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Escrito por
Rafa
el 24/09/2008
Nota del traductor del original árabe
Yo ofrezco a mis amigos, para su placer y conocimientos –desnudas, vírgenes, sencillas- estas noches árabes vividas, soñadas y traducidas en su tierra natal y sobre el agua. Así aparecerán risueñas y llenas de ingenuidad, como la propia musulmana Schehrazada, que las ideó en el misterio y las dio emocionante vida en los brazos de un príncipe, feroz y lúbrico, bajo la mirada de Alá, clemente y misericordioso. Tal como son, en su frescura de carne y en su dureza de roca, os las ofrezco. Sólo existe un método honrado y lógico de traducir: la literalidad. Una literalidad impersonal que sólo pueda atenuar el leve parpadeo y la ligera sonrisa del traductor. La literalidad crea la mayor potencia literaria, infunde el placer de la evocación y es inmutable en su desnudez. Prende el aroma original y lo cristaliza, separa, desata…y fija. Los escollos de la lengua vernácula, irreductibles al traductor de academia, puesto que nunca llegará al espíritu de la obra, sino a la letra del texto, se convierten, para el balbuceo oriental, en tan bellas espirales, que apenas se decide a desenlazarlas por miedo a que pierdan su original dibujo. Sometido a sus prejuicios de expresión, el amanerado occidente quizás simule un gesto de estupor y escándalo al oír el franco lenguaje, juvenil y sonoro, de estas muchachas sanas y morenas que ya no existen y vieron la luz en las tiendas del desierto. La huríes son apenas maliciosas. Y los pueblos primitivos, dice el sabio, llaman a las cosas por sus nombres y aceptan lo que es natural, sin hallar condenables ni licenciosas sus expresiones. Un producto odioso, la vejez espiritual, es desconocido por las letras árabes: éstas ignoran la intención pornográfica. Los árabes aman las cosas por sus alegres aspectos. Su sentimiento erótico va unido a la alegría y al regocijo. Son como niños que ríen, con todo el corazón, de aquellos lances que estremecerían de horror a un puritano. Quien haya reposado en la limpia estera del beduino de Palmira y haya compartido el pan y la sal con el espléndido Ibn Rachid en la soledad grandiosa del desierto…. Sabe que un sentimiento único se apodera de todos los circunstantes: la loca alegría. Parece flotar, con vitales estallidos, tras las palabras toscas y libres del narrador popular que gesticula, brinda, marcha de un lado a otro, para hacer más vivo su relato y transmitirlo con mayor expresividad a los risueños espectadores y oyentes…Y entonces se apodera de todos la general embriaguez de que están cargadas las palabras, los sonidos imitativos, el humo del tabaco, la esencia afrodisíaca que satura el espacio…y os sentís navegantes aéreos en la frescura de la noche. Allí nadie aplaude. Nadie entendería ese gesto trasegado a Europa de las razas ancestrales y símbolo de la alegría burguesa bajo el gas o la electricidad de sus salas de espectáculos. Ante una música de cañas y flautas, ante un lamento de kanoun , un canto de almuédano o de almea, un sensual relato, un poema de aliteraciones como el correr de cascadas, un penetrante aroma de jazmín, una flor estremecida por la brisa, un vuelo de pájaro, o la desnudez de perla y ámbar de una opulenta y ondulante cortesana de ojos de estrella, el árabe responde conj un ¡Ah! ¡Ah! De éxtasis y arrobamiento. Ello se debe a que el árabe es un instintivo, si bien refinadísimo. Ama la línea pura y, cuando ésta es irreal, sabe imaginarla.
Dr.J.C. Madrus
Introducción
¡En el nombre de Alá, el clemente y misericordioso! ¡Sea para Alá, creador del universo, toda alabanza! Y la oración y la paz sean para nuestro señor Mohamed, príncipe de los enviados, y para los suyos, hasta el día de la merced. Y después: Que los dichos y los hechos de nuestros mayores encierren una lección para los hombres actuales a fin de que aprendan lo que a ellos sucedió y tomen prudente aviso. ¡Loor a aquel que guarda las historias del pasado como lección de la vida presente! De entre estas lecciones has sido elegidas las llamadas Mil noches y una noche y cuanto hay en ellas de episodios extraños y maravillosos.
¿A qué dan ganas de leerlo? |
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Escrito por
Imperfecto Imperfecto
el 24/09/2008
Ahora estoy haciendo la ola... Muchisimo peor de lo que imaginé desde el principio... Ahora, me harías un gran favor si dieras ordenes tajantes de que me baneasen... Con toda seguridad no lo harás, creo que no andas sobradillo de arrestos... |
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Escrito por
Rafa
el 24/09/2008
Banearte sería hacerte un favor. Mientras sigas "publicando" estarás expuesto al público
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Escrito por
Imperfecto Imperfecto
el 24/09/2008
Que es que el problema no es el público... El problema es tu actitud pueril...
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Escrito por
Tob?as Montesinos Martínez
el 26/09/2008
Dejando de lado las intenciones nostálgicas del moderador o su talante innato por apaciguar los ánimos, después de incitar a la lucha frente a un profeta desarmado (léase a Maquiavelo), confieso que comparto el gusto por las historias de Scheherezade. A ello contribuye la hermosa y evocadora música de Rimsky Korsakov porque, posiblemente sea eso, la capacidad evocadora, el exotismo escapista que ofrecen esos cuentos maravillosos de un Bagdad imaginado. Eso mismo, un tanto vulgarizado, es lo que vio el cine americano de los años cuarenta con sus famosos orientalismos. Ante un mundo destrozado por la guerra y deprimido en la posguerra, el cine ofrecía un Oriente idealizado de princesas, malvados visires, sultanes bondadosos, hermosas bailarinas, pícaros ladrones que resultan ser príncipes, intrépidos marinos que recuerdan a Ulises. Las historias de las mil y una noches no son ejemplarizantes, son sensuales, te hacen soñar más que razonar. |
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Al escribir en el debate:
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