((Estudiante de fotografía busca personas con grandes cicatrices para trabajo fin de carrera. No puedo pagar nada. Interesados acudir a Plaza de la Montera, 45 bajo.((
El anuncio lo redacta el viernes, improvisadamente, por teléfono. El lunes no recuerda nada. El fin de semana ha sido extraño, salvaje, casi suicida. A las 4 de la tarde está desayunando una Coca-Cola con un ducados. A veces, cuando inhala el humo, puede escuchar un leve silbido recorriendo su traquea. Suena el timbre y abre desde el portero de la cocina, sin preguntar; seguro de que es Luis, que viene a por su chaqueta, que ha visto antes tirada en el sofá. Pero no es Luis. No tiene ni idea de quién es una mujer de unos 50 años, amplias caderas, bien vestida y con aspecto de recién salida de la peluquería que le mira desde la puerta.
-Vengo por lo del anuncio de las cicatrices –Afirma la mujer. Sin embargo, en su entonación parece haber una pregunta-.
Cicatrices. Él tiene un pensamiento automático, más bien una visión: ve un enorme cuchillo de carnicero cortando un grueso filete.
-No sé de qué me habla –La mira fijamente, no pretende ser maleducado, pero su mente está tan agotada que no es capaz de ser más elocuente.
-¿Buscaba usted personas con cicatrices… para fotografiarlas? –Se arregla la falda tirando de ella para abajo, primero de delante y luego de atrás. Es un gesto preciso, mecánico.
Cuando la está mirando a través del visor de su cámara todavía no está muy seguro de cómo ha llegado a darse tal situación. La mujer está ahora sentada en un pequeño taburete. Cuando entiende que todo está listo abre la falda y deja al descubierto la pierna izquierda; una terrible cicatriz la recorre de arriba abajo. El primer disparo le hace dar un brinco; el flash, su inquietante zumbido tras la descarga, le incomodan. A perdido el aire desafiante que, por un segundo, pareció entreverse en su rostro cuando mostró la pierna. Él está menos aturdido. Baja la cámara del trípode y apaga el flash, aparta el