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Grupo de Sucesos económicos. Análisis e interpretación

Rafael Gómez Díaz
Derecho universidad complutense de mad...
Escrito por Rafael Gómez Díaz
el 05/12/2010

Según Romano Prodi, el Euro no está en más peligro que otras divisas ¿Qué os parece?

"El euro no está en más peligro que otras divisas"


LUCIA MAGI

NEGOCIOS - 05-12-2010

"Vamos a ver qué tal va hoy". Como si se interesara por la salud de un viejo amigo, Romano Prodi (Reggio Emilia, 1939) revisa los valores del euro en la pantalla del ordenador. En la sede de la fundación para la colaboración entre los pueblos que fundó en Bolonia, il professore suspira aliviado: ha subido un poco. El único hombre que logró ganar a Silvio Berlusconi en las urnas [fue dos veces primer ministro de Italia, entre 1996 y 1998 y entre 2006 y 2008] presidió la Comisión Europea justo mientras se hacía realidad el sueño de una divisa común, entre 1999 y 2004. Hoy es profesor en la China Europe International Business School de Shanghái. "Estoy aprendiendo mucho. China es el futuro. Siempre que no se suicide", zanja. Luego cuenta una anécdota que refleja las diferencias entre dos mundos que empiezan a mirarse entre mil recelos: "Me preguntaba el ministro de Economía de Pekín cómo podían las democracias occidentales pensar en tener una política económica seria con tantas elecciones de por medio". Se ríe. "Hay que escuchar el sermón aunque no te guste el predicador". Occidente no se encuentra, cierto, en su mejor momento, pero "Europa se ha construido a través de las crisis. Así que vamos a salir más fuertes".

Pregunta. Esta crisis parece la más grave desde el nacimiento del euro.

Respuesta. Si consideramos solo los datos, dicen que la zona euro está mucho mejor que cualquier otra región. El déficit roza el 7% del PIB, mientras en EE UU o en Reino Unido tiene dos dígitos. Vista la crisis económica, podríamos llegar a decir que estamos bien y no es así. Pero EE UU no recibe ataques y nosotros estamos en la línea de fuego.

P. ¿Por qué?

R. China, EE UU y, en general, los grandes protagonistas de la economía actual ofrecen una política unitaria, pueden formular soluciones rápidas. Pensemos, por ejemplo, en las medidas adoptadas por Obama o por el Gobierno chino nada más arrancar la crisis. En Bruselas, en cambio, cada decisión lleva mucho tiempo. Se toma, si se toma, tras meses de tensiones que ponen en evidencia controversias y discrepancias.

P. ¿Cree que Europa llegó tarde al rescate?

R. Sí. En Grecia sobre todo. Las decisiones fueron más rápidas sobre Irlanda, pero igualmente sacaron a la luz contrastes y diferencias entre los países miembros, acompañadas por declaraciones que definiría, como poco, de incautas. Se aprueba un plan de 85. 000 millones para Irlanda, pero el mensaje que se transmite al exterior es que no hay acuerdo.

P. ¿A los especuladores?

R. Se trata de estructuras que operan en el mercado financiero apostando por la debilidad de uno u otro. Lo que tienen en común es que les interesa dividir porque así pueden atacar con mayor facilidad. Hay que unir las fuerzas, hacer comprender a los especuladores que lo van a tener crudo. Una buena idea es la agencia europea para la deuda que propone Mario Monti [el ex comisario, que hoy preside la prestigiosa Universidad Bocconi de Milán, abogó por crear un organismo comunitario que emita bonos para financiar una parte de su deuda a los miembros que lo necesiten, con el límite del 40% del PIB].

P. ¿Ha actuado bien el BCE?

R. Creo que ha actuado con extrema fuerza en la compra de títulos irlandeses y portugueses, capeando la hemorragia de principios de semana. Hace bien en intervenir sin emprender la política de EE UU, basada en el aumento de masa monetaria.

P. ¿Pero será suficiente?

R. No. Lo que necesita Europa es un proyecto común a largo plazo. Sin ello, no podemos tener una política monetaria perfecta.

P. Si hablamos de la necesidad de políticas comunes, esos problemas no son nuevos...

R. Siempre me pareció estúpido el Pacto de Estabilidad. Y lo dije, atrayéndome críticas. A pesar de ser estúpido, era un instrumento útil para tomarse el tiempo necesario para suplir el vacío político. Pero los primeros en no respetarlo fueron Francia y Alemania. Contestaron que no era asunto de la Comisión y que cada Estado se las apañaría por su cuenta. Lo mismo pasó cuando propusimos que Eurostat controlara por lo menos el aspecto aritmético de las cuentas de cada miembro. Los protagonistas de la Unión rechazaron la idea.

P. ¿La crisis del euro describe, entonces, otra más grave y antigua, la de la política unitaria?

R. La está dejando ver bien clara. Sin embargo, no hay ningún elemento objetivo que nos lleve a decir que el euro está en peligro más que otras monedas.

P. Cuando habla de peligro, ¿En qué escenarios piensa?

R. Hay dos hipótesis: tener dos monedas, un euro del Sur y uno del Norte de la UE. O un verdadero big bang que haga volver cada país a su antigua divisa. Las dos son impensables.

P. ¿Por qué? Parece que habrá que convencer a los alemanes...

R. Alemania va a entender que el euro le conviene. Berlín experimenta una especie de escisión entre sus posiciones políticas y los intereses de su comunidad empresarial. Es el euro el que multiplica su potencia económica. Hay un ejemplo evidente: en 1970 un marco costaba 178 liras. En 1980 valía 474 y cuando en 1999 hice las cuentas con [el canciller Helmut] Khöl había pasado a 990 liras. La mayor parte del superávit alemán se logra gracias a otros países del euro. Por eso me cuesta entender ciertas posiciones. Han sido intempestivas, inoportunas y han asustado a los mercados.

P. El euro tiene problemas de comunicación, no parece que se venda bien de cara al electorado.

R. La tendencia es atender la urgencia y luego ver hasta las siguientes elecciones. En Alemania existe cierto populismo que presenta al país como un mártir europeo: son los únicos que trabajan, que pagan y tiran de los demás. Hay que explicarles que no es así. Sin duda desarrollan una función proporcional a la grandeza de su economía, pero costes y beneficios están equilibrados. Entre el 50% y el 60% de su mercado está en la eurozona, no fuera.

P. A pesar de las ventajas, la UE parece dividida como nunca.

R. Bueno, también están pasando cosas impensables hace un año. Se decidió todos juntos el plan para Irlanda o instituir un fondo de salvación...

P. ¿Y sería suficiente para salvar España? Por si acaso.

R. España no va a necesitar ningún rescate. No está en el borde del abismo. Tiene una deuda pública muy baja y sus dos bancos principales son saldos y equilibrados entre inversores nacionales y extranjeros. Pero es preciso continuar con la austeridad.


Rafael Gómez Díaz
Derecho universidad complutense de mad...
Escrito por Rafael Gómez Díaz
el 08/12/2010

Eso lo acabo de colgar en otro debate del grupo; pero como cada uno anda por donde quiere, y esto tiene relación directa con este debate, también lo cuelgo aquí:

El coste de la supervivencia del euro

Cuando Alemania apenas crecía, el BCE le garantizó tipos bajos. Ahora, si ese país no reforma su política económica nacional, el futuro del euro dependerá del sacrificio de los países de la periferia como España

JOSÉ FERNÁNDEZ ALBERTOS, científico titular del CSIC en el Instituto de Políticas y Bienes Públicos.

EL PAÍS - Opinión - 08-12-2010

Nadie sabe con certeza cuál será el desenlace final, pero lo que sí sabemos es que la moneda única está ante el primer gran examen desde su nacimiento, y de cómo salga de él dependerá el futuro político y económico del continente. Los libros de historia tendrán un capítulo para los acontecimientos que, en 2010, pusieron en jaque el proyecto de construcción europea.

Hasta hace bien poco, el enorme capital político invertido en la construcción del euro por las élites europeas era considerado la mayor garantía de la irreversibilidad de la unión monetaria. Todos éramos conscientes de que la moneda única llevaba asociados ciertos riesgos, al imponer una única política monetaria a un grupo de países insuficientemente integrados económica e institucionalmente. Pero como el coste económico y político de abandonar el euro una vez creado sería tan grande, los políticos estarían dispuestos a hacer lo que fuera por mantenerlo vivo. El economista Barry Eichengreen popularizó en círculos académicos una variante de este argumento: como el mero anuncio de la reintroducción de una moneda nacional provocaría "la madre de todos los pánicos bancarios", ningún país tan siquiera consideraría la posibilidad de abandonar el euro, cualesquiera que sean los costes de mantenerse en él.

La palabra clave es "cualesquiera". ¿Y si mantenerse en el euro obliga a los países a realizar ajustes fiscales draconianos como los que estamos viendo en Grecia o Irlanda? ¿Y si los inversores, ante el cada vez más posible caso de que algún país declare el impago parcial de la deuda, exigen cada vez tipos de interés más altos para prestar a estos países, lo que hace que los sucesivos programas de ajuste sean sucesivamente más y más duros? ¿Y si el temor a que en el futuro algún país abandone la unión monetaria por no poder pagar los costes políticos asociados a estos ajustes hace que los depósitos bancarios de ese país se vayan vaciando, lo cual a su vez reduciría el coste para los Gobiernos de reintroducir las monedas nacionales? El mismo Eichengreen ha dejado de creer a pie juntillas en la invulnerabilidad del euro.

No sabemos hasta dónde están dispuestas a aguantar las autoridades griegas o irlandesas, o en el futuro las portuguesas, españolas o italianas, y sus respectivas opiniones públicas. En las anteriores crisis cambiarias europeas, como la de los noventa, la pregunta era hasta dónde iban a ser capaces los Gobiernos de sostener las subidas de tipos de interés que requería la estabilidad de los tipos de cambio, con las consecuencias contractivas para la economía que ello tenía. El banco central sueco llegó en otoño de 1992 a subir los tipos de interés a corto plazo al 500%. Pero los inversores sabían que los Gobiernos tendrían algún límite en su capacidad de infligir sufrimiento a su propia economía y, llegados a ese límite, acabarían cediendo y devaluarían su moneda, con independencia de las veces que hubiesen repetido antes que nunca cederían a las presiones de los mercados. Ahora que los tipos de interés no están bajo el control de los Gobiernos, la pregunta es hasta dónde pueden endurecer los Gobiernos la política fiscal, con efectos contractivos sobre la economía similares a las subidas de tipos. Es verdad que declarar el impago de la deuda o abandonar el euro ahora es más difícil que devaluar la moneda en los noventa, pero también es cierto que los ajustes fiscales actuales -que implican reducciones de gasto y aumentos de impuestos- son políticamente más costosos para los Gobiernos que las subidas de tipos de interés del pasado.

Un problema añadido es que estas políticas fiscales cada vez más restrictivas no tienen nada que ver con las reformas estructurales que estos países necesitan para salir de la crisis, a pesar de la retórica con la que normalmente se acompaña la introducción de cada nuevo plan de ajuste. Se ha repetido hasta la saciedad, pero aún muchos siguen sin entenderlo o sin quererlo entender: la crisis fiscal de los Estados no es la causa del derrumbe financiero, sino su consecuencia. Irlanda y España han sido países fiscalmente disciplinados (no así Grecia). En la historia de la unión monetaria, han infringido las directrices del pacto de estabilidad mucho menos que Alemania o Francia. Solo cuando la crisis financiera ha llevado a Irlanda a garantizar el pasivo de los bancos, y a España a reducir ingresos e incrementar gasto, es cuando han crecido los déficits y los mercados han empezado a dudar de la sostenibilidad de las cuentas públicas de estos países.

A la incertidumbre sobre la capacidad de sacrificio de los países de la periferia se une la poca colaboración de los países centrales de la eurozona. Cuando se señaló que una forma obvia de corregir los desequilibrios comerciales dentro de la UE (Alemania tiene enormes superávits comerciales generados en parte por el espectacular aumento de la demanda en la periferia) y de estimular la salida de la crisis de los países con problemas era el incremento de la demanda interna alemana, el Gobierno alemán se negó por motivos puramente domésticos.

Puede sonar demagógico, pero en los años en los que Alemania apenas crecía, el Banco Central Europeo le garantizó una política de tipos de interés extremadamente bajos -política que, por otra parte, contribuyó a alimentar las burbujas en los países que estaban siendo fiscalmente disciplinados-. Pero cuando el resto de Europa necesitó de una política fiscal más expansiva en aquellos países que como Alemania se la podían permitir, esta fue bloqueada por una poderosa coalición formada por el Gobierno alemán, su banco central, su tribunal constitucional, y una opinión pública cada vez más beligerante contra los supuestamente manirrotos europeos del Mediterráneo. El último golpe ha sido la propuesta de Merkel y Sarkozy de legitimar las quitas en las emisiones de deuda. Como ha escrito en estas páginas De Grauwe, esto no ha hecho sino alentar los ataques especulativos contra los bonos de los países en dificultades.

Se pueden hacer dos interpretaciones del comportamiento de Alemania. La primera admite que Alemania no está dispuesta a dejar fracasar el euro. Si la política hoy dominante -que la carga del ajuste caiga en los países periféricos- acaba siendo inviable, a Alemania no le quedará más remedio que volverse europeísta y arrimar el hombro. Pero solo lo hará cuando el euro esté en situación crítica, porque solo entonces Merkel podrá convencer a la sociedad alemana de las impopulares decisiones que habrán de tomarse, como la europeización de la deuda pública, la creación de un Fondo Monetario Europeo o el cambio de las reglas de gobernanza macroeconómica en la eurozona. Cuanto más se pueda retrasar ese momento endureciendo las políticas fiscales de la periferia, mejor. El problema de esta interpretación es que no está nada claro que para Alemania acabe siendo menos gravoso salvar el euro cuando las economías europeas estén al borde del abismo que atajando desde el principio las dudas sobre la solvencia de estos países, bien mediante estímulos fiscales en Alemania, o mediante garantías más creíbles a sus emisiones de deuda.

La otra interpretación es que, sencillamente, lo que hemos presenciado es una muestra de que Alemania no está dispuesta a sacrificar los principios orientadores de su política económica nacional para salvar la unión monetaria. Si así fuera, el futuro del euro quedará en manos de la capacidad de sacrificio de las economías y sociedades de los países de la periferia en términos de desempleo, recortes en Estado de bienestar y estancamiento económico. Y como bien saben quienes están especulando en los mercados de deuda de estos países, la capacidad de aguante de las sociedades democráticas no es infinita.


Rafael Gómez Díaz
Derecho universidad complutense de mad...
Escrito por Rafael Gómez Díaz
el 13/12/2010

Nuevamente una muestra muy interesante (escrita por un francés) de la batalla del euro:

La batalla del euro


JEAN-MARIE COLOMBANI

EL PAÍS - Internacional - 13-12-2010

El desenlace de la batalla del euro sigue siendo igual de incierto. Evidentemente, es una situación exasperante: como ha observado recientemente Valéry Giscard d'Estaing, ex presidente francés y alma máter de la comisión que condujo al Tratado de Lisboa, "nunca se ha visto que los mercados consiguieran la supresión de una moneda". Aun así. Por un lado está el Banco Central Europeo, que refuerza las líneas de defensa, y los Gobiernos, con los de Alemania y Francia a la cabeza. Por el otro, los mercados y demás fondos especuladores, que siguen poniendo su punto de mira en un país y luego en otro: se trata de esperar a que los países más débiles se desmoronen para conseguir poco a poco la fragmentación de la zona euro.

Aunque haya sido más tranquila que las anteriores, la semana que acaba de terminar no ha escapado a la regla. Ha estado marcada por el consejo franco-alemán celebrado el viernes en Friburgo, cuyo objetivo era reafirmar la voluntad común de salir adelante gracias al fondo de rescate que se ha dispuesto y que debería ser prolongado a partir de 2013 por un mecanismo permanente. Pero esta reafirmación ha venido acompañada de una doble negativa: la negativa a aumentar el fondo de rescate -cuyo techo se sitúa hoy en 750. 000- como recomendaba el presidente del FMI, Dominique Strauss-Kahn. Negativa igualmente a emitir obligaciones comunes en forma de bonos del Tesoro europeo, como deseaba Jean-Claude Juncker, primer ministro luxemburgués, en su calidad de presidente del Eurogrupo, apoyado por Giulio Tremonti, ministro italiano de Finanzas.

Esta solución, que consiste en emitir euroobligaciones, viene siendo preconizada por hombres tan diferentes como Jacques Attali, Jacques Delors y Helmut Schmidt. Su razonamiento se apoya en las cualidades de la zona euro, que ningún dirigente político actual ha puesto verdaderamente de relieve. A saber: en un mundo en el que los desequilibrios son cada vez más acusados, la zona euro es, de hecho, un polo de estabilidad; falta que se convierta en un polo de la mayor prosperidad. Colectivamente, está en mejor situación que EE UU, cuyo déficit es abismal, lo mismo que su desequilibrio comercial respecto a China. Eso, sin mencionar a Reino Unido cuyas cifras son objetivamente catastróficas. Desde la perspectiva de quienes la preconizan, la emisión de bonos del tesoro europeo tendría como efecto inmediato el de privar de municiones a la especulación.

Su propuesta ha tropezado no obstante con el rechazo de Alemania y, ahora, también con el de Francia. Motivo: se mutualizarían los riesgos y, por supuesto, se armonizarían los intereses de los préstamos. Sobre todo, dice Nicolas Sarkozy, se "irresponsabilizaría" a los Estados más endeudados, que deben restablecer sus equilibrios cuanto antes. Este reproche de incitación al laxismo es, evidentemente, el leitmotiv de Alemania contra los demás países de la eurozona. El apoyo francés era muy esperado en Alemania. Aunque solo fuera porque la canciller no quería ser la única a la que tacharan de antieuropea. Un reproche que le han hecho inmediatamente tanto Jean-Claude Juncker como Helmut Schmidt.

De hecho, desde el estallido de la crisis, podemos considerar que Angela Merkel siempre ha ido un paso por detrás de los acontecimientos. Su argumento para rechazar los eurobonos y el aumento del fondo de rescate europeo es que "por el momento no hay razón para ello". Ahora bien, lo que le proponen es precisamente evitar la llegada de un "momento" más peligroso que los anteriores. También es cierto que, como los demás, la canciller debe lidiar con su propia opinión pública. Pero tal vez le esté concediendo demasiada importancia a quienes, en Alemania, proponen una fragmentación de la zona euro en dos velocidades o, lo que viene a ser lo mismo, relegar a los países mediterráneos a una especie de subzona monetaria, cuando la opinión pública alemana, por su parte, ha evolucionado en un sentido positivo. Hace unos meses, la mayoría se declaraba favorable al retorno al Deutsch Mark; hoy, un 60% de los alemanes afirman su apego al euro, mientras que los nostálgicos del marco solo representan un tercio.

En lo que coinciden Merkel y Sarkozy es en el fondo en una lógica de derechas. Salir de la crisis emitiendo bonos del tesoro europeo puede permitir que cada uno de los Gobiernos decida no cambiar de dirección para reequilibrar sus grandes magnitudes, sino tal vez proceder más pausadamente y, así, dar un respiro a la demanda interior y a unas poblaciones que podrían verse sacudidas por movimientos de revuelta. Sarkozy y Merkel coinciden también en su oposición a dotarse de un presupuesto europeo dinámico. Ninguno de los dos quiere una Europa animada por un verdadero centro que, a imagen del Banco Central Europeo, cuente con nuevos instrumentos de federalismo. A fin y al cabo, el duopolio franco-alemán les conviene a ambos.