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\"El grito de la Gárgola\" (Cuento de horror)

Escrito por Giorgio el 05/08/2008

Difícil es para mí, comprender la razón que me incita a plasmar esta terrible experiencia en papel. Hay hechos que nunca deberían ser nombrados; ni siquiera recordados. Acontecimientos terribles han sucedido a lo largo de la historia, pero el paso del tiempo se encarga de borrar las terribles imágenes de las retinas, la lluvia lava la sangre y las alimañas devoran la carne. En cambio, mi memoria ha escapado a la acción erosiva del tiempo. Como consuelo pienso que no debe existir un ser capaz de olvidar algo así.

Como enfermera, desarrollé una coraza ante situaciones que descompensaban a otras personas. Ejercí la profesión varios años en puerta de emergencia para luego especializarme en enfermería pediátrica. Siempre adoré a los niños, por ello concurría feliz a trabajar aunque al mismo tiempo criaba a mis dos hijos. Años después y viviendo una situación límite en mi vida personal, encontré otra rama dentro de la profesión que me devolvió parte de la confianza perdida. Padecía el síndrome de nido vacío y no era sano compensar la falta de mis hijos con los de otros que siempre veía partir. Además, el conocimiento por parte de los doctores de mi nuevo estado civil, me convertía en una supuesta presa fácil.

Estas circunstancias y el cálido recuerdo de mi abuela, me estimularon a que aceptara trabajar en un residencial de ancianos. En cuanto a necesidades, los viejitos son similares a un recién nacido, pero a diferencia de estos, con los ancianos se puede dialogar. ¡Les asombraría todo lo que me ilustré con los casi centenarios residentes! Pasaron varios meses donde las tardes transcurrían lentamente cocinando, tomando la presión y comentando las novelas. Un día cada tanto, cuando éramos visitados por la muerte, se perdía la paz. Pero luego todos olvidábamos lo sucedido, como temerosos testigos de lo inevitable. Con las demás enfermeras deseábamos que murieran mientras dormían, así los demás ancianos no presenciaban el momento del deceso ni la evacuación del cuerpo.

Un día como cualquier otro, arribó una anciana que padecía una enfermedad degenerativa de la mente. La familia no podía encargarse más de ella, pues desde que quedó postrada en una silla de ruedas se había convertido en una carga indeseada. Era totalmente indefensa y apenas balbuceaba un << ¡No! >> delirante cada tanto. Era lo único que decía, mientras observaba un punto perdido en el horizonte imaginario con sus hermosos ojos celestes. Recuerdo el día que comenzó a gritar. Tardamos varios segundos en recorrer el caserón hasta descubrir el lugar de donde provenían los gritos intermitentes. Era Ema, que cada unos treinta segundos gruñía unos alaridos ahogados y carrasposos en grupos de a cinco: << ¡Aggrrrr, Agggrrrr, AAAAAaahhhhgrrr, AhhhhGrrr, AAAAhhhggggrr! >>. La enfermedad hacía estragos en su razón provocándole delirios. Alguna vez pretendimos con mis compañeras igualar el grito -que habíamos bautizado como de “Gárgola”- quedando roncas al instante. No imagino como una viejita de su edad y condición podía soportar una hora gritando con tal intensidad.

La rutina de Ema era estricta, casi cronometrada. Despertaba siempre 8:33, y gritaba diez << ¡No! >> antes de vomitar. Luego era bañada con esponja, almorzaba, gritaba como una Gárgola, dormía una siesta, merendaba, no avisaba para ir al baño, era bañada con esponja en el bajo vientre, gritaba diez << ¡No! >> vespertinos, cenaba, era obligada a tragar los medicamentos y dormía hasta el otro día. Lo asombroso era que los gritos de Gárgola los profería a partir de las dos de la tarde, exacto, como si fuese visitada por un puntual demonio del delirio.

Unas semanas transcurrieron hasta que observé desde la azotea que un joven matrimonio ocupaba la casa localizada al fondo del residencial. Reparé en su pequeño hijo de unos tres años. Seguramente por él habían alquilado esa propiedad, ya que disponía de un amplio y arbolado patio interior. Me hice adicta a espiarlos desde la azotea mientras fumaba un cigarrillo. La pareja era trabajadora y disfrutaba con gusto de la casa y el patio. El hijo, gordito y cachetón como los bebés que se están transformando en niños, correteaba jugando en el jardín. Los observaba por largos ratos. Me recordaban mis primeros años de matrimonio y una felicidad que ya nunca más alcanzaría. Algunas veces los saludaba desde el comedor a través de la ventana que miraba al corredor de acceso a la propiedad.

El tiempo pareció fluir sin más, hasta que una tarde me estremeció un grito desgarrador. No era un alarido normal; era uno de horror. Uno comprende sin dudar cuando un grito proviene del lugar del alma en que se retuerce el pavor. Corrí desde el segundo piso a la planta baja y en el umbral de la habitación de Ema, una de mis compañeras se encontraba arrodillada cubriéndose los ojos, agitándose como si padeciese un ataque de histeria.

_ ¿Qué pasó? -pregunté-.

_ ¡Ema! -gritó ella-.

No parecía salir del estado cuasi hipnótico, así que ingresé a la habitación. Ema no estaba en la silla de ruedas, sino de rodillas, inclinada en el centro del dormitorio. ¿Qué hacía ahí? Comencé a rodearla -ya que me daba la espalda-, para lograr verla de frente. A medida que avanzaba hasta enfrentarla, descubrí unas pequeñas piernas sobresaliendo debajo de ella. Reconocí los zapatos. ¡Eran del hijo de los vecinos! De alguna forma, utilizando un cantero para alcanzar la ventana, el niño había logrado ingresar a la habitación que daba al corredor. Ema, presa de la demencia o poseída quien sabe por qué maldición, lo había atrapado. Ya de frente observé incrédula como Ema introducía los dedos en la cuenca de uno de los ojos del niño, como si de un tarro de dulce se tratara. ¡Congelada, solo atiné a observar! El niño, recostado sobre el suelo, estaba muerto o tal vez inconsciente por el dolor. Cuando terminó de hurgar en el primer ojo y de succionar de los dedos todo el líquido ocular, procedió con el restante. ¡Y yo no podía dejar de mirar! ¡Quién sabe qué otras atrocidades hubiese cometido de no llegar un par de enfermeras y reducirla! Se llevaron arrastrando a Ema, que me miró con los ojos de un poseso y gritó como un monstruo aborrecible. Petrificada, quedé a solas con el niño ¡Y no podía dejar de observar las vacías cuencas!

Renuncié ese día y nunca más regresé. Desconozco el destino del niño y si Ema continúa en la residencial o murió de vieja. Aún hoy, años después del insuceso, al cerrar los ojos mi mente proyecta como en un cine privado las terribles imágenes. Puedo escuchar los gritos, esos malditos alaridos ahogados de Gárgola. Siento el sonido sordo de la explosión del ojo y veo el liquido ocular escurrirse entre los dedos de la anciana. La observo lamiendo vorazmente las cuencas vacías y retorna el pavor. Más aún en la soledad de esta pequeña habitación, abandonada a mi suerte, mientras las paredes se encogen amenazantes, el tiempo ahonda las arrugas y la soledad me destroza el corazón.


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