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Grupo de Tradiciones indígenas

Nuria Cugota Gomez
Bachillerato gili y gaya
Escrito por Nuria Cugota Gomez
el 13/06/2010

Canto de la huida

(De Nezahualcóyotl cuando andaba huyendo del señor de Azcapotzalco)

En vano he nacido,
En vano he venido a salir
De la casa del dios a la tierra,
¡Yo soy menesteroso!
Ojalá en verdad no hubiera salido,
Que de verdad no hubiera venido a la tierra.
No lo digo, pero…
¿Qué es lo que haré?,
¡Oh príncipes que aquí habéis venido!,
¿Vivo frente al rostro de la gente?
¿Qué podrá ser?,
¡Reflexiona!

¿Habré de erguirme sobre la tierra?
¿Cuál es mi destino?,
yo soy menesteroso,
mi corazón padece,
tú eres apenas mi amigo
en la tierra, aquí

¿Cómo hay que vivir al lado de la gente?
¿Obra desconsideradamente,
vive, el que sostiene y eleva a los hombres?

¡Vive en paz,
pasa la vida en calma!
Me he doblegado,
Sólo vivo con la cabeza inclinada
Al lado de la gente.
Por eso me aflijo,
¡Soy desdichado!,
he quedado abandonado
al lado de la gente en la tierra.

¿Cómo lo determina tu corazón,
Dador de la Vida?
¡Salga ya tu disgusto!
Extiende tu compasión,
Estoy a tu lado, tú eres dios.
¿Acaso quieres darme la muerte?

¿Es verdad que nos alegramos,
que vivimos sobre la tierra?
No es cierto que vivimos
Y hemos venido a alegrarnos en la tierra.
Todos así somos menesterosos.
La amargura predice el destino
Aquí, al lado de la gente.

Que no se angustie mi corazón.
No reflexiones ya más
Verdaderamente apenas
De mí mismo tengo compasión en la tierra.

Ha venido a crecer la amargura,
Junto a ti a tu lado, Dador de la Vida.
Solamente yo busco,
Recuerdo a nuestros amigos.
¿Acaso vendrán una vez más,
acaso volverán a vivir;
Sólo una vez perecemos,
Sólo una vez aquí en la tierra.
¡Que no sufran sus corazones!,
junto y al lado del Dador de la Vida.


Poneos de pie

¡Amigos míos, poneos de pie!
Desamparados están los príncipes,
Yo soy Nezahualcóyotl,
Soy el cantor,
Soy papagayo de gran cabeza.
Toma ya tus flores y tu abanico
¡Con ellos ponte a bailar!
Tú eres mi hijo,
Tú ere Yoyontzin.
Toma ya tu cacao,
La flor del cacao,
¡Que sea ya bebida!
¡Hágase el baile,
No es aquí nuestra casa,
No viviremos aquí
Tú de igual modo tendrás que marcharte.


Canto de primavera

En la casa de las pinturas
Comienza a cantar,
Ensaya el canto,
Derrama flores,
Alegra el canto.

Resuena el canto,
Los cascabeles se hacen oír,
A ellos responden
Nuestras sonajas floridas.
Derrama flores,
Alegra el canto.

Sobre las flores canta
El hermoso faisán,
Su canto despliega
En el interior de las aguas.
A él responden
Variados pájaros rojos.
El hermoso pájaro rojo
Bellamente canta.

Libro de pinturas es tu corazón
Has venido a cantar,
Haces resonar tus tambores,
Tú eres el cantor.
En el interior de la casa de la primavera
Alegras a las gentes

Tú sólo repartes
Flores que embriagan
Flores preciosas.

Tú eres el cantor.
En el interior de la casa de la primavera,
Alegras a las gentes.


Alegraos

Alegraos con las flores que embriagan,
Las que están en nuestras manos.
Que sean puestos ya
Los collares de flores.
Nuestras flores del tiempo de lluvia,
Fragantes flores,
Abren ya sus corolas.
Por allí anda el ave,
Parlotea y canta,
Viene a conocer la casa de dios.
Sólo con nuestros cantos
Perece vuestra tristeza.
Oh señores, con esto,
Vuestro disgusto de disipa.
Las inventa el Dador de la vida,
Las ha hecho descender
El inventor de sí mismo,
Flores placenteras,
Con ellas vuestro disgusto se disipa.

Soy Rico

Soy rico,
Yo, el señor Nezahualcóyotl.
Reúno el collar,
Los anchos plumajes de quetzal,
Por experiencia conozco los jades,
¡Son los príncipes amigos!
Me fijo en sus rostros,
Por todas partes águilas y tigres,
Por experiencia conozco los jades,
Las ajorcas preciosas…


Solamente Él

Solamente él,
El Dador de la Vida.
Vana sabiduría tenía yo,
¿Acaso alguien no lo sabía?
¿Acaso alguien?
No tenía yo contento al lado de la gente.

Realidades preciosas hacer llover,
De ti proviene tu felicidad,
¡Dador de la vida!
Olorosas flores, flores preciosas,
Con ansia yo las deseaba,
Vana sabiduría tenía yo…


Estoy Triste

Estoy triste, me aflijo,
Yo, el señor Nezahualcóyotl.
Con flores y con cantos
Recuerdas a los príncipes,
A los que se fueron,
A Tezozomoctzin, a Quaquauhtzin.

En verdad viven,
Allá en donde de algún modo se existe.
¡Ojalá pudiera yo seguir a los príncipes,
llevarles nuestras flores!
¡Si pudiera yo hacer míos
los hermosos cantes de Tezozomoctzin!
Jamás perecerá tu nombre,
¡Oh mi señor, tú, Tezozomoctzin!
Así, echando de menos tus cantos,
Me he venido a afligir,
Sólo he venido a quedar triste,
Yo a mí mismo me desgarro.

He venido a estar triste, me aflijo.
Ya no estás aquí, ya no,
En la región donde de algún modo se existe,
Nos dejaste sin provisión en la tierra,
Por esto, a mí mismo me desgarro.

Yo lo Pregunto

Yo Nezahualcóyotl lo pregunto:
¿Acaso de veras se vive con raíz en la tierra?
Nada es para siempre en la tierra:
Sólo un poco aquí.
Aunque sea de jade se quiebra,
Aunque sea de oro se rompe,
Aunque sea plumaje de quetzal se desgarra.
No para siempre en la tierra:
Sólo un poco aquí.


Percibo lo Secreto…


Percibo lo secreto, lo oculto:
¡Oh vosotros señores!
Así somos, somos mortales,
De cuatro en cuatro nosotros los hombres,
Todos habremos de irnos,
Todos habremos de morir en la tierra…

Nadie en jade,
Nadie en oro se convertirá:
En la tierra quedará guardado
Todos nos iremos
Allá, de igual modo.
Nadie quedará,
Conjuntamente habrá que perecer,
Nosotros iremos así a su casa.

Como una pintura
Nos iremos borrando.
Como una flor,
Nos iremos secando
Aquí sobre la tierra.
Como vestidura de plumaje de ave zacuán,
De la preciosa ave de cuello de hule,
Nos iremos acabando
Nos vamos a su casa.

Se acercó aquí
Hace giros la tristeza
De los que en su interior viven…
Meditadlo, señores,
Águilas y tigres,
Aunque fuerais de jade,
Aunque allá iréis,
Al lugar de los descarnados…
Tendremos que desaparecer
Nadie habrá de quedar.


Estoy Embriagado

Estoy embriagado, lloro, me aflijo,
Pienso, digo,
En mi interior lo encuentro:
Si yo nunca muriera,
Si nunca desapareciera.
Allá donde no hay muerte,
Allá donde ella es conquista,
Que allá vaya yo…
Si yo nunca muriera,
Si yo nunca desapareciera.


¿A dónde iremos?

¿A dónde iremos
donde la muerte no existe?
Mas, ¿Por esto viviré llorando?
Que tu corazón se enderece:

Aquí nadie vivirá por siempre.
Aun los príncipes a morir vinieron,
Los bultos funerarios se queman.
Que tu corazón se enderece:
Aquí nadie vivirá para siempre.


Lo Comprende mi Corazón

Por fin lo comprende mi corazón:
Escucho un canto,
Contemplo una flor:
¡Ojalá no se marchiten!


N o acabaran mis flores

No acabarán mis flores,
No cesarán mis cantos.
Yo cantor los elevo,
Se reparten, se esparcen.
Aun cuando las flores
Se marchitan y amarillecen,
Serán llevadas allá,
Al interior de la casa
Del ave de plumas de oro.


Con Flores Escribes…

Con flores escribes, Dador de la vida,
Con cantos das color,
Con cantos sombreas
A los que han de vivir en la tierra.
Después destruirás a águilas y tigres,
Sólo en tu libro de pinturas vivimos,
Aquí sobe la tierra.
Con tinta negra borrarás
Lo que fue la hermandad,
La comunidad, la nobleza.
Tú sombreas a los que han de vivir en la tierra.


En el Interior del Cielo

Sólo allá en el interior del cielo
Tú inventas tu palabra,
¡Dador de la vida!
¿Qué determinarás?
¿Tendrás fastidio aquí?
¿Ocultarás tu fama y tu gloria en la tierra?
¿Qué determinarás?
Nadie puede ser amigo
Del Dador de la vida…
Amigos, águilas, tigres,
¿A dónde en verdad iremos?
Mal hacemos las cosas, oh amigo.
Por ello no así te aflijas,
Eso nos enferma, nos causa la muerte.
Esforzáos, todos tendremos que ir
A la región del misterio.


¿Eres Tú Verdadero…?

¿Eres tú verdadero ( tienes raíz )?
Sólo quien todas las cosas domina,
El Dador de la vida.
¿Es esto verdad?
¿Acaso no lo es, como dicen?
¡Que nuestros corazones
no teman tormento!

Todo lo que es verdadero,
(lo que tiene raíz),
dicen que no es verdadero
(que no tiene raíz).
El Dador de la vida
Sólo se muestra arbitrario.
¡Que nuestros corazones
no tengan tormento!.


No en Parte Alguna…

No en parte alguna puede estar la casa del inventor de sí mismo.
Dios, el señor nuestro, por todas partes es invocado,
Por todas partes es también venerado.
Se busca su gloria, su fama en la tierra.
El es quien inventa las cosas,
Él es quien se inventa a sí mismo: Dios.
Por todas partes es invocado,
Por todas partes es también venerado.
Se busca su gloria, su fama en la tierra.

Nadie puede aquí
Nadie puede ser amigo
Del Dador de la vida:
Sólo es invocado,
A su lado,
Junto a él,
Se puede vivir en la tierra.

El que lo encuentra,
Tan sólo sabe bien esto: él es invocado,
A su lado, junto a él,
Se puede vivir en la tierra.

Nadie en verdad
Es tu amigo,
¡Oh Dador de la vida!
Sólo como si entre las flores
Buscáramos a alguien,
Así te buscamos,
Nosotros que vivimos en la tierra,
Mientras estamos a tu lado.
Se hastiará tu corazón.
Sólo por poco tiempo
Estaremos junto a ti a tu lado.

No enloquece el Dador de la vida,
Nos embriaga aquí.
Nadie puede estar acaso a su lado,
Tener éxito, reinar en la tierra.

Sólo tú alteras las cosas,
Como lo sabe nuestro corazón:
Nadie puede estar acaso a su lado,
Tener éxito, reinar en la tierra.


Canto de Nezahualcóyotl de Acolhuacan
(con que saludó a Moctezuma el viejo,
cuando estaba éste enfermo).

Miradme, he llegado.
Soy blanca flor, soy faisán,
Se yergue mi abanico de plumas finas,
Soy Nezahualcóyotl.
Las flores se esparcen,
De allá vengo, de Acolhuacan.
Escuchadme, elevaré mi canto,
Vengo a alegrar a Moctezuma.
¡Tatalilili, papapapa, achala, achala!

¡Qué sea para bien!
¡Que sea en buen momento!
Donde están erguidas las columnas de jade,
Donde están ellas en fila,
Aquí en México,
Donde en las obscuras aguas
Se yerguen los blancos sauces,
Aquí te merecieron tus abuelos,
Aquel Huitzilíhuitl, aquel Acamapichtli.
¡Por ellos llora, oh Moctezuma!
Por ellos tú guardas su estera y su solio.
El te ha visto con compasión,
Él se ha apiadoado de ti, ¡Oh Moctezuma!
A tu cargo tienes la ciudad y el solio.


Un coro responde:

Por ello llora, ¡Oh Moctezuma!
Estás contemplando el agua y el monte, la ciudad,
Allí ya miras a tu enfermo,
¡Oh Nezahualcóyotl!
Allí en las obscuras aguas,
En medio del musgo acuático,
Haces tu llegada a México.
Aquí tú haces merecimiento,
Allí ya miras a tu enfermo.
Tú, Nezahualcóyotl.

El águila grazna,
El ocelote ruge,
Aquí es México,
Donde tú gobernabas Itzcóatl.
Por él, tienes tú ahora estera y solio.
Donde hay sauces blancos
Sólo tu reinas.
Donde hay blancas cañas,
Donde se extiende el agua de jade,
Aquí en México.

Tú, con sauces preciosos,
Verdes como jade,
Engalanas la ciudad,

La niebla sobre nosotros se extiende,
¡Que broten flores preciosas!
¡Que permanezcan en vuestras manos!
Son vuestro canto, vuestra palabra.
Haces vibrar tu abanico de plumas finas,
lo contempla la garza
lo contempla el quetzal.
¡Son amigos los príncipes!

La niebla sobre nosotros se extiende,
¡Que broten flores preciosas!
¡Que permanezcan en vuestras manos!
Son vuestro canto, vuestra palabra.
Flores luminosas abren sus corolas,
donde se extiende el musgo acuático,
aquí en México.
Sin violencia permanece y prospera
en medio de sus libros y pinturas,
existe la ciudad de Tenochtitlan.
El la extiende y la hace florecer,
él tiene aquí fijos sus ojos,
los tiene fijos en medio del lago.

Se han levantado columnas de jade,
de en medio del lago se yerguen las columnas,
es el Dios que sustenta la tierra
y lleva sobre sí al Anáhuac
sobre el agua celeste.
Flores preciosas hay en vuestras manos,
con verdes sauces habéis matizado a la ciudad,
a todo aquello que las aguas rodean,
y en la plenitud del día.
Habéis hecho una pintura del agua celeste,
la tierra del Anáhuac habéis matizado,
¡Oh vosotros señores!
A ti, Nezahualcóyotl,
a ti, Motecuhzoma,
el dador de la vida os ha inventado,
os ha forjado,
nuestro padre, el Dios,
en el interior mismo del agua.


He Llegado

He llegado aquí,
soy Yoyontzin.
Sólo busco las flores,
sobre la tierra he venido a cortarlas.
Aquí corto ya las flores preciosas,
para mí corto aquellas de la amistad:
son ellas tu ser, oh príncipe,
yo soy Nezahualcóyotl, el señor Yoyontzin.

Ya busco presuroso
mi canto verdadero,
y así también busco
a ti, amigo nuestro.
Existe la reunión:
es ejemplo de amistad.

Por poco tiempo me alegro,
por breve lapso vive feliz
mi corazón en la tierra.
En tanto yo exista, yo, Yoyontzin,
anhelo las flores,
una a una las recojo,
aquí donde vivimos.

Con ansia yo quiero, anhelo,
la amistad, la nobleza,
la comunidad.
Con cantos floridos yo vivo.

Como si fuera de oro,
como un collar fino,
como ancho plumaje de quetzal,
así aprecio
tu canto verdadero:
con él yo me alegro.

¿Quién es el que baila aquí,
en el lugar de la música,
en la casa de la primavera?
Soy yo, Yoyontzin,
¡Ojalá lo disfrute mi corazón!


Pensamiento


¿Es que en verdad se vive aquí en la tierra?
! No para siempre aquí!
Un momento en la tierra,
si es de jade se hace astillas,
si es de oro se destruye,
si es plumaje de ketzalli se rasga,
! No para siempre aquí!
Un momento en la tierra.


Un Recuerdo que Dejo


¿Con qué he de irme?
¿Nada dejaré en pos de mi sobre la tierra?
¿Cómo ha de actuar mi corazón?
¿Acaso en vano venimos a vivir,
a brotar sobre la tierra?
Dejemos al menos flores
Dejemos al menos cantos


M onólogo de Nezahualcóyotl

Hay cantos floridos; que se diga
yo bebo flores que embriagan,
ya llegaron las flores que causan vértigo,
ven y serás glorificado.

Ya llegaron aquí las flores en ramillete:
son flores de placer que se esparcen,
llueven y se entrelazan diversas flores.

Ya retumba el tambor: sea el baile:
con bellas flores narcóticas se tiñe mi corazón.

Yo soy cantor: flores para esparcirlas
yo las voy tomando: gozad.

Dentro de mi corazón se quiebra la flor del canto:
ya estoy esparciendo flores.

Con cantos alguna vez me he de amortajar,
con flores m corazón ha de ser entrelazado:
¡Son los príncipes, los reyes!

La fama de mis flores, el renombre de mis cantos,
dejaré abandonados alguna vez:
con flores mi corazón ha de ser entrelazado:
¡Son los príncipes, los reyes!

Nuria Cugota Gomez
Bachillerato gili y gaya
Escrito por Nuria Cugota Gomez
el 16/06/2010

Qué es un atrapasueños?

Existe una leyenda proveniente de los indígenas lakotas de origen sioux que reza así:

Hace mucho tiempo cuando el mundo era aún joven, un viejo líder espiritual Lakota estaba en una montaña alta y tuvo una visión. En esta visión, Iktomi -el gran maestro bromista de la sabiduría- se le aparecía en forma de una araña. Iktomi hablaba con él en un lenguaje secreto, que sólo los líderes espirituales de los lakotas sabían entender. Mientras le hablaba, Iktomi -la araña- tomó un trozo de rama del sauce más viejo. Le dio forma redonda y con plumas, pelo de caballo, cuentas y adornos empezó a tejer una telaraña.

Hablaron de los círculos de la vida, de cómo empezamos la existencia como bebés y crecemos a la niñez y después a la edad adulta, para llegar finalmente a la vejez, cuando debemos volver a cuidar de los bebés, completando así el círculo.

Pero Iktomi dijo -mientras continuaba tejiendo su red- "en todo momento de la vida hay muchas fuerzas, algunas buenas otras malas. Si te encuentras en las buenas, ellas te guiarán en la dirección correcta. Pero si escuchas a las fuerzas malas, ellas te lastimarán y te guiarán en la dirección equivocada". Y continuó: Hay muchas fuerzas y diferentes direcciones y pueden interferir con la armonía de la naturaleza. También con el gran espíritu y sus maravillosas enseñanzas."

Mientras la araña hablaba continuaba entretejiendo su telaraña, empezando de afuera y trabajando hacia el centro. Cuando Iktomi terminó de hablar, le dio al anciano Lakota la red y le dijo: "Mira la telaraña es un círculo perfecto, pero en el centro hay un agujero, úsala para ayudarte a ti mismo y a tu gente, para alcanzar tus metas y hacer buen uso de las ideas de la gente, sus sueños y sus visiones. Si crees en el Gran Espíritu, la telaraña retendrá tus buenas ideas que descenderán por las plumas hasta ti y las malas desaparecerán al amanecer por el agujero".

El anciano Lakota, le pasó su visión a su gente y ahora los indios usan el atrapasueños como la red de su vida. Se cuelgan encima de las camas, en su casa para escudriñar sus sueños y visiones. Lo bueno de los sueños queda capturado en la telaraña de la vida y vive con ellos. Lo malo escapa a través del agujero del centro y no será nunca más parte de ellos.

Los atrapasueños o también llamados cazadores de sueños, se denominaban "Bawaadjigan" en el lenguaje Ojibwe de los sioux, quienes luego se dividieron en los Sante (Isanyati, los que viven cerca de Knife Lake), Dakota centrales y Teton (Lakotas).

Estas culturas sostenían la creencia de que los sueños eran mensajes del mundo espiritual. De esta manera, el atrapasueños funcionaba como un filtro de sueños y visiones, que protegía contra las pesadillas. Los Lakotas particularmente, llegaron a creer que el atrapasueños sostiene el destino de su futuro, y es propicio para la buena fortuna y la armonía familiar, aparte de los buenos sueños.

Dark Crow (foro Tradiciones Indigenas)
Psicologo clinico universidad autónom...
Escrito por Dark Crow (foro Tradiciones Indigenas)
el 16/06/2010

La lucha está ganada

Marceal Méndez Pérez



Muerte de un minero tras treinta años de trabajo, Cerro Rico,Bolivia
Fotos: Tomás Abella
"Si dejamos Bachajón fue por esta tierra. Así lo quiso Dios. Aquí está nuestro destino, donde se une el agua fría del Pajwuchil y el agua tibia del río Grande. Ya no podrán quitarnos estas tierras, la lucha está ganada. Aquel kaxlan ya no volverá, aunque regresara con el gobernador no le sería fácil corrernos. Nos quería mandar allá, al cerro K'ajk'em wits; pero allí no crecen bien las cosas, sobre el polvo de las piedras no enraiza el maíz ni el frijol, solamente zacates y algunas verduras, nada más. Por eso quiso convencernos a la fuerza para que nos fuéramos hasta allá, lejos; que abandonáramos este regalo de Dios: la tierra humedecida por arroyos, con su vegetación espesa que la decora con flores y cantos de pájaros. Su gran mentira no se escondió. Primero dijo en la asamblea que era orden del gobierno acaparar esta llanada. Varios días después, quería quedarse y pagar nuestra jornada para llevarse la cosecha a otra parte. Así supimos lo que había en su corazón. Entonces, yo convencí a la gente de que no convenía, que era un engaño. Él enrojeció de coraje, y frunciendo el ceño se alejó galopando de la pequeña plaza. Y de veras no conviene, hijo, lo debes de entender..."

­ ¡Petul! ¡Despierta, Petul!

Mi padre se sobresalta de la hamaca. Su mirada temerosa se clava en mis ojos y me inmoviliza en el asiento junto al fuego, donde escucho sus consejos.

­ ¡Petul! ¡Abre tu puerta, Petul!

La luz débil de una vela sobre la mesa palidece más su rostro. Voltea hacia el rincón donde mi madre enferma yace encobijada en un petate; se acerca indeciso a la puerta y aparta lentamente las tablas de corcho.

­ ¡Teófilo! ¿Qué te trae aquí tan temprano? ¿Por qué tiemblas, Teófilo?

­ ¡Hay varios hombres en la orilla del pueblo, allá por la laguna! También está el kaxlan, el que quería quitarnos la tierra, ¿Qué vamos a hacer?

Mi padre se calza los huaraches viejos y dobla su pantalón de manta hasta las rodillas; descuelga su machete del gancho junto a la puerta. Fija su angustiosa mirada sobre mi madre, se amarra la funda a la cintura y sale sin hablar. Descuelgo también el mío, y después de ponerme un par de botas manchadas de lodo, avanzo tras él por las calles empedradas todavía envueltas con niebla. Al llegar a la plaza, Teófilo sube a una mata de naranjo frente a la comisaría, y a la altura del techo de teja, hace un llamado con el mugido de un cuerno, provocando la algarabía de los zanates en otros árboles de la plaza.

Varios hombres se asoman dispuestos a cualquier cosa que suceda; pues saben que algo anda mal, no es común llamar a reuniones a tan tempranas horas; se dirigen al pequeño corredor de la comisaría donde hacen asambleas los domingos y ponen atención a las palabras de mi padre:

­Ha vuelto el kaxlan, vino a quitarnos la tierra... ¿Vamos a dejar que nos corran de aquí? Hemos vivido aquí desde que nuestros abuelos dejaron Bachajón hace mucho tiempo. ¡La defendamos, compañeros!...

El griterío de los hombres espanta a los pájaros de los árboles y vuelan despavoridos hacia todos lados. Sin perder tiempo, avanzamos tumultuosamente por la terracería rumbo a Tila, hacia la laguna. Algunas mujeres se asoman a la puerta de sus casas para vernos pasar, los perros gruñen y nos persiguen con ladridos por la carretera hasta las afueras del pueblo; nos detenemos en la piedra grande el Golol ton, el descansadero, y desde allí escuchamos las risas de los trabajadores. Al acercarnos a la laguna espesa, en cuya húmeda orilla un caballo negro come hojas tiernas, vemos a los hombres venidos de quién sabe dónde dando tajos y reveses al monte. El fuereño camina entre ellos, mirando prevenidamente a su rededor: su mirada se detiene en nosotros y, enrojeciéndose su rostro de ira o de vergüenza, reúne a su gente junto a él. Como si todos ellos hubiesen adivinado nuestros pensamientos, nos miran enfurecidos. Entonces nosotros, ciegos de coraje, nos acercamos. Ellos, obedeciendo a sus impulsos, avanzan contra nosotros. De pronto el miedo me inmoviliza: veo caminar a mis compañeros como si fueran solamente sombras, sin vida, arrastrados por una fuerza incontrolable hacia el encuentro con la muerte. Pareciera ser en un sueño verlos mezclarse con los fuereños, aferrarse uno al otro para tumbarse al suelo y forcejear... De repente vuelven mis sentidos, bruscamente, como si hubiese despertado de una pesadilla atroz, cercana y real... Me descubro a la orilla de la laguna, todavía inmóvil; veo cómo entre ellos se hacen heridas en brazos y piernas, escapan gritos lastimeros, algunos huyen aterrados por el monte y otros se retuercen empapados de sangre sobre la broza. El fuereño se interna en el cafetal, huyendo. Yo avanzo tras él, con una piedra en mano. Al verme desenfunda su pequeño machete y, antes de atacarme, la piedra se estrella en su cara. Cae ensangrentado. Lo arrastro del pescuezo hacia el claro del acahual, junto a su caballo que permanece indiferente. Le aprieto con fuerza, con coraje.

­ ¡No me mates! ¡No me mates, por favor! --balbucea trabajosamente.

Loco de ira, desenfundo el machete decidido a matarlo.

­ ¡Lekol, está muriendo tu tata! --grita alguien.

Un escalofrío me estremece. El hombre se zafa de mis brazos y corre despavorido hasta perderse en la espesura del camino. Algunos de sus hombres, perseguidos por mis compañeros, corren como mulas espantadas detrás de él. Me dirijo aprisa donde mi viejo agoniza, junto a heridos bañados en sangre que se arrastran por la broza.

­Hijo, escucha mi palabra, el dinero provoca sufrimiento... , en cambio, la santa tierra te alimenta --dice mi padre, jadeante, como si tuviera sed de aire, su cabeza se reclina sobre las piernas acuclilladas de Teófilo. Sangra una herida profunda en su pecho. La lucha está ganada... ¿Ves que ya no es fácil que nos quiten estas tierras? Nunca le tengas miedo a nadie, ni siquiera al gobernador. Si alguien poderoso te provoca, con la fuerza del pueblo... Arráncale el corazón.

En su última palabra, su alma sale agazapada para volar en la inmensidad interminable del espacio.

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Marceal Méndez Pérez es un narrador tseltal originario de Petalcingo, Chiapas. Este relato proviene de un libro inédito de próxima aparición. Es colaborador frecuente de Ojarasca.


Nuria Cugota Gomez
Bachillerato gili y gaya
Escrito por Nuria Cugota Gomez
el 17/06/2010

La lucha por la tierra es siempre desgarradora. De alguna forma esta en casi todos nuestros debates.

Nuria Cugota Gomez
Bachillerato gili y gaya
Escrito por Nuria Cugota Gomez
el 17/06/2010

EL CHAMAN Y LA LLUVIA
Pillanhue

El angosto sendero termina de golpe cuando el arroyo ensancha su cauce inundando los riscales de la ribera. De ahí sólo el verde trepa las altas paredes del abra rumbo al penacho nevado del volcán, donde el aire se vuelve llovizna cerca de las nubes.

Luego del arroyo, pequeños claros marcan el rastro difuso del camino hacia la cumbre, atrapados en la maraña de zarzales pertinaces, ñires* de monte bajo y líquenes que perfuman el aire húmedo y rumoroso.

Hacia el sur, donde la Cordillera del Viento precipita sus abismos azules, el vuelo del cóndor explora sus territorios como un papel quemado por las corrientes heladas.

Dos días para llegar a la cima, arriesgan a calcular los baqueanos. A mitad del camino, la angostura del Choroi* - como la llaman los indios- insinúa las escabrosas sendas que viboreando buscan las nacientes del arroyo, espesando aún más el monte impenetrable.

Al oriente, en los contrafuertes de la precordillera, la luz titila su resolana de cuarzo, mezclando los verdes intensos con los sepias de la montaña, hasta ponerlos violetas de lejanía. De a trechos el sol reluce su plata en el arroyo que se pierde tras los árboles para aparecer de nuevo cauce abajo, en débil reverbero antes que definitivamente se lo trague el horizonte.

Pillanhue*, el antiguo volcán duerme su sueño de siglos, esperando la ira de dioses olvidados, para regurgitar su demorado cataclismo. En sus laderas aún pueden verse las cicatrices hondas que los ríos de lava tatuaron la roca, como culebras escapadas de ese colosal caldero. Todavía, debajo del ropaje con que el monte invasor abriga su corazón de piedra, tiembla el magma su encierro, cual monstruo comido y vomitado desde lo más profundo del planeta.

En días claros, cuando las nubes abandonan su collar plumoso, el Pillanhue muestra su cráter oscuro. En su seno de dura artesanía, un lago cristalino refleja un cielo alto desde su pupila fabulosa.

Pocos conocen su secreto. Aventureros, buscadores de oro, fugitivos, merodearon sus dominios sin hollar su virginidad geológica. Dicen que solamente un hombre conoce cómo se llega...

Muchos lo intentaron. Algunos regresaron para relatar historias afiebradas de locura. Otros, nunca volvieron. Ese hombre, al que nombrar con recelo, nadie sabe bien de dónde vino y en dónde se puede encontrar... Brujo? , hechicero? , curandero? , loco? , ermitaño?... ¿Chamán*?.

En los fogones se sabe escuchar ese nombre que luego el miedo esconde en los rincones más secretos de los ranchos. Alguien lo suelta en la noche y en el fuego se queman esas sílabas con el chisporroteo de leña de ciprés.

Tintica

Cuando el invierno espesa el aire y el lago se vuelve hielo, Payún* sale de la caverna. Arropa su magra figura con cueros, apaga la fogata, carga sus secretos y cruza el lago que lo ve marcar el centro de su médula con el rastro de sus tranus*, que a cada paso parte en dos el silencio de las cumbres. Dicen que detrás del volcán, tan lejos que apenas se imagina, está el mar.

Que hay que bajar por desfiladeros tortuosos, viendo a la piedra en carne viva alimentar el frío de los ventisqueros, tapándole el ojo a las tormentas y velando de la montaña para que no se pierda.

A la distancia los picos de la cordillera prolongan en sombras sus aristas filosas, cortando en finas lonjas de silbidos la carnadura del viento del oeste. Entre un aire celeste se esfuman las últimas vértebras del espinazo del continente, antes de hundirse en el océano.

Todavía el verde muestra un tono tímido frente a la nieve eterna. Más abajo, renovado y vigoroso, cierra fila entre batallones de árboles quietos, para ser al final de la pendiente, el límite exacto entre el monte y un mar sereno.

Luego el paisaje se torna menos duro. El corazón amaina sus latidos. Se respira una brisa clara, cargada de fragancias nuevas que cuentan de fogones familiares, árboles aserrados, rumor de pueblo.

El pueblo es, desde la altura, al principio sólo una mancha que a medida que se desciende va tomando forma: casas de madera alineadas al borde de la calle angosta; la iglesia blanca frente a la plazuela de una cuadra por lado y los manchones de bosques entre los claros que deja la labranza.

Entre perros que salen a su encuentro y gente pobre que lo ver pasar como un sueño, Payún camina con los ojos cargados de mar.

El pequeño caserío se llama Tintica*, uno de los pocos nombres que los conquistadores españoles respetaron entre El Carmen y Nuestra Señora de Atocha. Tintica quedó prendido en la memoria como un delirio antiguo. Algunos viejos cuentan cómo murió allí la abuela de Payún quemada viva por hereje. La trajeron arrastrando –dicen- hasta el centro de la plaza. La crucificaron y le prendieron fuego. Dicen que ardió nueve días sin que el cuerpo perdiera su forma; se gastaron toda la leña seca y la vieja seguía entera, echando fuego por el hueco de los ojos.

Recién al décimo día, cuando una llovizna fina cubrió el caserío tapando sus celajes mortecinos, el cadáver comenzó a disolverse. Un agua negra corría desde las cenizas en dirección al mar, resumiendo el torrente en las arenas de la playa. La marea en cada ola se la tragaba en rítmicas bocanadas, hasta que sólo una mancha oscura, como de aceite, separaba el azul del mar y el horizonte. A ese sitio sabe llegar Payún para no olvidar lo que es.


Alguien vendrá del este

Payún sintió la luz de la mañana en la cara. Los rayos se filtraban por los intersticios de la roca hiriendo la oscura atmósfera de la caverna. En el centro aún boqueaba el fuego de la noche con un débil latido entre la ceniza. Arrimó leña nueva y pronto el frío de la piedra se replegó mansamente dando lugar a las llamas con sus serpientes inquietas.

Como cada amanecer, se quedó mirando esa lumbre con las pupilas encendidas por los misterios del humo y sus designios, buscando la secreta escritura de los antepasados, descifrando el mensaje que el fuego reflejaba desde lo más hondo del tiempo.

- Alguien vendrá del este... Memorizó en silencio. Afuera el canto de la diuca* se humedecía en el rocío de la cascada. El arroyo rompía su preñez de hielo en minúsculas partículas, fundiendo su canto melodioso monte abajo, despialando su acerado brillo.

Apenas los lengales* encendieron sus perfiles con destellos dorados, Payún marchó cauce abajo con un sol estrujándole sus amarillos en el rostro curtido.

Con recelo de puma descendía lentamente el sendero conocido sólo por sus pisadas, yendo al encuentro del legado que los antiguos le anunciaron como un destino inexorable.

En la otra orilla del arroyo, justo donde termina el camino que conocen los viajeros, estaba el hombre: Con el asombro asomado a los ojos, contemplaba la imponente silueta del Pillanhue, absorto por tanta maravilla.

- Vengo desde Cañadón Largo... Mi mujer está muy mal... Se me muere, lahuentufé*!

- Vamos... - dijo Payún secamente.

El rancho estaba al pie de una lomada. Todo era silencio. Adentro, entre unos jergones mugrientos se adivinaba a la enferma por los quejidos. Un olor agrio le golpeó la cara cuando traspasó la puerta y se encontró con su mirada baldía.

- Dejame solo... - le ordenó mientras se quitaba su tosco abrigo de cuero. Debajo del catre, como destilando la muerte, los orines de la enferma goteaban, cayendo como una lluvia monótona desde los tientos al suelo.

Payún tomó un cuenco y los juntó gota a gota. Suavemente sentó a la mujer y trago a trago se los hizo beber. Después le acomodó los cueros y le sacó con la mano el sudor que le caía de la frente. Un silencio denso, sólo quebrado por la respiración despareja de la enferma, cubría aquel ámbito de dura miseria.

El hombre regresó de desensillar el caballo que a un tiro de piedra ramoneaba los escasos coirones. En la cocina ningún sonido delataba la vida, como si el alma de esa gente se hubiera ido con el último humo que la chimenea soplaba hacia un cielo pálido y lejano.

Le costó prender el fuego. La leña verde le sahumaba la cara y ponía una neblina olorosa por el estrecho ambiente.

No bien las llamas vencieron la resistencia del humo, la claridad vacilante se trepó a las paredes devolviendo su forma a cada cosa.

Cuando se pudo ver, Payún ya no estaba.

Lejos, donde la tierra confunde su lomo alazán con las primeras estribaciones, se desleía su espalda untada de infinito.

Al amanecer desde la pieza de la mujer llegaban cortos reclamos.

- Demetrio,... Demetrio...

Entre sueños al hombre le parecía escuchar esa voz lo llamaba. Se había dormido sentado, cansado y triste, mirando las brasas agonizar en la cocina

Se incorporó de un salto y fue al encuentro de su mujer que lo esperaba parada cerca del catre.

La sostuvo entre sus brazos fuertes y la miró largamente. Como saliendo del fondo de esa cabellera desgreñada, la vida mostraba de nuevo su pujanza, en un agua limpia desbordada de los ojos.

Nuria Cugota Gomez
Bachillerato gili y gaya
Escrito por Nuria Cugota Gomez
el 17/06/2010

Payún

Laifil*, la abuela de Payún muerta en Tintica, había vivido largos años en un paraje al norte de Cruz Negra, en los primeros médanos del desierto.

Desterrada por los comentarios acerbos de un obispo, terminó confinada con su oficio de machi al sur, donde el mar lavaba su terrosa memoria.

Payún, sexto retoño de su hija soltera y de padre desconocido, vino al mundo con una barba tupida que le cubría todo el rostro uniéndosele a un pelo lacio como enjambre de avispas negras.

Para Laifil fue la señal. Ese niño endeble, contrahecho, era el elegido por los dioses para ser depositario del legado ancestral. Le costó caminar y adolescente, recién pudo pronunciar el nombre de su abuela, que desde que nació se apoderó de él y lo llevó a su choza solitaria.

Para ser chamán, se nace chamán.

Ella, que había viajado las cien leguas hasta Almejuelas para hacer llover luego de treinta años de sequía; que le pudo decir a Manuela Chávez, con sólo “leer” en la clara de un huevo de gallina que su hombre estaba vivo y andaba cuatrereando por Miraflores y no muerto como dijeron los de la partida; fue ella que al cuarto mes de nacido le abrió al niño el tercer ojo, con el que Payún podría escrutar más allá de las cosas.

En su mollera, antes que el hueso crezca y cierre su cráneo pequeño. Le puso el sagrado anillo de plata, puerta por donde pasará esa luz que sólo pueden recibir “los que no tienen sombra”, “los que sólo vieron sus rostros en los espejos de agua”, “los que caminan por el fuego”, “los que se lastiman y no sangran”, “los que saben encontrar la flor azul que hacer ver a los ciegos”, “los que ven más allá de los ojos”, “los que están siempre despiertos”...

Con el pasar de los días el duro aprendizaje: uno a uno los nombres de las plantas curadoras; juntar el melincolahuén*, esa agua sanadora que en neblina transpira la cascada; largos ruegos penitentes; el ayuno doloroso, con la lengua clavada al canelo* patriarcal, para ver entre lágrimas las primeras visiones.

Hasta que un día, en el mismo sitio donde los dioses antiguos saben bajar transformados en hualas*, el iniciado enfrenta su prueba definitiva.

Acostado sobre un matrón, los brazos pegados el cuerpo, los ojos cerrados, los pies juntos y orientados al naciente. Ningún músculo se mueve. A su lado la vieja machi* golpea el pequeño tambor acompañando un canto monocorde y misterioso.

Nada de lo que dice es palabra conocida.

A medida que se acelera el ritmo, su voz aguda aumenta el volumen de ese canto lastimero hasta que, como en un estertor eléctrico, se desploma como fulminada por un rayo.

En ese instante, al cuerpo de Payún le acomete un temblor hondo y una resolana brumosa desdibuja su figura dormida.

Poco a poco el cuerpo se volatiliza y un viento luminoso se lo lleva por encima de los árboles.

A esa misma hora en la playa de Tintica, otro Payún arrodillado, de cara al oeste –donde moran los difuntos- mira como el mar le devuelve a Laifil, su abuela muerta.


Como el caer de una estrella

Luego de la trágica muerte de Laifil, nada fue igual en Tintica. Era como si Dios,

desde entonces, transitara tan pobre y necesitado como los paisanos y mestizos que comparten

sus vidas y esos designios ineludibles.

A todos aquellos que arrimaron leña a la hoguera, la machi muerta les recordó la crueldad con lúgubres señales.

A Primitiva Huenchocoy en días que el viento del oeste parecía dormido sobre un mar aceitoso, un aire repentino le cerraba puertas y se prolongada en quejido ronco que sólo ella oía. Un frío de tumbas se instalaba en sus huesos a pesar del sol quemante del verano. Le buscaron remedio pero nada le curó ese temor al fantasma que cerraba puertas y ponía hielo en su sangre. Enloquecida, en una marejada grande, nadie la oyó perderse entre el estruendo de las olas. Apareció ahogada, con los ojos arrancados, en la playa donde Payún suele regresar a encontrarse con su abuela.

A Secundino Gamín, por las noches, manos huesudas y heladas le recorren la espalda para robarle el sueño y alejarse luego con pasos que no dejan rastros a la luz del día.

El sabe esperar despierto... Y nada. Es cuando lo vence el sueño que la difunta lo despierta y se aleja de repente dejándolo estaqueado por un miedo torturante.

A la Vicenta Ainol la locura le fue llegando despacio, como una agonía perezosa y cruel. Veía como un ñamco* posaba sus redondas pupilas en la ventana y luego le daba el lomo como señal de desgracia antes de marcharse. Ella lo miraba y gritaba su angustia, sin que nadie pudiera jamás ver al aguilucho pecho blanco. Así una y otra vez... Meses, años.

Una noche se levantó y fue al encuentro del ave. Al aclarar la encontraron colgada de la cumbrera con un tiento al cuello y los pies a una cuarta de la pila de leña que amontonó para subir y ahorcarse.

Otros cuentan que ven una luz que baja de los montes y recorre la calle principal hasta llegar al centro de la plazuela. Ahí se detiene algunos instantes para iniciar luego una frenética danza, hasta convertirse en remolino de fuego. Lentamente va perdiendo fuerza y, ya débil, enfila hacia el mar donde la noche se la traga. Un penetrante olor azufra las sombras del pueblo quieto. En cada casa, un soplo húmedo apaga velas y candiles, mientras que afuera, no lejos de los cercos, los perros torean extrañas figuras que más tarde se repliegan arrastrándose con ruido de cadenas.

Hace un tiempo marcharon en busca del cura de El Carmen. El cura vino casi de mala gana y luego de un largo sermón que culpaba a demonios y pecadores por las penurias del pueblo se llegó, hasta el centro de la plaza y bendijo el sitio con agua santa. Todos se santiguaron a un tiempo y con gestos de recogimiento lo acompañaron de regreso a la iglesia. Después de la partida del padre Ovalle, una calma pesada envolvió al caserío.

Sin embargo, algunos dicen que vieron sobre el mar, como el caer de una estrella, aunque muy cerca de la playa y con un brillo extraño.

Dicen que suele aparecer cada vez que muere alguno de los que crucificaron y quemaron viva a Laifil, la abuela del mago Payún.

Nuria Cugota Gomez
Bachillerato gili y gaya
Escrito por Nuria Cugota Gomez
el 17/06/2010

Laifil

Arrodillado, juntando las palmas de las manos como guardando en un cofre las cruces que entre las líneas de la vida y de la muerte, marcaban a sangre su destino, Payún entró en trance para ver llegar a Laifil en su canoa desde algún lejano laberinto. Se le aparecía brumosa, ajada la piel por tantas intemperies, las manos sarmentosas de tejer interminables matrones, por hablarle desde su boca pequeña, arrugada, hundida, como una puñalada dada en un cuero..

- Nada de lo que vez, es como lo vez... - le decía. Hay que entender lo que dicen los que habitan el misterio para no errar el camino. Nada de lo que se ve es eso en realidad –repetía. La mente no puede distinguir qué es realidad y qué es fantasía. Por eso debes usar tu instinto, esa parte animal que tienes para entender a la madre tierra. Cuando no se usa el instinto sólo se ve lo que se desea ver, no lo que hay que ver en realidad.

Recuerda que para tener todo, primero debes quedarte sin nada. Nada de lo que la gente cree que es suyo le pertenece; el hombre sabio, Payún, es aquel que poco o nada tiene. Que cuando marcha, todo lo esencial lo lleva puesto.

Las mariposas son en verdad ilusiones de jóvenes vírgenes desaparecidas; los sapos, espíritus de gente quemada y no sepultada; las víboras, hembras adúlteras que se cruzaron con machos de otras especie; los pájaros sólo son pensamientos: negros, blancos, de colores. Verás pasar a la gente dormida caminando feliz hacia su despeñadero. Están dormidos, por eso no te ven ni pueden sentir el fuego, o la piedra, o la nieve, o el cuchillo, o el lazo, o la peste que los matará.

Te llamarán mago Payún–le decía- porque dormidos, creerán ver lo que tú quieras que vean o sientan y será tu voluntad medir en ellos el bien y el mal, la noche y el día, como la vida y la muerte.

Antes de lograr abrir los ojos, vio como la anciana subía a la canoa y remando parsimoniosamente se alejaba rumbo a Mocha*, la isla que según los antiguos, es el lugar donde residen los espíritus.

Con la boca reseca por sales y vientos, cargándose el crepúsculo como un poncho, marchaba caviloso por la calle entre caminantes que lo atravesaban como a una transparencia , sin imaginar su presencia entre las voces y ruidos de la aldea.

Con el último rayo de sol colgado de su rostro indio, dejaba atrás las casas grises que al final del caserío se fundían con las primeras manchas de monte, antes que la montaña se apoderara del valle con su mole imponente.

Arriba, del otro lado de la cordillera, luego de cruzar el costado sur del Pillanhue y reconocerse en el espejo esmeralda de sus aguas, le aguardará la caverna y su abrigo de minerales antiguos y los mensajes que el fuego le develará en luz cuando la fogata abra su cerrado párpado de cenizas.

Rinconada

Todo era viejo, desgastando por ese viento arenoso puliendo los perfiles de casas abandonadas hace tanto tiempo.

La iglesia sin cura, amontonaba un médano bajo frente a sus gruesas puertas cerradas, en un silencio macizo sólo roto por alguna campanada fuera de hora, cada vez que una ráfaga de viento norte movía y golpeaba el negro badajo, colgante como testículo de toro.

Por el callejón principal de Rinconada suele pasar la historia como una anciana ciega sin detenerse. Fue obligado descanso de las tropas revolucionarias en su tránsito al norte y parada de mercaderes, bandoleros y contrabandistas de frontera.

Algunos aseguran que el mismísimo Brigadier General Don Estanislao Lezcano, hizo noche en la víspera de la batalla de El Quemado, velando las armas antes de aquel sangriento combate que sembrara de muertos el valle y signara para siempre la suerte de la gesta emancipadora.

Y hasta se dijo que el Coronel Robustiano Campos, caído en esa pelea, fue enterrado por sus soldados en el cementerio, pero no se sabe dónde, pues nunca se conoció el lugar de su tumba. Pero eso fue hace un siglo!

De aquellas cincuenta familias, hoy quedan algunos viejos con los ojos grises de ver por siempre tanto desamparo. Y la Cándida Moraga con su hijo enfermo, en esa casona blanca delataba por un humo sin forma que repta un cielo ceniciento, como el último pulso de la vida en aquellas desolaciones.

En horas que el viento para, en el erial que cobija a los muertos entre picas bajas, las cruces tapadas ocultan el nombre de alguna historia familiar ajada de olvidos largos. Pero el mismo viento sabe escarbar los arenales y entonces las cruces muestran los apellidos de aquellos huesos tristes: Amaranta Solís (q.e.p.d. ), Alejandrino Quenao (q.e.p.d. ), Domitila Soca (q.e.p.d. ), Porfidio Curinao (q.e.p.d.)...

Por la entrada despareja, seguida por la mula que sin esfuerzo cargaba al pequeño jinete, Laifil caminaba con la vista fija en ese humito parado en el aire, que le señalaba el final de aquel largo viaje.

Un zaguán estrecho terminaba en el patio de baldosones rústicos desde donde una galería espaciosa daba sombra a las habitaciones que en hileras, conformaban aquella construcción que fuera almacén y fonda en tiempos mejores.

Cuando sus anteriores ocupantes la abandonaron, Cándida escondió la peste de su hijo entre esos muros de tres jemes de anchura. En esa penumbra de socavón, un niño con rostro de viejo miraba deslumbrado el chorro de luz que le acuchillaba los sentidos, iluminando esa carcoma oscura que le masticaba las entrañas.

Laifil lo contemplaba callada, como quien se asoma luego de un derrumbe. Al fin dijo:

- Me llamaron tarde. Esta criatura no tiene remedio... Ya huele a podrido el pensamiento – murmuró la machi como un rezo – No creo que pase de esta noche...

Unas manos piadosas le cerraron los ojitos para devolverlo a las tinieblas.

Al otro día, con el sol pintando de fuego las crestas de las serranías, la machi seguida de la mula y el pequeño Payún montado, le daban la espalda al caserío, mientras un viento nuevo, recién venido, amontonaba arena junto a la cruz del angelito.

Pirquinero

Agachado como estaba sobre las aguas, apenas si pudo ver la figura reflejada que se deformaba llevada por la corriente. Al levantar la vista, se encontró de golpe con Payún que lo observaba desde la orilla.

Lentamente el buscador de oro se enderezó. Desde la batea, una breve catarata rubia de agua y arena cayó para perderse entre el rumor de cauce andando.

-Buenas... - alcanzó a decir, aún metido hasta las rodillas en el arroyo.

Payún levantó un brazo en mudo saludo y se quedó inmóvil, como quien no termina de entender lo que está viendo.

El hombre caminó el trecho que lo separaba de la orilla con los ojos fijos en la silueta morena, aparecida de la nada.

Cuando estuvo cerca, la mirada del indio se había puesto lacia.

-Hace tres días que lavo... Y ni una chispita! Parece prometedor el sitio pero, hasta ahora... Vengo de Farellones y comentan los mineros que en la naciente de este arroyo hay oro. Y usted, ¿Qué anda haciendo por aquí?

- Vine a oír el ruido de la lluvia –dijo Payún para volver a adentrarse en un mutismo prolongado.

- Me llamo Joaquín Meneses –comentó el pirquinero* acuclillado junto al fogón de piedras bochas que encerraban un fuego de leñas menudas.

- ¿Ha encontrado oro, aquí?

- No busco oro, no lo necesito... Respondió el mago.

Meneses lo escuchó como a una voz lejana y sin sentido. Antes que pudiera ordenar sus pensamientos, Payún agregó:

- Nada se puede conseguir con oro. El oro es el sudor sagrado del volcán y quien le roba al Pillanhue sólo puede esperar desgracias!

El hombre contuvo una risa que pudo ocultar gracias al pretexto de ir por leña para el fuego agonizante. Cuando regresó, el moverse de algunas ramas le señalaron el rumbo por donde se había marchado aquella extraña aparición.

Un sol nuevo entibiaba el aire fresco. Meneses se desperezaba fuera de los cueros. El vapor de la respiración le mojaba la barba hirsuta con una neblina tornasolada, mientras las frías aguas del chorrillo, entrechocaban sus perlas líquidas como una música venida de los sueños.

En jornadas largas, repetidas, de sol a sol, con voluntad obsesiva, fue sacándole el lecho sus lágrimas doradas. Una a una las guardaba en aquella bolsita de curo sobado, hasta que el tiento que la cerraba apenas podía atarse.

Ese mediodía, cansado de lavar en vano toda la montaña, decidió, que ya estaba bueno, que era tiempo de descansar, de festejar por todo esa quincena metido en el agua sin más cielo que ése, que se reflejaba siempre yéndose.

- Si le doy tranco sin parar, antes que se ponga oscuro puedo estar en Cañadón Huemul –meditaba mientras terminaba de acomodar los trastos, pregustando ese aguardiente fuerte que sirve en el boliche del vasco.

Mientras rumiaba estos pensamientos, desde el oeste un nublado plomizo, como de pólvora, tapaba las formas de la montaña. Un silencio hondo, pesado, preanunciaba la nevada. Los animales del monte mostraron temprano esa ansiedad que los intranquiliza en cada cambio de clima. Meneses no sabía que cuando los pilquines* se alborotan no siendo época de celo, es seguro que nevará. Con los pies arrimó tierra al fuego hasta sofocarlo. Orinó cerca del agua y se puso a caminar feliz, sintiendo la bolsita con el oro apretada entre la ropa y las costillas. A poco de andar la tarde mostraba un cielo sucio y los primeros copos le caían sin ruido por la espalda. Lo que fue apenas una llovizna gruesa, se transformó de pronto en un desierto blanco sin orillas, por donde caminó sin rumbo hasta que el más profundo, lo puso a un paso del delirio. Lo último que vio fue una enorme víbora, que abarcaba hasta donde la nieve le dejaba ver, que lo atrapaba y hundía en una negra y fría oquedad sin límite. Cuando lo hallaron, Meneses estaba desnudo. Dicen que cuando se ahogó en el Arroyo de las Vueltas en aquella nevada grande, la correntada le fue quitando a puro golpe de agua y risco todo lo que llevaba. Que todo se lo llevó el agua, menos a Meneses que parecía dormido, no muerto.

Nuria Cugota Gomez
Bachillerato gili y gaya
Escrito por Nuria Cugota Gomez
el 17/06/2010

Esa flor azul

Javier Etchemaitechea le pasaba un trapo al mostrador tratando de limpiarle esa pátina oscura que el uso y los años le untaron a su hosco maderamen.

En Cañadón Huemul –parada de carros y chatas- su boliche reunía a los pocos pobladores de la zona y viajeros que desde septiembre a marzo, se animaban a transitar aquellos huellones marcados a puro invierno en la piel nativa del páramo.

Javier miraba la lluvia empañar la mañana fría, con esa garúa obstinada que llevaba cuatro días seguidos sin parar, como quien acepta resignando un veredicto irrefutable. Esa llovizna tenaz, que apenas le permitía ver hasta el palenque solitario, parecía mojarle la única región a salvo de aquella tempestad obcecada: los recuerdos.

Se veía joven, recién llegado, con esa desmesurada vastedad extendiéndose antes sus ojos azorados. Sus primeros trabajos, largos arreos, los primeros pesos, duros inviernos esperando a la vida en estrechos fogones de dilatadas estancias inglesas, privaciones, algún amor pasajero que sólo dura la plata de un mensual cuando baja a los pueblos de las costa. Esquila, baños, señalada, desierto, soledad...

Hasta que llegó el día en que un paisano suyo le ofreció el boliche y juntando los ahorros de años a las ganas de quedarse por algún tiempo en un solo sitio, se le animó al oficio de bolichero.

Y aquí lleva treinta años viendo pasar todos los días entre arrieros quemados de intemperie, troperos tallados de vientos, indios melancólicos, oportunos mercachifles, puesteros llenos de olvidos.

- Una grapa, don Javier... Qué va a tomar Ud.?

- Pa’ mí una caña dulce y un vino pa’ mi compañero.

- Traigo cuero e’ zorro... Once traigo...

- Vasco... Una ginebra doble!

Un ruido que venía de esa lluvia mansa le devolvió la conciencia. Vio entonces al bulto que trataba de encontrar el hueco de la puerta, soltando briznas de agua su haraposo ropaje. El recién llegado tanteaba el piso con una vara corta que hacía de bastón y se guiaba tocando los objetos que encontraba a su paso o los sonidos que le indicaban la presencia humana en ese rumbo. Cuando logró entrar, cerró la puerta tras de sí y se quedó inmóvil por unos segundos esperando percibir nuevos mensajes. Caminó hasta el mostrador al mismo tiempo que se quitaba la boina negra y preguntaba... –Hay alguien aquí?

- Qué día para salir de recorrida, don Hilario! –espetó el vasco sólo por decir algo; luego agregó –Desde que se le dio por llover finito, no he visto gente; debe estar mala la huella.. Suerte que vino Ud. Para conversar y no estar solo, aburrido de ver garuar!

- Me han dicho que Ud. Sabe donde se le puede encontrar al curandero, que sabe venir por aquí... Que Ud. Sabe... –dijo el ciego secándose las últimas gotas de la cara con el dorso de la mano.

- Ah! Payún!... Hace como un año que no baja. La vez pasada lo fueron a buscar cuando la mujer de Demetrio Magariño estuvo tan enferma. El la curó sólo con verla... De palabra. Pero hay que ir hasta donde termina el camino que lleva al volcán, justo donde el Arroyo las Vueltas nace de los chorrillos. Ahí hay que prender fuego y esperar que baje. Eso dicen...

- Gracias, don Javier –dijo el ciego enfilando hacia la puerta, con la vara adelantándose a su paso vacilante. Salió del boliche para desaparecer tapado por la cerrazón.


Payún miró el humo subir recto, sostenido en la quietud de la mañana como un pabilo blanco sobre los árboles. Tapó con ramas la boca de la caverna y marchó aguas abajo.

El ciego sentado junto al fuego, adivinaba ese sol joven salido de la tierra que le calentaba la cara y le ponía un reverbero lila en sus pupilas opacas.

Sintió de golpe la mano del indio apoyarse en su hombro. Ningún ruido había denunciado su llegada. Giró la cabeza preguntando...

- Quién anda ahí?

- Payún –contestó el chamán con voz apenas audible.

- He venido a verlo porque quiero que me cure. Soy ciego.

- Ya lo sé... Sé también por qué perdiste la vista. Si encuentro esa flor azul que Elchén* guarda para dar luz a los ciegos, volverás a ver. Si no la encuentro, nunca más verás.

Ahora vuelve por donde viniste y por ninguna causa regreses a este sitio –le sugirió para quedar en silencio.

- Gracias, gracias Payún! –expresó el ciego extendiendo los brazos en busca del chamán, pero nada encontró. Nadie respondió a sus palabras.

Lenta, dolorosamente avanzaba el ciego, tropezando, cayendo y levantándose para caer de nuevo sobre el áspero suelo.

Días enteros de penosa marcha regreso a Cañadón Huemul, con la esperanza abrigándole su corazón fatigado, sobreviviendo a lo más hondo de su noche.

Primero fue como un lejano deseo de llorar que se derrumbaba de sus ojos dormidos. En el cristal líquido de la lágrima, un arco iris difuso le iluminó los sentidos con minúsculo relámpago, tornándose de a poco en una visión acuosa, estremecida por flechas luminosas que fueron dando color a cada cosa: al principio, el camino, luego las casa y por último la gente.

Hilario lloraba. Era esa la forma más rotunda de lavar tanta oscuridad.

En la caverna el chamán miraba el fuego, perdido en lejanos territorios, mientras la flor azul que Elchén guarda para dar luz a los ciegos, le azulaba la negra obsidiana de sus ojos.

El último viaje

Mientras caminaba hacia el mar, Payún presentía que éste sería el último encuentro con su venerada abuela. Algo muy íntimo, visceral, asomado de los confines de la sangre, le avisaba de aquella pérdida, signada por un atavismo milenario.

Laifil, que después de muerta parecía seguir envejeciendo, se le apareció armada de la postrera hechura humana. Esa que en cien años de existencia terrena la maceraba enjuta y macilenta, como una grotesca crisálida detenida en el tiempo de otra esfera.

La canoa parecía no tocar el agua, apoyada sobre un vapor brumoso. Se detuvo próxima a la playa, empujada por el flujo del mar sin que la anciana realizara esfuerzo alguno.

Una fuerza invisible a los ojos movía silente al pequeño navío, donde navegaba esa capitana decrépita, haciendo puerto en su último viaje por este mundo. Regresaba par entregar los restos de aquella antigua magia de chamanes a su nieto, a que los mortales nombran mago Payún.

Volvía para borrar sus rastros terrestres, antes de convertirse definitivamente en susurro de caracolas marinas.

Payún anhelante, sumido en el trance más profundo, iba al encuentro de Laifil. Sin que abriera la boca, la voz de la vieja machi salía clara, aumentada por un eco metálico, escapado luego de pasar por tortuosos meandros subterráneos.

-Los antiguos chamanes, fueron peregrinos venidos del norte, tan al norte donde la tierra se estrecha en una lonja angosta, en la frontera con los hielos eternos. Mi abuela Paineco* contaba esta historia, Payún.

Que cuando los viajeros llegaron, los días eran largos y tibios y los inviernos cortos y templados; que abundaban animales y plantas; que había buenas pariciones cada año: las hembras parían hijos sanos. Nadie peleaba con su hermano; nadie le quitaba la tierra o su alimento al otro. No había enfermos y la gente moría muy anciana.

Pero en medio de tanta riqueza fueron olvidando a sus dioses, y fue entonces que el sol perdió ese brillo que fecundaba a la madre tierra con hasta dos cosechas anuales. El aire se puso frío y llegaron las lluvias interminables, que arrasaban poblados enteros, emplazados en las márgenes de los ríos. Cuando cesaron las lluvias, el sol, ya frío, las convertía en nieve, en hielo que al no derretir el sol, secaba los ríos y esa sequía extendía luego su sed a comarcas enteras.

Entonces el hombre por hombre mataba; uno, para quitar, mataba! , el otro, mataba para no dejarse quitar!.

La gente enfermó y poco a poco la tierra generosa se transformó en desierto. Tarde llegaron las rogativas y sacrificios humanos!.

Sólo quedaron las enseñanzas que trajeron aquellos peregrinos para salvar a los últimos náufragos!.

Y tú Payún serás el que cierre para siempre ese ciclo de muerte.

Por algún tiempo pareció callar y desaparecer entre la bruma. Sin embargo su voz llegaba nítida, como si la vieja machi le estuviera hablando al oído, tan cercana que podía tocarla si quisiera.

Desde su cuiminquelén* le oyó decir...

-Pronto vendrán forasteros para adueñarse de la tierra. Cortarán los árboles para usar madera y envenenarán las aguas de lagos, ríos y arroyos y llenarán de humo y pestilencias el aire de los campos. Vendrán para matar por el gusto de matar los animales del monte. Ellos serán los adelantados del más poderoso huecufú* que se conozca, que extenderá su poder maligno desde los hielos del norte hasta los hielos del sur.

Entre esa gente deberás vivir, Payún!.

Hasta que el volcán, origen de todas las anunciaciones , explote la furia contenida de los dioses, arrasando con las herejías de los hombres.

Cuando abrió los ojos, el mar se había retirado. Las aves marinas surcaban un cielo rosa, garabateando en las alturas sus letras minúsculas. Una mancha oscura, como de aceite, se fundía con el horizonte.

Nuria Cugota Gomez
Bachillerato gili y gaya
Escrito por Nuria Cugota Gomez
el 17/06/2010

El grito

Siguiendo los repliegues escabrosos por donde la cordillera declina su mole india en quebradas profundas, el caminante se dejaba llevar por sendas casi borradas que cabras salvajes y huemules labraban a fuerza de pezuñas en los riscales de las cumbres.

Venía de Zaino Cahuel*, con ese rumbo que según los dichos de un trashumante lo llevaría al encuentro del curandero que habitaba algún remoto paraje andino.

Sólo con lo puesto marchaba animado por una energía escondida, recóndita, que le calentaba la sangre y lo empujaba desde lo hondo de su instinto mestizo.

Lorenzo Ñelay era bajo, de cara ancha y oscura, sombreada por una cabellera negra y dura que, indócil, le caía hasta sus hombros fuertes. Hijo de la montaña, era capaz de caminar días enteros sin mostrar fatiga, alimentándose con lo que cazaba, algunos piñones y frutos silvestres. Había perdido la cuenta de las jornadas que llevaba caminando, decidido a encontrar a ese mago que llaman Payún, quizás la última esperanza para hallar remedio al daño que diezmaba a su gente.

Esa noche mientras dormía, a Lorenzo Ñelay se le apareció el chamán. Soñó que le anunciaba su presencia. Que lo esperaba a la sombra de ese mismo coihue* - le decía- donde el mestizo, cansado después de una larga marcha, se había dormido. Entumecido por el frío de la noche, abrió los ojos sobresaltado para ver a Payún que lo contemplaba en silencio. Se incorporó al tiempo con ambas manos se sacudía el polvo de sus ropas, intentando coordinar alguna frase para comunicarse con aquella aparición que lo aturdía y desorientaba. Al fin dijo...

-Soy de Zaino Cahuel... Me llamo Lorenzo Ñelay y hace días que camino... Lo andaba buscando...

Payún parecía no escucharlo. Con la mirada neblinosa escrutaba la distancia como quien más que mirar, estuviera recordando. Por su memoria se sucedían imágenes de lugares y gentes de aquellas historias que él conocía en detalle y que ahora revivía para verlas de cerca, para entrar en ellas como protagonista de esos dramas acaecidos a más de cien leguas de su escondida caverna.

En esas visiones, aparecía la hondonada donde Lorenzo Ñelay levantó su rancho, con piedras desiguales hasta la altura de un hombre y que techó con coirón y barro. Su mujer y las cuatro criaturas que velaban en la más dolorosa de las miserias, las muertes de abuelos y tíos enterrados en la falda sur de la lomada, donde el sol de los indios les calentaba los huesos cada mañana. Todo era cristalino de tan pobre!.

El arroyo arrastrando su sombra líquida por el cauce de piedras duras. El campo de pastos altos estirando su verdor a lo largo del valle hasta tocar el cielo. Cabras como pintadas trepando los ijares de las lomas. Perros pastores. Voces que un viento distraído arrea sin apuro por el silencio de la tarde.

Pero cuando el atardecer cierra el párpado cansado del día, algo transforma esa calma en una inquietud antigua, un escalofrío que las sombras de la noche acentúan en cada sonido, en los latidos que regresan de un miedo encerrado en la memoria, hasta cuajarle la sangre de espanto. ¡Siempre en noches sin luna!

¡Ese grito que todos oyen estaqueados de terror!. Este reclamo que se fue llevando uno a uno a los varones de la casa para regresarlos muertos, sin ninguna herida, enteros, tirados por los campos. Se pueden ver los túmulos asomando como senos grotescos en el pecho de la lomada.

Ese grito llamando en la noche y el hombre, sacando coraje hasta de sus muertos, contestaba... Entonces se adentraba en la oscuridad como absorbidos por ese llamado irresistible, que lo maniataba en su maraña alucinante, hasta alejarlo definitivamente de la vida.

Si nadie salía, el grito se repetía, cada vez más débil, más espaciado, hasta que las primeras luces del alba acuchillaban a las tinieblas en retirada.

Todo comenzó –hace años- con el abuelo Lindor.

El fue el primero y pensaron que alguna enfermedad le fue minando la salud, hasta volverlo viento. Después el tío Desiderio desapareció y lo encontraron muero cerca de Mallín* Grande. Era joven el tío Desiderio!.

Al año siguiente se fue el tío Fermín y ya no quedaron dudas que “alguien” se llevaba a los varones de los Ñelay luego que se oyera ese grito en noches sin luna!. El último, Celso, hermano de Lorenzo, lo hallaron muerto de sed, después de deambular tres días con sus noches en círculos, andando y desandando una y otra vez el mismo camino a sólo metros del arroyo.

-Llevame a Zaino Cahuel –dijo el chamán al mestizo que se había mantenido callado observando con curiosidad y respeto las cavilaciones del mago.

Tras varias jornadas de marcha, sin cruzar siquiera una palabra, divisaron el rancho al pie de la lomada. Los perros olfatearon la presencia de Lorenzo en la brisa que bajaba de la cordillera lejano y salieron a su encuentro con ladridos cortos de júbilo. En el patio, una mujer con cuatro niños agarrados a su pollera, lo aguardaba como quien espera el último de los milagros!.

Pasaban los días con sus noches sin que el grito azotara su látigo de miedo. Todo sucedía lacio, repetido, anunciado desde el mismo comienzo del tiempo. Nada parecía turbar la paz campesina de ese paisaje apresado entre lomadas azules y cordilleras altas.

Esa noche, cuando todos dormían, Payún supo que él vendría! Y lo esperó hasta pasada la media noche, cuando el grito, como de un hachazo, partió en dos el aire quieto.

Él le respondió como si su grito fuera el eco de ese alarido quemante. Ese grito lastimero, casi quejido, se fue acercando con cada respuesta del chamán, hasta que todos sintieron que esa voz les recorría los sentidos como un aliento fétido.

Parado en el hueco de la puerta, Payún lo vio surgir de las sombras.

El brillo de sus espuelas alumbraron por un instante y pudo ver sus botas altas, el chaquetón negro envolviendo la bruma, el sombrero alón coronando su rostro invisible.

En ese pequeño relámpago, sus labios finos y apretados parecían aprisionar una mueca sarcástica debajo de una nariz aguileña, como pico de ave carroñera.

El chamán le buscó los ojos al amo de las tinieblas.

¡El aparecido no tenía ojos!

Avanzó hasta tenerlo al alcance de sus brazos. Entonces levantó las manos con las palmas hacia fuera y le mostró las cruces grabadas en la piel!

Un aullido bárbaro desgarró la noche y el amo de las tinieblas se desmoronó quemado por el fuego de su propio incendio! Un fuerte olor a azufre trasminaba las rústicas paredes del rancho.

Cuando amaneció y la vida regresaba a ocupar su sitio, un aire fresco, bajado de las cumbres, barría despreocupado unas cenizas oscuras como sopladas por golpes de alas.

Cuando le preguntaron a Lorenzo Ñelay por el mago Payún, el mestizo dijo...

- Se ha marchado...

Del amarillo tenue al rojo intenso

Había permanecido tanto tiempo mirando la cascada que sus sentidos se acostumbraron al rumor de las aguas despeñándose. Una quietud dolorosa apretaba el aire húmedo contra la piedra, quizá presagiando el cataclismo anunciado desde el propio origen de las cosas.

Primero fue como el quebrarse de una rama en silencio del bosque; luego el temblor sacado de lo hondo de la tierra, un estremecimiento prolongado recorriendo las colosales vértebras de la montaña, despertando sus vómitos de fuego.

Desde el cráter del Paillanhue, un humo oscuro sostenía sus culebras sobre el fondo blanco de las cumbres.

Payún contempló las primeras fumarolas como quién recibe una señal largamente esperada. Dándole la espalda al volcán, buscó el sitio donde el agua pura del torrente esconde, con paciencia de siglos, aquella greda prodigiosa. Con el puñado de arcilla regresó presuroso a la caverna y de rodillas, inclinado sobre la lumbre cansina de la hoguera, abrió la piel de su mano izquierda con el pequeño sangrador de cuarzo.

La sangre del chamán se fue mezclando con el barro sagrado hasta formar un amasijo luminoso. Mientras modelaba, mojaba con su saliva aquella tierra espiritualizada, para darle vida a esa pequeña y misteriosa reliquia. En sus ojos parecía reflejarse aquella extraña figura, alumbraba por los nacientes incendios que la lava encendía con sus lenguas invasoras.

Para ese mediodía, el sol era apenas un círculo de cobre viejo antes de desaparecer devorado por un cielo de cenizas. En cada explosión el volcán escupía sus entrañas de piedra líquida, en coágulos oscuros que agujereaban el aire caliente, como un monstruoso animal cavando su madriguera en el centro mismo de ese infierno. Luego de mínimas treguas, su tos geológica lanzaba de nuevo sus estupos fundidos, animando marejadas incandescentes.

Siete días estuvo el Pillanhue sacudiéndose con temblores que remecían su lastimada naturaleza. Después, en menguados estertores, con un escalofrío que recorría su nueva piel basáltica, se fue quedando dormido.

Una atmósfera agria, ácida, sostenía aún viva la lava morena que calcinaba con su escondido rescoldo el ramaje de los árboles moribundos.

Como luego de un combate, lentas humaredas trepaban penosamente los celajes de la cordillera, esfumando sus sombras duras.

Hacia el naciente un mar de cenizas disipaba la marca del horizonte, extendiendo su neblina plomiza hasta el infinito.

Nada parecía tener vida. Sólo el agua, como una víbora ciega, hurgaba en su memoria de limo buscando una salida por aquella tierra todavía quemante. Entre vapores sulfurosos, esa tinta negra se abría cauce ladera abajo. Paraba en diques de lava endurecida, para vencer con su húmedo instinto cada uno de los obstáculos que encontraba en su camino.

Cuando llegó a la angostura del Choroi, su pupila mostraba una lejía de cielo limpio, hasta reconocerse cristalina en el lecho del arroyo.

Una paz de muerte envolvía al paisaje desolado. Mantos de cenizas escaldaban las heridas de la montaña, mientras el viento golpeaba su sonaja contra los riscales, repitiendo como en sueños el murmullo helado de las cumbres.

En algún lugar cercano al viejo Pillanhue, la vida leudaba en secreto su eterna maravilla.

Beatriz Bassino
Enfermería profesional, administración...
Escrito por Beatriz Bassino
el 19/06/2010

DESDE AQUÍ (poesía mapuche)


Lafquén mío, en mis oídos

Resuena tu voz, tu canto.

Ayuyueimi

Con tu fuerza,

Tu poder.

Nehuén lafquén,

Te extraño

Aquí perdida en la ciudad huinca

Donde

Tu voz no escucho.


Eres fuerte y poderoso,

Con razón shumpal

Duerme en tus brazos.

Manquián se fue contigo

Y tantas quimei malén

De ti se han enamorado.

Beatriz Bassino
Enfermería profesional, administración...
Escrito por Beatriz Bassino
el 19/06/2010

APENADO ESTA MI CORAZÓN


Ya no quiero adornar mi cabello,

Ya no quiero cantar cuando el sol

Aparezca en la mañana.

Iré a la montaña a esconderme,

Para que nadie me mire,

Para que nadie me mire.


Voy camino

A la poblada montaña

La de espíritus palpables

Que quiero ver

Y no conozco.

Beatriz Bassino
Enfermería profesional, administración...
Escrito por Beatriz Bassino
el 20/06/2010

Piedras ( Poema Mojeño)


Piedras, sobre piedras pisaremos,
el camino será penoso.
Huyamos por la noche, querida,
para que nadie nos vea.
Al amanecer estaremos allá,
en la playa del río, lejos de aquí.
Al amanecer estaremos lejos.
Allí viviremos juntos.
Un año viviremos allá, por lo menos.
¡Deja que tu madre diga lo que
quiera!
¡No tengas temor!
“Ahora ya viven juntos, juntos viven allá abajo”.

MIshé mishéra yikehá shatamá
hamnái sií hamé hamé kahuhayará
naibizií shatami hamnaisiní
mishé mitshé
yikehá meshberá naihuhá
mibebirá yakshetiká
mibebirá yakshetiká
shatabirá músh mamamú
naihuhami naihuhami
shatamibé mézizín
méinbéhayaín miwé yirisbishá
yumudyé yíris yumudyé
behayá shatañuñú kúshasha
méza fakuimú ñuñú mamá
mézakyi ñuñú zinahakinaká
zinahakinaká aná zinyé
mamá yiriyamú behá mamá

Mª Carmen F...
Formación colegio
Escrito por Mª Carmen F...
el 21/06/2010

CUENTO TRADICIONAL LAKOTA

NACIMIENTO DEL PERRO.

Shunka gimió al sentirse empujada bruscamente dentro de un saco grasoso de piel. Apenas había despertado y sin embargo ahí estaba, asida por el cuello y secuestrada de la entrada de la guarida de sus padres. Al principio pensó que seguía soñando dentro de la cálida cueva, acurrucada junto a sus hermanos y hermanas. Ella siempre se había sentido bastante segura bajo las raíces del gran abeto. Los retoños del árbol habían formado un círculo grueso a su alrededor, brindando un buen lugar para ocultar a una familia de cuatro cachorros peludos. Al menos eso es lo que los padres de Shunka habían esperado.

Pero Shunka no estaba soñando. Sus padres habían ido de cacería y habían dejado cerca a un tío para cuidar a los cachorros. El tío era muy joven y no tenía experiencia en estas cosas. Su atención había sido atraída por una ardilla que corría por un tronco caído, y mientras él estaba distraído, una criatura extraña había venido al campamento de los Lobos, atrapando a Shunka y a uno de sus hermanos. Los otros cachorros se había ocultado fuera de alcance al fondo de la guarida, así que no habían sido atrapados.

Shunka y su hermano fueron empujados y golpeados mientras eran cargados dentro de los sacos en las espaldas de las criaturas. Después de un largo y agitado tiempo, Shunka se asomó por encima del hombro de la Criatura de Dos Piernas. Allí, frente de ella, estaba un panorama maravilloso. En una pradera había un grupo de refugios que se erguían altos como árboles en un círculo, con cada entrada mirando al este, hacia el sol naciente. Muchas Criaturas de Dos Piernas salieron corriendo para saludar a las abuelas que volvían al campamento. Había mucho ruido y confusión. Todo era un remolino de nuevas vistas y nuevos sonidos y olores inusitados. Olores maravillosos saturaban el campamento. Shunka sólo había conocido el olor de la guarida de tierra, el aroma lechoso y dulce de su madre, y más tarde, cuando sus pequeños dientes blancos habían brotado, el olor a la carne agria que su padre regurgitaba como desayuno para sus hijos todas las mañanas.

Había sido por el olor de las ofrendas de su padre que las abuelas habían encontrado la guarida. Mientras buscaban raíces y hierbas, las experimentadas narices de las abuelas detectaron a los cachorros astutamente escondidos en la guarida bajo el árbol. De repente, Shunka sintió que era depositada rudamente en el suelo. A su lado gemía su hermano, asustado y confundido. "No te preocupes," murmuró ella, "nos tenemos el uno al otro. Yo permaneceré contigo. Di 'huká', no tengo miedo."

De cualquier manera él tenía miedo, a pesar de las valientes palabras de Shunka, y aulló con fuerza cuando un pequeño Dos Piernas lo abrazó estrechamente contra su pecho. "A-i-i-i," él gritó. Los pequeños Dos Piernas rieron y lo alzaron para que todos lo vieran. "Este es mi cachorro," dijo el pequeño Dos Piernas. "Mi abuela me lo ha dado como regalo."

"Sí", respondió la Abuela Unchí. "Y si cuidas de él tan bien como cuidarías a tu propio hermano, será tu compañero de confianza por el resto de sus días. " Diciendo esto, levantó a Shunka y le habló suavemente. "Toma," dijo la Abuela Unchí, tomando del fuego algunos pedazos de carne que olían muy bien, y dándoselos a la perra. "Shunka," le dijo, "estoy muy complacida de haberte encontrado. Eres un gran regalo para mí. De ahora en adelante tendré a alguien que me ayude y una amiga para hacerme compañía."

Y así fue que Shunka fue separada de su familia como una winú, una prisionera, y forzada a vivir en la aldea de las Criaturas de Dos Piernas por el resto de su vida. Pero la Abuela Unchí era bondadosa con ella, y alababa y reconocía su trabajo. Así que cuando Shunka tuvo su propia familia, ella llegó a ser una especie de hunka para las Criaturas de Dos Piernas. Se convirtió en un pariente por elección, y todos sus hijos y sus nietos también. Héchetu yeló. Eso es cierto.

Ana
Escrito por Ana
el 22/06/2010

Uirapuru



Uno de los cantos más maravillosos de un ave que se pueden escuchar corresponde a un pequeño pajarito que vive en la selva amazónica y que se llama Uirapurú.




El Uirapurú está revestido de misticismo. Esto se debe a que, además de ser un canto de extrema belleza, tiene el aditivo de ser difí­cil de escuchar. Primero porque es un pájaro que vive en plena selva. Segundo porque emite su canto unos pocos minutos a la mañana, y lo hace mientras hace su nido, lo que hace durante cerca de quince días al año. Nada más.

Las leyendas que circulan en torno a este pájaro son variadas. Se habla de un joven guerrero, un enamorado y hasta de un dios que bajó a la tierra convertido en ave, lo que explica la calidad, sencillez y belleza de su canto.

También se cuenta que era el joven más hermoso de la tribu, amado y codiciado por las mujeres del lugar, pero que muere tempranamente en una batalla. Los lamentos de las mujeres de la tribu son escuchados por Dios quien transforma el alma del guerrero en un hermoso pájaro, que, como el joven, es difícil de encontrar, pero que llena con su canto el espí­ritu de quienes lo escuchan.

Pero la versión más conocida en el Brasil dice que el joven se había enamorado de la esposa del cacique, pero como esto era un amor imposible, el joven rogó a Tupá que haciera desaparecer ese dolor del amor, por lo que el dios lo transformó en un ave. En un ave con un encanto especial al que llamó Uirapurú, que, por cierto, significa el pájaro que no es pájaro.

Así­, una vez convertido, el joven cantaba todas las noches a su amada para hacerla dormir. Pero el cacique encantado con su voz quiso poseer al pájaro para que cantara para él. Fue entonces cuando el Uirapurú se alejó para siempre de la tribu y de su amada para cantar en la selva, para todos y para nadie.

Se dice que escuchar su canto trae suerte a quienes tienen este privilegio. Algunos buscan sus plumas como fetiche de buenaventura. Se cree que gracias a ello los hombres tendrán prosperidad y las mujeres encontrarán el amor.

Un aspecto encantador de este pájaro es que cuando canta, esos pocos minutos al año, el resto de la selva amazónica se calla. Todas las aves, animales, y hasta el rí­o dejan de sonar para poder disfrutar de la magia del canto del Uirapurú.


Nuria Cugota Gomez
Bachillerato gili y gaya
Escrito por Nuria Cugota Gomez
el 22/06/2010


EL TATU Y SU CAPA DE FIESTA

(Mito Aymará Bolivia)

Las gaviotas andinas se habían encargado de llevar la noticia hasta los últimos

rincones del Altiplano. Volando de un punto a otro, incansables, habían

comunicado a todos que cuando la luna estuviera brillante y redonda, los animales

estaban cordialmente invitados a una gran fiesta a orillas del lago. El Titicaca se

alegraba cada vez que esto sucedía.

Cada cual se preparaba con esmero para esta oportunidad. Se acicalaban y

limpiaban sus plumajes y sus pieles con los mejores aceites especiales, para que

resplandecieran y todos los admiraran. Todo esto lo sabía Tatú, él quirquincho, ya

había asistido a algunas de estas fastuosas fiestas que su querido amigo Titicaca

gustaba de organizar. En esta ocasión deseaba ir mejor que nunca, pues

recientemente había sido nombrado integrante muy principal de la comunidad.Y

comprendía bien lo que esto significaba... Él era responsable y digno. Esas

debían haber sido las cualidades que se tuvieron en cuenta al darle este título

honorífico que tanto lo honraba. Ahora deseaba íntimamente deslumbrarlos a

todos y hacerlos sentir que no se habían equivocado en su elección.

Todavía faltaban muchos días, pero en cuanto recibió la invitación se puso a tejer

un manto nuevo, elegantísimo, para que nadie quedara sin advertir su presencia

espectacular. Era conocido como buen tejedor, y se concentró en hacer una trama

fina, fina, a tal punto, que recordaba algunas maravillosas telarañas de esas que

se suspenden en el aire, entre rama y rama de los arbustos, luciendo su tejido

extraordinario. Ya llevaba bastante adelantado, aunque el trabajo, a veces, se le

hacia lento y penoso, cuando acertó a pasar cerca de su casa el zorro, que

gustaba de meter siempre su nariz en lo que no le importaba.

Al verlo, le preguntó con curiosidad que hacía y este le respondió que trabajaba

en su capa para ponérsela el día de la fiesta en el lago, el zorro le respondió que

como iba a alcanzar a terminarla si la fiesta era esa noche. El quirquincho pensó

que había pasado el tiempo sin notarlo. Siempre le sucedía lo mismo... Calculaba

mal las horas... Al pobre Tatú se le fue el alma a los pies. Una gruesa lágrima

rodó por sus mejillas. Tanto prepararse para la ceremonia... El encuentro con sus

amigos lo había imaginado distinto de lo que sería ahora. ¿Tendría fuerzas y

tiempo para terminar su manto tan hermosamente comenzado?

El zorro captó su desesperación, y sin decir más se alejó riendo entre dientes. Sin

buscarlo había encontrado el modo de inquietar a alguien... Y eso le producía un

extraño placer. Tatú tendría que apurarse mucho si quería ir con vestido nuevo a

la fiesta. Y así fue. Sus manitos continuaron el trabajo moviéndose con rapidez y

destreza, pero debió recurrir a un truco para que le cundiera. Tomó hilos gruesos



y toscos que le hicieron avanzar más rápido. Pero, la belleza y finura iniciales del

tejido se fueron perdiendo a medida que avanzaba y quedaba al descubierto una

urdimbre más suelta. Finalmente todo estuvo listo y Tatú se engalanó para asistir

a su fiesta. Entonces respiró hondo, y con un suspiro de alivio miró al cielo

estirando sus extremidades para sacudirse el cansancio de tanto trabajo. En ese

instante advirtió el engaño... ¡Si la luna todavía no estaba llena! Lo miraba curiosa

desde sus tres cuartos de creciente...

Un primer pensamiento de cólera contra el viejo zorro le cruzó su cabecita. Pero al

mirar su manto nuevamente bajo la luz brillante que caía también de las estrellas,

se dio cuenta de que, si bien no había quedado como él lo imaginara, de todos

modos el resultado era de auténtica belleza y esplendor. No tendría para qué

deshacerlo. Quizás así estaba mejor, más suelto y aireado en su parte final, lo

cual le otorgaba un toque exótico y atractivo. El zorro se asombraría cuando lo

viera... Y, además, no le guardaría rencor, porque sido su propia culpa creerle a

alguien que tenía fama de travieso y juguetón. Simplemente él no podía resistir la

tentación de andar burlándose de todos... Y siempre encontraba alguna víctima.

Pero esta vez todo salió bien: el zorro le había hecho un favor. Porque Tatú se

lució efectivamente, y causó gran sensación con su manto nuevo cuando llegó, al

fin, el momento de su aparición triunfal en la fiesta de su amigo Titicaca.

Fuente: Cuentos y Leyendas Americanas.

Griselda Susana Ordoqui
Prof. en humanidades, especialidad fil...
Escrito por Griselda Susana Ordoqui
el 22/06/2010

Hola! Les voy a contar la leyenda del Calafate (arbusto de la Patagonia que se cubre de flores amarillas perfumadas en primavera, luego se convierte en racimos de pequeñas frutas. Con ellos se hacen dulces y un licor exquisito al que los tehuelches llaman "Guacha-cay").
Los bosques empezaban a tomar un tono característico anunciando el otoño y dando a los árboles una gama que va desde el amarillo tenue al rojo intenso, pasando por el dorado y naranja. Esta transformación se viene repitiendo año a año desde tiempos inmemoriales.

Los Tehuelches, verdaderos dueños de la tierra, conocían los secretos del sur patagónico en su permanente deambular de lugar en lugar.
Los guanacos, alimento y abrigo de esta gente, comenzaron a descender en tropillas hacia los valles encerrados en grandes cañadones, viejas cunas de antiguos glaciares, en un permanente rito milenario al que se suman los ñandúes en busca de abrigo y alimento.

Hacia el oeste, la espina dorsal de América que son los Andes, ha amanecido de nieve. El invierno llegará y ellos lo saben.
En esa época, las tribus tehuelches comenzaban su viaje hacia el norte a pie, donde el frío no era tan intenso. KOONEK (calafate en flor), la anciana curandera de la tribu, no podía caminar más, sus viejas piernas estaban agotadas; pero la marcha no se podía detener y es una ley natural cumplir con el destino. Ella lo comprendió. Las mujeres de la tribu le hicieron un KAU (toldo) con pieles de guanacos y juntaron abundante leña, prepararon CHARKIKAN (charque ahumado y salado), reunieron huevos conservados en sacos de grasa y se despidieron de ella con el GAYAU (canto identificatorio) de la familia, luego ella entonó con un hilito de voz, el milenario canto de la raza y envuelta en su KAI-AJNUN (capa pintada), fijó sus cansados ojos en la distancia, hasta que la gente de su tribu se perdió tras el filo de la meseta. Quedaba sola para morir, ya que los alimentos no le alcanzarían para pasar el invierno, aunque tal vez algún puma hambriento le acortara la espera.
"Mejor si me encuentra dormida, total es un ratito... "pensó
.
"Terro, terro repetían los teros, que en su idioma significa "malo,malo" y agregaban:- "No volveremos más. La "V" de los KAIKENES (avutardas) eran mil flechas que viajaban cielo al norte. Todos los seres vivientes emigraban, se quedaba sola sintiendo el silencio como un sopor pesado y envolvente
.
El cielo multicolor se fue extinguiendo lentamente en un oeste de mesetas grises y azuladas hasta perderse el último rayo de luz reflejado en los picos más altos del CHALTÉN (montaña sagrada de los tehuelches, hoy Fitz Roy).
Pasaron muchos soles y lunas, hasta que llegó ARISKAIKEN (primavera) con el nacimiento de los brotes, arribaron las golondrinas, los chorlos, los alegres chingolitos, las inquietas ratoneras, las charlatanas cotorras...
Los esbeltos flamencos vistieron de rosa una franja de cielo hacia el sur. El cuello de los cisnes le puso signos de interrogación a las lagunas ya deshieladas y el grito de las bandurrias se hizo eco en las barrancas.

Volvía la vida en todas sus expresiones. Sobre los cueros del abigarrado toldo de KOONEX (calafate), se posó una bandada de avecillas cantando alegremente.
De pronto se escuchó la voz de la anciana que desde el interior del KAU, les reprendía por haberla dejado sola durante el largo invierno. KIKEN (el chingolito), tras la sorpresa le respondió: -"Nos fuimos porque en otoño empieza a escasear el alimento, además durante el invierno no tenemos donde abrigarnos".

-"Los comprendo , dijo la anciana,por eso de hoy en adelante, tendrán alimento en otoño y buen abrigo en invierno. Ya nunca más me quedaré sola...". Luego calló.

Cuando la brisa volteó los cueros del toldo, en lugar de la anciana, se hallaba un hermoso arbusto espinoso de perfumads flores amarillas. Al promediar el verano, las flores se hicieron frutos y antes del otoño comenzaron a madurar tomando un color azul-morado de sabor exquisito y de gran valor alimenticio.

Algunos pajaritos no emigraron nunca más y los que se habían ido para no retornar, al enterarse de la novedad, regresaron para probar el nuevo fruto, del que quedaron prendados.

También los Tehuelches o Tsonekas lo probaron adoptándolo para siempre y desparramaron sus semillas de AIKE en AIKE (lugar en lugar), dándole el nombre de KOONEX (calafate). Desde entonces: "El que come calafate, vuelve".

Esto es para ustedes amigos, espero les guste. Un saludo afectuoso.

Griselda Susana.




Nuria Cugota Gomez
Bachillerato gili y gaya
Escrito por Nuria Cugota Gomez
el 25/06/2010

Cuento del Eqeqo (Leyenda de Puno - Perú)

Antiguamente, muchos milenios atrás, había un aymara cuyo nombre era Iqiqu. Era fornido, de estatura baja, humilde, bondadoso, caritativo y sonriente.
Iqiqu fue un hombre bueno que buscaba una vida armoniosa entre los hombres, y por dondequiera que andaba predicaba las buenas costumbres. Donde había problemas y llantos llevaba la solución, la consolación y la alegría.
Un día, por sus cualidades maravillosas, recibió poder de Apu Qullana Awki (Dios Padre Divino) que moraba en las alturas sagradas de Khunu Qullu (Montaña Nevada). Con este poder, Iqiqu había logrado realizar grandes hazañas. Dicen que manejaba grandes piedras, secaba el agua, trasladaba rocas y montañas solamente con hondas y su voz. Todo le obedecía; por eso le gente le seguía de cerca.
Iqiqu tenia una honda y una ch'uspa (bolsa). Así caminaba por las montañas, cerros, pampas y por las riberas del Lago. Al que lloraba le consolaba y hacía reír; al que no tenía productos se los proporcionaba; a los que querían casarse los juntaba para formar su hogar.
Un día vino el Awqa (ser maligno) con su gente sanguinaria. Su aspecto era de un hombre barbudo, de tez blanca y con genio muy malo. Awqa se portó muy cruel. Atemorizaba a los aymara y persiguió a Iqiqu. A los que le seguían los desbandó, a otros los asesinó ferozmente y a algunos los obligó para que no le apoyen.
Cierta vez Iqiqu llegó a un ayllu donde Awqa también había instalado su posada para seguir persiguiendo a Iqiqu. Mientras este iba promoviendo diferentes formas de ayuda mutua, Awqa y su gente malvada, lo rodearon y capturaron.
Lo torturaron y despedazaron el cuerpo de Iqiqu. La cabeza, los brazos, las piernas y otras partes del cuerpo fueron desparramados por todas partes del altiplano y en las cordilleras, a fin de que no vuelva a formarse el cuerpo, porque tuvieron miedo al poder que tenia Iqiqu.
Nuestros abuelos dicen que cada una de las partes del cuerpo de Iqiqu está tomando forma y ha empezado a revivir. Otros dicen que cada parte del cuerpo se ha levantado y está en camino hacia Wiñay Marka (Ciudad Eterna). Un día no muy lejano, indudablemente, llegarán a Wiñay Marka. Se juntarán y Iqiqu tomará una fuerza sobrenatural que reunirá y llevará adelante a su pueblo.
Renacerá la nación Aymara y tendrá mucho poder en el Universo.

Nuria Cugota Gomez
Bachillerato gili y gaya
Escrito por Nuria Cugota Gomez
el 29/06/2010



Los Pumas Grises (Leyenda del Lago Titicaca)

El abuelo le dice a su nieta: "Mira este lago inmenso y azul, hijita. El lago Titicaca. En el fondo… están los pumas grises"." ¿Qué pumas, abuelo? ", preguntó con mucha curiosidad la niña. "Pumas grises"… Eso significa "Titicaca" en nuestra lengua aymara. Es una historia antigua, muy antigua…
A lo lejos se escuchaba una hermosa y triste melodía de zampoña y el ulular del viento. El abuelo le contó que Apu Qullana Awki había creado el mundo, la tierra, el cielo, los animalitos… y la gente. Cuando terminó de crear, el Apu Qullana Awki fue a vivir a los cerros de nieve y dijo con voz muy poderosa: "Sean felices. Vivan tranquilos en este paraíso que les doy". En aquellos tiempos, este lago era un valle hermoso. No había envidia ni peleas entre la gente. El único mandamiento del Apu Qullana Awki era no subir a la montaña sagrada, donde él vivía. Entonces el hombre le dijo: " ¿Y por qué no vamos a subir? Queremos ser poderosos como él". Así fue como desobedecieron. Pero cuando subían el cerro se escucharon unos terribles y escalofriantes rugidos…
Muy preocupado el abuelo musitó: "El Apu Qullana Awki hizo salir de las cuevas muchos pumas grises que devoraron a la gente. Casi todos murieron". Entonces, el padre Sol, tata Inti, lloró sin consuelo durante cuarenta días y cuarenta noches. Las lágrimas del Sol fueron haciendo una laguna, un gran lago que ahogó a todos los pumas. La poquita gente que se salvó, dijo: "qaqa titinakawa... Ahí están los pumas grises… Titi-caca".
La niña preguntó: " ¿Así nació este lago, abuelo?"
"Y así renació nuestro pueblo, la gran nación aymara, agradecida del padre Sol, nuestro tata Inti y bendecida por la Pachamama". Y por eso rezamos nuestras oraciones al tata Inti, al gran Wiracocha, a nuestra madre tierra… la Pachamama.
Pero el abuelo se puso triste y dijo a su nieta: "Mira el lago, hijita, el lago de los pumas grises.

Beatriz Bassino
Enfermería profesional, administración...
Escrito por Beatriz Bassino
el 02/07/2010
Poema de un tehuelche

Che

caballero del viento...

despeinado...

tas perdido..

. No sabes los vientos

como están en nuestra Patagonia.

Impresionante.

Y con la sequía

no te das una idea

cuando sopla y sopla

levantando ese polvillo

que parece talco...

Naupa huen

un pique espectacular

la apertura, voraces mal todas

.... Marrones y arco iris...

Además las percas impresionates

en tamaño y la pelea…

Y con todas las moscas que te imagines

... Arriba, media... Baja,

no se perdían un movimiento del agua

y había muchas...

Bueno,

lo que si como dije

parece que vas en una nube

en los caminos

... Adentro de una nube de polvo.

Aguantemos despeinados,

total es la Patagonia y la queremos.

Uainge yenú/

Saludo amigo... En tehuelche

Nuria Cugota Gomez
Bachillerato gili y gaya
Escrito por Nuria Cugota Gomez
el 03/07/2010

El Lenguaje de las Estrellas*

El Sol y la Luna tuvieron doce hijos, seis mujeres: Taiwa, Pawak, Shawa, Tiyaylli, Warawa, Tsaiwa; y seis varones: Apauki, Uniwa, Iwa, Jallka, amayami; que les gustaba cantar, bailar, conversar. Así, unos en el día otros en la noche, formando círculos o media lunas, conversaban con la gente que les rodeaba. Dicen que las estrellas eran muy alegres, que las personas se contagiaban de su entusiasmo y energía, que por esa razón, la gente canta cuando trabaja, danza cuando está satisfecha con su trabajo, conversa para ahuyentar la soledad y solidarizarse con los demás. En este sentido, antiguamente los Yayas decían que mantener alegre el espíritu era la principal garantía del desarrollo y bienestar de la comunidad.

Dicen que un día Inti Tayta, Pura Mama y sus hijos estuvieron muy enfermos y tuvieron que retornar junto a su padre Pachakamak Desde entónces no han vuelto, pero su energía, su alegría, sus cantos, sus diálogos se transmiten en cada parpadeo de las estrellas y en el brillo de los luceros; que por esa razón los Yayas*** conocen el lenguaje de las estrellas, dialogan con ellas y saben en que momento se debe sembrar, saben determinar con precisión los días y los meses que transitan en este estrecho camino del tiempo.

Ariruma Kowii**

*Relato de su obra "Diccionario de nombres kichwas" (Kichwa shutikunamanta shimiyuk panka), Ecuador, 1998.
**Escritor Kichwa. Nació en Otavalo, Ecuador, en 1961. Maestro en Letras en Estudios de la Cultura en la Universidad Andina Simón Bolivar-Ecuador.
***Ancianos, personas de mucho respeto en la comunidad.