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Grupo de Filosofía

Degradación etica de la política Argentina, por Joaquin Meabe

oscar
Corrientes, Argentina
Escrito por Oscar Portela
el 25/03/2007

Algunas claves para entender la vocación funcional de la degradación en el presente argentino
por el Filosofo Joaquin Meabe


Para algunos la política es el arte o la técnica de gobernar. A esta noción, a veces, suele agregarse un escenario regido por la dicotomía amigo-enemigo. Sea o no esta caracterización lo peculiar de la política, lo cierto es que para muchos expresa su desideratum y, en todo caso, es lo que en la Argentina se entiende como tal.

Semejante idea, más próxima a Hobbes y a Carl Smith que a Aristóteles, constituye una ineludible clave para entender algunos rasgos del actual desempeño de numerosos compatriotas y, también, para arrimar un poco de claridad en torno a la eventual dirección en la que se orientan sus expectativas, todavía no bien establecidas, pero, no por eso, menos inquietantes.

Aristóteles con un criterio un poco diferente entendía que la política no era una mera técnica sino que constituía una épitécnica, o sea algo que está más allá de las técnicas y que, a diferencia de cada una de estas, no solo registra los procedimientos de su disposición y las modalidades de ejecución instrumental sino que, además, se orienta por la razón a la prosecución del bien y la genuina felicidad del conjunto social que, por otra parte, se impone como deber a todo el que la práctica. Salvador Rus Rufino ha examinado con detalle esta cuestión en su último libro titulado La Razón contra la fuerza publicado por la editorial Tecnos de Madrid el año 2005, cuyo subtítulo Las directrices del pensamiento político de Aristóteles resume el contenido en el que se expone la contracara de aquella otra noción que hoy a nosotros se nos presenta como dominante.

No vamos aquí a detenernos en estos dos modos dispares de entender la política; aunque importa tener bien presente su diferencia para entender algunas cosas.

La sobrextensión de aquella modalidad de la política, entendida como una técnica de gobierno desplegada en un escenario regido por la dicotomía amigo-enemigo, es uno de los rasgos, de cara a nuestra situación actual, que informa esa dirección inquietante apuntada más arriba. Esta modalidad argentina de la política, decididamente técnica, moralmente indiferente y excluyentemente agonal, tiende a saturar todo los ámbitos de convivencia y trato de manera tal que ningún ámbito escapa a su desbordante hegemonía.

Tenemos así una educación y una ciencia sujeta a los vaivenes de las relaciones amigo-enemigo del mismo modo que también tenemos un periodismo regido por ese antagonismo donde la prensa adicta se opone a la prensa adversaria. Y lo mismo ocurre con la industria y los demás agentes económicos que se presentan como allegados al gobierno o como perjudicados por este. La cultura y el deporte no escapa, por cierto a ese desborde; y ni siquiera la iglesia o los militares quedan fuera de ese tire y afloje, en el que se puja por imponer las propias expectativas o se insiste en rechazar los resultados adversos a esas mismas expectativas.

La ciencia y la educación dejan así de ser un escenario objetivo de investigación y de adquisición del saber para dar lugar a la puja de cargos y oportunidades de la misma manera que toda o casi toda la actividad de los agentes económicos marcha al ritmo de la política gubernamental, al punto que incluso el mercado mismo no es mas que un péndulo que oscila entre las resoluciones adoptadas por el estado y los nichos o negocios que el mismo estado regentea en orden a los precios, a las divisas o a las exportaciones.

Las primeras reemplazan sibilinamente a la oferta y las últimas deforman y enervan permanentemente la demanda. Todo lo demás reproduce esta degradante sustitución de las posibilidades espontáneas por el rígido control del que tiene capacidad para torcer la dirección de comportamiento del oponente. Y el resultado es la disolución de la política misma o su degradación como desempeño epitécnico.

Algo de esto es lo que ha pasado en el episodio del incendio del local bailable que ha ocasionado un tremendo estrago y gran cantidad de muertos y que ha culminado con el juicio y la destitución del Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. La misma sobrextensión señalada mas arriba ha teñido toda la trama de relaciones sociales colocando las más diversas situaciones en el mismo escenario de puja regido por la articulación antagónica entre amigos y enemigos.

De esta manera el reclamo o el reproche da lugar a cualquier clase de permisos para los sujetos enfrentados; y, así, de una parte, la responsabilidad se disuelve en la política y, para otros, la justicia simplemente se transforma en venganza. Para unos aquella disolución de la responsabilidad en la mediatización de la política termina por enterrar el sentido común, el decoro y la autoestima porque no se quiere renunciar al lugar alcanzado, al cargo y a las oportunidades eventuales o futuras. Y para los otros el odio reemplaza al respeto, enerva la ley y degrada toda posible proporción en las consecuencias de la responsabilidad.

El amor, la solidaridad y el anhelo directamente han desaparecido de ese escenario en el que cualquier cosa vale para imponer las expectativas más narcisistas expectativas y los deseo más patéticos. Se llega entonces a ese excluyente lugar en el que todos son amigos o enemigos, donde cualquier variedad, cualquier criterio o cualquier valor ya queda sesgado por la impronta dominante. Ya no parecerá impropio que una ciudadana interrumpa abrupta e indecorosamente un discurso del mismo presidente de la nación y que este con la misma impropiedad, olvidando el respeto con el que los funcionarios deben honrar los cargos para a su vez respetar a la sociedad que representa, descienda a un diálogo casi doméstico pulverizando la jerarquía.

Hace algún tiempo he caracterizado a este proceso como hiperpolitización y me ha parecido entonces que representaba una tendencia peligrosa en la que posiblemente todos pierden, porque para todos se tornan posibles sus no siempre controlados impulsos, sus más triviales sensaciones o sus más oscuros deseos. Y, por cierto, la indeseada meta de todo esto no es otra que el bellum omnium contra omnes o sea la guerra de todos contra todos.

Todo esto, además, me hace recordar aquella descripción no muy distinta que Ingmar Bergman nos ha dado en esa extraordinaria película titulada El huevo de la Serpiente donde se retratan, con morosa intensidad, los prolegómenos sobre los que luego se edificará el orden nazi, obra que, seguramente, solo podrá compararse con el Macbeth de Willian Shakespeare.

El ver de nuevo tan singular película muchas inconexas percepciones de nuestro degradado presente convergieron en mi mente y luego se transformaron es esta breves, nerviosas y agitadas líneas que expresan una parte del desahogo de mi incertidumbre ante los interrogantes de un futuro peligrosamente hobbesiano que se perfila en cualquiera de las alternativas consideradas por el fundador de la moderna orientación antiaristotélica.

Solo me cabe agregar una curiosa coincidencia en día que escribo esta nota. Hoy 11 de marzo de 2007 se cumplen 34 años de triunfo de Héctor Cámpora como presidente luego de un largo interregno de proscripciones y violencia, un triunfo que no fue más que el anticipo de una tragedia de horror, maldad y salvajismo fanático que nadie debería comparar con un estrago de un centro de entretenimiento de desafortunados y fatales resultados. Parece, pues, que en 34 años nuestros compatriotas no han aprendido siquiera de la experiencia, lo que, casi podría decirse, se insinúa como una peculiar
constante de nuestro imaginario histórico, edificado en la práctica del doble mensaje y sostenida al incesante ritmo de las oportunidades que despierta la ocasión.

Por cierto, si alguien pregunta por las alternativas seguramente sobran los ejemplos que hacen casi innecesario teorizar, lo que tampoco debería desdeñarse porque la teoría hace, ante todo, referencia a la selectiva aptitud para observar la realidad y captar sus posibles derroteros. Se puede, sin embargo, dejar de momento la teoría, y empezar solo con los ejemplos de nuestros propios vecinos. Dos al menos se nos ofrecen como espejos de una madurez que sirve de contraste suficiente: Brasil y Chile.

Los estándares de comparación están al alcance de cualquiera y no hace falta más que leer los periódicos. Seguramente se puede ir más adelante en este ejercicio e intentar mirarnos en espejo de Europa, de los EE. UU. O de Canadá.

El lector tiene aquí su propio desafío para remontar este cul de sac tan insatisfactorio como agobiante y perverso. Si ha continuado leyendo hasta me atrevería a decir que está dispuesto a hacerlo, porque sabe que es, antes que nada, un excelente ejercicio de higiene mental.

(*) Corrientes, 11 de marzo de 2007. Doctor Joaquín Meabe

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