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La revolucion francesa

Escrito por Antonio Gómez el 24/09/2007

En 1789, Francia cayó en la Revolución, y el mundo ya nunca volvió a ser el de antes.. La Revolución Francesa fue, con gran diferencia, el más importante movimiento de toda la época revolucionaria. Sustituyó el “antiguo régimen” con la “sociedad moderna”, y en su última fase se hizo tan radical, que todos los movimientos revolucionarios ulteriores la tuvieron como antecedente. En aquel tiempo, en la época de la Revolución Democrática desde los años sesenta del siglo XVIII hasta 1848, el papel de Francia fue decisivo. Incluso los americanos, sin la intervención militar francesa, difícilmente hubieran conseguido de Inglaterra un arreglo militar conveniente, ni habrían sido lo suficientemente libres para instaurar los nuevos estados y las nuevas constituciones. Y si bien los conflictos revolucionarios en Irlanda y en Polonia, o entre los holandeses, los italianos y otros no eran provocados en absoluto por el ejemplo francés, era la presencia o la ausencia de la ayuda francesa lo que generalmente determinaba los resultados conseguidos, cualesquiera que fuesen.

La revolución francesa, al contrario de las revoluciones rusa o china del siglo XX, se produjo en el que en muchos sentidos constituía el país más avanzado de aquel tiempo. Francia era el centro del movimiento intelectual de la Ilustración. La ciencia francesa dirigía entonces el mundo. Los libros franceses se leían en todas partes. El francés era una especie de lenguaje hablado internacional en los círculos ilustrados y aristocráticos de muchos países. Francia era también potencialmente antes de 1789 y realmente después de 1793, el país más rico de Europa. Puede ser el más rico, pero no per cápita.

 

Antecedentes:  

 

El antiguo Régimen: los tres estados

 

Así se llamó a pasar la sociedad prerrevolucionaria tras su desaparición. El hecho esencial respecto al Antiguo Régimen consistía en que aún era legalmente aristocrático y, en algunos aspectos, feudal. Todos pertenecían a un “estado” u “orden” de la sociedad. El primer Estado era el clero, el segundo era la nobleza y el tercero incluía a todos los demás (desde las más ricas clases de negocios y de los profesionales hasta los más pobres campesinos y obreros). Estas categorías eran importantes en el sentido de que los derechos legales del individuo y el prestigio personal dependían de la categoría a que se perteneciese. Políticamente, estaban anticuados; desde el año 1614, los estados no se habían reunido en unos Estados Generales, de todo el reino, aunque en algunas provincias habían seguido   reuniéndose como corporaciones provinciales. Socialmente, estaban también anticuados, porque la división de tres categorías no correspondía ya a la auténtica distribución de los intereses, de la influencia, de la propiedad o de la actividad productiva entre el pueblo francés.

La situación de la Iglesia y la posición del clero han sido muy exageradas como causa de la Revolución Francesa. La Iglesia de Francia cobraba un diezmo por todos los productos agrícolas, pero también lo cobraba la iglesia de Inglaterra; los obispos franceses intervenían a menudo en los asuntos del gobierno, pero también los obispos ingleses intervenían a través de la Cámara de los Lores. Los obispos franceses de 1789 no eran en realidad más ricos que los de la Iglesia de Inglaterra. , según se descubrió mediante la investigación llevada a cabo cuarenta años después. Pero si bien la importancia del clero se ha exagerado con frecuencia, es preciso señalar, sin embargo que la iglesia se hallaba profundamente implicada en el sistema social predominante. En primer término, las instituciones eclesiásticas poseían alrededor del 10% de la tierra del país, lo que significaba que colectivamente, la iglesia era el mayor de todos los terratenientes. Además los ingresos procedentes de las propiedades de la iglesia, como todos los ingresos, se repartían muy desigualmente, y una gran parte de ellos iba a parar a manos de los aristócratas que ocupaban los más elevados cargos eclesiásticos.

El orden de la nobleza había experimentado un gran resurgimiento tras la muerte de Luis XIV en 1715. Los servicios públicos distinguidos,   los más altos puestos de la iglesia, el ejército y casi todos los demás hombres públicos y semipúblicos estaban punto menos que monopolizados por los títulos de la nobleza en tiempos de Luis XVI. A través de los Parlamentos de los Estados Provinciales o de la asamblea del clero dominada por los obispos nobles, la aristocracia había bloqueado proyectos impositivos del rey y había mostrado el deseo de controlar la política del estado. Al propio tiempo, la burguesía, la capa más alta del Tercer Estado, nunca había sido tan influyente. El aumento del comercio exterior francés, entre 1713 y 1789, hasta hacerse cinco veces mayor, revela el crecimiento de la clase de los comerciantes y de las clases de juristas y funcionarios a ella asociadas. A medida que los miembros de la burguesía se hacía más fuertes, más ampliamente agraviados por las distinciones de que gozaban los nobles. Algunas de aquellas distinciones eran económicas: los nobles estaban exentos, por principio, del más importante impuesto directo (la taille), mientras a los burgueses les costaba más esfuerzo obtener la exención; pero eran tantos los burgueses que gozaban de privilegios en los impuestos, que el interés puramente monetario no ocupaba un lugar fundamental en su psicología. El burgués miraba al noble con resentimiento, por su superioridad y por su arrogancia. Lo que antes había sido un respeto habitual, se sentía hora como una humillación. Y consideraban que estaban siendo excluidos de cargos y honores y que los nobles, como clase, trataban de alcanzar más poder en el gobierno. La Revolución fue el choque de dos fuerzas que se desplazaban, una aristocracia descendente y una burguesía ascendente.

Pero esta clase burguesa solo se mostró revolucionaria en los países donde constituía una clase social poderosa y bien organizada; por ello se mantuvo pacífica y conservadora tanto en el oriente de Europa como en las penínsulas mediterráneas, donde el comercio y la industria estaban poco desarrolladas, y en Inglaterra, donde la revolución del siglo XVII había dado completa satisfacción a sus deseos políticos y sociales, mientras que se mostró fuerte y revolucionaria en Holanda, Bélgica y sobretodo en Francia y el norte de Italia.

Este nuevo espíritu liberal e individual, que se desarrolla en el Tercer Estado, se pone de relieve en la desintegración de los gremios, que la propia burguesía había creado, porque limitaban las posibilidades económicas burguesas al evitar la competencia, eran inmovilistas. Por ello, las corporaciones y los gremios, perdieron fuerza y vitalidad al ser combatidos por la nueva burguesía. Ahora el mercantilismo y la economía nacional van a ser sustituidos por el librecambismo y la economía mundial.

El pueblo común, por debajo de las familias de comerciantes y de profesionales del Tercer Estado, se encontraba en una situación tan buena como en la mayoría de los países. Pero no era   tan buena, si se comparaba con la de las clases más altas. Los jornales no habían participado en absoluto de la ola de prosperidad de los negocios. Entre los años 1730 y 1780, los precios de los artículos de consumo se elevaron aproximadamente en un 65%, mientras los jornales solo subían en un 22%. En consecuencia las personas que dependían de un jornal se hallaban en difícil situación, pero eran menos numerosas que hoy, porque en el campo había muchos granjeros pequeños y en las ciudades muchos pequeños artesanos, y ambos grupos no vivían de unos jornales, sino de la venta de los productos de su propio trabajo, a precios de mercado. Pero tanto en la ciudad como en el campo había un importante elemento asalariado o proletario, que había que desempeñar un papel decisivo en la Revolución.

 

El sistema agrario del Antiguo Régimen

 

Más del 80% del pueblo pertenecía al campo. El sistema agrario se había desarrollado de tal modo, que en Francia no había servidumbre, como era bien sabido en la Europa oriental. La relación de señor y campesino en Francia no era la relación de amo y hombre. El campesino no estaba obligado a prestar trabajo alguno al señor, a excepción de unos pocos servicios simbólicos, en algunos casos. El campesino trabajaba para si mismo, en su propia tierra o en tierra arrendada, o trabajaba como aparcero, o se contrataba a jornal con el señor o con otro campesino.

El señorío continuaba manteniendo ciertos rangos supervivientes de la época feudal. El noble proletario de un señorío gozaba de “derechos de caza”, o del privilegio de mantener reservas de caza, y el de cazar en su propia tierra y en la de los campesinos. Solía tener un monopolio sobre la panadería o sobre la prensa del lugar del pueblo, por cuyo uso cobraba unos derechos, llamados banalités. Tenía ciertos poderes residuales de jurisdicción en el tribunal del señorío y ciertos poderes de policía local, que le permitían cobrar tributos y multas. Estos privilegios señoriales eran las supervivencias de unos días en los que el señorío local había sido una unidad de gobierno y el noble había representado las funciones de gobierno, de una época que había pasado hacía mucho tiempo con el desarrollo del estado moderno centralizado.

Había otro rango especial del sistema de propiedad del Antiguo Régimen. Todo proletario de un señorío (había burgueses e incluso campesinos ricos, que habían comprado señoríos) poseía lo que se llamó un derecho de “propiedad eminente”, respecto a todas las tierras situadas en el pueblo del señorío. Esto significa que los propietarios menores que se encontraban dentro del señorío “poseían” sus tierras, en el sentido de que podían libremente comprarla, venderla, arrendarla y legarla o heredarla, pero debían al propietario del señorío, en reconocimiento de los derechos de su “propiedad eminente” ciertas rentas, pagaderas anualmente, así como unos honorarios de transmisión, que debían abonarse cada vez que la tierra   cambiase de propietario, por venta o por muerte. La propiedad de la tierra sometida a estos derechos de “propiedad eminente” era evidente   muy extensa. Los campesinos poseían directamente unas dos quintas partes del suelo del país; los burgueses un poco menos de una quinta parte. La nobleza poseía tal vez un poco más de la quinta parte y la iglesia, un diez por ciento, siendo el resto las rentas de la corona, yermos o comunales. Por último, es de señalar que todos los derechos de propiedad estaban sometidos también a unos ciertos derechos “colectivos”, en virtud de los cuales los campesinos podían cortar leña o meter sus cerdos en los comunales, o apacentar el ganado en tierras pertenecientes a otros propietarios, una vez hecha en ellas la recolección ya que no había cercas ni vallas.

En el siglo XVIII, propiedad significaba tierra, todavía más que hoy. Incluso la burguesía, cuya riqueza estaba constituida en tan alto grado por barcos, mercancías o valores comerciales, hacía grandes inversiones en la tierra, y en la Francia de 1789 disfrutaba de la propiedad de casi tanta tierra como la nobleza, y de más que la iglesia. La Revolución había de revolucionar la ley de la propiedad, liberando a la posesión privada de la tierra, de todos los gravámenes indirectos descritos (tribunos señoriales, derechos de propiedad eminente, prácticas agrícolas comunales de los pueblos y diezmos de la iglesia). Había de abolir también otras formas antiguas de propiedad, como la propiedad de los cargos públicos o de la jefatura de las ligas, que habían sido especialmente útiles a ciertos grupos cerrados y privilegiados. Por último, la Revolución estableció las instituciones de propiedad privada en el sentido moderno, y benefició, por tanto y muy especialmente a los campesinos terratenientes y a la burguesía.

Los campesinos no solamente poseían las dos quintas partes del suelo, sino que lo ocupaban casi todo, trabajándolo según su iniciativa y con su propio riesgo. Es decir, la tierra perteneciente a la nobleza, a la iglesia, a la burguesía y a la corona se dividía y se arrendaba a los campesinos en pequeñas parcelas. Francia era ya, un país de pequeños granjeros. No había una “gran agricultura” , como en Inglaterra, en Europa oriental o en las plantaciones de América. El señor del feudo no desempeñaba una función económica. Vivía no de administrar una hacienda y de vender sus propias cosechas y su ganado, sino de la recaudación de innumerables tributos, foros e impuestos. Los señores de los feudos, ante los crecientes costes de la vida y situados en niveles de vida más altos a causa del progreso material general, cobraban sus tributos más rigurosamente o restablecían otros viejos, que habían caído ya en desuso. Los arrendamientos y los contratos de aparcería se hicieron también menos favorables para los campesinos. Los granjeros, al igual que los jornaleros, se encontraban sometidos a una presión cada vez mayor. Al propio tiempo, los campesinos soportaban más difícilmente cada día los “impuestos feudales”, porque se consideraba a sí mismo el verdadero propietario de la tierra, y veían en el señor a un caballero de la vecindad, que sin razón alguna gozaba de unos ingresos especiales y de una posición diferente de la suya. El problema consistía en que una gran parte del sistema de propiedad ya no guardaba relación alguna con la utilidad o con la actividad económica real.

 


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Jesús Pon Mar
Málaga, España
Escrito por Jesús Pon Mar el 26/09/2007
Largo y no viene a cuento

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