Las migas
Al filo del atardecer estoy mirando desde la misma silla de aluminio una luz desconocida cada día y espero que mañana me sorprenda de nuevo, una silla metálica sobre unas losetas grises con salpicaduras de colorines que alfombran la terraza componen el mejor escenario para esta despedida lenta de un sol de julio ante el que perezco cuando me enfoca porque su descaro me obliga a presentarme ante los demás sin matices.
Así comienza el texto que con desgana voy a intentar prolongar hasta que dirijo la vista hacia la otra mesa y veo que está ocupada por un chico que mira hacia abajo, hacia un suelo que también tiene losetas grises con salpicaduras de colorines. Al curvar su espalda se recorta un bulto en su costado, la chaqueta de verano de tejido fino lo dibuja y hago esfuerzos por saber de qué se trata. Antes de que pueda averiguarlo el camarero interrumpe mi investigación dejando sobre la mesa un platillo con patatas y una caña. Se acerca al hombre contemplador de las losetas y le hace un comentario mirando también hacia el mismo lugar y girando la cabeza para indicar que al otro lado de la terraza también se produce algún fenómeno. Me pongo las gafas, el chico vuelve a fijar la vista en el suelo, lo hago yo también, no encuentro nada, voy avanzando, hasta que identifico un pequeño cordón negro que cimbrea, y otro más allá que acaba, o comienza en el lugar hacia donde el camarero dirigió su vista cuando hablaba con el chico del bulto en la espalda que mira las losetas. Yo diría que son hormigas. Son batallones de hormigas que se afanan por trasportar algo, unas migas, supongo que son las migas que han dejado caer de las mesas durante la comida en la terraza del bar. El camarero vuelve a salir, trae otra caña al chico que recorre con la mirada los desfiles. Pues no, las migas no han caído al suelo porque es el camarero las deposita en distintos ángulos de la terraza.
Son migas Caballo de Troya que preparan la última cena del hormiguero. Todas las hormigas