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Escrito por
Miguel González
el 21/04/2006
UN TROCITO DE BUÑUEL
A llí estaba Buñuel mojándose. En esa cotarra espesa en el corazón del pinar viejo. La tormenta de verano parecía apaciguar y el sol amenazaba con éxito una tarde denominada, por las gentes pueblerinas, “de cochura”. Buñuel acostumbraba a mirar al sol. Ese día de suelo húmedo, Buñuel miraba al sol más que nunca. Jalinco y Tenco, dos jóvenes vecinos, miraban a Buñuel desconcertados. No entendían por qué Buñuel miraba con tanta ansia hacia el sol. No eran capaces de comprender por qué Buñuel miraba al cielo estirándose como nunca lo había hecho. Estruendos y motores se oían cada vez más cerca. Voces de lugareños se mezclaban con las motosierras. Ese estrepitoso jaleo en el silencioso pinar era más que suficiente para que el viejo Buñuel se hiciera a la idea de lo que se le venía encima. El verdugo leñador, con su incansable motosierra, se dispuso a eliminar a Buñuel del pinar en el que creció. Jalinco y Tenco observaban tras sus débiles cortezas. Ahora entendían todo, ya nunca más tomarían el sol con Buñuel. |
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