caída del Sol... Y bien, yo tengo riquezas mucho más grandes, con ellas tú serás tan rico como el más rico general del Imperio, ven sígueme...

Y así caminamos veinte lunas, fuera ya del camino del reino, por parajes desconocidos para mí, y llegamos por fin a un cerro donde quebrado a tajo, había un abismo profundo a más de cien tallas de hombre, a mil tal vez, un bosquecillo llegaba hasta la cúspide, casi, que ascendimos. Entonces ella se detuvo y me dijo:

– ¿Ves esa piedra redonda? Levántala y entraremos por debajo de ella y serás feliz.

Me incliné para mover la piedra y sentí dos brazos fuertes que me derribaron. Levanté la cara y vi a Raurak Simi; el rey acudió a ella en ayuda del marido y entre ambos me ataron y llevaron hacia el borde del abismo, a cuyos pies, profundo el río extendíase como una culebrilla de plata. Oí entonces gritos de guerra y palabras quechuas; y a poco un grupo de soldados cuzqueños que se abalanzan y me libran. Habían sido mandados por tu padre con la consigna de seguirnos. La lucha fue sorda y difícil, porque salieron del bosque algunos de la tribu de Raurak Simi, y fueron al fin dominados por los soldados tahuantinsuyos. Por fin, quedó preso el rey y atados los servidores. Ella se detuvo muda. Los soldados ataron las manos del rey mientras le decían, la canción:


Traidorcillo

Traidorcillo,

Astuto como la zorra

Caerás al río.


Entonces esperaron mis soldados. Les hice ahí muda indicación y procedieron. Despojáronle de las ropas, afilaron sus cuchillos de hueso blancos y agudos y mientras uno teníale la cabeza, los otros tres soldados le colocaron un puñalillo en la garganta, otro en el corazón y otro en el vientre, y suavemente, suavemente, lentamente, fueron hundiendo las armas. La piel no cedía, se hicieron cónicas hendiduras en el cuerpo, hasta que la carne cedió a la agudeza de los puñales, rasgóse al fin y tres chorros de sangre mancharon la blancura de los puñales quechuas. La reina, muda y pálida, inmóvil, contemplaba el sacrificio. De pronto tuvo un impulso violento y cogiéndose a mi cuello me llenó de caricias y me indujo al bosquecillo. Respiraba aún el rey mirándome con una mirada inexorable y fría, y viendo cómo nos acariciábamos y cómo nos perdíamos en el bosquecillo hacia el amor...

Cuando volvimos aún tenía esa espantosa mirada y sus ojos velados y viscosos conservaban aquella intensidad de odio de los pumas iracundos. Su ensangrentada cabeza me miraba aún. Su cuerpo había sido arrojado al abismo. Los soldados quechuas me miraban en silencio y volvieron a afilar sus cuchillos. Ah, Majta Sumaj. Lo que sufrí en ese instante. En un momento pensé en huir con ella para salvarla del castigo inexorable, pensé en irme con mi reina salvaje a vivir entre las abruptas peñas, entre los carrizales espesos, en los valles tranquilos. Pero los soldados del Inca me miraban y creía leer en sus ojos un reproche a mis íntimos pensamientos. Ella estaba muda, colgada a mi cuello me llenaba de caricias ardientes. Entonces dudé. Pero luego pensé en el Inca, pensé que perdería mis honores, que mi descendencia sería maldita, mi casa arrasada, mis jardines cubiertos de sal y que mi cuerpo, una vez muerto, no podría jamás entrar en el palacio del Inti. Y dije con voz extraña:

–En nombre del Hijo del Sol, haced justicia soldados, a los enemigos del Imperio.

Ella me dijo:

–Chasca, ¡Chasca, Chasca! Ámame más, ámame una vez aún. Aunque después arrojes mi cuerpo al río o me dejes en la roca para que los cóndores se ceben, aunque cojas mis cabellos para tus trofeos y mi piel para tus tambores y mis dientes para tus amuletos, ámame, ámame una vez más, ámame más...

Y se colgó a mi cuello y sonidos inarticulados y roncos salían de su garganta fuerte y sus labios quemaban y estaban secos y sus ojos ardían con una extraña llama. Yo cedí y otra vez nos perdimos en el bosquecillo. Ah, Sumaj, ningún amor fue más fuerte que mi amor, que aquel amor. Nadie en el Imperio ha amado como yo amé a mi reina. Yo sabía que cuando la dejase su cuerpo sacrificado iría despeñándose desde lo alto hasta el río; sabía que su cabeza sería cortada y que sus duros senos se tornarían flácidos y serían devorados por los peces y los cóndores, y que nunca más volvería a sentir su aliento cálido cerca del rostro. Y ella jamás me amó como en aquella póstuma vez, con aquel amor de sangre y muerte, porque era salvaje, porque bebía sangre caliente, porque comía peces crudos, porque aquel era su último amor de reina y su último beso de mujer. Volvimos del bosque sin decir palabra y ella, tranquila, muy grave, desnudóse de sus atavíos y entregó su cuerpo a los soldados. Entonces los puños blancos hincaron suavemente, voluptuosamente, sus agudas puntas en la piel dura y elástica como un momento antes lo hicieran mis manos convulsas de amor. Los tres puñales señalaron la garganta, el seno y el vientre y fueron hundiéndose, lenta y trágicamente sobre las carnes amadas, en tanto que ella me miraba con amor y me decía con vehemencia:

–Bien sé, Chasca, que te comerás mi carne. ¡Eres dichoso! Con qué placer me habría comido yo la carne de tu cuerpo. ¡Ah, tu carne musculosa, sabrosa, como la carne de los peces crudos! Tu sangre caliente y roja. Pero, ¡Acuérdate de mí cuando te comas mis labios, mis senos, mis muslos! ¡Acuérdate, Chasca! Acuérdate de mí cuando sientas el sabor de mi carne dura, que yo quisiera sentirme entre tus dientes, entre tu sangre, entre tu cuerpo, ser tuya para siempre.

Le separaron la cabeza del tronco y el cuerpo fue arrojado al río. La noche se iniciaba. Los servidores me escoltaron con los trofeos ensangrentados, con las cabezas reales, y nos perdimos en las sombras. Las dos cabezas fueron obsequiadas a tu padre por mí, y hoy, a través del tiempo y la distancia, más allá de la vida y de la muerte, del amor y del olvido, las dos cabezas me miran aún, con su mirada inexorable. Chasca cogió la cabeza de la reina y llevándola hasta la suya, le dijo: – ¡Reina, reina, reina! ¡Me amas todavía! ¿Recuerdas, reina? Entonces dejó caer sin aliento la cabeza, que al chocar con el vestido de Sumaj, produjo ruido breve de cosa inanimada y deslizándose en el cordón, fue a juntarse con la cabeza del rey.

La luna caminaba en el cielo azul y diáfano. En la sala dialogaban, chisporroteando, los mecheros. En el mundo se sentía el silencio. Sumaj, impresionado, atrajo hacia sí a Chasca. El indio miraba como poseído la funesta cabeza evocadora que atisbaba imperturbable desde el cordón guerrero y Chasca musitaba entrecortadamente las palabras:

–Aunque arrojes mi cuerpo al río... Aunque tomes mi cabeza para tus trofeos y mis dientes para tus amuletos y mi piel para tus tambores y tus cuernos de caza... ¡Ámame más, una vez más!... Yo sé que te comerás mis labios, mis manos, mis músculos, y quisiera sentirme entre tus dientes, entre tu sangre, en tu cuerpo... Ámame, ámame más...

Un silbido se prolongó en la noche e hirió el silencio como un puñal. Los guardias se agitaron. Sintióse ruido de pasos y crujir de trajes en la habitación vecina. Hubo rozar de alas viriles. El noble y Chasca se pusieron de pie, y ante los guardias inclinados, entró el sacerdote con los brazos extendidos y dijo solemnemente:

– ¡Noble general del Imperio, Sumaj Majta, hijo de Umac Umu, gran sacerdote del Sol y de la Luna, ha llegado la hora del sacrificio! Tras él entraron los nobles y los parientes, los generales y los sacerdotes, los amautas y el arabeju familiar. Fue un desfile luminoso de colores, de piedras, de armas, de trajes y de plumas, el que pasó hacia el gran patio donde se elevaba el túmulo rodeado de guirnaldas que iba a recibir el sacrificio.

La luna estaba en el cenit, presidiendo los oficios, y a su luz, transparentes y verdosos, brillaban los ojos y los trajes en silencio. Y así se inició el rito, sin más ruido que el agitarse de las enormes alas del cóndor que se debatía, el chispotear de los mecheros olorosos y el eco lejano y manso del agua que lloraba desde el río, en el fondo del valle solitario.


(Este cuento incaico apareció en el diario La Crónica de Lima [1º de enero de 1919, pp 11-12], siendo una nueva versión del cuento “Chaymanta Huayñuy (Más allá de la muerte)” anteriormente publicado en el diario La Prensa de Lima [11 de enero de 1916, pp. 20-21]).

Nuria Cugota Gomez
Bachillerato gili y gaya
Escrito por Nuria Cugota Gomez
el 26/08/2010

Según cuentan, Mamá Galla era una mujer que vivía en las alturas del camino de Canta a Huamantanga; y a todo viajero que pasaba le engañaba con platos y manjares hechos con carne humana. Esta anciana tenía una hija y dos nietecitos a los que críaba aparte para que no vieran sus malas obras. Pero llegó un día en que no tenían nada que comer ni pasaba ningun pasajero y decidió matar a su hija. Pero sus nietecitos no la dejaban ni un momento sola; ella los mandó a traer agua en una canasta, pero los chicos no querían ir, pretextando no poder llevar agua en la canasta.

Entonces la vieja les dijo que fueran y taparan los agujeritos de la canasta con piedrecitas, a fin de que se demoraran y ella pudiera realizar su horrendo crimen.

Inmediatamente después que salieron los chicos, ella llamó a su hija y la degolló. Después de haber bebido su sangre la destrozó y la echó en una olla grande llamada pampana . Entretanto, los chicos llegaron del río y preguntaron por su mamá; la vieja les contestó que había ido a pastar los ganados y que volvería al día siguiente; pero los trozos de la madre desde la olla, con el calor del fuego, decían: Hijos del alma mía, escapad y dirigíos al cielo, que yo los ayudaré .

Los chiquillos al oír la voz de su madre ingeniaron la manera de huir y le dijeron a la abuela que les fuera a enseñar a llenar el agua de la canasta; pero ya en el camino se escondieron y regresaron. Cargando con los trozos de su madre emprendieron la huida. Y cuando ya la vieja les iba a alcanzar, el Arcángel San Miguel les envió una cadena para que pudieran subir por ella; la vieja también alcanzó a coger la punta de la cadena, pero un pajaro (el acacllo) la cortó con su pico y la vieja al verse en el vacío empezo a gritar: ¡Compadre zorro! Compadre zorro, tiéndete en el suelo paraque no me haga daño . El compadre zorro, muy amable, esperó la caída de la vieja; pero la vieja al caer en tierra se convirtió en una laguna y la laguna la ahogó.

También dicen que la laguna existe hasta ahora y que en el medio hay una piedra llamada Mamá Galla.

Nuria Cugota Gomez
Bachillerato gili y gaya
Escrito por Nuria Cugota Gomez
el 02/09/2010

YINCIHAUA (Leyenda Selk’nam) Todos los años en la primavera, las jóvenes mujeres onas se juntaban en una choza especial, para la importante fiesta llamada “yincihaua”. Acudían desnudas, con el cuerpo pintado y en sus rostros máscaras multicolores. Tenían gran imaginación para hacerse hermosos dibujos geométricos, que representaban los distintos espíritus que viven en la naturaleza. Ellos les daban los poderes que ejercían sobre los hombres. Ese día una de las niñas tomó con mucho cuidado un poco de tierra blanca y empezó lentamente a trazar las cinco líneas que pensaba pintar desde su nariz hasta las orejas. Las otras jóvenes trataron de imitarla, ya que las figuras en el rostro eran muy importantes. La fantasía de cada una se echó a volar y se pintaron de arriba abajo con armoniosas figuras. Unas a otras se ayudaban, pero para no ser reconocidas, se pusieron en sus rostros unas máscaras talladas. Blanco, negro y rojo eran los colores preferidos. En un momento dado, cuando ya estaban todas preparadas, salieron de la choza con grandes chillidos y mucho alboroto para asustar a los hombres que las esperaban afuera. La bulliciosa ceremonia se encontraba en su apogeo y todos daban gritos, cuando sobre el tremendo ruido reinante se escuchó una fuerte discusión entre el hombre- sol y su hermana, la mujer-luna. -Yo no te necesito- insistía con altivez la luna. -Sin mí, no puedes vivir- le contestó sarcástico el sol. -Perdería mi brillo quizás, pero seguiría viviendo. -Sin el brillo que yo te doy no vales nada. -No seas tan presumido, hermano sol. -Tú deberías ser más humilde, hermana luna. Y así siguieron la disputa como dos niños chicos. Todos los hombres se pusieron de parte del sol y las mujeres apoyaron a la luna. La discusión fue creciendo, creciendo y ni siquiera el marido de la mujer luna, que era el arcoiris o “akaynic”, pudo lograr que la armonía volviera a reinar entre la gente de la tribu. De pronto, un gran fuego estalló en la choza del “yincihaua”, donde las mujeres habían ido a buscar refugio cuando la pelea se hizo más fuerte. Allí estaban encerradas cuando las alcanzaron las llamas. Aunque el griterío fue inmenso, ninguna logro salvarse. Todas murieron en el incendio. Pero se transformaron en animales de hermosa apariencia, según había sido su maquillaje. Hasta hoy mantienen esas características y las podemos ver, por ejemplo, en el cisne de cuello negro, en el cóndor o en el ñandú. Afortunadamente ellas nunca supieron lo que había sucedido. Les habría dado mucha pena, porque fueron los propios hombres los que prendieron el fuego. Es que tenían envidia del poder que en el comienzo de los tiempos ostentaban las mujeres, y querían quitárselo.

Nuria Cugota Gomez
Bachillerato gili y gaya
Escrito por Nuria Cugota Gomez
el 07/09/2010


Achikee era una mujer que se había peleado con Dios.

Era su enemiga.

Una larga noche, dos niñitos no tenían nada que comer. Sus padres los dejaron perderse. Entonces caminaban en un lugar muy oscuro; encontraron una vieja que prometiéndoles una rica comida les hizo entrar en su casa. Envió a cada uno de ellos a buscar agua para cocinar papa. Cuando el hermanito regresó, Achikee le dio de comer piedras calientes, como si fueran papas sancochadas. Luego la malvada devoró a uno de los hermanos. El otro, tomando los huesos de su hermano, se escapó.

La vieja persiguió a la hermanita. Teeta MaTuco hizo caer una cuerda de lo alto. Por allá la chica subió. En el cielo Teete Mañuco hizo reconstruir los huesos del pequeño. Achikee subió también por la cuerda. Pero un ratón cortó la soga con sus dientes agudos. Cayendo Achikee gritaba: A la pampa, sobre la pampa... pero se estrelló sobre unas piedras peladas.

De su sangre nacieron por primera vez las zarzamoras, de su vestido rojo nacieron las plantas espinosas y todo lo que crece donde no se puede cultivar.

Tere Izquierdo Matilla
Licenciada en derecho, licenciada en s...
Escrito por Tere Izquierdo Matilla
el 09/09/2010

Maravilloso, este grupo es algo que me llena muchisimo por todo lo que estoy aprendiendo
muchas gracias
abrazos
tere

Nuria Cugota Gomez
Bachillerato gili y gaya
Escrito por Nuria Cugota Gomez
el 09/09/2010

Hola Tere, bienvenida y gracias por tus palabras. Aqui las colegas y yo hacemos lo que podemos. Es un placer que te guste lo que vamos poniendo.

Saludos

Beatriz Bassino
Enfermería profesional, administración...
Escrito por Beatriz Bassino
el 11/09/2010

EL SOPLO DE DIOS
(Leyenda Tehuelche)

Impulsados por los mandatos del destino, fuimos a parar al puesto de una viejo indio, que se decía descendiente de una testa coronada entre suyos.

Los caprichos de una maquinaria, que algunos llamaban automóviles pero que no pasaba de ser más que un burrito traga nafta, nos obligó a pasar unos días en el rancho maloliente del cacique, por derecho sucesorio.
Después de mucho trabajar y engrasarse, mi compañero de viaje, a fuerza de alambres y piolines habían hecho andar el motor, que parecía retozar sin acordarse de los muchos kilómetros andados y sufridos.
A la madrugada siguiente debíamos salir.
Al pretender despedirnos, el indio contuvo nuestra partida, diciéndonos:
- Es mejor no salir. He visto pasar el soplo de Dios que anda buscando gente que castigar...
- Y qué es eso del soplo de Dios? - le pregunté.
- Ustedes lo llaman remolino... Pero es Dios que sopla para castigar a los malos...
- ¿Conoce algún caso? -le preguntó mi compañero, que pocas ganas tenía de emprender el viaje.
- ¡A montones!
- ¡Cuéntenos alguno!
- Bueno, pero vayamos a la cocina. Y, entre mate y mate, les contaré la historia que mi abuelo me narró una mañana como esta.
Así lo hicimos. Y el indio nos contó:
Era entonces la época en que los tehuelches reinaban absolutos en la Patagonia. Con el triunfo de sus flechas y lanzas, habían expulsados a los araucanos que, infiltrándose por los pasos de la cordillera, habían fundado tolderías y establecido dominios.
El cacique tehuelche era gallardo y valiente. Su hijo había heredado todas sus bellezas. Por derechos de mando, su esposa era una beldad entre los nuestros - agregó el narrador.
El viejo cacique, reblandecido por los años y las luchas, se enamoró de su nuera.
Ella tomo a broma las ternezas del viejo.
Pero él, cada vez más enamorado, había llegado a concebir el crimen más horrendo: matar a su hijo, a quien, como rival afortunado, odiaba con todas sus fuerzas.
Una mañana, los hombres del toldo fueron a cazar. Cuando un huemul iba a caer bajo los dardos de los buenos arqueros, vieron que el viejo cacique dirigiría su flecha hacia su hijo.
Rápido y certero, Dios sopló para salvar de la infamia a la tribu, y a la tierra de un crimen. Furioso, bajó del Cielo el soplo que envolviéndolo lo elevó para arrojarlo contra las rocas que despedazaron su cráneo.
El soplo de Dios detuvo, aquel día, la mano un hombre, que se encontraba a punto de manchar con su propia sangre la gloria de su vida.
La joven pareja hizo la felicidad de los suyos, y de uno de sus hijos desciendo yo.

Lucy Isabel De Los Reyes Tovar
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Escrito por Lucy Isabel De Los Reyes Tovar
el 11/09/2010

Origen del Sariá (Pájaro del Chaco).

Había una vez un anciano chamán ciego de nacimiento que tomaba caldo de pescado, sentado en el suelo. Desde lejos le observaban dos traviesos jóvenes. Uno de ellos dijo al otro: Vamos a divertirnos con ese anciano.
El otro respondió que sí...
El anciano tenía en su mano el Poko Keckoc que usaba para tomar el caldo del Menglai. El más chistoso esperó que el Chamán llevara a su boca el poko Keckoc para hacerle tapuja para que el anciano se quemara en la boca. El otro repitió el acto derramando el cando en la cabeza del anciano. Repitieron eso mismo varias veces y se alejaban corriendo a reirse a carcajadas de él. El anciano se dio cuenta que eran los jóvenes los que se burlaban de él. Esperó que regresaran a repetir el chiste, se acercaban los dos jóvenes y el viejo Chamán les tiró con un Toka Kigui, luego sopló con todas sus fuerzas.

Se produjo un gran Toka kigui, fuego grande, los jóvenes empezaron a correr y el fuego empezó a seguirles. Uno de ellos fue alcanzado por las llamas y le quemó las piernas, mientrás que el otro subió a uno de los árboles pero le alcanzo el humo. El chamán enojado les castigó y les conviritió en Tamón Gek el que tiene pata roja y el Ya Tec, pata negra.

Beatriz Bassino
Enfermería profesional, administración...
Escrito por Beatriz Bassino
el 12/09/2010

Poema de Juan Condorcanqui a la Pachamama (Orureño).-



" Pachamama Warmi eterna, O fuente, O puerta del Sol,

de la que nació la luz para todos los ranchos

y los cerros del mundo.


Recoge en tu vientre este tu pueblo, mi corazón,

Sus llantos, sus tierras, sus minas despojadas,

O Mamala, Pachamama.



Que de tus entrañas ardientes de vida,

Retoñen mil corazones hermanos, mil amores,

Cien mil llamas y vicuñas, cien mil ayllus y un estrella,

Cien mil hijos de nuestras mujeres.



Te lo ruego por mi fe, por mi trabajo, que de tu seno materno

Pachamama, y por el vigor inmenso de los Mallkus,

Florezca en la pampa la flor de la quinua y renazca la hermandad de los aynis."



Nuria Cugota Gomez
Bachillerato gili y gaya
Escrito por Nuria Cugota Gomez
el 12/09/2010

Ahhhhhhhhh! 1 Beatriz, veo que conseguiste poner la imagen!

Muy Hermoso!


Lucy, buenvenida a este ringon, esperamos pronto nuevos aportes tuyos aqui.

Saludos