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Campos semánticos y campos asociativos predominantes en el texto “Elegía de la bombilla”

xus
Zaragoza, España
Escrito por Xus Cicent Ferrer
el 24/11/2009

Hola a todos, a ver si alguien sabe darme la respuesta a esta pregunta. El texto es el siguiente:

CUANDO yo era pequeño mi padre solía comprarme unos tebeos importados de México que, bajo el título general de «Vidas Ilustres», desplegaban en viñetas coloreadas las biografías de los grandes hombres y de algunas (muy pocas) grandes mujeres. Fue en uno de ellos donde descubrí a Thomas Alva Edison, apodado «el mago de Menlo Park». De la vida de aquel prolífico inventor, cuyo mayor mérito fue, sin duda, un extraordinario sentido práctico que le permitió acomodar sus «descubrimientos» (a veces, simples mejoras de los de otros) a la producción industrial en masa, se me quedó grabada para siempre una anécdota apócrifa. Una noche, cuando Tom era sólo un chiquillo, se vio obligado a ejercer de improvisado enfermero de un médico que intentaba salvar la vida de un herido. El lugar donde se encontraban estaba muy oscuro, y la tenue luz de las bujías no facilitaba el urgente trabajo del galeno. Menos mal que el niño Edison encontró un par de espejos que, tras ser dispuestos sabiamente en torno a las velas, multiplicaron la iluminación de la estancia y permitieron curar al accidentado. Aquella habría sido la primera huella de una obsesión que llevaría al inventor, emulando a Goethe, a buscar siempre más claridad. De ahí a atribuirle la invención de la bombilla eléctrica sólo había un paso.
He recordado la aleccionadora anécdota mientras me enteraba por la prensa de que el ministro australiano de Medio Ambiente ha anunciado que, para 2010, se habrá prohibido allá lejos el consumo de las tradicionales bombillas como fuente de luz pública y doméstica. Las viejas lámparas incandescentes, cuyo diseño apenas ha variado en los últimos 125 años -un casquillo, un filamento, alambres, y una ampolla de vidrio- pasarán a la historia a cuenta de su escasa eficiencia energética y de su culposa contribución al viciado de la atmósfera. Con sólo poner en práctica esta medida, Australia -que, miren ustedes por dónde, todavía no ha firmado el Protocolo de Kioto- reducirá en nada menos que 800. 000 toneladas sus emisiones anuales de dióxido de carbono.
Si las bombillas de nuestros vecinos de las antípodas vemos cortar, me digo, más vale que pongamos las nuestras a remojar, aún a costa de provocar cortocircuitos sentimentales. De manera que, tal como están las cosas, es muy probable que en los próximos años tengamos que ir formalizando el duelo por esas compañeras fieles e infatigables -a pesar de que duren menos que sus sustitutas fluorescentes- con las que todos los que estamos vivos nos hemos acostumbrado a poner dique a las tinieblas a las que nos había condenado un Dios severo. Y gracias a cuyo resplandor nos hemos dejado las cejas leyendo libros y libros que debieran habernos hecho mejores. Como pretendían aquellos tebeos suasorios y edificantes y mentirosos.
La bombilla incandescente -qué magia la de ese filamento que se calienta hasta el rojo blanco y de repente sucede el fiat lux más laico- se está convirtiendo en una apestada. En un detritus de otra época, un coprolito técnico de una civilización inmersa en la idea de Progreso sin moral, y a la que se le daba un ardite el agujero ozonesco y otros agujeros. En una pequeña asesina del medio ambiente cuyo pecado residía en que sólo convertía en luz alrededor de un diez por ciento de la energía que necesitaba para hacer su trabajo. Y, qu