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Grupo de Música y poesía

Christiane ,
Escrito por Christiane ,
el 24/06/2013



La fuente de la juventud... III.. FIN
[Cuento. Texto en tres partes..

Anónimo japonés

Entonces sintió la necesidad de ir corriendo a decírselo a su esposa. Cuando Fumi lo vio llegar no reconoció a aquel mozo que de pronto se acercaba a la casa, pero al estar junto a él observó sus ojos y lo reconoció. Cayó desmayada al recordar sus años de juventud, pero Yoshiba la levantó y le contó lo que había ocurrido en el bosque. Decidió que fuese por la mañana, porque ya era de noche y no deseaba que se perdiera.

A la mañana siguiente Fumi se fue al bosque. Yoshiba calculó dos horas, porque aunque a la ida tardaría más por su edad y la falta de fuerza, a la vuelta llegaría enseguida porque habría recuperado su juventud. Pero pasaron dos horas, y tres, y cuatro, y hasta cinco, por lo que Yoshiba empezó a preocuparse y decidió ir él mismo al bosque a buscar a su esposa. Cuando llegó al claro, vio la fuente, pero no encontró a nadie. Entre el murmullo de las hojas y el crujido del agua oyó un leve sonido, como el que hace cualquier cría de animal cuando está solo. Se acercó a unas zarzas, las apartó, y encontró una pequeña criatura que le tendía los brazos. Al cogerla, reconoció la mirada. Era Fumi, que en su ansia de juventud había bebido demasiada agua, llegando así hasta su primera infancia. Yoshiba la ató a su espalda y se dirigió hacia casa. A partir de entonces, tendría que ser el padre de la que había sido la compañera de su vida.

FIN

Maria Del Carmen Balmaceda Arguello
Promotora de salud-taller de primeros ...
Escrito por Maria Del Carmen Balmaceda Arguello
el 25/06/2013

Estos cuentos, extraídos de esta obra, rondan los asesinatos, la traición y la muerte como salida... Estos cuentos atrapan al lector y lo llevan a desenlaces inesperados...



Continuidad de los parques
(Final del juego, 1956)

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestion de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subio los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oidos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.


Maria Del Carmen Balmaceda Arguello
Promotora de salud-taller de primeros ...
Escrito por Maria Del Carmen Balmaceda Arguello
el 25/06/2013

El río
(Final del juego, 1956)

Y sí, parece que es así, que te has ido diciendo no sé qué cosa, que te ibas a tirar al Sena, algo por el estilo, una de esas frases de plena noche, mezcladas de sábana y boca pastosa, casi siempre en la oscuridad o con algo de mano o de pie rozando el cuerpo del que apenas escucha, porque hace tanto que apenas te escucho cuando dices cosas así, eso viene del otro lado de mis ojos cerrados, del sueño que otra vez me tira hacia abajo. Entonces está bien, qué me importa si te has ido, si te has ahogado o todavía andas por los muelles mirando el agua, y además no es cierto porque estás aquí dormida y respirando entrecortadamente, pero entonces no te has ido cuando te fuiste en algún momento de la noche antes de que yo me perdiera en el sueño, porque te habías ido diciendo alguna cosa, que te ibas a ahogar en el Sena, o sea que has tenido miedo, has renunciado y de golpe estás ahí casi tocándome, y te mueves ondulando como si algo trabajara suavemente en tu sueño, como si de verdad soñaras que has salido y que después de todo llegaste a los muelles y te tiraste al agua. Así una vez más, para dormir después con la cara empapada de un llanto estúpido, hasta las once de la mañana, la hora en que traen el diario con las noticias de los que se han ahogado de veras.
Me das risa, pobre. Tus determinaciones trágicas, esa manera de andar golpeando las puertas como una actriz de tournées de provincia, uno se pregunta si realmente crees en tus amenazas, tus chantajes repugnantes, tus inagotables escenas patéticas untadas de lágrimas y ajetivos y recuentos. Merecerías a alguien más dotado que yo para que te diera la réplica, entonces se vería alzarse a la pareja perfecta, con el hedor exquisito del hombre y la mujer que se destrozan mirándose en los ojos para asegurarse el aplazamiento más precario, para sobrevivir todavía y volver a empezar y perseguir inagotablemente su verdad de terreno baldío y fondo de cacerola. Pero ya ves, escojo el silencio, enciendo un cigarrillo y te escucho hablar, te escucho quejarte (con razón, pero qué puedo hacerle), o lo que es todavía mejor me voy quedando dormido, arrullado casi por tus imprecaciones previsibles, con los ojos entrecerrados mezclo todavía por un rato las primeras ráfagas de los sueños con tus gestos de camisón rídiculo bajo la luz de la araña que nos regalaron cuando nos casamos, y creo que al final me duermo y me llevo, te lo confieso casi con amor, la parte más aprovechable de tus movimientos y tus denuncias, el sonido restallante que te deforma los labios lívidos de cólera. Para enriquecer mis propios sueños donde jamás a nadie se le ocurre ahogarse, puedes creerme.
Pero si es así me pregunto qué estás haciendo en esta cama que habías decidido abandonar por la otra más vasta y más huyente. Ahora resulta que duermes, que de cuando en cuando mueves una pierna que va cambiando el dibujo de la sábana, pareces enojada por alguna cosa, no demasiado enojada, es como un cansancio amargo, tus labios esbozan una mueca de desprecio, dejan escapar el aire entrecortadamente, lo recogen a bocanadas breves, y creo que si no estaría tan exasperado por tus falsas amenazas admitiría que eres otra vez hermosa, como si el sueño te devolviera un poco de mi lado donde el deseo es posible y hasta reconciliación o nuevo plazo, algo menos turbio que este amanecer donde empiezan a rodar los primeros carros y los gallos abominablemente desnudan su horrenda servidumbre. No sé, ya ni siquiera tiene sentido preguntar otra vez si en algún momento te habías ido, si eras tú la que golpeó la puerta al salir en el instante mismo en que yo resbalaba al olvido, y a lo mejor es por eso que prefiero tocarte, no porque dude de que estés ahí, probablemente en ningún momento te fuiste del cuarto, quizá un golpe de viento cerró la puerta, soñé que te habías ido mientras tú, creyéndome despierto, me gritabas tu amenaza desde los pies de la cama. No es por eso que te toco, en la penumbra verde del amanecer es casi dulce pasar una mano por ese hombro que se estremece y me rechaza. La sábana te cubre a medias, mis manos empiezan a bajar por el terso dibujo de tu garganta, inclinándome respiro tu aliento que huele a noche y a jarabe, no sé cómo mis brazos te han enlazado, oigo una queja mientras arqueas la cintura negándote, pero los dos conocemos demasiado ese juego para creer en él, es preciso que me abandones la boca que jadea palabras sueltas, de nada sirve que tu cuerpo amodorrado y vencido luche por evadirse, somos a tal punto una misma cosa en ese enredo de ovillo donde la lana blanca y la lana negra luchan como arañas en un bocal. De la sábana que apenas te cubría alcanzo a entrever la ráfaga instantánea que surca el aire para perderse en la sombra y ahora estamos desnudos, el amanecer nos envuelve y reconcilia en una sola materia temblorosa, pero te obstinas en luchar, encogiéndote, lanzando los brazos por sobre mi cabeza, abriendo como en un relámpago los muslos para volver a cerrar sus tenazas monstruosas que quisieran separarme de mí mismo. Tengo que dominarte lentamente (y eso, lo sabes, lo he hecho siempre con una gracia ceremonial), sin hacerte daño voy doblando los juncos de tus brazos, me ciño a tu placer de manos crispadas, de ojos enormemente abiertos, ahora tu ritmo al fin se ahonda en movimientos lentos de muaré, de profundas burbujas ascendiendo hasta mi cara, vagamente acaricio tu pelo derramado en la almohada, en la penumbra verde miro con sorpresa mi mano que chorrea, y antes de resbalar a tu lado sé que acaban de sacarte del agua, demasiado tarde, naturalmente, y que yaces sobre las piedras del muelle rodeada de zapatos y de voces, desnuda boca arriba con tu pelo empapado y tus ojos abiertos.

Maria Del Carmen Balmaceda Arguello
Promotora de salud-taller de primeros ...
Escrito por Maria Del Carmen Balmaceda Arguello
el 25/06/2013

Perdón..... Aqui les dejo el autor : 2 cuentos cortos - Julio Cortázar (Final de Juego)

Christiane ,
Escrito por Christiane ,
el 26/06/2013


Cortàzar.. Me fascina su manera de escribir..


Continuidad de los parques: ya hace años que lo leì y me sorprendio que recordara de manera tan precisa

¿El rio? No conocìa




Christiane ,
Escrito por Christiane ,
el 26/06/2013

Inde - Jaipur - Le palais de vent

Inde - Jaipur - Le palais des vent


¿Avisarías a los personajes de tu sueño?
[Cuento. Texto completo.]

Anónimo hindú


El discípulo se reunió con su mentor espiritual para indagar algunos aspectos de la Liberación y de aquellos que la alcanzan. Departieron durante horas. Por último, el discípulo le preguntó al maestro:

- ¿Cómo es posible que un ser humano liberado pueda permanecer tan sereno a pesar de las terribles tragedias que padece la humanidad?

El mentor tomó entre las suyas las manos del perplejo discípulo y le explicó:

-Tú estás durmiendo. Supóntelo. Sueñas que vas en un barco con otros muchos pasajeros. De repente, el barco encalla y comienza a hundirse. Angustiado, te despiertas. Y la pregunta que yo te hago es: ¿Acaso te duermes rápidamente de nuevo para avisar a los personajes de tu sueño?

FIN





Laura
Escrito por Laura
el 28/06/2013
E l hombre se detuvo frente a la vidriera, pero su atenci ón no fue atorada por el alegre maniquí sino por su propio aspecto reflejado en los cristales. Se ajusto la corbata, se acomod o el gacho. De pronto vio la imagen de la mujer junto a l a suya.
-Hola, Matilde -dijo y se dio vuelta.

La mujer sonri
ó y le tendi ó la mano.

-No sab
í a que los hombres fueran tan presumidos.

E l se ri o , mostrando los dientes.

-Pero a esta hora -dijo ella- usted tendr
í a que estar trabajando.

-Tendr
í a. Pero sa l en comisi ó n.

E l le dedic o una insistente mirada de reconocimiento, de puesta al d í a.

-Adem
á s -dijo- estaba casi seguro de que usted pasar í a por aqu í .

-Me encontr
ó por casualidad. Yo no hago m á s este camino. Ahora suelo bajarme en Convenci ó n.

Se alej
aron de la vidriera y caminaron juntos. Al llegar a la esquina, esperaron la luz verde. Despu é s cruzaron.

-Después de un rato? -pregunta
e l.

-S
í .

- Le pido entonces que almuerce conmigo? O tambi é n esta vez se va a negar?

- Pídamelo. Claro que... No s é si está bien.

E l no contest o . Tomaron por Colonia y se detuvieron frente a un restor á n. Ella examina la lista, con más atenci ó n de la que merec í a.

-Aqu
í se come bien -dijo é l.

Entraron. En el fondo hab
í a una mesa libre. é l la ayuda a quitarse el abrigo.

Despu
é s de examinarlos durante unos minutos, el mozo se acerca. Pidieron jam ó n cocido y que marcharan dos churrascos. Con papas fritas.

-Qu
é quiso decir con que no sabe si está bien?

-Pavadas. Eso de que es casado y q
u é s é yo.

-Ah.
Ella puso manteca sobre la mitad de un pancito marsell é s.
En la mano derecha ten í a una mancha de tinta.

-Nunca hemos conversado francamente -dijo-. Usted y yo.

-Nunca. Es tan dif
í cil. Sin embargo, nos hemos dicho muchas veces las mis mas cosas.

-
No le parece que ser á el momento de hablar de otras? O de las mismas, pero sin enga ñ arnos?

Pas
a una mujer hacia el fondo y salud a . E l se mordí a los labios.

-Amiga de su mujer? -preguntó ella.

-Sí.

-Me gustar
í a que lo rezongaran.

E l e ligió una galleta y la partió, con el pu ñ o cerrado.

-Quisiera conocerla -dijo ella.

-A qui
e n? A esa que pasó?

-No. A su mujer.

E l sonrió. Por primera vez, los músculos de la cara se le aflojaron.

-Amanda es buena. No tan linda como usted, claro.

-No sea hip ó crita. Yo s é c o mo soy.

-Yo tambi
é n s é c ó mo es.

E l mozo trajo el jam ó n. Mir ó a ambos inquisidora mente y acaricio la servilleta. Gracias, dijo é l, y el mozo se alejo.

-Como es estar casado? -preguntó ella.

E l tosi ó sin ganas, pero no dij o nada. Entonces ella se mira las manos.

-Deb
í haberme lavado. Mire qu e mugre...

La mano de
é l se movi ó sobre el mantel hasta posarse sobre la mancha.

-Ya no se ve m
á s.

Ella se dedic
o a mirar el plato y e l entonces retir o la mano.

-Siempre pensó
q ue con usted me sentir í a c ó moda -dijo la mujer-, que podr í a hablar sencillamente, sin darle una imagen falsa, una especie de foto retocada.

-Y a otras personas, les da esa imagen falsa?

-Supongo que s
í .

-Bueno, esto me favorece, verdad?

-Supongo que
s í .

El se qued o con el tenedor a medio camino. Luego mordi ó el trocito de jam ó n.

-Prefiero la foto sin retoques.

-Para qu
é ?

-Dice para qu
é ? Como si s é lo dijera por qu é ? , con el mismo tonito de inocencia.

Ella no dijo nada.

-Bueno, para verla -
agreg ue e l-. Con esos retoques ya no ser í a usted.

-Y eso importa?

-Puede importar.

El mozo lleva los platos, demor
á ndose. El pidió agua mineral. Con lim ó n? Bueno, con lim ó n.

-La quiere, eh? -pregunt
ó ella. -A Amanda?

-S
í .

-Naturalmente. Son nu
eve a ñ os.

-No sea vulgar. Qué tienen que ver los a
ñ os?

-Bueno, parece que usted tambi
é n cree que los a ñ os convierten el amor en costumbre.

-Y no es as
í ?

-Es. Pero no significa un punto en contra, como usted piensa.

Ella se sirvió agua mineral. Despu
é s le sirvió a é l.

-Qu
é sabe usted de lo que yo pienso? Los hombres siempre se creen psic ó logos, siempre est á n descubriendo complejos.

E l sonrió sobre el pan con manteca.

-No es un punto en contra -dijo- porque el h
á bito tambi é n tiene su fuerza. Es muy importante para un hombre que la mujer le planche las camisas como a é l le gustan, o no le eche al arroz m á s sal de la que conviene, o no se ponga guaranga a media noche, justamente cuando uno la precisa.

Ella se pasó la servilleta por los labios que ten
í a limpios.

-En cambio a usted le gusta ponerse guarango al mediod
í a.

E l optó por re í rse. El mozo se acercó con los churrascos, recomendó que hicieran un tajito en la carne a ver si estaba cruda, hizo un comentario sobre las papas fritas y se retir o con una mueca que hac í a quince a ñ os hab í a sido sonrisa.

-Vamos, no se enoje -dijo
é l-. Quise explicarle que el h á bito vale por s i mismo, pero tambi é n influye en la conciencia.

-Nada menos?

-F
í jese un poco. Si uno no es un idiota, se da cuenta de que la cos tumbre conyugal lava de a poco el inter é s.

-Oh!

-Que uno va tomando las cosas con cierta desaprensi
ó n, que la novedad desaparece, en fin, que el amor se va encasillando cada vez m á s en fechas, en gestos, en horarios.

-Y eso est
á mal?

-Realmente, no l
o s é .

-C
ó mo? Y la famosa conciencia?

-Ah, s
í . A eso iba. Lo que pasa es que usted me mira y me distrae.

-Bueno, le prometo mirar las papas fritas.

-Quer
í a decir que, en el fondo, uno tiene noticias de esa mecanizaci ó n, de ese automatismo. Uno sabe qu e una mujer como usted, una mujer que es otra vez lo nuevo, tiene sobre la esposa una ventaja en cierto modo desleal.

Ella dej
ó de comer y deposito cuidadosamente los cubiertos sobre el plato.

-No me interprete mal -dijo
é l-. La esposa es algo conocido, rigurosamente conocida. No hay aventura, entiende? Otra mujer..

-Yo, por ejemplo.

-Otra mujer, aunque m
á s adelante est á condenada a caer en el h á bito, tiene por ahora la ventaja de la novedad. Uno vuelve a esperar con ansia cierta hora del d í a, cierta p uerta que se abre, cierto ó mnibus que llega, cierto almuerzo en el Centro. Bah, uno vuelve a sentirse joven, y eso, de vez en cuando, es necesario.

-Y la conciencia?

-La conciencia aparece el d
í a menos pensado, cuando uno va a abrir la puerta de calle o cuando se est á afeitando y se mira distra í damente en el espejo. No s é si me entiende. Primero se tiene una idea de c ó mo ser á la felicidad, pero despu é s se van aceptando correcciones a esa idea, y s ó lo cuando ha hecho todas las correcciones posibles, uno s e da cuenta de que se ha estado haciendo trampas.

Alg uie n postrecito? , pregunt ó el mozo, misteriosamente aparecido sobre la cabeza de la mujer. Dos natillas a la espa ñ ola, dijo ella. é l no protest a . Esper a que el mozo se alejara, para seguir hablando.

-Es igual a esos tipos que hacen solitarios y se estafan a s
í mismos.

-Esa misma comparaci
ó n me la hizo el verano pasado, en La Floresta. Pero entonces la aplicaba a otra cosa.

Ella abri
ó la cartera, saca el espejito y se arregl a el pelo.

-Quiere qu
e le diga qu e impresi ó n me causa su discurso?

-Bueno.

-Me parece un poco rid
í culo, sabe?

-Es rid
í culo. De eso estoy seguro.

-Mire, no ser
í a rid í culo si usted se lo dijera a s í mismo. Pero no olvide que me lo est á diciendo a mí.

El mozo deposit
o sobr e la mesa las natillas a la espa ñ ola. L pidi ó la cuenta con un gesto.

-Mire, Matilde -dijo-. Vamos a no andar con rodeos. Usted sabe que me gusta mucho.

-Qu
é es esto? Una declaraci ó n? Un armisticio?

-Usted siempre lo supo, desde el comienzo.

-Est
á bien, pero, qu é es lo que supe?

-Que est
á en condiciones de conseguirlo todo.

-Ah s
í ... Y qui e n es todo? Usted?

e l se encogió de hombros, movi ó los labios pero no dijo nada, despu é s resopl o m á s que suspir o , y agit ó un billete con la mano izquierda.

El mozo se acerc ó con la cuenta y fue dejando el vuelto sobre el platillo, sin perderse ni un gesto, sin descuidar ni una sola mirada. Recogí la propina, dijo gracias y se alej ó caminando hacia atr á s.

-Estoy seguro de que usted no lo va a hacer -dijo
é l-, pero si ahora me dijera venga, yo s é que ir í a. Usted no lo va a hacer, porque lógicamente no quiere cargar con el peso muerto de mi conciencia, y adem á s, porque si lo hiciera no ser í a lo que yo pienso que es.

Ella fue moviendo la mano manchada hasta
posarla tranquilamente sobre la de é l. Lo mir o fijo, como si quisiera traspasarlo.

-No se preocupe -dijo, despu
é s de un silencio, y retir o la mano-. Por lo visto usted lo sabe todo.

Se puso de pie y
e l la ayuda a ponerse el abrigo. Cuando sal g an, el moz o hizo una ceremoniosa inclinaci ón de cabeza. El la acompaña hasta la esquina. Durante un rato estuvieron callados. Pero antes de subir al ómnibus,
ella sonri ó con los labios apretados, y dijo:
Gracias por la comida.
Despu é s se fue.
Christiane ,
Escrito por Christiane ,
el 28/06/2013



Laura Buenos dìas. ¿ . Una invitaciòn al restaurante? Ha sido màs dificil de leer por la pantalla roja y al mismo tiempo me intrigaba.. Me gustò el cuento :si voy al restaurante lo voy a recordar.

En el cuento el protagonista olvidò de llevar flores: ahì te dejo una.

..


Laura
Escrito por Laura
el 28/06/2013

WAuuuu que detalle Cristhi!

El cuento es de Benedetti... LO MÁS...

Besos para Carmenchu y para ti querida

Laura
Escrito por Laura
el 29/06/2013

CRISTHI AQUI TIENES UNO DE LOS FRAGMENTOS QUE MÁS ME GUSTA DE RAYUELA...


Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mi como una luna en el agua.


[Julio Cortázar]



Christiane ,
Escrito por Christiane ,
el 30/06/2013

Le parc Montsouris. Paris


Gracias Laura..





Rayuela : Parece que todo el mundo ha leìdo Rayuela. Me hablaron de este libro un montòn de veces. Imaginate la ignorancia:pensaba que era un cuento y es un libro de 454p. ¡Menudo cuento!. El fragmento que dejaste està p 29.. Sì.. Sì. Lo encontrè en google y sin ningùn problema saliò todo el libro.. Pinchamos y al segundo ahì està.. Es mejor que las màquinas de Coca Cola. O otras bebidas :toman la plata y no sale nada.

. Ya tengo 60 p. :imprimidas.... Me voy a Paris...... Con Julio..


Un saludo.


Place de la Concorde Paris.

Laura
Escrito por Laura
el 30/06/2013

LLevame a paris! Cristhi! JAjajaja


Besosssssss


Llévame a Paris.
El destino les unió un día, y como dos idiotas creyeron que iba a durar para siempre. Y es que hay sitios en los que la Luna es mas grande que tu pulgar,solo hay que saber encontrarlos.
Laura
Escrito por Laura
el 30/06/2013

Sin saberlo, hay una persona con su imaginación ha conseguido llevarme ahí, ese lugar donde los sueños se hacen realidad...

Maria Del Carmen Balmaceda Arguello
Promotora de salud-taller de primeros ...
Escrito por Maria Del Carmen Balmaceda Arguello
el 01/07/2013
El Hijo del Vampiro: Julio Cortázar (Cuento Corto)

Rescatamos un cuentro corto más, leído en algun momento en Hexen.
El vampirismo en la imaginación de un escritor latinoamericano, Julio Florencio Cortázar nacido en Bélgica de padres argentinos.

El Hijo de el Vampiro abre la colección CUENTOS COMPLETOS 1 de Alfaguara y LA OTRA ORILLA (Cuentos escritos entre 1937 y 1945)

EL HIJO DEL VAMPIRO
Julio Cortázar

«Probablemente todos los fantasmas sabían que Duggu Van era un vampiro. No le tenían miedo pero le dejaban paso cuando él salía de su tumba a la hora precisa de medianoche y entraba al antiguo castillo en procura de su alimento favorito. El rostro de Duggu Van no era agradable. La mucha sangre bebida desde su muerte aparente —en el año 1060, a manos de un niño, nuevo David armado de una honda-puñal— había infiltrado en su opaca piel la coloración blanda de las maderas que han estado mucho tiempo debajo del agua. Lo único vivo, en esa cara, eran los ojos. Ojos fijos en la figura de Lady Vanda, dormida como un bebé en el lecho que no conocía más que su liviano cuerpo. Duggu Van caminaba sin hacer ruido. La mezcla de vida y muerte que informaba su corazón se resolvía en cualidades inhumanas. Vestido de azul oscuro, acompañado siempre por un silencioso séquito de perfumes rancios, el vampiro paseaba por las galerías del castillo buscando vivos depósitos de sangre. La industria frigorífica lo hubiera indignado. Lady Vanda, dormida, con una mano ante los ojos como en una premonición de peligro, semejaba un bibelot repentinamente tibio. Y también un césped propicio, o una cariátide.

Loable costumbre en Duggu Van era la de no pensar nunca antes de la acción. En la estancia y junto al lecho, desnudando con levísima carcomida mano el cuerpo de la rítmica escultura, la sed de sangre principió a ceder.

Que los vampiros se enamoren es cosa que en la leyenda permanece oculta. Si él lo hubiese meditado, su condición tradicional lo habría detenido quizá al borde del amor, limitándolo a la sangre higiénica y vital. Mas Lady Vanda no era para él una mera víctima destinada a una serie de colaciones. La belleza irrumpía de su figura ausente, batallando, en el justo medio del espacio que separaba ambos cuerpos, con el hambre. Sin tiempo de sentirse perplejo ingresó Duggu Van al amor con voracidad estrepitosa. El atroz despertar de Lady Vanda se retrasó en un segundo a sus posibilidades de defensa. Y el falso sueño del desmayo hubo de entregarla, blanca luz en la noche, al amante.

Cierto que, de madrugada y antes de marcharse, el vampiro no pudo con su vocación e hizo una pequeña sangría en el hombro de la desvanecida castellana. Más tarde, al pensar en aquello, Duggu Van sostuvo para sí que las sangrías resultaban muy recomendables para los desmayados. Como en todos los seres, su pensamiento era menos noble que el acto simple.

En el castillo hubo congreso de médicos y peritajes poco agradables y sesiones conjuratorias y anatemas, y además una enfermera inglesa que se llamaba Miss wilkinson y bebía ginebra con una naturalidad emocionante. Lady Vanda estuvo largo tiempo entre la vida y la muerte (sic). La hipótesis de una pesadilla demasiado erista quedó abatida ante determinadas comprobaciones oculares; y, además, cuando transcurrió un lapso razonable, la dama tuvo la certeza de que estaba encinta.

Puertas cerradas con yale habían detenido las tentativas de Duggu Van. El vampiro tenía que alimentarse de niños, de ovejas, hasta de — ¡Horror! — cerdos. Pero toda la sangre le parecía agua al lado de aquella de Lady Vanda. Una simple asociación, de la cual no lo libraba su carácter de vampiro, exaltaba en su recuerdo el sabor de la sangre donde había nadado, goloso, el pez de su lengua. Inflexible su tumba en el pasaje diurno, érale preciso aguardar el canto del gallo para botar, desencajado, loco de hambre. No había vuelto a ver a Lady Vanda, pero sus pasos lo llevaban una y otra vez a la galería terminada en la redonda burla amarilla de la yale. Duggu Van estaba sensiblemente desmejorado.

Pensaba a veces —horizontal y húmedo en su nicho de piedra— que quizá Lady Vanda fuera a tener un hijo de él. El amor recrudecía entonces más que el hambre. Soñaba su fiebre con violaciones de cerrojos, secuestros, con la erección de una nueva tumba matrimonial de amplia capacidad. El paludismo se ensañaba en él ahora.

El hijo crecía, pausado, en Lady Vanda. Una tarde oyó Miss wilkinson gritar a su señora. La encontró pálida, desolada. Se tocaba el vientre cubierto de raso, decía:

—Es como su padre, como su padre. Duggu Van, a punto de morir la muerte de los vampiros (cosa que lo aterraba con razones comprensibles), tenía aún la débil esperanza de que su hijo, poseedor acaso de sus mismas cualidades de sagacidad y destreza, se ingeniara para traerle algún día a su madre.
Lady Vanda estaba día a día más blanca, más aérea. Los médicos maldecían, los tónicos cejaban. Y ella, repitiendo siempre:

—Es como su padre, como su padre.

Miss wilkinson llegó a la conclusión de que el pequeño vampiro estaba desangrando a la madre con la más refinada de las crueldades. Cuando los médicos se enteraron hablose de un aborto harto justificable; pero Lady Vanda se negó, volviendo la cabeza como un osito de felpa, acariciando con la diestra su vientre de raso.

—Es como su padre —dijo—. Como su padre.

El hijo de Duggu Van crecía rápidamente. No sólo ocupaba la cavidad que la naturaleza le concediera sino que invadía el resto del cuerpo de Lady Vanda. Lady Vanda apenas podía hablar ya, no le quedaba sangre; si alguna tenía estaba en el cuerpo de su hijo.
Y cuando vino el día fijado por los recuerdos para el alumbramiento, los médicos se dijeron que aquél iba a ser un alumbramiento extraño. En número de cuatro rodearon el lecho de la parturienta, aguardando que fuese la medianoche del trigésimo día del noveno mes del atentado de Duggu Van.

Miss wilkinson, en la galería, vio acercarse una sombra. No gritó porque estaba segura de que con ello no ganaría nada. Cierto que el rostro de Duggu Van no era para provocar sonrisas. El color terroso de su cara se había transformado en un relieve uniforme y cárdeno. En vez de ojos, dos grandes interrogaciones llorosas se balanceaban debajo del cabello apelmazado.

—Es absolutamente mío —dijo el vampiro con el lenguaje caprichoso de su secta—

Y nadie puede interpolarse entre su esencia
y mi cariño.

Hablaba del hijo; Miss wilkinson se calmó.

Los médicos, reunidos en un ángulo del lecho, trataban de demostrarse unos a otros que no tenían miedo. Empezaban a admitir cambios en el cuerpo de Lady Vanda. Su piel se había puesto repentinamente oscura, sus piernas se llenaban de relieves musculares, el vientre se aplanaba suavemente y, con una naturalidad que parecía casi familiar, su sexo se transformaba en el contrario. El rostro no era ya el de Lady Vanda. Las manos no eran ya las de Lady Vanda. Los médicos tenían un miedo atroz. Entonces, cuando dieron las doce, el cuerpo de quien había sido Lady Vanda y era ahora su hijo se enderezó dulcemente en el lecho y tendió los brazos hacia la puerta abierta. Duggu Van entró en el salón, pasó ante los médicos sin verlos, y ciñó las manos de su hijo. Los dos, mirándose como si se conocieran desde siempre, salieron por la ventana. El lecho ligeramente arrugado, y los médicos balbuceando cosas en torno a él, contemplando sobre las mesas los instrumentos del oficio, la balanza para pesar al recién nacido, y Miss wilkinson en la puerta, retorciéndose las manos y preguntando, preguntando, preguntando».

Christiane ,
Escrito por Christiane ,
el 03/07/2013


Un hombre, su caballo, su perro y el cielo
[Cuento. Texto completo.]

Anónimo


Un hombre, su caballo y su perro caminaban por una calle. Después de mucho caminar, el hombre se dio cuenta de que los tres habían muerto en un accidente.

Hay veces que lleva un tiempo para que los muertos se den cuenta de su nueva condición. La caminata era muy larga, cuesta arriba. El sol era fuerte y los tres estaban empapados en sudor y con mucha sed. Precisaban desesperadamente agua

. En una curva del camino, avistaron un portón magnífico, todo de mármol, que conducía a una plaza calzada con bloques de oro, en el centro de la cual había una fuente de donde brotaba agua cristalina. El caminante se dirigió al hombre que desde una garita cuidaba de la entrada.

-Buen día -dijo el caminante.

-Buen día -respondió el hombre.

- ¿Qué lugar es este, tan lindo? -preguntó el caminante.

-Esto es el cielo -fue la respuesta.

-Qué bueno que llegamos al cielo, estamos con mucha sed -dijo el caminante.

-Usted puede entrar a beber agua a voluntad -dijo el guardián, indicándole la fuente.

-Mi caballo y mi perro también están con sed.

-Lo lamento mucho -le dijo el guarda-. Aquí no se permite la entrada de animales.





El hombre se sintió muy decepcionado porque su sed era grande. Mas él no bebería, dejando a sus amigos con sed. De esta manera, prosiguió su camino. Después de mucho caminar cuesta arriba, con la sed y el cansancio multiplicados, llegaron a un sitio cuya entrada estaba marcada por un portón viejo semiabierto. El portón daba a un camino de tierra, con árboles de ambos lados que le hacían sombra. A la sombra de uno de los árboles, un hombre estaba recostado, con la cabeza cubierta por un sombrero; parecía que dormía...

-Buen día -dijo el caminante.

-Buen día -respondió el hombre.

-Estamos con mucha sed, yo, mi caballo y mi perro.

-Hay una fuente en aquellas piedras -dijo el hombre indicando el lugar-. Pueden beber a voluntad.

El hombre, el caballo y el perro fueron hasta la fuente y saciaron su sed.

-Muchas gracias -dijo el caminante al salir.

-Vuelvan cuando quieran -respondió el hombre.

-A propósito -dijo el caminante- ¿Cuál es el nombre de este lugar?

-Cielo -respondió el hombre.

- ¿Cielo? ¡Mas si el hombre en la guardia de al lado del portón de mármol me dijo que allí era el cielo!

-Aquello no es el cielo, aquello es el infierno.

El caminante quedó perplejo. Dijo:

-Esa información falsa debe causar grandes confusiones.

-De ninguna manera -respondió el hombre-. En verdad ellos nos hacen un gran favor. Porque allí quedan aquellos que son capaces de abandonar a sus mejores amigos.

FIN






Christiane ,
Escrito por Christiane ,
el 05/07/2013

1. Rec. 1949 (00:00) 2. Rec. 1953 (3:08)


Christiane ,
Escrito por Christiane ,
el 05/07/2013

Art Tatum (Arthur Tatum Jr., Toledo , de Ohio , 13 de octubre de 1909 Los Ángeles , 5 de noviembre de 1956 ) fue un pianista estadounidense de jazz .

Considerado como uno de los más importantes músicos de la historia del jazz, es especialmente reconocido por su virtuosismo en el piano y sus improvisaciones creativas


Tatum tenía tendencia a realizar grabaciones sin acompañamiento, en parte porque relativamente pocos músicos podían seguir su rápido tempo y su avanzado vocabulario armónico. A principios de los años cuarenta formó un trío con el contrabajista Slam Stewart y el guitarrista Tiny Grimes (1916 - 1989). Durante el corto período que tocaron juntos, grabaron varios discos de 78 r.p.m. que muestran la maravillosa interacción que había entre los músicos, y son únicos hasta la fecha.


Sin embargo, el mayor legado de Tatum son sus grabaciones para piano solo. Con un repertorio compuesto principalmente por el Great American Songbook , Tatum mostraba una fluida brillantez técnica y una prodigiosa memoria para plasmar una fonoteca de obras maestras para piano. La habilidad de Tatum para imaginar y ejecutar ideas complejas e ingeniosas a toda velocidad no tiene parangón en la música grabada. Escuchar a Tatum puede ser una tarea tan emocionante como exigente debido al profundo impacto de sus ideas, sus desvíos armónicos y su extravagante ornamentación.



Imagen de la película The Fabulous Dorseys (1947)

También se le puede ver en un fragmento de la película The Fabulous Dorseys (1947), en una breve jam session junto a otros músicos; la película cuenta la vida de los hermanos Tommy y Jimmy Dorsey .

Las películas que han sobrevivido muestran a un pianista que actuaba con un lenguaje corporal callado y relajada confianza, mientras sus manos se movían expertamente arriba y abajo del teclado.

Art Tatum murió en Los Ángeles ( California ) de una uremia por insuficiencia renal , posiblemente debida al alcohol (Tatum había sido un gran bebedor de cerveza desde sus años de adolescencia). Está enterrado en el Forest Lawn Memorial Park Cemetery, [2] de Glendale ( California ).

Tatum recibió póstumamente, en 1989, el premio Grammy a la carrera artística

Christiane ,
Escrito por Christiane ,
el 06/07/2013

Cómo la sabiduría se esparció por el mundo
[Cuento. Texto completo]

Anónimo africano



En Taubilandia vivía en tiempos remotos, remotísimos, un hombre que poseía toda la sabiduría del mundo. Se llamaba este hombre Padre Ananzi, y la fama de su sabiduría se había extendido por todo el país, hasta los más apartados rincones, y así sucedía que de todos los ámbitos acudían a visitarlo las gentes para pedirle consejo y aprender de él.

Pero he aquí que aquellas gentes se comportaron indebidamente y Ananzi se enfadó con ellos. Entonces pensó en la manera de castigarlos.

Tras largas y profundas meditaciones decidió privarles de la sabiduría, escondiéndola en un lugar tan hondo e insospechado que nadie pudiera encontrarla.

Pero él ya había prodigado sus consejos y ellos contenían parte de la sabiduría que, ante todo, debía recuperar. Y lo consiguió; al menos así lo pensaba nuestro Ananzi.

Ahora debía buscar un lugarcito donde esconder el cacharro de la sabiduría; y, sí, también él sabía un lugar. Y se dispuso a llevar hasta allí su preciado tesoro.

Pero... Padre Ananzi tenía un hijo que tampoco tenía un pelo de tonto; se llamaba Kweku Tsjin. Y cuando éste vio a su padre andar tan misteriosamente y con tanta cautela de un lado a otro con su pote, pensó para sus adentros:

- ¡Cosa de gran importancia debe ser ésa!

Y como listo que era, se puso ojo avizor, para vigilar lo que Padre Ananzi se proponía.




Christiane ,
Escrito por Christiane ,
el 06/07/2013

Como suponía, lo oyó muy temprano por la mañana, cuando se levantaba. Kweku prestó mucha atención a todo cuanto su padre hacía, sin que éste lo advirtiera. Y cuando poco después Ananzi se alejaba rápida y sigilosamente, saltó de un brinco de la cama y se dispuso a seguir a su padre por donde quiera que éste fuese, con la precaución de que no se diera cuenta de ello.

Kweku vio pronto que Ananzi llevaba una gran jarra, y le aguijoneaba la curiosidad de saber lo que en ella había.

Ananzi atravesó el poblado; era tan de mañana que todo el mundo dormía aún; luego se internó profundamente en el bosque.

Cuando llegó a un macizo de palmeras altas como el cielo, buscó la más esbelta de todas y empezó a trepar con la jarra o pote de la sabiduría pendiendo de un cordel que llevaba atado por la parte delantera del cuello.

Indudablemente, quería esconder el Jarro de la Sabiduría en lo más alto de la copa del árbol, donde seguramente ningún mortal había de acudir a buscarlo... Pero era difícil y pesada la ascensión; con todo, seguía trepando y mirando hacia abajo. No obstante la altura, no se asustó, sino que seguía sube que te sube.

El jarro que contenía toda la sabiduría del mundo oscilaba de un lado a otro, ya a derecha ya a izquierda, igual que un péndulo, y otras veces entre su pecho y el tronco del árbol. ¡La subida era ardua, pero Ananzi era muy tozudo! No cesó de trepar hasta que Kweku Tsjin, que desde su puesto de observatorio se moría de curiosidad, ya no lo podía distinguir.

-Padre -le gritó- ¿Por qué no llevas colgado de la espalda ese jarro preciado? ¡Tal como te lo propones, la ascensión a la más alta copa te será empresa difícil y arriesgada!

Apenas había oído Ananzi estas palabras, se inclinó para mirar a la tierra que tenía a sus pies.

-Escucha -gritó a todo pulmón- yo creía haber metido toda la sabiduría del mundo en este jarro, y ahora descubro, de repente, que mi propio hijo me da lección de sabiduría. Yo no me había percatado de la mejor manera de subir este jarro sin incidente y con relativa comodidad hasta la copa de este árbol. Pero mi hijito ha sabido lo bastante para decírmelo.

Su decepción era tan grande que, con todas sus fuerzas, tiró el Jarro de la Sabiduría todo lo lejos que pudo. El jarro chocó contra una piedra y se rompió en mil pedazos.

Y como es de suponer, toda la sabiduría del mundo que allí dentro estaba encerrada se derramó, esparciéndose por todos los ámbitos de la tierra.

FIN





Maria Del Carmen Balmaceda Arguello
Promotora de salud-taller de primeros ...
Escrito por Maria Del Carmen Balmaceda Arguello
el 06/07/2013
EL Mal

de Silvina Ocampo

U na noche rodearon la cama contigua con biombos. Alguien explicó a Efrén que su vecino estaba agonizando. Ese vecino perverso no sólo le había robado la manzana que estaba sobre la mesa de luz, sino el derecho a gozar de la protección de esos biombos, en cuya otra faz había seguramente pintadas flores y figuras de querubes. Esta circunstancia oscureció la alegría de Efrén. Asimismo, con sábanas y frazadas para cubrirse, estaba en el paraíso. Veía de soslayo la luz rosada de los ventanales. De vez en cuando le daban de beber; tenía conciencia del alba, de la mañana, del día, de la tarde y de la noche, aunque las persianas estuvieran cerradas y que ningún reloj le anunciara la hora. Cuando estaba sano solía comer con tanta rapidez que todos los alimentos tenían el mismo sabor. Ahora, reconocía la diferencia que hay hasta en los gustos de una naranja y de una mandarina. Apreciaba cada ruido que oía en la calle o en el edificio, las voces y los gritos, el ruido de las cañerías, de los ascensores, de los automóviles, de los coches de caballos que pasaban. Cuando sentía necesidad de orinar tocaba el timbre; mágicamente aparecía una mujer, con blancura de estatua, trayendo un florero de vidrio que era una suerte de reliquia y esa misma mujer, con ojos etruscos y uñas de rubí, le ponía enemas o lo pinchaba con una aguja como si cosiera un género precioso. Una caja de música no era tan musical, el pecho de una santa o de un ángel tan buenos como la almohada donde recostaba la cabeza. Cosquilleos agradables le corrían por la nuca, bajaban por la columna vertebral a las rodillas. Pensaba: era la primera vez que podía pensar: "Qué precio tiene un cuerpo. Vivimos como si no valiera nada, imponiéndole sacrificios hasta que revienta. La enfermedad es una lección de anatomía. " Soñaba: era la primera vez que podía soñar. Juegos de billar, una pipa, el diario leído minuciosamente, viajes breves, mujeres que le sonreían en un cinematógrafo, una corbata roja, lo deleitaban. En sus delirios tenía presencias del futuro; las visitas de los domingos, que se enteraron de su don, acudían al hospital para acercarse a su cama y oír las predicciones.
Advirtió que los biombos no rodeaban la cama del vecino, sino la suya, y quedó complacido.
Los pies ya no le dolían de tanto caminar, ni la cintura de tanto estar agachado, ni el estómago de pasar tanta hambre. Divisaba el patio con palmeras y palomas, en cada ventanal. El tiempo no pasaba porque la felicidad es eterna.
Los médicos dijeron que iban a salvarlo. Retiraron los biombos con flores y querubes. A su juicio, los médicos eran bribones. Saben dónde se aloja la enfermedad y la manejan a su gusto. El organismo tal vez oye los diálogos que rodean la cama de un enfermo. Efrén tuvo pesadillas por culpa de esos diálogos.
Soñó que para ir al trabajo tomaba un colectivo y después de sentarse advertía que el colectivo no tenía ruedas, que bajaba del colectivo y tomaba otro que no tenía motor y así sucesivamente hasta que se hacía de noche.
Soñó que estaba en la peletería, cosiendo pieles; las pieles se movían, gruñían. Al cabo de un rato, en el cuarto donde trabajaba, varias fieras, con aliento inmundo, le mordían los tobillos y las manos. Al cabo de un rato, las fieras hablaban entre ellas. El no entendía lo que decían porque hablaban en un extraño idioma. Comprendía finalmente que iban a devorarlo.
Soñó que tenía hambre. No había nada que comer; entonces sacaba del bolsillo un trozo de pan tan viejo que no podía morderlo con los dientes; lo remojaba en agua, pero continuaba igual; finalmente, cuando lo mordía, sus dientes quedaban dentro del único pan que había conseguido para alimentarse. El camino hacia la salud, hacia la vida, era ése.
El organismo de Efrén, que era fuerte y astuto, buscó un lugar en sus entrañas para esconder el mal. Ese mal era una fortuna: con subterfugios, encontró manera de conservarlo el mayor tiempo posible. De ese modo Efrén durante unos días, con el sentimiento de culpa que inspira siempre el engaño, volvió a ser feliz. La hermana de caridad le hablaba de sus hijos y de su mujer, inútilmente. Para él, ellos estaban dentro de la libreta del pan o de la carne. Tenían precio. Costaban cada día más.
Sudó, se agachó, sufrió, lloró, caminó leguas y leguas para conseguir la tranquilidad que ahora querían arrebatarle.