Siempre fue etérea. En su pueblo le decían la Luz. Cuando nació, su madre hizo varios intentos para demostrar que no era humana, siempre fracasó. Así fue como empezó a criarla como si realmente fuera una niña. Sin embargo, nunca se convenció del todo. Llegó a amarrarla a la pata de la cama los días en que había tormenta de arena. Temía que el viento se la llevara.
Cuando la Luz tuvo uso de razón impidió de mil maneras para que no la ataran con la primera hoja que empezara a moverse. No siempre lo logró. Tijeras, cuchillos, cortaplumas fueron desapareciendo de la casa. Con el solo fin de que la Luz no cortara las sogas que la sujetaban. No se daba cuenta, todavía, de las ventajas del poder volar.
Un día, un aire repentino la llevó al otro extremo del pueblo. Entre dos o tres vecinos perplejos aterrizó la Luz agarrada a la rama de un pino. Otra vez hizo un mandado sin que nadie la hubiera visto caminar por la calle. Sucedió que la Luz aprovechó una ráfaga para ir a la panadería y otra para volver. Aterrizaba siempre en los fondos para no ser descubierta por doña Tota, su madre.
Pero, como las prácticas de aterrizaje no eran sistemáticas ya que las hacía a escondidas, ese momento llegó y así fue como la Luz, salió a tender la ropa al patio y con el viento, desapareció.