Mixquic

Namesti
Baja California Sur,...
Escrito por Namesti el 25 de Enero

Mixquic.

Maletas listas. Pasaje de avión comprado y mortales ganas por celebrar. Siempre he honrado a la muerte, mi familia y todos los que conozco también.

¡Preparado para los brebajes del día de muertos!

Ansioso por arribar al pueblo negro de mayor tradición mortuoria y con una sonrisa de catrina, esperaba la noche siguiente. Noche que me llevaría volando a San Andrés de Mixquic.

Indagué vía Internet acerca de los mejores lugares para celebrar la fiesta. Varias zonas del Estado de México, Michoacán y Oaxaca. Mixquic en especial, me robo los ojos desde las primeras postales. En videos se mostraba a las personas tiñendo de negro sus casas, sus santuarios. Adornaban con pequeños cráneos y esqueletos cada esquina y cornisa. Se mostraban unidos en el afán de obscurecerlo todo. El fervor común de aquellos pintores y decoradores rurales, decidió por mí.

Debo confesar que temo profundamente a los aviones, a volar en ellos. Pero las ganas de celebrar las fiestas de la parca me espantaron un poco el miedo. Al despegar la nave estoy convencido –como siempre- de que todos moriremos, así que me pido una cerveza y a diferencia de otras ocasiones, la sensación perdura, aunque distinta. Esta vez siento que sólo yo moriré.

Arribé a Cd. De México con la cabeza puesta en el dos de Noviembre. Los días anteriores a él no fueron sino de compras. Mascaras, disfraces, flores, tequila, mezcal, pulque y pan de muerto. Nadie importante para mí ha fallecido aún, pero la muerte quieras o no, se encuentra a un brazo de distancia de tu lado siniestro –como bien dijo Don Juan Matus. No queda más que aceptarla, amarla y celebrarla.

Llegó el tan esperado momento. Tomaría el primer autobús que encontrara, después claro de visitar cualquier bar, ese bar. Desayunos también ¿Eh? Perfecto, me da dos, es decir el menú uno y el menú tres por favor ¡Un Viva la villa y una cerveza en la misma cuenta! Grité eso último porque se marchaba la adorable mesera, aunque ruda y robusta. Terminé mi arroz, mi ensalada, mis frijoles, mis gorditas, mis huevos fritos, mi café, mi cerveza y mi aguardiente. Salgo satisfecho, agradecido y mareado apresurándome a la estación. Abordé uno de esos camiones tan feos que los atraviesa una flecha.

A kilómetros del pueblo ya se perciben en el aire los festejos dedicados a la benévola e idolatrada deidad favorita del mexicano. La Venus con guadaña.

La gente de Mixquic adora el día de muertos y viste de viudo a su pueblo.

Mientras que el sol ocultaba a los fantasmas, enmascarado y con cola de diablo me divertí por las azabaches calles bebiendo tequila donde me parecía que era adecuado hacerlo. Sin previo aviso salía caminando inciertamente y me acomodaba en alguna otra esquina que me llamara a trincar un tanto de pulque –el mezcal es invariablemente y sin excusas para beber con los difuntos a media noche. En el panteón.

El menguado sol de Noviembre mutó en crepúsculo y el fulgor detrás de los cerros transformase en sombras. Terriblemente ebrio y extasiado me tomaron las tinieblas mientras una señora que me vendió diez o doce cervezas en su jacal negruzco acondicionado como cantina no cesaba de advertirme – ¡No te vayas a pasar!- El humo del copal llegó a nublar las cruces de algunas iglesias y en cada lámpara y faro fulgía un rayo de Febo. Atento todavía -gracias a la química local- y atolondrada por la merluza, me dieron las campanadas de las doce. Hora de visitar a los cadáveres soterrados.

Panteón. El canto llorón de los anónimos hincados se advierte entre el aire que respiras.

Aquella era una orgía bien ordenada en senderos de lapidas y epitafios. Alcohol, disparos y llantos subían cual reclamos al cielo traducidos en olor de inciensos. Reclamos que se acumulan cual quejas en el buzón de un finado. El efluvio de los manjares preferidos por los difuntos y la sensualidad de las damas tristes, invitaban a creer que sólo aquel, era todo el mundo. El de los muertos. Invitaban a creer que la lúgubre lujuria era obligación.

Los panteones de San Andrés son crápula de penas, licor, aromas y color cada vez que la señora exige su ritual.

La espiritualidad de la experiencia y lo azorado mis adentros me animaron a lanzar mi reloj favorito a lo más obscuro de las tumbas. Rompí los billetes que llevaba en los bolsillos buscando alejarme de todo lo mundano. El dinero y las posesiones me parecían inútiles como lo son dos peones enfrentados. Así que terminé desnudo. Corriendo con la botella de mezcal en una mano y el pan de muerto en la otra. Tras cada suspiro de fatiga empujaba el pan a mi boca con un trago del néctar que regala el Baco mexicano.

La congestión alcohólica era inminente. Mi pecho barnizado en sudor y vomito eran prueba fiel de que algo no andaba bien. Perdí la razón. Y cuando eso sucede y estas entre amigos, al día siguiente te enteras a través de sus subjetivos recuerdos de las aventuras etílicas que emprendiste. Solo como yo, ni quien te recuerde, puedes morir y ¿Quién lo nota? Así que el pasado es irremediablemente irreconstruible . No queda más que buscar tus pantalones y salir con la cabeza en alto.

Despierto. Cero recuerdos. Me siento flotar. ¿He muerto o solo sueño? Pienso que obtener un nivel místico y etéreo con base en alcohol y demás sustancias tiene sus consecuencias, y sentirse flotar es para nada la más extraña.

Logro ver desde lo alto todo lo extenso del cementerio. Toda la tierra mojada que cubre a todos esos cadáveres que tienen a tanta gente llorando, humedeciendo la tierra.

La paradoja está aquí. Si fuese un sueño, ¿Por qué es que puedo leer? Todas las inscripciones talladas en las lapidas están al alcance de mi vista. Asimismo estoy planeando y eso definitivamente nunca lo he logrado en el mundo real. Puras locuras que sólo al dormir son posibles. Lo extraordinario es que también puedo percibir olores. El ambiente está plagado de la fragancia del cempasúchil, del olor de exquisitos guisos y del dulzón aroma de los vinos.

En la marcha aérea por la necrópolis me encuentro justo a mis pies a una señora idéntica a mi madre pero con el rostro desencajado y arrugado por la humedad de las lágrimas. La mujer coloca encima de un sepulcro que lleva inscrito Iván de Jesús Gaxiola Beltrán 1984-2008 mis platillos favoritos, los aromas de las flores que amo y una botella de tequila.

* * *

Así me gustaría pensar que murió mi mejor amigo. Intoxicado y joven. La mejor combinación, decía él. Pensar que murió festejando en sus fechas predilectas lo único que respetaba. La muerte. Celebrando entre el misticismo que tanto le gustaba.

Desde pequeño padeció fallos cardiacos.

Quisiera que lo que he narrado fuese real, que fuese desde su perspectiva, el final de su vida.

Lo cierto es que Iván murió en el jet que lo llevaría a San Andrés de Mixquic víctima de un paro cardiaco total y repentino justo al despegar el avión. Los médicos dicen que no sintió nada. Como todo, es imposible estar seguro.


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