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Escrito por
Namesti
el 25 de Enero
Bellos recuerdos.
Recuerdo bien las lomas verdes y olorosas de Santa Mónica, las recuerdo muy bien. Mi madre y yo las recorríamos a diario para llegar al matadero. El aroma de la sangre fresca que escurre del cuello de una res recién decapitada y la brisa de la madrugada en las lomas de Santa Mónica me recuerdan a mi madre. Era divertidísimo desollar juntos a los caballos, a las cabras y a los puercos. Mi madre me enseñaba de manera muy paciente a clavar dagas correctamente en el corazón de los cerdos asustados. En la mañana, justo después de levantarnos del delicioso suelo donde dormíamos, hacíamos los ejercicios básicos matutinos. Nos tomábamos las manos de forma que quedaran cruzadas, uno frente al otro tomándose la mano derecha e izquierda respectivamente. Nos dejábamos caer para atrás sin soltarnos, y de las espaldas nos salía un grueso tronido. Yo le detenía los pies mientras ella se paraba de manos y cantaba el himno nacional. Ella me escuchaba eructar canciones rancheras todas las mañanas antes de desayunar. Un día -martes seguro, pues estábamos en el matadero de la granja cortando los pezones de los caballos machos- ocurrió que llego una chica sumamente extraña y muy asustada. Vestía un extraño pantalón cortísimo que más bien parecía un calzón. Su pantalón era azul. Para cubrir su pecho -que el simple hecho de cubrirse el pecho es ridí #! @##@ llevaba una tela elástica como pintada a la piel, color blanca la prenda. -Disculpe, me he perdido- dijo la chica a mi madre con cara de extrañeza total al vernos con las manos ensangrentadas y pezones de caballo entre los dientes. - ¿Saben ustedes como llegar a Santa Mónica? - mi mamá sonrío y clavo la navaja para cortar pezones en su muslo, a lo que la muchacha dijo: - ¡Auch! , ¿No le dolió? -Ni me dolió, ni se onta Santa no se que - con un tono severo y determinante respondió mi madre. - y mira- sacándose la navaja enterrada y limpiándola con la legua- yo se que no estas perdida para nada y que lo único que quieres es llevarte a mi hijo a otra ciuda u otro país, y si no te vas por donde vienes, te va a pesar. Con justa razón mi madre le había dicho eso, después de todo yo no me quería ir, yo amaba Santa Mónica y esa intrusa me quería raptar con su pecho cubierto. -yo no voy a ningún lado- y solté el caballo que tenia sometido para mutilarlo, tome la guadaña y la partí en dos. - nos toca mita y mita - dijo mi madre. - no la verdad yo no quiero, ya voy a dejar la carne. -ya ves muchacho loco, no mas ves alguien que no es del rumbo y te alborotas y quieres ser como ellos, quieres ser como la muchacha partida. Yo no tenia intenciones de separarme de mamá, pero ella siempre insinuaba que yo quería irme o que alguien me quería llevar. Yo jamás me iría, cómo vivir sin los llantos de las cabras moribundas, sin el olor a sangre en el cuello sudoroso de mi madre cuando me arrullaba, no, yo no me quería ir, pero ella creía que sí. A cada rato llegaban mentirosos que me querían llevar a mí o a mi mamá y terminaban partidos, comidos y excretados. La carne de humano no me cae muy bien, siempre me suelta el estomago.
Sí, bonito lugar las Lomas. Había un eucalipto enorme donde colgábamos la ropa de cama, la ropa de vestir no la lavábamos, cuando estaba muy sucia la poníamos a hervir y hacíamos un caldo de calzones, o de pantalones o de falda con calcetín, lo normal. Otro día, un día nublado – días que nos gustaban para lanzarle piedras a las ventanas de nuestra casa- sucedió que se acerco así solita una vaca extraña, sin que la llamáramos. La vaca no era nuestra eso era seguro, pues llevaba un collar con una campana y eso es ridí #! @##@ pues una vaca ni sabe que es un collar ni mucho menos una campana. Mi madre la vio fijamente a los ojos y le pregunto: - ¿Vienes por que esta nublado o por que es día de tirar piedras? -la vaca irrespetuosa no le contesto a mamá. - ¿Eres muda o nadie te ha enseñado a hablar? -la vaca se quedo seria como pensando qué contestar, y entonces lanzo un grave y extenso mugido. Pues claro, la vaca tenía razón- ya vete vaquita- le dijo mi madre dándole una pedrada en las costillas.
Pocas cosas interesantes pasaban en las lomas, pero que bien que la pasábamos mi madre y yo. Solíamos ir a un riachuelo cercano a tomar agua. Era un agua obscura, café, fangosa, se sentían deliciosos los granos de tierra entre los dientes, a mi madre y a mi nos encantaba masticar tierra y sobre todo si era de la tierra rojiza y pedregosa, esa era la mejor. Jamás nos aburríamos, teníamos muchos animales y había muchas formas de matarlos, además estos se reproducían todos muy bien, como si comerse a sus familiares los hiciera más fértiles. A veces me platicaba de mi padre, lo hacía -si lo hacía- siempre antes de dormir o mientras nos sentábamos a platicar en la letrina doble que juntos construimos. - tu padre era un genio- me decía. Según mamá, mi padre había descubierto la forma de llegar al espacio. Nunca le creí. Yo sabía que mi padre era un puerco, así literalmente, un puerco, a mi mamá le fascinaban los puercos pero ella se empeñaba en ocultarlo. Lo mas divertido era jugar con los serruchos y las tijeras grandes, solíamos lanzárnoslas y perdía el primero en sangrar. Una vez le di a mi madre exactamente en la vena del cuello que se le pone saltona cuando grita. Sangró y sangró y se puso color azul. La cure con lodo. Los dos reímos a mares.
La familia de mi madre era de Romancia , o al menos eso decía ella, decía que yo había nacido en Véngala pero que ahora vivíamos en las Lomas de Santa Mónica. Poco interés nos causaban los coyotes que se acercaban a robar gallinas por las noches, pues todos los días inyectábamos a cada una de ellas ponzoña especial, y al amanecer justo cuando estaban a punto de morir, les aplicábamos el antídoto, de tal suerte que coyote que robaba, coyote que moría, así que bien espantados los teníamos a los carajillos . Otra de las veces se le ocurrió llegar a un tipo que parecía un vago, que digo un vago, un vágales, un mariguanirijillo cualquiera, que digo un mariguanirijillo , parecía un mariguanazo muy particular. El tipo estudiaba filosofía o letras o alguna de esas joterias mariguanas, eso dijo mi madre en cuanto lo vio. Calzaba botas bajas de hule y sin tacón. Usaba un pantalón negro -y otra vez este dato extraño, vestía alguna cosa rara que le cubría el pecho los hombros y la espalda, era un loco total. - buenas tardes- dijo el sinvergüenza- ¿Saben ustedes como llegar a Santa Mónica? , salí del pueblo para buscar leña y me he perdido, - ¿Por qué no te largas en lugar de venir a enviciar a mi niño? - mi madre como siempre estaba en lo correcto, el tipo aquel era una amenaza contra mi salud y se le veía en el rostro horrendo, lampiño, blanco y de ojos azules. ¡Horrible! Yo siempre cargaba con mi martillo roto, no tenia mango, pero para bajar frutas de los árboles y para amedrentar a insanos como aquel, era muy útil. Sin más lancé el martillo sin mango al amenazante hombre centrándolo justo en su impura frente, este cayó desorbitado y sangrante al pasto. -largo de aquí- le gritaba mi madre entre trago y trago de tequila. Como pudo, arrastrándose dejando tras de si abundante obscura y espesa sangre, se fue entre nuestras risas.
Mi madre murió -o al menos eso pensaba- a sus dieciséis años, cuando yo tenía veinte. Me puse muy mal porque creía que había sido mi culpa, pero fue un juego y nada mas. Jugábamos en esa ocasión a probar cosas que nos encontrábamos por ahí, yo cerraba los ojos, ella buscaba algo y me lo ponía en la boca, luego ella cerraba los ojos y yo buscaba algo. Nunca salía nada mal, -que tanto puede suceder si te comes un par de lombrices o un poco de heces de tu madre, nada- Esa vez yo repetí lo de las heces y escorpiones varias veces y pensé que había sido por eso que se sentía mal. Lo que pasaba es que mamá estaba jugando a hacerse la muerta. Mi madre es una excelente actriz. Se quedo haciendo la muerta hasta que me fui. Seis meses de actuación continua.
Recuerdo bien las lomas verdes y olorosas de Santa Mónica, las recuerdo muy bien. |
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