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CUENTOS TRADICIONALES DE ORIENTE

Mirta
Perito mercantil colegio nacional tres...
Escrito por Mirta Rosa Carceles
el 15/09/2010
Cuentos tradicionales de oriente (III)
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La importancia de lo inmediato

Un monje errante con hambre y sed de varios días visitó un pueblo y ofreció en la plaza pública un hermoso sermón que versaba sobre las venturas de los santos en el cielo.


Finalizado el discurso, una mujer de aspecto acaudalado le preguntó:
-Todo lo que ha dicho me ha interesado mucho, pero hay algo que me preocupa. ¿Puede decirme qué es lo que comen y beben esos santos en el cielo?
-Mujer ignorante -clamó el monje-, me preguntas qué comen los santos en el cielo, y no se te ocurre preguntarme qué es lo que yo como.

Rutina o conciencia

Un joven discípulo se acercó a su maestro y le preguntó:
-Señor, cómo podemos huir de la rutina: todos los días nos vestimos, comemos...
El maestro contestó:
-No vestimos y comemos.
-No comprendo -dijo el joven.
-Si no comprendes, ponte la ropa y come -respondió el maestro.

Falso conocimiento

Un hombre se presentó a un maestro con la solicitud de que lo aceptase como discípulo.
El maestro lo interrogó acerca de sus conocimientos:
- ¿Qué es para ti lo real?
- Todo lo que nos envuelve es fenoménico. La verdadera naturaleza de lo real es el vacío -contestó el hombre.
En aquel mismo momento el maestro le pegó un fuerte golpe. Lleno de ira, el visitante se levantó amenazante.
-Si todo es vacío, ¿De dónde te viene esa furia?
-preguntó el maestro.

Auténtico milagro

Un hombre se presentó a un maestro y le dijo:
-Mi anterior maestro ha muerto. Él era un hombre santo capaz de hacer muchos milagros. ¿Qué milagros eres tú capaz de realizar?
-Yo cuando como, como; cuando duermo, duermo -contestó el maestro.
-Pero eso no es ningún milagro, yo también como y duermo.
-No. Cuando tú comes, piensas en mil cosas; cuando duermes, fantaseas y sueñas. Yo sólo como y duermo. Ese es mi milagro.

¿Emociones verdaderas?

Cuentan que, en China, un hombre ya anciano decidió regresar al lugar donde había nacido y del que salió siendo muy joven. En el camino se unió a un grupo de viajeros que seguían la misma ruta y les explicó su deseo de volver a la tierra que lo vio nacer. Después de varias monótonas jornadas, aquellos hombres decidieron divertirse a costa del viejo.
-Mira, anciano, estamos llegando a la tierra de tus antepasados, esas montañas que vemos las contemplaron tus ojos cuando eras niño.
El viejo, a pesar de no recordar nada, se sintió dichoso de ver aquellas cumbres. Horas después llegaron a unas casas en ruinas.
-Mira, anciano, seguro que entre estas piedras jugaste en tu infancia.
El viejo, al ver aquel pueblo abandonado, no pudo dejar de emocionarse. Al rato, llegaron a un olvidado cementerio.
-Mira esas tumbas -le dijeron, continuando la broma-. Aquí con seguridad están enterrados tus padres, y los padres de tus padres.
Al oír estas palabras, el anciano no pudo contener la emoción, y estalló en lágrimas. Arrodillado frente a aquellas tumbas, a aquel viejo le venían a la memoria mil y un recuerdos de su niñez, le inundaban el corazón viejas y añoradas sensaciones, la nostalgia invadía su alma con un caudal de emociones. Pero viendo aquella escena, los viajeros se compadecieron del anciano y acordaron contarle la verdad.
-Sentimos decirte esto, pero la verdad es que queda aún mucho camino hasta que lleguemos a la patria de tus antepasados. Decidimos gastarte esta broma sólo por entretenernos. Te rogamos aceptes nuestras disculpas. El anciano se levantó en silencio, recogió sus cosas y reemprendió el camino.
Llegada la noche, y ante el mutismo del viejo, sus compañeros de viaje volvieron a expresarle su pesar por la broma.
-Apreciado amigo, tu silencio nos produce hondo pesar, volvemos a pedirte perdón por nuestra conducta.
-Mi silencio nada tiene que ver con vuestra conducta que ya he olvidado -contestó el anciano-, se debe a que no he encontrado respuesta a una pregunta que me atormenta: ¿Cómo es posible que haya emociones verdaderas cuando éstas provienen de hechos falsos?

Buscando donde no hay nada

Una noche, un hombre que regresaba a su casa encontró a un vecino debajo de una farola buscando algo afanosamente.
- ¿Qué te ocurre? -preguntó el recién llegado.
-He perdido mi llave y no puedo entrar en casa -contestó éste.
-Yo te ayudaré a buscarla.
Al cabo de un rato de buscar ambos concienzudamente por los alrededores de la farola, el buen vecino preguntó:
- ¿Estás seguro de haber perdido la llave aquí?
-No, perdí la llave allí -contestó el aludido, señalando hacia un oscuro rincón de la calle.
-Entonces, ¿Qué haces buscándola debajo de esta farola?
-Es que aquí hay más luz.

El verdadero culpable

Un hombre fue al puesto de guardia a denunciar el robo de su burro. Una vez allí, y enterados al detalle de lo sucedido, los policías comenzaron a hacerle observaciones:
-Usted ha tenido poco cuidado. ¿Cómo se le ocurre tener un simple cierre de madera en la puerta de la cuadra en vez de un sólido cerrojo? - opinó uno.
-No puedo creer que desde la calle se pudiera ver el burro, siendo una tentación para cualquiera. ¿Es que no se le pasó por la cabeza nunca guardar al animal de miradas ajenas elevando las paredes de la cuadra? -dijo otro.
Un tercero, en tono crítico, le censuró:
- ¿Pero dónde estaba usted en ese momento? ¿Cómo es posible que no viera al ladrón marcharse con el burro?
De este modo fueron cayendo sobre él un buen número de acusaciones hasta que, harto ya de esa situación, dijo:
-Señores, acepto todo lo que me han dicho, pero algo de culpa también ha de tener el ladrón, ¿No creen?

El desatento tampoco ve

Un hombre caminaba apresuradamente por la noche cuando al doblar una esquina tropezó con otro que se alumbraba con un farol. En el momento de ir a increparlo, se dio cuenta de que era ciego.
- ¿Para qué demonios vas con un farol si eres incapaz de ver nada? -preguntó el hombre apresurado.
- ¡Para que puedan verme y no tropiecen conmigo los tontos como tú! -replicó el ciego.

Para saber cuándo el deseo es auténtico

En un monasterio mixto, un monje se enamoró de una monja muy bella, y una noche entró en su celda haciéndole saber sus sentimientos y su deseo de hacer el amor con ella. La monja no se alteró y le dijo:
-Hoy no, pero si lo deseas de verdad, mañana accederé a tu petición.
El monje aceptó encantado.
A la mañana siguiente se celebraba en el templo una ceremonia de gran solemnidad a la que asistían todos los monjes y jerarquías del monasterio, además de innumerables fieles. En medio de la multitud, la monja se acercó a su enamorado y desnudándose completamente le dijo:
-Estoy dispuesta, si quieres amarme. Puedes hacerlo aquí y ahora.
El avergonzado monje abandonó el templo y no regresó jamás. La monja se vistió tranquilamente ante la mirada de todos y ocupó su lugar en la ceremonia.

Por Ramiro Calle y Sebastián Vázquez